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miércoles, 25 de septiembre de 2013

23 – La última vez.





El sol estaba por salir por detrás de las montañas, en la ciudad de Vallecalmo. Mientras, en casa  de Nova, la madera del pasillo crujía levemente, tan leve que era apenas perceptible. Un ladrón adulto sería suficientemente pesado como hacer rechinar la madera y alertar a los padres de Nova, quienes descansaban plácidamente en su recámara. Pero no Nova, la pequeña, de apenas 9 años de edad, se escabullía a través de las sombras, cargando un osito de peluche que era, a su vez, una mochila.
Su cabello güero y lacio era acariciado por la suave, pero fría, brisa que lograba colarse en su casa, de la cual su única protección era una pijama tersa y unos calcetines que separaban sus pies del suelo. Con el sigilo de un felino, se levantó de su cama, tomó su mochila, abrió la puerta de su cuarto, salió, cerró, se deslizó por el pasillo, pasando justo frente a la habitación de sus padres, hacia el armario.
Las bisagras hicieron un chirrido, pero Nova se aseguró de abrir tan lento que el ruido no fuera lo suficientemente alto como para despertar a sus padres. Como una ardilla, trepó sobre unas cajas que se encontraban apiladas y, agarrándose de un tubo para ropa, pudo colgarse y llegar al compartimiento superior con su brazo, el cual metió en la oscuridad para palpar lo que ahí hubiera.
Las yemas de sus dedos sintieron algo con la forma de una caja de zapatos. En ese momento, la pila sobre la cual se encontraba apoyada se tambaleó, pero Nova pudo equilibrarse para no caer al suelo. Usando un dedo, fue jalando la caja por una orilla, hasta que estuvo al alcance de su mano y pudo tomarla, para bajar al suelo con pericia.
La oscuridad era la única constante en ese momento. Pero, utilizando sólo su tacto, Nova sacó de su mochila una lámpara con la forma de un gato, la cual prendió para observar el contenido de la caja. Como si se tratara del cofre de un tesoro, una sonrisa se esbozó en su cara. Apagó la lámpara y guardó la caja en su mochila.
Lo que para ella había sido una eternidad, se traducía en apenas unos minutos en las manecillas del reloj. Se escurrió nuevamente a su cuarto, donde una ventana había sido abierta, junto a la pared con dibujos horríficos. Con su mochila en la espalda, descendió utilizando la tubería como escalera, hasta que estuvo a pocos metros del suelo, suficiente para brincar y pisar el pasto acolchado, amortiguando el golpe y el ruido.
Entre los arbustos, cuidadosamente escondido, se hallaba una bicicleta color rosa, con tiras de colores en ambos lados del manubrio y una canasta con una flor de plástico pegada en el frente. Nova la abordó y comenzó su travesía a través del calmado vecindario, en los suburbios, donde casa tras casa lucían sus jardines con pastos recién cortados y flores plantadas en jardineras bien cuidadas, con gnomos de jardín, algunas, y adorables figurillas de animales con ropa, otras. Ningún auto rondaba las calles, sólo las almas en pena merodeaban bajo esas estrellas.
Contando los números en la puerta de cada uno, Nova no vacilaba, su temple era aquel de un héroe que debía salvar a una princesa. Finalmente, al llegar al número 72 de la calle Fresno, detuvo su bicicleta y, después de descender, la guardó entre unos arbustos, muy similares a los que crecían en su casa. Saltó una barda de apenas medio metro, que para ella le pareció un obstáculo. Caminó por el piso de cemento hasta el patio y por la puerta trasera.
Antes de dar un paso más, sacó la caja de zapatos de su mochila e hizo las preparaciones acorde a su plan, que venía ideando semanas atrás. Incluso, había practicado desplazarse a través de la noche, escalando, abriendo y cerrando puertas para estudiar el ruido que hacían, nada estaba fuera de control. Cuando estuvo lista, se metió por la entrada del gato.
La cocina le resultaba extraña, nunca había estado en ella, sólo conocía la sala y una habitación de esa casa. Además, a esa hora de la madrugada todo se tornaba de un tono diferente. Tras encontrar rápido la escalera, subió sin si quiera levantar el polvo. Su corazón se aceleraba. Su respiración estaba pesada, pero no podía permitir que sus emociones arruinaran su plan perfecto.
Cuando abrió la última puerta, tuvo frente de sí a su acosador. El niño que se burlaba de ella en la escuela, aquel que tanto daño le había hecho con sus insultos y sus ofensas. La luz del sol ya se colaba por las cortinas y no era necesario sacar su lámpara para apuntar a su objetivo. El revolver que tenía en su mano había sido cargado con una sola bala. Por recomendación de un experto, quién nunca sospechó para qué la niña quería tal información, usó cuatro de sus dedos para jalar el pesado gatillo que hizo explotar la pólvora, arrojando el arma lejos de Nova y disparando la bala que perforó el pecho de su acosador, abriendo un agujero en torso, quién había sido advertido, antes de las vacaciones, que sería la última vez que la molestaba, pero nunca tomó en serio.


FIN

viernes, 30 de diciembre de 2011

29 - Catatonia



    —El poder de la mente…— decía un viejo abogado para sí mismo, mientras descansaba su cuerpo en el mullido asiento de su oficina. Fumaba su pipa con tabaco, mientras leía uno de sus viejos libros de filosofía. Novelas escritas por emperadores romanos que destacan la complejidad de la conducta humana y la profundidad de las ideas de esos antiguos gobernantes— una palabra para gobernar a miles, conquistar un imperio sin lanzar una flecha o blandir una espada…— casi en cada párrafo hacía una pausa para acomodar sus pensamientos.

    —¿Cuál será el límite del poder humano? ¿Cuál el alcance de la mente? — se preguntó y siguió leyendo— porque la mejor forma de jugar a la guerra es hacer aliados, ganar un aliado es equivalente a perder un enemigo y las guerras se ganan eliminando oponentes— dejó su libro a un lado para rellenar su pipa. Luego regresó a su lectura, pero por más que intentaba leer, sus ideas lo traicionaban. No dejaba de preguntarse, la duda lo atormentaba.

    —Quizá, si mi concentración es la suficiente— pensó— pueda atravesar un cristal con una aguja, como los monjes tibetanos o sacar mi espíritu del cuerpo y viajar por otros mundos en los sueños, como un chamán del Amazonas. Mis manos… si las junto y me convenzo de que no puedo separarlas… Porque el poder de la mente supera a la del cuerpo y si yo creo que no puedo separar mis manos, es porque no voy a poder, no existe, en realidad, la posibilidad de separar mis manos, no se puede, así como no se puede penetrar un muro de ladrillos, estas dos manos mías que ahora están juntas, nunca se podrán separar—.

    Cerró los ojos, tratando de concentrarse tanto como podía, destruyendo la idea de que sus manos alguna vez estuvieron separadas, para él, las palabras “manos” y “juntas” eran una sola. No era lógico en su mundo que pudiera separar las manos. Al abrir los ojos, sus manos palmas estaban pegadas y por más que intentaba separarlas, le era imposible. Sentía una cierta satisfacción, por poner a prueba el poder de su mente y descubrir que era capaz de cosas que nunca imaginó. Sin embargo, sus manos seguían pegadas y cada vez que fracasaba en su intento de separarlas, más se convencía a sí mismo de que no podía.

    El abogado comenzaba a desesperarse. Sentía calor y su corbata le apretaba, pero no podía aflojarla pues tenía sus manos atrapadas por su mente. Volteó al teléfono para llamar a emergencias, pero le sería imposible marcar o tomarlo. Entonces, se levantó y se dirigió a la puerta, se esforzaba por girar la perilla con los codos, pero sus actos eran cada vez más desesperados. Le costaba respirar y otra idea loca brotó de la profundidad de su mente. Siguiendo la misma lógica de sus manos, si él se lo proponía, sus piernas igual quedarían inmóviles y no podría ni arrastrarse por ayuda.

    Se vio a sí mismo en el suelo, tirado y sin poder levantarse. Con sus piernas inmóviles y sus manos pegadas. Al instante, cayó al suelo y sus piernas parecían las de un títere sin titiritero. En la imagen aterradora de su mente, él no podía gritar, su lengua estaba entumecida también. Entonces, sus brazos tampoco le respondían y su cuerpo entero se iba convirtiendo en una estatua humana. Sin poder mover ni un dedo, su dorso parecía una estatua de cera y sus piernas eran dos costales de carne aguados. Su mente seguía pensando, atrapada dentro del cuerpo inútil, mientras hacía su mayor esfuerzo por respirar.

    Lo único que escuchaba era el latido de su corazón y su respiración pesada. Sus pulmones se detenían de un momento a otro y el último sonido que quedaba era el de su corazón, que golpeaba con fuerza — Mi mente me ha encerrado en este cuerpo ¿Será capaz de hacer que deje de respirar o que se pare mi corazón? — Entonces, dejó de respirar y sólo quedó el bombeo de su corazón, que se ralentizaba, cada que daba un golpeteo se detenía un instante y parecía que ya no volvería a latir, pero claramente se escuchaba el latir del corazón, hasta que, después de un último latido, este ya no se escuchó más.
 
FIN
   

jueves, 29 de diciembre de 2011

28 - La Mancha


    El hospital trabajaba a más no poder, esa noche de diciembre. Las vacaciones se habían vuelto en turnos dobles para algunos y los accidentes de tránsito, incendios y otros malestares estaban a la orden del día. En una camilla se encontraba sentada  una joven, de al menos 25 años, y un doctor examinaba su brazo que estaba vendado — Entonces, Clara, quiero que me cuentes, desde el inicio, qué fue lo que pasó —. El doctor hizo una pausa para mirarla seriamente a los ojos, pues terminó de quitarle el vendaje, revelando una herida que abarcaba casi todo su brazo, hasta la muñeca.

    —Hace dos días…— explicó Clara— desperté en la madrugada y tenía un piquete como de mosquito en el brazo. No era nada grande, apenas se veía un punto rojizo en mi antebrazo, pero me daba comezón. Me rascaba una y otra vez para tratar de calmarlo, pero no lo lograba. Luego me empezó a doler más y traté de ponerle ungüento para ver si así sanaba más rápido. Pero al cabo de un rato, toda el área a su alrededor estaba enrojecida y me ardía. Esto me preocupó más y traté de limpiarlo con alcohol, pero sentí que me quemó la piel, entonces lavé muy bien mi brazo y lo vendé…—

    Mientras ella hablaba, el doctor ponía especial atención a cada sustancia, pomada o líquido al que había recurrido para sanarse. — Lo que debiste hacer — dijo el doctor— fue no rascarte desde un inicio. Creo que todo eso que te pusiste desde el principio y que te hayas rascado influyó mucho en lo que está en tu brazo. Yo lo que veo aquí es que te arañaste con tus uñas, te causaste heridas y esta comienza a infectarse porque lo debiste cubrir con unas gasas sucias. Te voy a recetar antibióticos y un calmante para la comezón, es muy importante que no te rasques— dicho esto, firmó su receta y le dio las gracias a su paciente.

    Clara no estaba del todo satisfecha con la explicación del Doctor, pero aun así, compró los medicamentos que le recetó. Al llegar a casa, le echó un vistazo a su brazo y lucía peor que antes. Sin saber a quién recurrir, tomó el teléfono y le marcó a su mejor amiga. Los segundos que pasaron antes de que ella respondiera le parecieron eternos, no podía dejar de pensar en su brazo y aún sentía ganas de rascarse, pero le dolía tan si quiera tocarla. Al final, su amiga contestó y se saludaron cordialmente. Clara le explicó de su visita al médico. Sin embargo, la amiga notó algo en su voz.

    —La noche que desperté con la picadura— le explicó Clara a su amiga, quien tuvo que convencerla para que lo hiciera — tuve un sueño extraño. En verdad, no estoy segura de que haya sido un sueño, pues me pareció muy real. En este sueño, yo estaba acostada en mi cuarto y era despertada por una luz blanca que inundaba mi cuarto. Entonces, sentí una presencia maligna, como siluetas oscuras al alrededor de mí, sólo que no podía moverme. Algo me aplastaba el pecho y lo único que podía ver era el techo de mi cuarto. Pareció que fueron horas y, casualmente, cuando desperté tenía esta herida—.

    Su amiga no le creyó la historia, pero trato de tranquilizarla diciéndole que siga las indicaciones de su doctor al pie de la letra y que pronto se curaría y estaría bien. Sin embargo, las palabras alentadoras no tenían efecto en Clara. Quien no soportaba el dolor. Intentó lavar la herida más de un par de veces esa tarde y le puso más ungüento y la cubrió con unos trapos. Pero fue despertada en la madrugada y cuando sus ojos se abrieron, ella descansaba en su cama sin poder moverse. Nuevamente, sintió una presencia maligna en su habitación y su brazo le dolía más que nunca. Cuando finalmente pudo moverse, ya había amanecido.

    Totalmente consternada por su brazo, acudió a emergencias donde otro doctor la recibió. Valientemente, ella decidió contarle la historia completa, pero el doctor la transfirió con un especialista. Clara se ofendió al leer en la tarjeta del doctor la palabra “psiquiatra” y decidió no acudir más a ese hospital. Aun cuando su brazo le seguía doliendo, ella sólo tenía una explicación en su mente, había una causa respecto a lo que le estaba pasando, que ningún doctor entendiera su padecimiento, los seres malignos, algo debían estar haciendo con su brazo, quizá un implante o alguna enfermedad de otro mundo. De ser así, sólo había una forma de salvar el resto del cuerpo.

    Antes de llegar a su casa, pasó a un supermercado que abría toda la noche y compró una segueta y una bolsa con hielos. Llegó a su casa y vació toda la botella de alcohol sobre su brazo y bebió de una botella de absenta. Rápidamente, el alcohol llegó a sus venas y cuando la hoja aserrada cortó su piel, sus músculos y atravesó el brazo, la sangre no dejó de fluir hasta que ella cayó al suelo inconsciente y murió en el piso de su sala. Nunca llegó a abrir la bolsa de hielos.

 
FIN

miércoles, 28 de diciembre de 2011

27 - Blanco y negro



La noche lloraba en paz, aquel diciembre en la gran ciudad. Los nubarrones que tapaban el techo estrellado descargaban chorros de agua sobre los edificios, sobre los autos y sobre el asfalto. Pero las calles estaban solitarias, la gente descansaba tranquila en sus casas, después de días de juergas y misterios. Los festines se habían acumulado y sobraba comida en grandes cantidades. Afuera, sólo unos cuantos recorrían las avenidas en sus vehículos para hacer compras necesarias.

En las afueras de un supermercado, un hombre cargaba con una mano su sombrilla y con la otra, varias bolsas llenas de compras. Su cabello negro y sus zapatos estaban mojados, así como su pantalón hasta las rodillas. Al llegar a su automóvil, mientras luchaba por sacar las llaves de su bolsillo, notó una figura pintada de blanco y negro debajo de un árbol. Conforme más penetraba su mirada en la lluvia, la imagen iba tomando forma de una persona joven y esbelta. Con un sombrero y pantalones negros, camisa de rayas y la cara pintada.

En la cara del mimo caían gotas, que no eran provenían de la lluvia. Salían de sus ojos y eran producto de otro tipo de tempestad. La imagen petrificó al hombre en la posición en la que estaba, sosteniendo su sombrilla, con las bolsas de las compras colgando de su brazo y metiendo su mano en el bolsillo de su pantalón, hasta que el mimo volteó. Fue un asombro ver que este ser, que parecía una antigua fotografía, se moviera y que estuviera vivo. El mimo y el hombre cruzaron la mirada.

El maquillaje blanco y negro del mimo se corría con la lluvia, dándole la apariencia de un cadáver. Pero se paró muy derecho, con los pies juntos y las manos pegadas al cuerpo. Entonces, hizo una reverencia, quitándose el sombrero y comenzó su actuación. El hombre que miraba no podía creer lo que veía, un mimo con la cara desfigurada bajo la lluvia ejecutando un acto en medio de la noche, en el estacionamiento de un supermercado. Pero no se movió, se quedó a apreciar todo el espectáculo.

El mimo ponía sus palmas  bien abiertas frente a él y simulaba tocar una pared invisible. Después, jaló una cuerda que no existía, lanzó una flecha de un arco imaginario y pasó a pararse detrás de un muro que le tapaba la mitad del cuerpo, donde actuó como si bajara un ascensor, unas escaleras eléctricas y, finalmente, como si estuviera remando en una canoa. El acto fue impecable, pero aterrador, pues la figura del mimo  hacía que las piernas del hombre temblaran y su corazón latiera más fuerte.

Cuando el mimo terminó su acto, hizo una reverencia final y dejó extendido su sombrero que se llenaba de agua de lluvia. El hombre, tiró su sombrilla y metió su mano libre en el bolsillo, sacó las llaves del carro y entró tan rápido como desapareció de la escena. A toda velocidad, recordando los movimientos del mimo, su vestimenta y, sobre todo, su cara, temía tener pesadillas sobre él esa noche o caminar por un pasillo oscuro y encontrarlo sentado o haciendo su acto lúgubre. Pero no tardó mucho en llegar a su casa, cálida y acogedora, con su esposa y sus hijos.

Al llegar a su casa, abrió la puerta y su esposa lo recibió, pero cuando le preguntó por la sombrilla, él no pudo responder. Hacía un esfuerzo por hablar, pero por más que abría su boca y soplaba aire, no salía ningún sonido. Entonces, recordó al mimo, recordó su cara y su figura bajo la lluvia y entendió que, a partir de ese día, tendría que vivir sin poder hablar y en sus pesadillas estará ese mimo, extendiendo su sombrero y él siempre correrá, hacia su perdición.

 
FIN

sábado, 24 de diciembre de 2011

24 - El poder del fuego



    Cada día están más cerca los festines de fin de año, las celebraciones paganas de rituales más poderosos. La fiesta más grande de toda la ciudad tendría lugar el último día del año y sería épica. Los afortunados invitados lucirían sus mejores ropas y joyería. Pero no todos recibieron regalos de piedras preciosas y oro. No todo era cetros y coronas de plata. Algunas personas, locas por solitarias, debían comprar sus propios atuendos y, sin mucho presupuesto para invertir, tenían que arreglárselas para llevar, aunque sea un medallón, un anillo o un collar que honre los dioses del fin de año.

    Esta era una joven mujer, harta de la vida, harta de la existencia banal, vil y cruel. De un mundo malvado que le había arrebatado todo: Familia, amor, dinero, propiedades, amistades. La providencia del destino la llevó a un callejón sin salida y con las pocas monedas que tenían en su bolsillo, jamás alcanzaría para comprar el único requerimiento del ritual pagano al que había sido invitada. Probando una última vez su suerte, recurrió a un barrio desamparado de la ciudad para conseguir el artículo deseado.

    Caminaba por una calle sucia, acompañada de hojas de periódico que seguían al viento, sus tacones bajos hacían un eco cada que golpeaban el suelo. Los edificios en esa zona de la ciudad tenían ventanas tapiadas con maderas y la única tienda abierta no tenía pinta de ser confiable, pero, dado que no tenía nada más que perder, decidió entrar, casi como retando a su suerte en este Diciembre, mes del terror.

    La tienda parecía opacada por la desolación del exterior, sin embargo, por dentro era algo diferente. Tenía un estilo de tiempos atrás, quizá podría llamarse clásico por los más recatados o anticuado por los menos conocedores, pero los artículos disponibles para la venta definitivamente no eran de fabricación barata, se trataba de Platos, vasos, copas, anillos, tronos y demás piezas ornamentadas y artesanales… asemejaba a un sitio digno para la realeza, más que para una simple plebeya. Sus tacones bajos hicieron eco dentro del piso tienda para así poder penetrar en el misterio.

    El tendero lucía un traje elegante, con porte fino y arrogante. Saludó cordialmente a la joven, pero denotando cierto desprecio clasista. El astuto tendero supuso que ella buscaba un artículo barato para presumirle al mundo, algo que oculte el fracaso que tenía escrito en todo su cuerpo. Sin entablar conversación, le mostró un collar con un colgante de bronce que lucía una piedra rojiza en el centro. Ella, en seguida, pensó que eso funcionaría para la fiesta, si el precio era suficiente. Sin ninguna explicación, quizá intentando que ella se fuera de su tienda con la mayor premura posible, aceptó las pocas monedas que poseía en su bolsillo, la envolvió en un papel y la dejó ir con su nuevo poder.

    Al poner sus dos pies en la acera, los cerrojos de la puerta de la tienda sonaron uno seguido del otro y luego las luces se apagaron. Cuando la joven pudo admirar con más calma su nueva posesión, notó que tenía inscripciones chinas alrededor que no podía entender, pero al colgarlo alrededor de su cuello sintió un vigor que no había pasado por sus venas en mucho tiempo, quizá nunca lo había sentido en realidad. Miraba a su alrededor como si fuera un demonio que acababa de llegar a una nueva dimensión y estuviera listo para conquistar un nuevo mundo.

    Sentía calor en su cuerpo, pero no le molestaba, la relajaba, soplaba aire caliente de su boca y sus manos le temblaban. Caminaba y sentía que sus pies golpeaban el suelo con tal fuerza que parecía romperse. Sus ojos se posaron en un buzón, de un color rojo como la piedra de su collar y, antes de que se diera cuenta, ya salía humo del contenedor y fuego. Al ver esto, se alejó tanto como pudo para resguardarse, pero de alguna manera lo sabía, el fuego no había venido de cualquier lado, ella lo había iniciado y era gracias a su nuevo collar.

    Intentó una vez más, mirando unas cajas con basura en un callejón. A pesar de la humedad, éstas prendieron de un chispazo y el fuego se elevó hasta una ventana cercana que estaba cerrada. La idea de incendiar un edificio entero le pasó por la mente y el vidrio de la ventana explotó y llamaradas salieron de esta y el humo atiborró la calle. Ella escapó tan rápido como podía. Su corazón latía con fuerza, jadeaba, sentía un calor en su interior que le quemaba, pero lo gozaba, no sentía remordimiento alguno, merecía este poder, ahora ella tenía los dados en las manos y planeaba apostarlo todo, antes de tirarlos.

    Al llegar a una congestionada avenida puso a prueba sus poderes. Oculta detrás de una muralla, pensó en los autos y podía visualizarlos envueltos en llamas y en su mente escuchaba los gritos de la gente que se quemaba viva. Miró un edificio y el humo empezó a brotar. El caos se apoderó de la ciudad, los autos incinerados expulsaban gases tóxicos y los cimientos de los edificios crujían a punto de desplomarse como un galleta seca. La joven sentía una excitación que no podía explicar ni entender. Pero el calor de su corazón le impulsaba a seguir destruyendo y matando y quemando todo lo que estaba a su alcance.

    Uno tras otro, los vehículos abandonados por la gente que corrió envuelta en pánico, se calcinaban y hacían una cadena que crecía y crecía. La joven estaba histérica, maníaca, no había forma de detenerla y el fuego que sentía en su interior finalmente la quemó. Su cuerpo nunca tocó el suelo, pues se convirtió en una estatua de ceniza que fue barrida por el viento y del medallón con el poder del fuego no se volvió a saber nada, nunca más.

FIN

jueves, 22 de diciembre de 2011

22 - El incensario de serafines



    Las estrellas adornaban esa noche de diciembre, opacadas por una capa de contaminación lumínica y por otros gases, como el humo que salía de la ventana, en uno de los edificios más altos de la gran ciudad, que estaba apenas abierta pues el aire frío y veloz que venía del exterior se colaba por cualquier grieta. Como una lucha de dos fuerzas mágicas, el humo que venía del interior del edificio y el viento, daban pasos hacia adelante y hacia atrás, dejando entrar el aire por momentos y en otras jalando al humo hacia afuera.

    El origen de este humo se encontraba pendiendo del techo, sobre el sofá de un hombre que intentaba calentarse con un incensario de hierro decorado con serafines que colgaba de unas cadenas, emitiendo su humo aromático sobre el pobre hombre que sufría por el frío. La tele de la habitación estaba prendida y, aunque la pantalla emitía cierto calor, el zumbido de la electricidad aumentaba la sensación de frialdad en el ambiente. Las voces apagadas de los presentadores, las imágenes computarizadas, nada de lo que salía ahí le daba el abrigo que necesitaba, pero no podía dejarla, como a una adicción.

    Se levantó de su asiento y puso la manta con la que estaba envuelto sobre el respaldo del sofá. Cubierto de pies a cabeza, exceptuando por la cara, traía una bufanda, una chamarra y  calcetas gruesas dentro de pantuflas, caminó hasta la ventana para cerrarla un poco más. El aire que entraba por el espacio que quedaba era suficiente para empujarlo por momentos, lo cual le dificultó llegar a su objetivo, pero con la ventana un poco más cerrada, la temperatura aumentó. Regresó a su colchón y el incensario de serafines ya no se mecía con tanta velocidad, pero sus ojos juguetones parecían mirarlo y burlarse.

    De vuelva a su sillón preferido, se sumergió en la suavidad de sus colchones. Nuevamente cubierto por la manta, se relajó y disfrutaba de la televisión. Las voces monótonas de los actores en la película que veía, denotaban la falta de esmero de quienes producían tal película, sin embargo, ya había perdido la cuenta de las veces que la había visto. La madrugaba le pesaba, el reconfortante aroma del incienso lo relajaban y en cada momento le era más difícil permanecer despierto. Repentinamente, un silbido lo despertó y al voltear atrás, casi pudo ver al viento entrando como una invasión de seres sobrenaturales.

    Su cuarto se congelaba, toda la calidez que ahí quedaba se había extinguido. Con un esfuerzo brutal, caminó nuevamente a la ventana y la cerró todavía más. Quedando un espacio del tamaño de su dedo, el aire entraba con debilidad y la tranquilidad regresó a su hogar, una vez más. Regresó a su sillón favorito, se sumergió en la suavidad de su colchón y continuó su rutina de televisión. Ahora que los vientos estaban calmos, no había distracción, pero la monotonía de la tele y algo en el ambiente lo hipnotizaban.

    Como en un estado de trance, él se veía a sí mismo sentado en su sofá, viendo la televisión. Todo estaba contaminado de opacidad, miraba al incensario que se mecía con los serafines, viéndolo a los ojos, y pensaba que debería apagarlo, pues el humo que generaba llenaba la habitación. Sobre una mesa para el café, había un vaso con agua suficiente, pero ya no lo tomó. Pudo ver toda su vida pasar frente a sus ojos en un instante, desde que nació, hasta el momento en que se quedó dormido sobre el sofá y murió asfixiado por el humo del incensario de serafines.


FIN

martes, 20 de diciembre de 2011

20 - El pulpo Gigante

 
 
    La oscuridad tomaba las calles de la gran ciudad. Por las noches, se sentía un ambiente de guerra, como si las tropas del mal ya marcharan por las calles y en cualquier momento se fueran a enfrentar contra las del bien. Pero el regocijo llenaba los bares, los salones de fiestas y las casas. Pues el placer y el hedonismo aumentaban conforme las fiestas de finales de diciembre, el mes del terror, se acercaban. A todas horas se podía ver a personas andando en la calle y no siempre en sus cinco sentidos…

    Esta era un hombre joven que caminaba por la calle, pasada la media noche. Vestía un saco barato y sus zapatos, que estuvieron bien boleados hasta hace poco, ahora lucían manchados por el lodo de las lloviznas decembrinas. Caminaba tambaleándose, se le veía alegre, pero sus ojos se cerraban mientras su cuerpo seguía andando. Tenía hipo y no era seguro de su destino, pues ya había pasado por esa misma calle minutos antes.

    El joven se detuvo en una esquina de la calle para leer las indicaciones viales y darse una pista de su ubicación, pero las letras se desenfocaban y duplicaban, haciéndolas imposibles de leer. Sin seguir intentando, decidió hacer caso a un instinto surgido de la nada y seguir por la calle en la que se encontraba, cuando, repentinamente, algo llamó su atención detrás de él. Un fuerte golpe metálico había roto el silencio de las calles que susurraban con el viento. No había nadie más cerca del hombre y sin duda, nada tan pesado como para hacer ese ruido.

    El hombre siguió caminando, buscando su casa, otro bar o un hotel donde sobrevivir la noche, pero las ideas se le agotaban. A su alrededor sólo veía locales que hacía mucho tiempo habían dejado de funcionar y tremendas paredes de edificios departamentales que se extendían más allá de donde el joven podía alzar la mirada sin irse de espaldas. Al voltear atrás, dio un salto hacia la pared pues volvió a escuchar otro ruido metálico, esta vez más cerca y más pesado, pero tampoco tuvo tiempo de ver de qué se trataba, pues cerró sus ojos por el miedo.

    Se apoyó del muro de la fábrica donde se había estrellado para ponerse de pie, fue toda una hazaña pero, al final, lo logró y continuó su camino, tratando de permanecer en la banqueta, pero de vez en cuando un pie suyo caía fuera del borde y justo cuando estaba a punto de pisar el asfalto se balanceaba del otro lado y volvía a andar sobre la acera y siempre que esto pasaba, volvía a escuchar el ruido. Le molestaba que alguien pudiera jugarle una broma mientras él estaba perdido, cansado y embriagado.

    Decidido a descubrir el origen del sonido, escudriñó los alrededores en búsqueda de una pista, pero nada pasaba. Luego fijó su vista en la tapa de la alcantarilla, que era pesada y metálica. Dando traspiés, bajó de la acera y, al instante que piso el asfalto de la calle, la tapa de la alcantarilla se movió y un tentáculo salió de ella, moviéndose directamente hacia el joven hombre, quien apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el tentáculo lo sujetó con fuerza y se lo llevó a las profundidades del drenaje, para no ser visto nunca más.
 

FIN

miércoles, 14 de diciembre de 2011

14 - Cimitarra



    El invierno no llegaba del todo a la gran ciudad, sólo hacía frío por las noches, pero el calor del verano regresaba todo el día hasta que el sol volvía a meterse por el horizonte. Es por esto, que los edificios necesitaban mantenerse bien ventilados, aún en pleno diciembre. Ninguna construcción requería de calefacción, pero en todas eran indispensables equipos de refrigeración, tanto para las personas como para sus alimentos y otros productos. Para congelar, enfriar y refrescarse a ellos mismos.

    Esta era una de las oficinas de un edificio de pocos pisos cerca del centro. Cuando el calor era intenso, cerca de las 11 del día, el aire acondicionado requería de apoyo de ventiladores de techo, de piso, de escritorio y ventiladores para las computadoras, baños y ventilas.  Los ductos de ventilación reciben mantenimiento constante y los jefes, pensando siempre en la eficiencia de su empresa, suelen actualizar los sistemas de refrigeración frecuentemente.

    Sergio era un encargado del área de ingeniería e informática. Iba de un lado a otro configurando las computadoras de acuerdo a las actualizaciones de los sistemas de refrigeración automatizados y ultra eficientes. Revisaba diferentes valores en cada computadora que analizaba, fijándose en un manual del tamaño de un directorio telefónico y comparándolos, para luego hacer las modificaciones correspondientes.

    En su última hoja de servicio, tenía programado un trabajo especial. Por alguna razón, en la zona de “observaciones” su jefe escribió que alrededor de las computadoras que debía revisar, la gente ha reportado que pasan sucesos extraños y que se siente una presencia incomoda. Por supuesto que esto no lo creyó pero le pareció de lo más anormal. Sin darle importancia, subió hasta el tercer piso, pero al abrirse las puertas del elevador, algo cambió la seguridad en su rostro.

    Al momento de dar paso, su corazón pareció enfriársele, empezó a sentirse incómodo, mareado. Con pesado andar, se dirigió a su objetivo. Una oficina con al menos seis computadoras, todas conectadas a una principal. La habitación era más fría que fresca, pues había dos ductos del aire acondicionado y un nuevo ventilador industrial de techo, que giraba a toda potencia. Su cabeza se sentía ligera, no tenía náuseas, pero definitivamente su estómago no estaba bien y al momento que volteó por sobre su hombro, le pareció ver que había alguien, pero estaba solo, pues, últimamente, nadie se atrevía a poner un pie cerca de donde él se encontraba.

    Sergio se sentó y aflojó un poco su corbata con el dedo índice. Se sentía abochornado, a pesar del frío, como si hubiera salido de un baño sauna y los bellos de su piel se erizaban. Su pecho se sentía como tener un costal de cemento encima, mientras el ventilador de arriba giraba al máximo, golpeándolo con ráfagas de viento constantes. Con un esfuerzo descomunal, presionó el botón de encendido de la computadora maestra y al instante, todas las demás arrancaron en serie. Miraba de reojo por sobre su hombro pues en cada instante tenía la sensación que había alguien o algo detrás de él.

    Por más frío que tuviera, no podía apagar el aire simplemente presionando un botón, pero este no sólo le incomodaba por el viento que producía, sino que al girar con tanta potencia, generaba un zumbido, un ruido con un ritmo monótono que al principio era insoportable pero dejaba de ser estimulante al poco rato y la gente lo ignoraba, sin embargo, cada vez que las ráfagas arañaban la piel de Sergio, la imagen de las aspas le venía a la mente y, como un fósforo que es encendido, el ruido del ventilador regresaba con intensidad, hasta que iba extinguiéndose gradualmente.

    Cada segundo que estaba en esa oficina, era como un minuto. Las computadoras generaban pitidos cada vez que un comando nuevo era tecleado por el ingeniero. Revisando su manual, se pudo alertar de que la energía consumida en esa habitación era mayor de la esperada. Empezó a trabajar cambiando los voltajes y redirigiendo la energía donde era más necesaria, pero, mientras hacía esto, juraba que alguien estaba detrás de él, jugándole una broma, en el mejor de los casos. No entendía que era todo eso que sentía, pero siguió trabajando en redirigir la energía a donde debía.

    Mientras el joven daba los últimos clics, el ventilador comenzó a girar a una velocidad increíble y el tubo metálico que lo mantenía pegado al techo parecía estirarse, bajando las aspas, que lucían afiladas, hasta rozar el cabello del ingeniero para dar un sablazo final, directo al cuello, como si alguien sujetara una cimitarra y de un solo corte separara la cabeza de su cuerpo. Pero Sergio agitó la cabeza y dejó de pensar en tonterías, continuando con su trabajo y justo  al presionar una tecla final, hubo paz. El ventilador comenzó a girar a una velocidad calmada y en la habitación y todo el piso se sentía la calidez de un hogar. Como por arte de magia, los síntomas desaparecieron y la gente volvió a utilizar esas computadoras.
 
 
 
FIN

martes, 13 de diciembre de 2011

13 - Ideas de muerte.



    Un hombre colgaba de una soga que rodeaba su cuello, ahorcándolo, cortándole la circulación al cerebro. La puerta de esta habitación había sido sellada con tablas de madera, de forma que tendrían que usar un hacha o un ariete para derribarla, pues girar la perilla sería completamente inútil. En la esquina había una planta de sombra, rodeada de muebles de piel, libreros con enciclopedias y tomos de historia, y una mesa para el café de mármol, sobre la cual se hallaban facturas, papeles y cartas de deudas, algunas de ellas amenazantes, todas ellas debajo de una hoja de papel con escritos a mano, acerca de planes con la muerte.

    El individuo que se estaba ahorcando en esa habitación, vestía ropa comprada en una tienda de segunda mano, exceptuando por los zapatos que parecían italianos y una mochila deportiva en la espalda. Carecía de joyería y su barba tenía, al menos, un par de días de crecido. Su cara lucía un aspecto decadente, parecía que no había comido adecuadamente, pues su piel se veía anémica y las ojeras denotaban largas noches de desvelo e insomnio. Sus últimos esfuerzos desesperados por desamarrar el nudo fueron inútiles y su vista empezó a nublarse, rodeándose pronto de una penumbra total. Su corazón se detuvo y su cuerpo dejó de moverse.

    Su consciencia se perdía en el más allá y ante él, una figura espectral empezó a manifestarse. Conforme la imagen se iba condensando, un ser cubierto de una túnica negra, sosteniendo un reloj de arena, surgió. Y este ser se presentó frente a él como La Muerte. Le extendió su mano huesuda pero el hombre empezó a llorar. Le dijo al inmortal que había fallecido por su pobreza, su vida miserable no le había dejado ni un par de monedas para transportar su alma al otro mundo, pero que era una persona honrada y si tenía que trabajar, aún en el purgatorio, no habría problema, lo pagaría, de todas formas.

    Así pues, La Muerte le dio una oportunidad. El hombre remaría la balsa por La Muerte, pero con la única condición de que a mitad de camino él se bajaría y después ella guiaría a las almas hasta su destino, procurando que él nunca esté tan cerca del otro mundo como para escaparse y, de este modo, recibiría una moneda por cada milenio que trabajase. No teniendo opción, aceptó el trato y, a partir de ese momento, comenzó su labor de remero. 

El espíritu lo guió al puerto y le mostró el camino que debía tomar, entonces desapareció entre las sombras y al cabo de un rato regresó, acompañado del alma de una persona. Al subirse esta al bote, el ser inmortal se perdió en las tinieblas y el remero empezó su labor milenaria. Aquellos que transitan el río hacia el más allá no suelen emitir palabra durante el solemne recorrido, mas el remero interrumpió el momento sagrado para hablar de su pesar. Que por ser pobre, no pudo pagar su viaje hasta la otra vida y entonces por eso trabajaba para La Muerte. La persona no contestó, pero el navegante insistió, preguntándole si había pagado su cuota. Aún así, no salió palabra  alguna de su boca y al llegar exactamente a la mitad del camino, parada sobre una roca que sobresalía en medio del río, una figura espectral se formó de entre la oscuridad.

La Muerte subió al bote y de su túnica surgió un sonido metálico, como el choque de dos monedas, dentro de alguna bolsa. Entonces,  le indicó a su remero que se bajara y permaneciera parado en la roca hasta su regreso. Hecho el intercambio de lugares, el bote retomó su rumbo, pero nadie estaba moviendo los remos, simplemente se deslizaba en el agua impulsado por una fuerza invisible. Sin saber cuánto tiempo estaría rodeado de esa neblina, del frío y la nada del río que llevaba al otro mundo y por más que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, él sólo veía  oscuridad y nada más.

Al cabo de un rato La Muerte volvió tripulando el bote y este se detuvo suavemente junto a la roca. Esta vez, cuando descendió del navío, su ropa no hizo ruido más que el de la tela. El hombre tomó los remos y los manejó en la dirección que le fue indicado. Llegando al primer puerto, donde abordaría un pasajero más. Pero esta vez, cuando llegó a la roca donde se encontraba su amo, no se acercó, siguió navegando lejos de su alcance hasta llegar a la orilla opuesta al muelle de inicio hasta que su bote se clavó en la arena. Fijándose en las huellas del suelo arenoso, rápidamente aquellas que eran de zapatos o pies, que iban en todas direcciones, se identificaban como humanas y sólo unas parecían pisadas de un esqueleto.

Las siguió por esa playa, cubierta de un techo con estalactitas que todo el tiempo se veía como un sueño, hasta tocar la pared y de ahí hasta una cueva de la cual salía un brillo dorado, que parecía el único color de entre tanta negrura y opacidad. Las monedas estaban heladas, pero su lustre era tal que provocaban la sensación de calidez, como estar frente a una fogata en una noche gélida. Cayó de rodillas, al ver las montañas de monedas y otros tesoros como espadas, coronas, cetros, dagas y poderes antiguos. Pero el objetivo de todo su plan, era llenar la mochila que tenía siempre en su espalda con todas las monedas de oro que pudiera cargar.

Y así, con sus dos manos, echaba por montones la fortuna en oro dentro de su mochila deportiva, fabricada especialmente para ser resistente y no romperse, hasta que ya no cupieron más. Entonces empezó a meter monedas en sus bolsillos y dentro de sus zapatos, tantas como podía y cuando sintió que tenía suficientes para poder cargar y que el bote no se hundiera, regresó al río y navegó de vuelta a la entrada del mundo de los vivos y cuando pasó por la roca, La Muerte seguía ahí y lo observaba con una sonrisa en la cara y un reloj de arena en una mano. Al tocar la orilla del otro lado y correr lejos de la bahía, como si despertara de un sueño, recobró la consciencia y sus ojos se abrieron dentro de la habitación donde se había ahorcado, hasta que su cabeza se separó de su cuerpo por el peso de las monedas.

Al volver al otro mundo, se encontró a La Muerte y cuando le extendió la mano, esta vez él tenía monedas de sobra, pero el ser ancestral no aceptó el trato, pues todas esas monedas eran robadas y debería pagar mil años por cada moneda ultrajada, pero, esta vez, llevará una cadena en cada brazo, anclada a cada remo del bote y otra más, que llevaría por toda la eternidad, para mantener pegada la cabeza a su cuerpo.
 
FIN


   

jueves, 8 de diciembre de 2011

08 - Los dados de la desesperanza



    Es viernes, en la ciudad, la gente ya espera salir de sus trabajos para poder divertirse toda la noche y el fin de semana. Los autos atiborran de ruidos mecánicos el ambiente entre los rascacielos cuyos vidrios resplandecen a la luz del sol que desciende hacia el horizonte.  Los papeles entran y salen de las oficinas de un cubículo a otro y las impresoras y fotocopiadoras no dejan de trabajar. Desde cualquier ángulo, se podía ver un par de manos que cerraban un trato, vehículos esperando en un semáforo, cocinas y restaurantes de comida rápida trabajando a su máxima capacidad y gente cargando bolsas con regalos.

    Es en uno de estos edificios, que un hombre observa la ciudad en movimiento. Sujeta con su mano derecha una hoja de papel bond blanca que se arrugaba de tan fuerte que la tenía agarrada. Su corbata le apretaba el cuello por encima de su camisa blanca, así que usó el dedo índice de su mano izquierda para aflojarla ligeramente. Observaba cada piso, cada ventana, mientras escuchaba las noticias locales. Las luces de ese piso estaban apagadas y sólo aquella que entraba por sus persianas se colaba dentro de las oficinas. En el escritorio más cercano a esta persona, un pequeño monitor mostraba unas listas de números  verdes y cálculos matemáticos avanzados.

    La radio hablaba de temas de política local, cosas relativas a la ciudad, datos de nuevas especies descubiertas en selvas de Borneo y celebraban que habían pasado al menos 100 días sin un  sólo reporte de suicidio en el mundo, cosa rara en diciembre. También hablaban de la navidad que se acercaba, la manía con las compras navideñas y los adornos de navidad, como pinos, luces y otros más extravagantes con instalaciones llenas de figuras robóticas que se movían y cantaban, iluminados por foquitos danzando al unísono con la música, entre otras cosas locas.

    El hombre, rascaba su cabeza calva y se tallaba sus ojos con las manos, pasando los dedos bajo los lentes. Echó un vistazo abajo y notaba el tráfico normal, a algún caballero se le rompía su maletín y los papeles salían volando, alrededor de un carro había un grupo de gente empujándose tratando de observar lo que sucedía dentro del vehículo que parecía un convertible, un policía ponían conos de tránsito en un tramo de la avenida, mientras que otro dirigía a los autos embotellados por la hora pico. Fue en ese entonces que un estruendo producido por cristales rompiéndose rompió la supuesta calma.

    Al momento de oír el estallido de vidrios, el matemático pegó sus palmas a su propio cristal, giraba los ojos como un camaleón, tratando de encontrar la ubicación, pero había pasado a un par de oficinas de la suya y no tardó mucho tiempo en oírse otro estruendo similar, esta vez más cerca, casi al lado de su oficina. Mientras observaba, se dio cuenta que el edificio de enfrente ya tenía ventanas rotas y, justo en ese instante, vio como estallaba en mil pedazos otra más y la figura de un ser humano que la atravesaba para caer directo al concreto en la base del edificio, donde comenzaban a acumularse los cuerpos incrustados de pedazos puntiagudos de cristal.

    La gente seguía saltando de los edificios, no sólo en esa calle, sino en toda la ciudad y alrededor del mundo, donde se escuchaban noticias de homicidas suicidas, personas saltando a las vías del tren o frente a camiones. Choques de vehículos y ataques de violencia e ira. Mientras que el matemático apretaba cada vez más fuerte el papel con números impresos. Su frustración no podía ser mayor, tenía la información y pudo prevenir el desastre. Sabía que las probabilidades algún día tendrían que activar sus mecanismos y el balance debía ser restaurado. Había deducido que la mayoría de la gente no lo entendería, sus supersticiones los llevarían a mal interpretar la situación y entrarían en pánico.

    No dejaba de maldecir dentro de sí, cerraba los ojos y apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecería que sus dientes se quebrarían o su quijada quedaría trabada en esa mueca para siempre. Le echó un último vistazo al papel que sostenía en sus manos, que calculaba el número de suicidios que no habían sucedido y los que estarían por suceder en días próximos, pero los consideró demasiado absurdos, las probabilidades eran demasiado incoherentes y sin embargo sucedió, tan incoherente y terminó siendo una realidad. Partió el papel a la mitad con sus dos manos, luego rompió los dos pedazos a la mitad y así hasta hacer pequeños pedazos que arrojó al aire mientras caía de su edificio, tras haber saltado, no sin antes de volverse a ajustar la corbata.
FIN

domingo, 4 de diciembre de 2011

04 - La Pata de Venado


    Este era un vagabundo que rondaba las calles empujando un carro de supermercado lleno de basura, chatarra y uno que otro tesoro que recogía de la calle. Sin más por qué vivir que el día a día, su única ocupación era caminar de un lado a otro recogiendo todo aquello que le pareciera interesante. Comida, pedazos de cobre y cosas que no sabía qué eran pero, pensaba, tendrían algún valor.

    Una tarde, el vagabundo cruzaba por una zona en construcción, cuando repentinamente  se oyó un grito y algo le pegó en la cabeza. Volteó por todo el suelo, buscando rápido al culpable y vio una pata de venado, pero más personas asustadas empezaron a hablar y murmurar, pues un trabajador de la construcción había caído del tercer piso hasta el sólido cimiento de concreto y todo este tumulto lo alertó. No quería ser visto por la policía, así que se fue tan veloz como pudo.

    Al día siguiente, el vago regresó a esa calle, y, para su sorpresa, la pata de venado no estaba, y al descartar que la pata hubiera cobrado vida y caminara por sí sola, dedujo que alguien la había tomado, era importante para una persona y por lo tanto, sí tenía un valor al que sacarle provecho. Pero la pata, ahora, ya no estaba. Alguien más la tenía, así que pensar en ella sólo sería pérdida de tiempo que podría utilizar para buscar más objetos. Siguió su camino y se olvidó de la pata.

    Una práctica común entre los vagos es la de reunirse en sitios marginados de los suburbios. A calentarse con la confortable basura quemada en un bote de basura, a veces alimentada con gasolina. Para su sorpresa, al llegar bajo el puente que habituaba no había fuego en ningún bote, tampoco veía gente deambulando en la oscuridad y el olor a muerte llenaba el ambiente. Avanzó lentamente por la calle, extrañándole el vacío y el silencio, que sólo era interrumpido por algún papel que chocaba en el suelo.

    Cuando el vago estuvo lo suficientemente cerca del olor y vio una figura en una de las columnas, cubierta de ropas sucias y rotas, pudo percatarse de la situación. Uno de sus colegas había fallecido en ese lugar y, antes de que llegara la policía, todos los demás escaparon. Ahora tenía que salir de ahí pero apenas aceleró su marcha se tuvo que detener, pues colgado del cuello del cadáver se encontraba, amarrado con una cuerda simple, la pata de venado.

    Admiraba con urgencia la pata, era un amuleto, pensaba. Debía tenerlo. Pero en ese instante, el sonido de una ambulancia surgió del silencio y unas luces rojas y azules brillaron en un charco a una calle de ahí. Sin pensarlo dos veces, aceleró con su carro de supermercado. Escapando del lugar, sin la pata de venado. Mientras que a dos calles, una patrulla de juguete era conducida a control remoto por un niño que regresa con sus padres del supermercado. El olor a muerte fue percibido por estos últimos y siguieron su camino sin detenerse, mientras que el niño presionaba un botón y hacía sonar la sirena de su carrito.

    El vago no había vuelto a pensar en la pata y tampoco regresó al puente donde la vio por última vez. Había que dejar pasar un tiempo, cuando un vago moría, antes de volver a tomar un lugar. Por esta razón, el vago caminó días hasta otro sitio de vagabundos. Al llegar, vio a las personas de siempre, los mismos locos y enfermos marginados del mundo, esperando día a día para morir. Empujó su carrito mirando a los demás, acostados en la suciedad, sin nada en la vida más que lo que podían cargar. Pero uno de ellos tenía algo que él quería: Sostenía en su mano el collar, hecho con una soga, con la pata de venado.

    Ambos vagos miraban la pata de venado, ninguno de los dos sabía cuánto valía, pero dado que uno lo quería más que el otro, le ofreció comprársela, a cambio de algo que tuviese en su carrito. Al echar un vistazo en este, casi sumergiéndose hasta el fondo, encontró una botella de vidrio de cerveza. A regañadientes del dueño de la botella, se hizo el intercambio. Pero ya nada importaba, pues tenía su pata de venado. Se perdió sin decir gracias, ni adiós a su colega. Solo empujando su mercancía hasta perderse en la penumbra de un callejón, donde pudo atorar su carrito entre dos paredes y acostarse enfrente de él, para que nadie pudiera tomarlo sin que se diera cuenta.

    Antes de dormir, le echó un último vistazo a la pata de venado. Tenía un buen presentimiento respecto a ella, quizá su vida mejoraría de ahora en adelante, encontrarse una moneda de vez en cuando o hasta algún billete. Se colgó la pata de venado al cuello, acomodó unos cartones en el suelo y se cubrió con periódicos, hasta quedar completamente dormido. Al llegar la media noche, el vago se despertó de un golpe, pues sintió que se asfixiaba. Miraba alrededor inútilmente para ver quién lo sujetaba o con qué se estaba ahogando, pero no veía la pata de venado debajo de su barbilla que, con sus dos pesuñas, sujetaba fuertemente el cuello y no lo soltó hasta que su corazón dejó de latir.


FIN

viernes, 7 de enero de 2011

Perro negro espectral



Rondaba de noche los suburbios, cansado con andar lento,
El cofre del auto, junto con el techo, sonaba bajo la tormenta,
Como un sonámbulo, conduciendo con los ojos adormecidos,
Entre sueño y sueño, pensando… divagando, recordando.


Sumido en mis pensamientos, mi corazón se detuvo un momento
Pisé el freno tanto como pude con mis sueños rotos,
un perro negro espectral cruzó corriendo la calle,
No estaba seguro de haberlo visto con claridad. Yo Dudo.


En la noche sonaba un tono de fantasía o de terror,
Como si algo extraño fuera a suceder pronto,
mas era tarde cuando llegué al hogar, dulce hogar,
pero en la entrada de la casa, otra vez, ese perro negro espectral.


Sentado, enseñando las fauces,
Sus ojos destellaron al acercarme
Y al apagar las luces de mi auto
El perro negro espectral se esfumó al momento.


Cada noche era peor que la anterior,
Cada día más ennegrecido, lúgubre,
Me desperté temprano por un mal sueño,
Era el perro negro espectral, acosándome mientras duermo.


Sudaba al momento de levantarme,
Nunca antes un sueño me ha hecho daño
Lo que se esconde en la mente nunca saldrá,
Mañana será otro día, si es que no muero mientras duermo.


La luz del día me levanto el ánimo al amanecer,
Los recuerdos de depresión y agonía se habían ido.
Café, trabajar, almorzar. Espero poder descansar,
espero no tener que trabajar todo el día.


Al aflojar mi corbata me sentí libre,
Y al sentir la libertad recordé la opresión,
Otro día acabado, devorado por la depresión.
Por los horrores que se esconden al caer la noche.


Pasó menos que un parpadeo, enterrado en la noche,
pero el perro negro espectral esperaba oculto junto al auto,
Con ojos demoniacos, mostraba sus fauces,
Amenazando con llevarse un alma… y yo solo.


A máxima velocidad, un vehículo irrumpió la calle,
Destellando, ahuyentando al perro negro espectral
¡Qué horrible maldición la mía! Sufrir el acoso de tal bestia,
Sufrir, sin haberlo merecido, no hay más grande injusticia.


¿Cuándo el perro negro espectral aparecerá?
¿Será a la mitad de la noche cuando esté dormido?
¿O cuando menos yo lo espere?
La tensión me envenenaba lentamente.


Me desperté antes del alba, en la oscuridad
Sudando, con el corazón golpeando duro,
Otra vez ese perro negro espectral,
Acosándome en cada esquina… en cada sueño.


¿Qué desea el perro negro espectral? ¿Qué es?
¿Por qué no se va, por qué no me deja en paz?
¿Por qué nadie lo puede ver, a este perro negro espectral?
Juega con la mente, sus trucos son desconocidos.

Veo a esta Bestia negra espectral en todos lados,
En el trabajo, en el camino, en el auto, en los sueños,
Empezó poco a poco, pero pronto me devoró todo.
Mi vida, mi mente, mi alma y todo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El acosador

El viento soplaba por las calles de la ciudad conforme las luces de las casas se apagaban tras la caída de la noche. La tranquila zona residencial, atraía a los seres de las tinieblas por su quietud, en búsqueda de oportunidades, aprovechándose de la confianza y pasividad de aquellos que duermen. Hurgan en cada rincón, robando comida, rompiendo cables, acechando y reptando por nuestros objetos más apreciados. El alumbrado público amarillo ilumina partes de la calle y deja entrar algo de su luz a las casas y la luz que no entra por la ventana, forma siluetas monstruosas en los cuartos de los niños.

Nancy se tapaba con la colcha de su cama en su cuarto de paredes rosadas que estaba ensombrecido por la noche. La colcha era gruesa y la ocultaba por completo, pero su miedo no se iba. Juraba haber visto a alguien en su ventana y que ese alguien la observaba. Ella estaba completamente paralizada por el horror, temía que ese alguien pudiera entrar de por la ventana abierta y no sabía qué intenciones podía tener. La brisa y el sereno hablaban. Susurraban con frialdad a los árboles y éstos respondían agitando sus ramas y sus hojas, haciendo un sonido como el de la lluvia. Afuera de la ventana, Nancy escuchaba una respiración densa y pesada, mecanizada, que iba y venía, que Inhalaba y exhalaba, lentamente, como con pesadez o dificultad. Como el último aliento de un hombre agonizando por la vejez, como alguien que había fumado demasiados cigarrillos o como un loco.

Las cortinas no permitían ver el exterior, pero con cada ráfaga del exterior éstas revoloteaban por la habitación de Nancy, mientras que ella se aterrorizaba y se volvía a esconder en la colcha, en la aparente seguridad de su cama. Estaba cansada, pero su corazón no le permitía dormir, martilleaba fuertemente con cada arremetida del viento, quería dormir, quería descansar, pero no podía. Las cortinas se extendían como garras y rozaban la colcha, siseando en su idioma noctámbulo, aterrorizando más a la pobre Nancy. La respiración nunca se iba, pero Nancy tenía mucho miedo de voltear ver.

El frío bajó hasta las calles desde la caída del sol y empezó a invadir cada habitación de la casa, hasta conquistar por completo aquello que sucumbiera bajo su amparo. El cuarto de Nancy parecía congelarse ante el arremeter de la ventisca. Sus piernas temblaban más que el resto de su cuerpo, pues sentía los pies helados y comenzaban a entumirse. El poco calor que quedaba bajo esa colcha era insuficiente y la pijama de unicornios de Nancy era delgada y suave, como su cabello amarillo, más preparado para los cuidados de princesa que a una noche llena de espantos y angustia.

El tiempo seguía corriendo y Nancy no aguantaba más, el miedo y el frío forzaban la necesidad de salir del refugio sagrado de la cama y adentrarse en la oscuridad de la noche. La puerta del baño no existía en ese mundo oscuro, en su lugar había una sombra negra que cubría toda la pared y varios objetos a su alrededor, como el fondo de una cueva. Pero la puerta y esa pared aparecían de repente, cuando el viento soplaba y elevaba las cortinas, rozando la colcha con sus garras, dejando entrar algo de su luz amarilla. Sentía escalofríos y lágrimas salían de sus ojos en chorros, pero no decía nada. No se atrevía a gritar, sería peor.

La noche anterior había sido similar y la anterior a esa también. Los padres de Nancy despertaban asustados y corrían a su habitación al escuchar los gritos de su hija. Cuando prendían la luz, el cuarto se iluminaba de rosa, los peluches estaban en su lugar, las muñecas también. El cuarto estaba en orden, pero Nancy lloraba y pedía ayuda debajo de su colcha. Pero al levantarla tampoco había nada, la niña aterrorizada no sangraba ni le dolía nada, lloraba de miedo y a duras penas podía explicar qué estaba pasando pues era presa del pánico. Decía que había alguien en su ventana, pero al asomarse su padre no vio nada más que las ramas de los árboles, meciéndose en el exterior.

La primera noche Nancy durmió con sus padres, a salvo de lo que sea que estuviera afuera de su ventana, viéndola y respirando pesadamente. La segunda noche también, pero tuvo que protestarles y rogarles pues ellos pensaban que había sido sólo un sueño y nada más. Sus padres le advirtieron que no debía despertarlos si sólo había tenido una pesadilla, pero ella podía escuchar la respiración de alguien afuera de su ventana. Tenía que ir al baño, pero no podía levantarse, cualquier oscuridad podría ser la puerta a un horror. Debajo de su cama, el closet, cualquier sitio podría ser escondite de los seres de la noche. Tenía que cerrar su ventana si quería sentirse tranquila, tenía que estirar su brazo para jalar la ventana hacia abajo y aislarse de los miedos de la noche, pero la ventana estaba más lejos de lo que parecía.

Nancy se arrastró hasta la orilla de la cama, jalando consigo la colcha y tapándose cuanto pudo. Conforme se acercaba, podía escuchar con más claridad la respiración pesada de afuera y esto la asustaba más. Hacía todo su esfuerzo por alcanzar la ventana, pero sus brazos eran cortos y delgados. Nancy estaba al borde de un abismo y su salvación dependía de una ventana de vidrio y, detrás de esta, una criatura perversa la observaba. Estiraba su brazo y su cuerpo, sujetándose del colchón de la cama, aferrándose a su colcha que insistía en resbalarse de su cuerpo, exponiéndola al mal. Ella era jalada por el piso fuera de su cama y se alejaba de la ventana para volver a intentarlo una y otra vez. Cada vez que lo hacía se acercaba más, pero igual aumentaba el riesgo de caer al precipicio, donde reinaba la oscuridad. Estaba cada vez más y más cerca, su corazón bombeaba a toda potencia y su respiración era más pesada y densa que la que se escuchaba afuera de su ventana. Pero al sentir que se iba a caer, se echó hacia atrás y cayó sobre su cama. No aguantaba más, lo intentaría una última vez.

Nancy era una niña insegura, temerosa, acosada por pesadillas e imágenes borrosas de sufrimiento y dolor, su cuerpo era dominado por la ventisca y la oscuridad. Veía la ventana y podía escuchar una respiración densa y repugnante, como pervertida o loca, que provenía de afuera. Tenía que cerrar la ventana a toda costa para aislarse de los miedos de la noche. Juntando el poco valor que le quedaba, se acercó a la orilla del colchón pero era arrastrada por los horrores bajo la cama de su cuarto. Su corazón se detuvo un segundo cuando dio un último estirón a la ventana. Pudo sentir el vidrio frío y húmedo en su mano cuando sus dedos lo tocaron y resbalaron. Para ella fue un segundo: Su mano se acercó a la ventana lo suficiente para tocar el cristal, pero su cuerpo estaba más afuera de la cama que adentro y los horrores de la noche la arrastraron hasta el fondo.

Por unos instantes, todo lo que Nancy podía escuchar era su corazón latiendo, parecía que en cualquier momento le daría un infarto. Abría lo ojos pero no podía ver nada a su alrededor. Entonces soplaba el viento, levantaba las cortinas que se extendían por el cuarto de Nancy como garras y dejaban entrar la luz amarilla que revelaba por unos instantes las muñecas y los peluches de su cuarto. Luego, la oscuridad regresaba en forma de un negro profundo del cual los ojos no se podían acostumbrar. Entonces, escuchó una respiración que no era la suya. Esta era densa y pesada, como alguien que jadeaba. En ese momento empezó a sentir sudor frío en toda su piel, volteó a su ventana de un golpe y vio la cara de un ser extraño, sin pelo en su cabeza, de ojos grandes y raros, con una boca y nariz que no parecían humanas y, sea lo que sea este ser, la estaba viendo con sus ojos negros y girando su cabeza un poco, sin dejar de ver a la pequeña Nancy.

Nancy entonces gritó con toda su fuerza, una y otra vez, gritaba tanto como podía. Pero esta vez sus padres no entraron corriendo como la noche anterior, Nancy estaba sola en la oscuridad del piso de su cuarto, con la criatura viéndola directamente a los ojos, respirando pesadamente, como si necesitara ayuda mecánica para hacerlo. Nancy gritaba y lloraba, pero nadie venía, la puerta no se abría y su cuarto estaba en completa oscuridad. Una mano gris y arrugada entró por la ventana, con dedo largos y delgados, luego otra mano entró junto a la primera y Nancy sólo podía observar, desde el oscuro suelo de su cuarto, como el ser ponía un pie adentro, luego otro y, en poco tiempo, su cuerpo entero ya estaba parado junto a Nancy, pequeño, haciendo la silueta como de un niño en su alcoba, siempre respirando pesado, siempre mirándola, con movimientos quietos, delicados y su cabeza extraña.

Nancy no gritó más, cerró los ojos tanto como podía y lloraba, se tapaba con sus manos, arrinconada en el suelo de su cuarto y sintió unos dedos largos que tocaban su hombro y bajaban por su espalda. Nancy gritó y lanzó un golpe a ciegas. Cuando abrió los ojos pudo ver sus muñecas, sus peluches, la pintura rosa en la pared de su cuarto y la luz de la mañana que se colaba por una cortina. Al jalar esta última, vio que su ventana estaba cerrada. Con terror, recordaba los sucesos extraños de la noche, miraba sus manos para tratar de entender la realidad, pero su pijama estaba rota y había una mancha de sangre que cubría parte de la cama. Volvió a gritar, ahora con más fuerza que nunca y esta vez sus padres si vinieron y esta vez sus padres sí le creyeron.