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martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

sábado, 24 de agosto de 2013

21 – Un millón de almas





                El mercado de las pulgas se situaba en un barrio al sur de Vallecalmo. Si bien, algunos vendedores frecuentes ya habían establecido sus espacios, cualquier ciudadano podía ir con una mesa y vender los artículos legales, y a veces no tan apegados al derecho, que deseara. El lugar era cada año una locura, por las festividades decembrinas. Entre los vendedores que no dejaban un solo espacio al exhibir sus productos, hasta los compradores que se atiborraban enfrente de las tiendas gastando el dinero. En ocasiones el vendedor no conocía al cliente sino que sólo podía ver una mano, de entre los montones de gente, con billetes o monedas y una voz diciéndole el producto que deseaba, a lo cual tomaba el dinero y colocaba el artículo en la mano que desaparecía con un “gracias” entre el desorden.
                Todo este caos era bien aprovechado por los ladrones y carteristas para hacerse de un botín. Generalmente, deberían acercarse tanto como pudieran a la persona y sutilmente metería su mano dentro de la bolsa de su víctima, tomaría lo que pudiera y se alejaría tan discreto como le fuera posible. Sin embargo, en las condiciones actuales, simplemente debía sumergirse entre el mar de gente y empujones y hasta darse el lujo de elegir qué objetos robar, sin presión alguna.
                La seguridad del mercado era tan alta como se podía, pero simplemente no era suficiente. Un puñado de policías rondaba de vez en vez, pero preferían mantenerse en la periferia de la masa de gente, donde tendrían una mejor visibilidad y mayor movilidad. Aparte de esto, los mismos mercaderes estaban siempre con un tercer ojo abierto para avisar o notificar a posibles ladrones y defraudadores.
                Sin embargo, nada de esto servía para detener a los ladrones, como Elías, quien nadaba entre ese mar de gente, explorando en sus profundidades en búsqueda de un tesoro.
                El sol se levantaba en lo alto y, a pesar del frío invernal que bajaba de las montañas, el asfalto, las paredes grises de los edificios y todas las lonas y mantas se calentaban, junto con el horno gigante que era el mercado, operado por calor humana. Dentro del este, un ladrón debía tomar una decisión: Robar a un comprador o a un vendedor; Por una parte, los vendedores tenían excelentes artículos, algunos incluso joyas de cierto valor. Un ladrón con categoría como Elías prefería robarse una piedra preciosa que un montón de billetes, sólo por el gusto de decir que era suya; Por otra parte, una cartera con dinero podía tener desde nada, hasta unos cuantos billetes y rara vez una cantidad considerable, pero era dinero que podía empezar a usar, sin embargo, es posible que el comprador robado vaya con la policía.
                Conocía el mercado, los puestos y a los visitantes de pies a cabeza, exceptuando a las personas que venían por primera vez a introducir nuevos productos que eran pocos. Andaba mirando las mesas con los artículos, calculando su precio sin tener que ver la etiqueta o preguntar. Pero para él, muchas de las piezas exhibidas eran baratijas. Nada digno de ser robado. Justo antes de desistirse de robar alguno de los puestos y comenzar a fijarse en los compradores, una luz llegó hasta sus ojos y estos se abrieron de par en par.
                Había quedado hipnotizado por un pendiente en una joyería, parecía de cristal rodeado de oro blanco. Brillaba como un diamante, pero era demasiado grande como para no estar en un museo. Al instante, una voz ronca y seca se escuchó claramente, de entre los gritos de los clientes y mercaderes —Es Hermosa ¿Verdad?—.
                Sin voluntad de hacerlo, Elías volteó su mirada hacia los ojos del tendero, quien lo veía fijamente y con una sonrisa falsa. — ¿Es de cristal?—preguntó el ladrón, aún estupefacto.
                — Es de un cristal antiguo, pertenece a este lugar, a esta tierra. Es una pieza única en su tipo, se dice que posee más de un millón de almas— Respondió el viejo, rascándose su barba blanca.
                —¿Cuánto vale?— le preguntó fríamente. El viejo mercader había escuchado antes esa pregunta, pronunciada de múltiples formas y la forma en la que la escuchó esta vez le era familiar.
                —¿Si te digo el precio, vas a comprarla o desaparecerás entre la gente con mi precioso cristal de un millón de almas?— mientras hablaba, los ojos del viejo mercader carecían de vida, como los de un espectro y sus labios apenas se movían. Alrededor, parecía que nadie notaba la presencia de ambos, como si fueran invisibles.
                —Si el precio es bueno y me alcanza, se lo compraré,  señor— respondió el ladrón, pensando en usar su viejo truco de “No tengo suficiente dinero, pero volveré más al rato”.
                —Entonces es tuyo— dijo el viejo con confianza— Tómalo, gratis, te lo regalo—.
Elías estaba estupefacto, quizá era una tontería sin valor o el viejo ya sabía que se lo robaría y que nada podía hacer al respecto. Sin titubear, le dio las gracias al tendero, puso el cristal en su bolsa y buscó la salida más cercana. Al llegar, tres policías con bicicletas y armados con pistolas vigilaban la salida del mercado. No había cometido ningún crimen, esta vez, no tenía ni que actuar con naturalidad. Pero al poner un pie fuera del mercado, una grito resonó entre la multitud.
—¡LADRÓN, LADRÓN, AGÁRRENLO!— el viejo corría entre la gente y apuntaba a Elías quien cometió el error de voltear a ver a los policías, mientras ellos seguían con su mirada el dedo del mercader que apuntaba hacia él.
Explicarles a los policías que el mercader le regaló una pieza que parecía tener un gran valor a un conocido ladrón no era una buena coartada, por lo que la única opción que tenía Elías era correr.
La policía lo perseguía en sus bicicletas, pero tuvieron que abandonarlas en la calle, cuando Elías se trepó a una escalera de emergía detrás de un edificio y, como si fuera un malabarista, subió hasta el techo desde el cual saltó al edificio contiguo y se deslizó por la tubería hasta caer en un montón de basura. Junto a este montón se encontraba una tapa de alcantarilla que Elías dejó entreabierta en caso de peligro. Una vez cerrada, los policías simplemente pasaron de largo y jamás pudieron atraparlo.
Dentro de las alcantarillas, caminó unos metros entre agua mal oliente hasta llegar a una zona alejada del mercado. En una oscuridad profunda, notó un brillo que salía de su bolsillo. Y al instante supo de dónde venía. Sacó el pendiente y lo puso frente a él. El objeto era todo menos sencillo, mientras más lo observaba más detalles encontraba. Como si el artista que había creado esa obra hubiera dedicado toda su vida en ella o más de una. El cristal del centro, tan grande como un encendedor, resplandecía como una luciérnaga y mientras más se adentraban los ojos de Elías en esa luz verdosa más le parecía ver cosas que se movían, primero como una nube o un fluido, luego más como a una selva o una ciudad y finalmente como un enjambre o el ruido en la imagen de una televisión.
Al desprenderse de su conjuro, miró a su alrededor: Huesos decoraban las paredes, en vez de ladrillos, el piso, el techo y cada columna y arco estaba cubierto de huesos y cráneos y en el aire se sentía el olor a miasma. Terribles gemidos provenientes de cada cráneo torturaban a Elías con su sufrimiento. Era tal el dolor y la agonía de estas almas en pena, que sus gritos y sollozos seguían resonando a través de los siglos.
La mazmorra donde se encontraba no tenía antorchas o lámparas ni fuego o ventana alguna. Sin embargo, eran visibles un par de metros hacia adelante, como si Elías emitiera luz por sí mismo o si sus ojos pudieran ver, aún en la oscuridad más profunda, adentrándose, aferrándose a observar como motivados por un sexto sentido. Gotas caían en pequeños charcos por aquí y por allá. De la oscuridad surgían ruidos de aparatos mecánicos con engranes, cadenas, cuerdas y maderas que crujían y el arrastrar de objetos pesados, junto con golpes y ruidos como el del metal estrellándose contra otro metal.
Elías veía sus manos con lentitud. Su cabeza le dolía y no podía dejar de pensar en nada más que el sufrimiento de los miles o millones de miserables cuyas almas no descansaban en esas mazmorras. Era como si sintiera todas las aberraciones y trasgresiones, que padecieron esas millones de almas, en su mismo cuerpo, a lo cual no podía más que tirarse al suelo y revolcarse de la agonía, hasta quedar inconsciente
Los gases tóxicos que llenaron sus pulmones no le permitieron volver a levantarse, y su cara quedó sumergida en agua pútrida la cual rápido se coló por su boca y sus fosas nasales hasta asfixiarlo. Su mano aún sostenía el pendiente de cristal, pero no emitía ninguna luz ni podían verse imágenes en él. Cuando murió y se relajó su mano, el pendiente quedó libre para ser arrastrado por la corriente y perderse en las aguas negras de las alcantarillas de Vallecalmo.

FIN

viernes, 23 de agosto de 2013

20 - La gente polilla.





                Caía la noche, en el pueblo de Vallecalmo. Ariel esperaba el autobús que iba desde el centro hasta los suburbios, tal como hacía siempre al salir de su trabajo. El viento, que soplaba frío desde el norte, tenía un olor festivo. Cuando este aire llenaba sus pulmones, venían a su mente imágenes de cenas, amigos y familiares. Fotos de recuerdos de tiempos pasados. Pero al exhalarlo, regresaba a la estación del autobús en un instante. A su alrededor se encontraban, algunos de pie y otros sentados en las pocas sillas de la estación, gente que parecía esperar el autobús. Nunca se lo había cuestionado antes, pero con la nostalgia de su pasado, comenzó a preguntarse sobre la vida de las personas que la rodeaban.
                La persona más próxima a ella, era un hombre que vestía de saco y corbata. Para ella, era claro que se trataba de un hombre de negocios, pues daba una apariencia de éxito, alguien en quien podría confiar su dinero. Su cabello bien peinado, el maletín en una mano y su teléfono celular en la otra. Junto a él, una señora con un vestido de flores y cabello negro, de, según sus cálculos, al menos cincuenta años. Se imaginaba que la señora tenía una hija esperando al que sería su nieto, casi podía sentir las lágrimas de alegría de la señora al escuchar las palabras de “voy a ser mamá” y el orgullo del futuro abuelo quien fumaba un puro junto con su yerno.
                Uno de los camiones que se detuvo frente a ella la trajo de vuelta a la realidad, pero no era el suyo. A este sólo se subieron un par de personas, una de las cuales tuvo que correr para alcanzarlo. Su mente se fue de la escena tan rápido como el autobús se alejaba, al observar a una pareja de jóvenes tomados de la mano. Pensaba en el chico con barros en su cara, enamorado de ella antes de conocerla, en su habitación, viendo una foto de su amada y suspirando por algún día poder tener el valor de acercarse a ella aunque sea para decirle “hola”; y la chica, el mismo día, en su habitación rodeada de posters de su arista pop favorito, escribiendo poemas sobre el príncipe azul que añoraba: galante y susurrándole palabras bellas al oído.
                Los tacones de Ariel le apretaban, tenía ampollas en sus pies, pero ya estaba acostumbrada a esta tortura. El tiempo de espera se le hacía eterno, pero de entre los seres de esa estación, notó a un par que vestían gabardina, botas y sobrero. Eran ligeramente más altos que el resto y sus cuerpos eran delgados, podía ver a tres de ellos. En su mente, recordaba haberlos visto antes, pero sin que le llamaran la atención, en ese momento eran como el resto de sombras que le rodeaban en su apurada cabeza. Uno de aquellos que podrían ocupar un asiento en el autobús en el que ella se sentaría, alguien que se subiría al mismo camión que ella y se bajaría antes o después, sin que tuviera importancia en su vida.
                Sus rostros estaban cubiertos por la oscuridad y por más que intentaba visualizar alguna historia sobre ellos, su mente quedaba siempre ennegrecida. Como si tuviera unos binoculares o un telescopio y por más que intentara no pudiera enfocar la imagen, como tratando de ver en lo profundo de un río turbio o a lo lejos en una mañana con neblina. Su comportamiento parecía normal a primera vista, pero notó que no subían o bajaban de los autobuses que paraban. Sólo estaban ahí, parados inmóviles y nada más. Para Ariel, era obvio que esperaban algo, pero no era tan claro el qué.
                Le era imposible deducir hacia dónde estaban sus miradas, pues no podía ver sus ojos. Quizá apuntaban hacia ella sin saberlo, quizá ya tenían consciencia de su presencia, desde hacía tiempo, pero no tenía forma de averiguarlo. Aunque, si sus rostros y cuerpos estaban tan cubiertos, quizá no deseaban ser vistos. Tal vez se trataba de algún grupo religioso cuyo hábito era pasar desapercibido. Tal vez era insultante para ellos ser vistos. O quizá sus intenciones no eran nada buenas. Esto último hizo que una corriente eléctrica pasara por toda su columna y le erizara la piel. Algún ladrón, pervertido o asesino maníaco. Quizá una secta maligna que secuestraba personas para realizar actos de violencia inimaginable.
                Ariel tenía miedo. Miró su reloj una vez, tratando de no parecer nerviosa, pero la impaciencia la dominaba. Procuraba no mirar más a esta gente, pero le era inevitable, su cerebro le urgía saber dónde se encontraban todo el tiempo. De reojo volteaba, intentando disimular que no los observaba, pero las dudas atiborraban su cabeza. Quizá ya sabían que ella los observaba y debía mirarlos sin pena. O su actuación era tan mala que al pretender no verlos sólo los enfadaba más o llamaba más la atención. Ya no sabía qué hacer. Sólo deseaba que el autobús que la dejaba prácticamente enfrente de su departamento llegara, para poder dormir y tener pesadillas inofensivas en vez de estar afuera en la calle, vulnerable, incapaz de correr con sus tacones apretados y sus pies ampollados.
                Volteó una vez más, pero uno de estos personajes de gabardina, aquel que se encontraba más próximo a ella, tanto como un par de automóviles de distancia, ya no estaba. Por un segundo sintió alivio, estaba cansada y las ideas sobre esta gente misteriosa pudieron haber sido exageradas. Quizá era un hombre común y corriente, que subió en un autobús rumbo a su casa a ver la televisión. Pero nuevamente, por más que intentaba visualizar esta escena, en su mente le era imposible, como si notara algo que no los hacía humanos. En ese entonces, el terror volvió.
                El hecho de que no lo pudiera ver, no significaba que no estuviera ahí. Tal vez ya se encontraba detrás de ella, con sus brazos extendidos hacia ella, a punto de tomar el bolso de Ariel y huir corriendo o sujetarla del cuello para estrangularla con placer perverso o algo peor. Temía tanto que cualquier cosa horrible le pasara que prefería no voltear, aun cuando su curiosidad la obligaba. Parecido al temor de un niño en su cuarto, que no desea abrir los ojos para no ver al monstruo en su habitación, como si la delgada capa de piel de sus párpados fuera defensa contra tal amenaza.
                Disimuladamente, Ariel volteó hacia atrás y brincó del susto. Una paloma, que había sido ahuyentada por un niño que intentaba atraparla, voló hacia donde Ariel estaba, pero no había ningún hombre o ser con gabardina y sombrero a la vista. Su corazón, que latía acelerado, se fue calmando poco a poco. Alucinaba con fantasías absurdas, por el cansancio, la hora y el simple aburrimiento. Miró su reloj una vez más y sólo habían pasado dos minutos desde la última vez que revisó la hora. Y, mientras las manecillas del segundero avanzaban unos pasos, el autobús que esperaba con desesperación apareció. Como un salvador que la rescataría de la situación en la que se encontraba.
                Tranquila, pero rápidamente, abordó el autobús. Miraba la estación de donde había partido y notó a al menos dos personas con gabardina y sombrero. Sintió un alivio al notar a las figuras que se alejaban y sus músculos se relajaron, encontrando confort en el sólido asiento de plástico del vehículo.
El cálido anhelo de la sala de su departamento, el sonido estático de la televisión, a unos cuantos minutos de distancia. Ariel deseaba que el camión no se detuviera para nada y fuera directo hasta su casa, pero hizo una última parada. Los ojos de ella no podían creer lo que veían,  seres vistiendo gabardina y sombreros abordaron el vehículo, uno seguido del otro, como un enjambre, tanto que el camión se llenó. Sentía que era el único ser humano en este autobús. Y de las gabardinas salían patas parecidas a las de los insectos y estas patas la sujetaron y como si se tratara de una hoja de papel, arrancaron las extremidades del cuerpo de Ariel y la devoraron, para después succionar la sangre que se regó por el suelo, los asientos y las ventanas del autobús, dejándolo tan limpio como si estuviera nuevo.

FIN

sábado, 1 de diciembre de 2012

01 - La doncella en discordia




           La luz de las velas en un candelabro iluminaba una mesa con dos personas, en el restaurante más lujoso de toda la ciudad, la tarde caía pero las nubes daban la impresión de que ya era de noche. En una de las sillas se encontraba un caballero de traje y corbata, su cabello era castaño oscuro y estaba peinado todo hacia atrás casi a la perfección. Sus zapatos estaban boleados y brillaban y sus dientes eran blancos como el marfil. Este caballero acompañaba a una dama, con un vestido rojo de seda y un collar de oro con un zafiro hexagonal en el centro. La dama era hermosa y refinada, con el porte de una doncella o una princesa. Ambos bebían vino y comían pasta mientras platicaban.
Con voz calma y sin que sus ojos se alejaran de los de ella en ningún momento, el caballero le comentaba a la dama—Mis abuelos vinieron a Vallecalmo con mi padre, eso ya hace 40 años. En aquel entonces, Vallecalmo era un pueblo pequeño, casi todo el mundo se conocía y sólo había una estación de bomberos, otra de policía y un hospital. Pero en menos de 10 años, ya había hoteles, plazas, cinemas. Cuando yo nací, ya todo eso estaba, pero tengo una idea de cómo  se veía antes por fotos que me ha mostrado mi abuelo— Decía.
Después de tomar un trago de vino tinto, la mujer le respondió, viendo al vacío—Mucha gente piensa así, y puede ser cierto… Pero, en realidad, el pueblo sigue igual, es decir, la misma gente sigue viviendo en el lugar de siempre, como tú y yo. La estación de bomberos, el hospital, el lago, el bosque, las montañas… todo sigue ahí, sólo hay más edificios y gente, pero la ciudad aún conserva el aire de pueblo pequeño de siempre—.
A esto, él respondió — Aún hay lugares que me hacen recordar el pasado, como el lago o la montaña al oeste, y sí se conservan igual, pero por el centro de la ciudad, donde he vivido toda mi vida, las cosas sí han cambiado bastante. Quizá desde el balcón de tu torre en medio del bosque no parece que haya cambiado mucho, princesa— y puso un gesto severo y tan serio como pudo.
Ella le miró el ceño fruncido y parpadeó un par de veces hasta que ambos rieron calladamente. Siguieron comiendo y la velada continuó…
—¿Hace cuánto que hemos salido? ¿Cuántas veces ya nos hemos visto?— Preguntaba ella y continuó—… Siempre parece como si nos conociéramos desde siempre, pero al mismo tiempo, es como si nos viéramos por primera vez—.
—Te conocí en otoño… ¡Casi muero ese día! Si la flecha se hubiera desviado unos centímetros hubiera pegado directo a mi estómago y habría sufrido una muerte lenta y dolorosa— Dijo el caballero.
—Mi padre y mi abuelo me entrenaron con el arco y otras armas mortales, no iba a fallar. Además, era eso o dejar que el jabalí salvaje te envistiera. No es astuto deambular solo por el bosque en esas fechas, está oscuro y hace frío, las criaturas están inquietas y todo tipo de bestias merodean por ahí…— respondió la dama.
—“No es prudente que un hombre deambule solo” pero una dama en apuros sí…—dijo sarcásticamente él.
—Tenía suficientes armas y entrenamiento para combatir un pequeño ejército— se quejó ella y ambos rieron.
Después de limpiarse la boca con la servilleta, él se refirió a ella —Nunca me dijiste qué hacías en el bosque con tantas armas y no volveré a preguntar, pero… cuando te conocí, en el suelo se acumulaban las hojas secas. Esta noche hay una capa de nieve cubriendo los tejados y los árboles, ya habrán pasado tres meses—.
— Hablando del tiempo… Es temprano aún ¿Quisieras conocer mi casa?— le preguntó ella.
— ¿Alcanzará el resto de la tarde para conocerla toda o es un paseo de varios días?— preguntó bromeando.
— No tiene tantas habitaciones, además, en la mayoría sólo hay muebles empolvados— dijo con una sonrisa. Pero al instante, cambió su voz a un tono solemne y firme— Te mostraré el retrato de mi abuelo y de mi padre que tanto te he hablado…—
La cara de la mujer asombró al caballero, entendía que esto era algo importante. Una dama como ella no llevaría a cualquier hombre a su casa y menos a presentarle a su familia, aunque sea en retratos. Así que, con una sonrisa honesta y sencilla le respondió únicamente —Me encantaría—.
          El chofer ya los esperaba afuera del restaurante al terminar la velada y todos se subieron al vehículo rumbo a la mansión de la dama, una antigua propiedad familiar escondida en el bosque en las periferias de la ciudad. Alejada del ruido y el barullo de una urbe dinámica, parecía que el tiempo no había pasado ahí. La mansión tendría, al menos, doscientos años. Rodeada de una reja metálica decorada naturalmente por enredaderas muertas, la única entrada era un portón de hierro que se abrió automáticamente cuando ellos se acercaron. Si bien, la casa era vieja, las comodidades de la modernidad convivían sigilosamente en un estilo clásico.
     La noche ya había caído cuando llegaron al recibidor de la mansión. El aire frío de diciembre que bajaba de las montañas no penetraba el avanzado sistema de calefacción de la casona. Los candelabros se iluminaban con electricidad. La mujer dio  órdenes a su mayordomo de que comenzara a preparar la cena, así estaría lista cuando tuvieran hambre. Mientras ella invitó a su huésped a dar un paseo por la casa.
       Él miraba por todas partes y por donde sea que veía encontraba artículos lujosos o de valor histórico. Todo se conservaba justo como había sido diseñado originalmente y en las paredes colgaban retratos, cabezas de animales, armas punzocortantes y de fuego de diversos los lugares alrededor del mundo y épocas ancestrales, además de pabellones enteros con estatuas de generales romanos y dioses griegos y cuartos con armaduras, algunas de guerreros poco vistos por los mortales y de formas y tamaños que superaban el límite humano.
        La luz de la mansión parecía estar apagada siempre, pero en el momento que alguien entraba a una habitación, esta se iluminaba al instante. Al final del pasillo principal, que daba a todas las habitaciones con trofeos de casa, armas, armaduras y estatuas, se encontraba una puerta de madera gruesa como un cráneo. Al acercarse ambos, la puerta se abrió y todo se iluminó adentro. Se trataba de otro pasillo, sin embargo, este no tenía puertas en los costados, sino que retratos, más grandes que el tamaño real de una persona, colgaban de las paredes. Todos hombres, vistiendo ropas de aspecto militar, con medallas e insignias de oro, plata, bronce y hierro. Portando espadas, ballestas, mosquetes, rifles, arcos, cuchillos, lanzas, escudos y uno de ellos sostenía un bastón del cual salían llamaradas.
          Antes de que el caballero pudiera preguntar respecto a alguno de los cuadros, ella llamó su atención, tocando su hombro con suavidad. Miraba dos retratos en particular, ambos se veían más cercanos en tiempo que el resto. Uno de ellos era un hombre joven sosteniendo un rifle de la segunda guerra mundial, pero portando una espada plateada que colgaba de su cinturón. El otro era un hombre adulto, pero este sostenía una espada tan larga como para derribar a un caballero de su montura. Ambos tenían el collar dorado con un zafiro hexagonal, idénticos al que usaba la anfitriona y eran obras de una maestría sólo vista en las mejores colecciones privadas. Parecían vivos y casi como si tuvieran movimiento, el fondo se veía tan lejano y los ojos de los soldados brillaban como llamaradas, su espíritu vivía a través de estos cuadros y de la leyenda de sus nombres.
       Sin dejar de ver el retrato del hombre con el rifle, ella comenzó a explicarle sobre su familia —Como te he dicho antes, vengo de una antigua familia militar. Mi padre, mi abuelo,  mi bisabuelo, tatarabuelo y todos los hombres en mi familia han sido poderosos guerreros. Soldados de élite para proteger a las personas que aman y las ideas que representan. Todos y cada uno de ellos han muerto en batalla, pero con su sacrificio lograron salvar la vida de muchos más, sin ellos, la gente de este pueblo habría caído desde hace tiempo ante el mal. Son héroes y mártires, no lo olvides—.
         Él estaba impresionado, desde el momento en que empezaron a frecuentarse, pasó poco tiempo antes de que él se diera cuenta de los conocimientos de la dama sobre la guerra e historia, sin embargo, ante la presencia de tan magnificentes obras, tal era el porte de estos hombres y su historia de valor y amor por el prójimo, que no podía sentir más que admiración y respeto por sus nombres y su apellido. También entendía cómo habría obtenido esa mansión con todas las posesiones, pues generaciones de soldados traían a casa botines de guerra, de todas partes del mundo y épocas de la historia. Seguramente tendrían una caja fuerte llena de joyas, monedas, perlas y otros tesoros de valor inimaginable.
             Una ligera cena estaba servida en la mesa cuando llegaron al comedor, la cual consumieron con celeridad y, dado que la media noche se acercaba y ambos se sentían cansados, satisfechos y un poco intoxicados por el alcohol del vino.
              —El mayordomo se fue a dormir hace una hora y conducir por el bosque con la ventisca y con todo el vino que tomaste no sería prudente. Además hace frío, sería conveniente tener algo de calor extra en mi cama— le dijo ella, sin pensarlo mucho.
Sin dudarlo, él aceptó pasar la noche con ella y ambos se movieron a su alcoba.
Mientras él se quitaba los zapatos, ella pasó a un vestidor contiguo a la habitación. Él puso el contenido de las bolsas de su pantalón sobre una mesa pequeña de madera y sus zapatos a un costado de la cama, pegados a la pared. La luz de la habitación estaba completamente prendida, por lo que era difícil apreciar el exterior, sin embargo, ella entró a la habitación vistiendo lencería negra y los candelabros se apagaron, dejando entrar la luz de las estrellas que se colaban a través de las copas de los árboles que rodeaban la mansión. Él se quedó estupefacto al verla, mientras atravesaba la habitación y se subía a la cama, para terminar metiéndose debajo de las colchas. Él fue directo a la cama, debajo de las sábanas y pudo sentir el calor del cuerpo de ella en la tela. Al acercarse un poco más, sintió su piel y ella sintió la de él.
Ella lo miraba a los ojos y sus mejillas estaban enrojecidas — ¿Me amas?— le preguntó a él.
Él le respondió mirándola a los ojos unos segundos y sólo dijo — Sí—.
Aún no convencida por esa respuesta, ella insistió— ¿Es verdad que me amas, no me mientes?—
Él la miró bien, veía su rostro y la forma de su cuerpo. Luego vio la cama, lo finas de sus telas y la madera de la que estaba hecha, pensaba en la lujosa mansión y en todos sus tesoros.  Esta vez, le respondió con más seguridad — Sí, es verdad, de verdad Te Amo—.
Ella siguió viéndolo unos segundos y, cuando entendió la respuesta, cerró los ojos y lo besó. Él le respondió el beso y pasó sus brazos alrededor de su cintura y ambos se dejaron llevar por sus instintos como animales salvajes, hasta quedarse dormidos por el cansancio.
La mañana siguiente, él despertó desnudo y esperaba encontrarla al lado de la cama, sin embargo, ella estaba parada junto a la ventana y portaba una espada grande de plata. Cuando él la vio, se extrañó y se asustó un poco.
—¿Qué haces con esa espada, linda?— le preguntó él, titubeante y somnoliento.
—Verás, hay algo que no te conté sobre mi familia…— dijo ella, viéndolo como un tigre mira a su presa— su única misión, librar del mal a la tierra, es literal. Verás, Dios no existe o, en su defecto, su existencia no influye en nuestro mundo. Pero La Maldad es real. Existen seres demoniacos que buscan corromper a la humanidad para sus fines perversos y los únicos que podemos hacer algo al respecto somos nosotros—.
Él tenía jaqueca, seguía adormilado y la luz del sol le pegaba en la cara, las palabras que ella decía lo confundían más —¿Por qué me dices esto?—.
Con fiereza, ella respondió —Mi padre, que en paz descanse, luchó contra este poderoso demonio llamado Baliel, que lo maldijo. Antes de morir, el demonio juró que reencarnaría en su próximo hijo y que tomaría posesión de su alma, acabando así con nuestra familia. Pero el demonio no predijo que el primogénito de mi padre nacería mujer. De haber nacido hombre, hubiera tenido una oportunidad de luchar contra el demonio en mis sueños y acabar con la maldición, pero dado que nací mujer, la única forma de ser libre es encontrando al verdadero amor—.
La historia que ella contaba era fantástica y él apenas podía creerlo. Sin tomarlo con seriedad y un tanto nervioso, él le preguntó — Entonces ¿Te he librado de la maldición—.
Después de echar una pequeña risa de ironía y apretando el mango de su espada le respondió — ¿Ves a algún demonio por aquí?—.
El hombre volteó por la habitación y su corazón se paralizó, pues, junto a la cama, estaba parado un ser de la altura de un basquetbolista, pero tan fornido como un levantador de pesas. Su piel era roja, sus uñas negras, tenía unos colmillos que salían de su boca y ojos como el fuego.
—No me libraste de la maldición, porque no me amas. Amas mi dinero, mis posesiones y mi cuerpo, mas no mi alma. Pero no te preocupes, mi corazón permanecerá puro, mientras alimente a este demonio con el alma de los mentirosos, los perversos y los codiciosos. Así que, gracias a ti, podré ser libre unos meses más, mientras sigo buscando al verdadero amor que me libere para siempre— le dijo ella y al terminar, él no tuvo tiempo de decir palabra alguna, pues su pecho fue atravesado por la espada de plata y el demonio se apresuró a comer su corazón sangriento mientras aún latía, devorando así su alma para siempre.


FIN