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sábado, 5 de octubre de 2013

25 – El Devorador.





                Era un día como cualquiera, en la ciudad de Vallecalmo. Por las vacaciones, la gente se encontraba fuera de sus casas, viendo jugar a sus niños en los parques mientras leían el periódico en la silla de hierro helado o se chismorreaban sobre bodas, embarazos y peleas. Otros lanzaban frisbees a sus perros para que estos los atraparon en el aire y unos más apagaban sus cigarrillos con los zapatos al arrojarlos al suelo. El clima estaba fresco y todos los extraños fenómenos de los últimos días parecían superados ya.
                En el aire, un avión comercial traía turistas que arribaban a la ciudad para pasar ahí sus vacaciones. Era apenas el medio día y el piloto se disponía a aterrizar. Sin embargo, al comunicarse con la torre de control del pequeño aeropuerto de Vallecalmo, recibió un aviso extraño. Tanto piloto como copiloto vieron su cabello encanecerse por las horas de vuelo a través de los años y nunca en este tiempo escucharon algo parecido.
                La torre de control, buscaba identificar uno de los puntos en su radar, que volaba cerca del aeropuerto a baja altura. Sus ojos no lo podían divisar y no existía comunicación o registro de este punto. Se le advirtió al piloto que no aterrizara, pues podría tratarse de otra aeronave, con algún problema técnico, incapaz de comunicarse, preparándose para un aterrizaje de emergencia. En tierra, la pista se despejaba a toda marcha, mientras, en el cielo, el avión comercial daba vueltas alrededor de la ciudad esperando su permiso para aterrizar.
                Mientras esto sucedía, en el lago, el capitán y único tripulante del “Anguila”, con una barba desde la cual salían cientos de historias, exploraba las inusualmente calmas aguas, sin peces a la redonda, su anzuelo flotaba despacio movido por las corrientes de los barcos a lo lejos. En sus años de experiencia, los peces sólo desaparecían ante la presencia de un depredador. Pero en el lago no había ni tiburones ni cocodrilos que se los comieran. Rascaba su barba tratando de no romperse la cabeza al averiguar qué sucedía. Entonces, uno de sus colegas marineros remó su bote hasta el alcance de sus ojos. Sólo bastó un intercambio de miradas para que el capitán respondiera moviendo su cabeza de lado a lado como respuesta. En un segundo, el marinero del bote se alejó así como llegó. Confundidos ambos por la ausencia de peces.
                Faltaban pocos minutos para el medio día y el cielo estaba raramente callado, en el aire, las aves que revoloteaban y volaban sobre las copas de los árboles, buscando comida, pareja o a veces cantando por razones inexplicables, no estaban. El sol brillaba a su máximo esplendor.
Entonces, el capitán recogió su anzuelo y al avión que sobrevolaba el aeropuerto se le dio permiso de aterrizar, cuando una sombra ennegreció el suelo. El graznido de una criatura resonó en toda la ciudad. Por ese instante, todos los corazones se detuvieron. Pero al voltear al cielo, hacia el lugar donde provenía el sonido, nadie pudo ver nada. Mientras todos se preguntaban qué había sido ese sonido, otro ruido similar los golpeó directo en sus tímpanos. Pero esta última vez, el graznido no provenía de tan alto y las personas pudieron notar un punto en el cielo que se hacía más y más grande, como la sombra que generaba en el piso que crecía como una mancha sobre la ciudad que abarcaba cuadras enteras, como devorándolo todo.
Las personas asustadas corrían, algunas en pánico buscando un refugio y otras por sus cámaras para fotografiar a la gran ave que descendía en picada sobre el pueblo. Sus plumas eran de un marrón opaco, oscurecido por tener al sol detrás de él, su pico redondeado poseía una punta afilada y unas garras que sólo podrían pertenecer a un depredador.
El ave continuó su descenso en picada hasta acercarse a un parque. Sus ojos se fijaron en un hombre sentado en el parque. Intercambiaron miradas por ese segundo que le tomó descender al suelo y tomarlo con su garra. El hombre no era una pluma, por lo contrario, era tan pesado que apenas podía caminar por sí mismo, pero el ave lo levantó como si fuera una moneda que se cae en el suelo y uno recoge con sus uñas. Justo después de eso, emprendió el vuelo, sin que su presa emitiera un sonido, su horror no le permitía reaccionar, además de que la fuerza con la que el ave apretaba su cintura lo sofocaba.
Todos pudieron observar cómo el ave se alejaba hacia las alturas con el hombre obeso entre sus garras. Le tomó unos parpadeos volverse un punto tan pequeño como para ser visto, hasta desaparecer por completo, para no ser visto en vallecalmo nunca más.

FIN

sábado, 1 de diciembre de 2012

01 - La doncella en discordia




           La luz de las velas en un candelabro iluminaba una mesa con dos personas, en el restaurante más lujoso de toda la ciudad, la tarde caía pero las nubes daban la impresión de que ya era de noche. En una de las sillas se encontraba un caballero de traje y corbata, su cabello era castaño oscuro y estaba peinado todo hacia atrás casi a la perfección. Sus zapatos estaban boleados y brillaban y sus dientes eran blancos como el marfil. Este caballero acompañaba a una dama, con un vestido rojo de seda y un collar de oro con un zafiro hexagonal en el centro. La dama era hermosa y refinada, con el porte de una doncella o una princesa. Ambos bebían vino y comían pasta mientras platicaban.
Con voz calma y sin que sus ojos se alejaran de los de ella en ningún momento, el caballero le comentaba a la dama—Mis abuelos vinieron a Vallecalmo con mi padre, eso ya hace 40 años. En aquel entonces, Vallecalmo era un pueblo pequeño, casi todo el mundo se conocía y sólo había una estación de bomberos, otra de policía y un hospital. Pero en menos de 10 años, ya había hoteles, plazas, cinemas. Cuando yo nací, ya todo eso estaba, pero tengo una idea de cómo  se veía antes por fotos que me ha mostrado mi abuelo— Decía.
Después de tomar un trago de vino tinto, la mujer le respondió, viendo al vacío—Mucha gente piensa así, y puede ser cierto… Pero, en realidad, el pueblo sigue igual, es decir, la misma gente sigue viviendo en el lugar de siempre, como tú y yo. La estación de bomberos, el hospital, el lago, el bosque, las montañas… todo sigue ahí, sólo hay más edificios y gente, pero la ciudad aún conserva el aire de pueblo pequeño de siempre—.
A esto, él respondió — Aún hay lugares que me hacen recordar el pasado, como el lago o la montaña al oeste, y sí se conservan igual, pero por el centro de la ciudad, donde he vivido toda mi vida, las cosas sí han cambiado bastante. Quizá desde el balcón de tu torre en medio del bosque no parece que haya cambiado mucho, princesa— y puso un gesto severo y tan serio como pudo.
Ella le miró el ceño fruncido y parpadeó un par de veces hasta que ambos rieron calladamente. Siguieron comiendo y la velada continuó…
—¿Hace cuánto que hemos salido? ¿Cuántas veces ya nos hemos visto?— Preguntaba ella y continuó—… Siempre parece como si nos conociéramos desde siempre, pero al mismo tiempo, es como si nos viéramos por primera vez—.
—Te conocí en otoño… ¡Casi muero ese día! Si la flecha se hubiera desviado unos centímetros hubiera pegado directo a mi estómago y habría sufrido una muerte lenta y dolorosa— Dijo el caballero.
—Mi padre y mi abuelo me entrenaron con el arco y otras armas mortales, no iba a fallar. Además, era eso o dejar que el jabalí salvaje te envistiera. No es astuto deambular solo por el bosque en esas fechas, está oscuro y hace frío, las criaturas están inquietas y todo tipo de bestias merodean por ahí…— respondió la dama.
—“No es prudente que un hombre deambule solo” pero una dama en apuros sí…—dijo sarcásticamente él.
—Tenía suficientes armas y entrenamiento para combatir un pequeño ejército— se quejó ella y ambos rieron.
Después de limpiarse la boca con la servilleta, él se refirió a ella —Nunca me dijiste qué hacías en el bosque con tantas armas y no volveré a preguntar, pero… cuando te conocí, en el suelo se acumulaban las hojas secas. Esta noche hay una capa de nieve cubriendo los tejados y los árboles, ya habrán pasado tres meses—.
— Hablando del tiempo… Es temprano aún ¿Quisieras conocer mi casa?— le preguntó ella.
— ¿Alcanzará el resto de la tarde para conocerla toda o es un paseo de varios días?— preguntó bromeando.
— No tiene tantas habitaciones, además, en la mayoría sólo hay muebles empolvados— dijo con una sonrisa. Pero al instante, cambió su voz a un tono solemne y firme— Te mostraré el retrato de mi abuelo y de mi padre que tanto te he hablado…—
La cara de la mujer asombró al caballero, entendía que esto era algo importante. Una dama como ella no llevaría a cualquier hombre a su casa y menos a presentarle a su familia, aunque sea en retratos. Así que, con una sonrisa honesta y sencilla le respondió únicamente —Me encantaría—.
          El chofer ya los esperaba afuera del restaurante al terminar la velada y todos se subieron al vehículo rumbo a la mansión de la dama, una antigua propiedad familiar escondida en el bosque en las periferias de la ciudad. Alejada del ruido y el barullo de una urbe dinámica, parecía que el tiempo no había pasado ahí. La mansión tendría, al menos, doscientos años. Rodeada de una reja metálica decorada naturalmente por enredaderas muertas, la única entrada era un portón de hierro que se abrió automáticamente cuando ellos se acercaron. Si bien, la casa era vieja, las comodidades de la modernidad convivían sigilosamente en un estilo clásico.
     La noche ya había caído cuando llegaron al recibidor de la mansión. El aire frío de diciembre que bajaba de las montañas no penetraba el avanzado sistema de calefacción de la casona. Los candelabros se iluminaban con electricidad. La mujer dio  órdenes a su mayordomo de que comenzara a preparar la cena, así estaría lista cuando tuvieran hambre. Mientras ella invitó a su huésped a dar un paseo por la casa.
       Él miraba por todas partes y por donde sea que veía encontraba artículos lujosos o de valor histórico. Todo se conservaba justo como había sido diseñado originalmente y en las paredes colgaban retratos, cabezas de animales, armas punzocortantes y de fuego de diversos los lugares alrededor del mundo y épocas ancestrales, además de pabellones enteros con estatuas de generales romanos y dioses griegos y cuartos con armaduras, algunas de guerreros poco vistos por los mortales y de formas y tamaños que superaban el límite humano.
        La luz de la mansión parecía estar apagada siempre, pero en el momento que alguien entraba a una habitación, esta se iluminaba al instante. Al final del pasillo principal, que daba a todas las habitaciones con trofeos de casa, armas, armaduras y estatuas, se encontraba una puerta de madera gruesa como un cráneo. Al acercarse ambos, la puerta se abrió y todo se iluminó adentro. Se trataba de otro pasillo, sin embargo, este no tenía puertas en los costados, sino que retratos, más grandes que el tamaño real de una persona, colgaban de las paredes. Todos hombres, vistiendo ropas de aspecto militar, con medallas e insignias de oro, plata, bronce y hierro. Portando espadas, ballestas, mosquetes, rifles, arcos, cuchillos, lanzas, escudos y uno de ellos sostenía un bastón del cual salían llamaradas.
          Antes de que el caballero pudiera preguntar respecto a alguno de los cuadros, ella llamó su atención, tocando su hombro con suavidad. Miraba dos retratos en particular, ambos se veían más cercanos en tiempo que el resto. Uno de ellos era un hombre joven sosteniendo un rifle de la segunda guerra mundial, pero portando una espada plateada que colgaba de su cinturón. El otro era un hombre adulto, pero este sostenía una espada tan larga como para derribar a un caballero de su montura. Ambos tenían el collar dorado con un zafiro hexagonal, idénticos al que usaba la anfitriona y eran obras de una maestría sólo vista en las mejores colecciones privadas. Parecían vivos y casi como si tuvieran movimiento, el fondo se veía tan lejano y los ojos de los soldados brillaban como llamaradas, su espíritu vivía a través de estos cuadros y de la leyenda de sus nombres.
       Sin dejar de ver el retrato del hombre con el rifle, ella comenzó a explicarle sobre su familia —Como te he dicho antes, vengo de una antigua familia militar. Mi padre, mi abuelo,  mi bisabuelo, tatarabuelo y todos los hombres en mi familia han sido poderosos guerreros. Soldados de élite para proteger a las personas que aman y las ideas que representan. Todos y cada uno de ellos han muerto en batalla, pero con su sacrificio lograron salvar la vida de muchos más, sin ellos, la gente de este pueblo habría caído desde hace tiempo ante el mal. Son héroes y mártires, no lo olvides—.
         Él estaba impresionado, desde el momento en que empezaron a frecuentarse, pasó poco tiempo antes de que él se diera cuenta de los conocimientos de la dama sobre la guerra e historia, sin embargo, ante la presencia de tan magnificentes obras, tal era el porte de estos hombres y su historia de valor y amor por el prójimo, que no podía sentir más que admiración y respeto por sus nombres y su apellido. También entendía cómo habría obtenido esa mansión con todas las posesiones, pues generaciones de soldados traían a casa botines de guerra, de todas partes del mundo y épocas de la historia. Seguramente tendrían una caja fuerte llena de joyas, monedas, perlas y otros tesoros de valor inimaginable.
             Una ligera cena estaba servida en la mesa cuando llegaron al comedor, la cual consumieron con celeridad y, dado que la media noche se acercaba y ambos se sentían cansados, satisfechos y un poco intoxicados por el alcohol del vino.
              —El mayordomo se fue a dormir hace una hora y conducir por el bosque con la ventisca y con todo el vino que tomaste no sería prudente. Además hace frío, sería conveniente tener algo de calor extra en mi cama— le dijo ella, sin pensarlo mucho.
Sin dudarlo, él aceptó pasar la noche con ella y ambos se movieron a su alcoba.
Mientras él se quitaba los zapatos, ella pasó a un vestidor contiguo a la habitación. Él puso el contenido de las bolsas de su pantalón sobre una mesa pequeña de madera y sus zapatos a un costado de la cama, pegados a la pared. La luz de la habitación estaba completamente prendida, por lo que era difícil apreciar el exterior, sin embargo, ella entró a la habitación vistiendo lencería negra y los candelabros se apagaron, dejando entrar la luz de las estrellas que se colaban a través de las copas de los árboles que rodeaban la mansión. Él se quedó estupefacto al verla, mientras atravesaba la habitación y se subía a la cama, para terminar metiéndose debajo de las colchas. Él fue directo a la cama, debajo de las sábanas y pudo sentir el calor del cuerpo de ella en la tela. Al acercarse un poco más, sintió su piel y ella sintió la de él.
Ella lo miraba a los ojos y sus mejillas estaban enrojecidas — ¿Me amas?— le preguntó a él.
Él le respondió mirándola a los ojos unos segundos y sólo dijo — Sí—.
Aún no convencida por esa respuesta, ella insistió— ¿Es verdad que me amas, no me mientes?—
Él la miró bien, veía su rostro y la forma de su cuerpo. Luego vio la cama, lo finas de sus telas y la madera de la que estaba hecha, pensaba en la lujosa mansión y en todos sus tesoros.  Esta vez, le respondió con más seguridad — Sí, es verdad, de verdad Te Amo—.
Ella siguió viéndolo unos segundos y, cuando entendió la respuesta, cerró los ojos y lo besó. Él le respondió el beso y pasó sus brazos alrededor de su cintura y ambos se dejaron llevar por sus instintos como animales salvajes, hasta quedarse dormidos por el cansancio.
La mañana siguiente, él despertó desnudo y esperaba encontrarla al lado de la cama, sin embargo, ella estaba parada junto a la ventana y portaba una espada grande de plata. Cuando él la vio, se extrañó y se asustó un poco.
—¿Qué haces con esa espada, linda?— le preguntó él, titubeante y somnoliento.
—Verás, hay algo que no te conté sobre mi familia…— dijo ella, viéndolo como un tigre mira a su presa— su única misión, librar del mal a la tierra, es literal. Verás, Dios no existe o, en su defecto, su existencia no influye en nuestro mundo. Pero La Maldad es real. Existen seres demoniacos que buscan corromper a la humanidad para sus fines perversos y los únicos que podemos hacer algo al respecto somos nosotros—.
Él tenía jaqueca, seguía adormilado y la luz del sol le pegaba en la cara, las palabras que ella decía lo confundían más —¿Por qué me dices esto?—.
Con fiereza, ella respondió —Mi padre, que en paz descanse, luchó contra este poderoso demonio llamado Baliel, que lo maldijo. Antes de morir, el demonio juró que reencarnaría en su próximo hijo y que tomaría posesión de su alma, acabando así con nuestra familia. Pero el demonio no predijo que el primogénito de mi padre nacería mujer. De haber nacido hombre, hubiera tenido una oportunidad de luchar contra el demonio en mis sueños y acabar con la maldición, pero dado que nací mujer, la única forma de ser libre es encontrando al verdadero amor—.
La historia que ella contaba era fantástica y él apenas podía creerlo. Sin tomarlo con seriedad y un tanto nervioso, él le preguntó — Entonces ¿Te he librado de la maldición—.
Después de echar una pequeña risa de ironía y apretando el mango de su espada le respondió — ¿Ves a algún demonio por aquí?—.
El hombre volteó por la habitación y su corazón se paralizó, pues, junto a la cama, estaba parado un ser de la altura de un basquetbolista, pero tan fornido como un levantador de pesas. Su piel era roja, sus uñas negras, tenía unos colmillos que salían de su boca y ojos como el fuego.
—No me libraste de la maldición, porque no me amas. Amas mi dinero, mis posesiones y mi cuerpo, mas no mi alma. Pero no te preocupes, mi corazón permanecerá puro, mientras alimente a este demonio con el alma de los mentirosos, los perversos y los codiciosos. Así que, gracias a ti, podré ser libre unos meses más, mientras sigo buscando al verdadero amor que me libere para siempre— le dijo ella y al terminar, él no tuvo tiempo de decir palabra alguna, pues su pecho fue atravesado por la espada de plata y el demonio se apresuró a comer su corazón sangriento mientras aún latía, devorando así su alma para siempre.


FIN

lunes, 27 de agosto de 2012

El Piso 11



                En una isla perdida en el Océano Pacífico, El Dr. Alan se encontraba inconsciente en un elevador dentro de un edificio de oficinas. El agotamiento extremo lo llevó a esta condición pues tuvo que huir por su vida y no fue hasta que encontró un refugio que su cuerpo pudo descansar. Pasaron horas hasta que abrió los ojos, pero a su alrededor sólo había oscuridad. El eco del movimiento de su cuerpo contra el aluminio del piso y las paredes del elevador y una ráfaga de viento en el exterior repentina eran los únicos sonidos que podía escuchar. Pero no gritaría, ni se movería mucho. Su intención era pasar desapercibido. No quería que sus perseguidores supieran de su presencia. Su cabeza le dolía un poco.

                Sin luz o electricidad, estaba atrapado en la negrura y sus ideas lo acosaban, perdiendo la cordura por momentos y regresando a la sanidad después. Pensaba que era su fin e imágenes aparecían lúcidas frente a él. De su esposa con el vestido que tanto le gustaba, su mejor amigo con su bola y zapatos de boliche, lugares donde había estado antes y a los que, si no salía de ahí, no vería jamás. Entonces su ánimo cobraba bríos y, con quietud, comenzó a investigar los alrededores con las manos. Tocando las paredes con las yemas de sus dedos para hacerse una perspectiva del elevador, notaba que era un espacio pequeño donde cabrían, máximo, 6 o 7 personas.

                Del techo se filtraba aire, por lo que el elevador estaba bien ventilado, pero la brisa fresca arrastraba algo más tenebroso que no se podía ver. El Dr. Alan sentía el hedor nauseabundo de carne descompuesta y no tenía duda de que era de los cadáveres de sus compañeros menos afortunados, que no habían podido escapar del horror. Aún si lograba salir del elevador ¿Cómo regresaría a su casa? ¿Habría algún bote capaz de navegar hasta una isla próxima? Rodeado de oscuridad, pensaba… Pensaba  en un plan para salir de ahí, cuando de repente, se prendió un foco arriba de él.

                La música empezó a sonar dentro del elevador y las paredes, que ahora eran visibles por el único foco prendido que no estaba roto, estaban pringadas de sangre, como si fuera una violenta escena del crimen. Se revelaron abolladuras en el aluminio, varios focos rotos y pequeños fragmentos de vidrio tirados en el suelo. De repente, se escuchó una nota dulce salir del altavoz y los mecanismos se activaron, todo empezó a moverse. Al momento, se fijó en qué piso se encontraba y distinguió el número ocho prendido arriba de la puerta y que, después de moverse, rápidamente pasó hasta el número siete.

                La música del elevador seguía sonando, era calmada pero un tanto festiva, anticuada pero sonaba populachera, como algo agradable y tranquilo que le gustaría a cualquier persona, sin importar su edad. Cuando el elevador paró, la tonada siguió, pero al tocarse la nota dulce que se escuchó cuando el mecanismo se activó, el elevador se detuvo. El número siete estaba prendido arriba de las puertas y cuando se abrieron de par en par el doctor se paralizó. Sus ojos se abrieron como si acabara de ver a la muerte misma a la cara. Estuvo quieto, mirando a través de la puerta abierta frente a él.

                La iluminación de ese pasillo estaba destruida. Del exterior, un zumbido eléctrico tensaba el ambiente como el vuelo de un abejorro o como una vieja lámpara de un almacén que se prende y apaga. Algo se movía en ese pasillo, dos pares de ojos brillaban verdes en la oscuridad, apuntando directamente a los ojos del doctor. De inmediato, soltaron un graznido como el de un ave de rapiña y las figuras empezaron a moverse, cada vez más rápido. En segundos estarían dentro del elevador. Pero el doctor presionó de un salto el primer botón que encontró. Las puertas apenas se alcanzaron a cerrar cuando, justo en ese instante, algo golpeó el metal detrás de ellas, aquello que perseguía al doctor se había estrellado contra el aluminio.

                Alan estaba agitado, sudando frío, su corazón casi salía de su pecho, pues había estado tan cerca de la muerte como nunca. La música alegre y tonta del elevador seguía sonando y la luz detrás del número siete subió al ocho, nueve, diez y así siguió hasta detenerse en el piso 11. Después, el altavoz tocó la nota dulce y las puertas se abrieron, nuevamente. El doctor veía aterrorizado el pasillo frente a él. Esta vez, con la suficiente luz para vislumbrar los alrededores, pero peor que si tuviera a dos de esas criaturas frente a él, esta vez no podía ver a ninguna. Creía que estarían escondidas, preparando una emboscada. Un letrero que decía “salida de emergencia” resaltaba en rojo al final del pasillo y fue lo último que pudo ver hasta que las puertas se cerraron y tuvo tiempo para pensar.

                Recordaba que cuando despertó se encontraba en el piso 8 y que no era seguro, tampoco el siete y este piso once no le daba confianza. No podía quedarse en el elevador para siempre, tenía que escapar de ahí, del edificio y de la isla. Si podía encerrarse en algún lugar, sería en los pisos superiores, pues cada piso, escalera y puerta serían obstáculos naturales para esas criaturas. Pero de repente, la sangre tibia que escurría de su pierna le recordó que estaba herido, su pierna le dolía  y sangraba a la altura de la espinilla. Quizá sólo era una cortada pequeña, producto de los vidrios de los focos rotos, pero le incomodaba.

                La música del elevador seguía sonando, era la misma melodía que se repetía una y otra vez. Decidido a escapar, presionó el botón del último piso: El número 18. Al instante, los mecanismos se accionaron y el ascensor comenzó a moverse. Mientras los altavoces continuaban tocando aquella melodía, los números del ascensor iban subiendo del 11 al 12, luego al 13, seguido del 14 y al llegar al piso 15 todo se detuvo. Las luces se apagaron, la música se silenció, los mecanismos dejaron de andar. El doctor se quedó en el silencio y la oscuridad unos segundos y lo único que rompía la quietud era el olor a muerte y la tormenta que azotaba con fuerza el exterior. Entonces, el estruendo atrasado, producido por un relámpago, llenó el elevador como una explosión e impulsó al doctor hasta una esquina, como si lo hubieran golpeado por un gigante.

                Ensordecido por el trueno, atrapado en la oscuridad de ese elevador, el Dr. Alan comenzaba a desesperarse. Se frustraba por no poder gritar por ayuda y por más que abría sus ojos, sólo podía ver oscuridad a su alrededor y en esa oscuridad recordaba a las criaturas y el miedo comenzaba a fluir por sus venas. Lentamente, el sonido de las gotas de la lluvia brotaba de esa negrura y arreciaba. Como una imagen vívida en su mente, podía sentir cada gota de lluvia que se estrellaba con el edificio, el suelo y las plantas,  y los vientos agitando las palmeras en el exterior. En este momento de calma, pudo deducir que un rayo había causado el apagón y que estaría a la merced de la noche, atrapado en ese elevador, hasta entonces.

                Recordó las cortaduras en su pierna, ya habían dejado de sangrar, pero, en el silencio, su atención se centró en ellas, quizá le sería más difícil caminar o correr. Pensaba que su final podría llegar en ese elevador en cualquier momento hasta que, repentinamente, una nota dulce se escuchó y la luz regresó. Todo se iluminó y fue como si el doctor también hubiera recibido electricidad, pues se paró de un brinco. La música del elevador siguió justo donde se había quedado, juguetona, festiva y tonta, y los mecanismos del ascensor empezaron a andar otra vez. Subiendo al piso 16, luego al 17, hasta el 18 que se detuvo para abrir las puertas.

                El piso 18 era diferente a la mayoría, parecía el estacionamiento de un centro comercial, un espacio amplio, lleno de columnas y con tuberías en los techos. La mayor parte de la iluminación no funcionaba y parecía un bosque oscuro con claros que eran las pocas lámparas aún encendidas que se mecían con el edificio y el viento y las columnas como troncos de árboles. Había goteras, charcos y el viento parecía filtrarse por todas partes, pero hasta el fondo, como a cincuenta metros de distancia, podía apreciarse en un rojo resplandeciente el inconfundible letrero que marcaba la salida de emergencia.

Las puertas se cerraron al pasar unos segundos y el Doctor trató de calmarse para poder decidir. La música del elevador lo distraía, pero hacía un esfuerzo por pensar… Si algo estaba escondido en ese estacionamiento, él no podría verlo. Podía intentar correr tanto como le fuera posible, exponiéndose a hacer mucho ruido, llamar la atención de lo que sea que se escondiera ahí. Pero con su pierna lastimada, no lograría llegar muy lejos. Si intentaba ir cuidadosamente y algo lo atrapara en el camino, regresarse y esperar a que las puertas del elevador se volvieran a abrir le tomaría un tiempo letal. Quizá en otros pisos tendría una mejor oportunidad.

Presionó el botón para abrir las puertas y escudriñó el estacionamiento. Puso sus manos detrás de sus orejas, amplificando la cantidad de sonido que recibía, pero el ruido de la lluvia, los vientos y uno que otro trueno que caía ocasionalmente le impedían adentrarse más en la espesura. De todas las opciones, esperar su muerte en el elevador no era su favorita, pero tampoco era la peor. Decidido, asomó su cabeza fuera del ascensor, tratando de ver tanto como pudiera, sin quitar su mano de la puerta para evitar que esta se cerrara. Dio un paso afuera, luego otro, pero nunca quitaba su mano de la puerta del ascensor. Lentamente, empezó a caminar, adentrándose en la oscuridad, atento de cualquier cosa que podría esconderse entre las sombras.

Sus ojos estaban tan abiertos como los de un gato, pero apenas podía ver más allá de los claros de luz iluminados por lámparas que no apartaban la sombra a más de un metro de donde estaban. El doctor procuraba calcular cada paso, siempre oculto, siempre vigilante, le tomó pocos segundos llegar a la primera columna, apoyándose de espaldas a esta. Volteó a la derecha, a la izquierda y no vio nada, pero al momento en que suspiró sonó con fuerza el mecanismo que activaba las puertas del elevador y estas se cerraron. Casi se le para el corazón, pero sentía alivio de ya no escuchar esa boba música de ascensor. Se quedó ahí esperando, pensando que el elevador podría irse en cualquier momento, pero no se fue, estuvo junto a él como un amigo que le cuidaba la espalda si algo pasaba.

Con más confianza, avanzó a la siguiente columna. Cuidando cada paso, siempre atento y vigilante, pero con más energía.  Dando unos pocos pasos, que hacían tanto ruido como una gota de agua que toca el piso seco, alcanzó la siguiente columna rectangular.  Cada vez más cerca de la salida de emergencia, pero más lejos del elevador, el único lugar que, hasta entonces, había demostrado que era seguro. Rodeado de un bosque de columnas, trataba de prestar atención a los ruidos que lo rodeaban, pero le era imposible. Entre las goteras, el viento, el zumbido de las lámparas y otros ruidos generados por motores que encendían y se apagaban de repente y repetían esto en ciclos.

Allan continuó abriéndose paso en la oscuridad, sobre los charcos, cada vez con menos cuidado, cada vez haciendo más ruido. Llegó a la tercer columna, luego a la cuarta y finalmente hasta la quinta, que se encontraba justo a la mitad. En ese momento, miró las puertas cerradas del elevador detrás de sí y los botones que lo activaban. Al avanzar más allá de esa quinta columna, él estaría más lejos del elevador que del letrero de salida de emergencia. Su pierna le incomodaba al andar, sabía que no podría correr, así que la distancia lo sería todo.

Al momento en que avanzó hacia la siguiente columna, escuchó un ruido que no había oído antes. Entre el caos de sonidos de la tormenta, una salpicadura en un charco sonó como algo más fuerte que una gota de agua. Algo había golpeado un charco con fuerza, quizá una de las criaturas. Se sintió estúpido en ese momento, se vio a sí mismo, rodeado de oscuridad y decenas de lugares donde esconderse, con su pierna herida, en un lugar expuesto y ningún tipo de ayuda. Es justo ese momento el que usaría cualquier depredador para cazar a su presa, pero no atacarían justo al verlo, no… Un verdadero cazador es paciente, espera a que su presa se siente confiada, lo deja avanzar hasta una trampa. Pero ya no había vuelta atrás, pues, para el doctor la salida más cercana era aquella puerta de emergencia.

Al llegar a la sexta columna ya había escuchado algo caer en los charcos más de dos veces. No se detuvo en la sexta, avanzó, ya sin ver a su alrededor. Llegó a la séptima columna cojeando, su respiración se aceleraba y el dolor en su pierna aumentaba. Las tuberías que goteaban arriba de él, empapaban su camisa y cada vez que las gotas rozaban su ropa, pensaba que era el fin. Llegó a la octava columna y ahora lo escuchó con claridad, no tenía duda de que no estaba solo, el inconfundible llamado de un depredador al ataque. En ese momento, el dolor de su pierna le desapareció y una energía llenó su cuerpo que le permitió correr. De pocas zancadas, llegó a la novena columna y siguió corriendo, pasando la décima, cuando volvió a escuchar el chillido de guerra.

El piso estaba mojado, sus zapatos resbalaban y tropezaba con cada zancada que daba. Pero milagrosamente pudo mantener el equilibrio hasta estrellarse contra la pared junto a la puerta con el letrero rojo de salida de emergencia. Miró la puerta y su mirada pasó directamente a un letrero pegado en la puerta. Los sonidos de las criaturas, que destacaban de la tormenta que soplaba y mojaba todo, le hicieron dar un brinco y ponerse frente a la puerta. La empujó, pero esta no se abrió. Tiró de ella, pero por más que intentaba no se movía. La golpeó con sus puños con desesperación pero nada de lo que hacía tenía efecto. Cuando volteó, lo último que vio fueron unos ojos verdes, brillantes, como los de un gato, al menos 3 pares de ellos. Completamente atrapado, no hubo nada que pudiera hacer para escapar de los velocirraptores que arrancaron la carne de sus huesos con los dientes con precisión quirúrgica.  Y la sangre del cuerpo del doctor se esparció por todos lados, sobre el piso, sobre la pared, en la puerta y sobre el letrero que decía “Salida de emergencia clausurada, pase al piso 11”.

FIN

viernes, 30 de diciembre de 2011

30 - Al borde de la muerte



    Un hombre estaba sentado sobre una cama. Sus ojos se entrecerraban y sus movimientos eran torpes, mientras ajustaba un mecanismo con un revólver y un silenciador adosado a este. Con el girar de unos engranes, el arma se movía unos pocos milímetros y podía ajustarse con una precisión letal. Cuando el arma apuntaba cerca de donde estaría su cabeza, el hombre se acostó, tomó un dispositivo con un botón que activaba el gatillo, cerró los ojos, lo accionó y, entonces, el arma se disparó.

    El  sonido, aun cuando era silenciado, era ensordecedor. Pero el hombre se quitó unos tapones para los oídos y se levantó. La bala había rozado su cabeza por encima de la oreja, justo como lo había calculado. Ahora, su ánimo cobraba bríos. Entonces, con una sonrisa en la cara, salió corriendo de su departamento hasta las escaleras que subió con igual apuro, sin embargo, al ascender tres pisos, su energía se desplomó y su cara retomó la seriedad de una estatua. Dando cada paso en cada escalón con pesadez hasta alcanzar la azotea del edificio.

    Miraba con melancolía el paisaje citadino. La noche impregnaba de negro los edificios y de estos salían millones de puntos de luz que imitaban a un lago que refleja el firmamento nocturno, pero no había una sola estrella en el cielo, tampoco nube alguna, sólo una capa de contaminación lumínica que opacaba el techo nocturno. Parado al borde del precipicio, balanceaba su cuerpo, una y otra vez. Algunas veces, él se empujaba hacia el abismo, y en otras, el viento lo empujaba, como si le jugara una mala broma.

    Sus zapatos resbalaban con el frío y húmedo concreto del borde del edificio, pero la sensación de estar al borde de la muerte lo reanimaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, saltó. Caía libremente y esos segundos para él fueron eternos, pero se tuvo que detener, pues al accionar el paracaídas su cuerpo se frenó de golpe. Aún bajaba rápidamente, pero al poner sus pies en el suelo, sólo sintió un pequeño golpe en sus rodillas y corrió del lugar, dejando la mochila con el paracaídas atrás.

    Cuando llegó al estacionamiento, ya tenía en sus manos las llaves de su vehículo, un poderoso automóvil deportivo. Suspiró cuando arrancó el vehículo, olvidando completamente el salto de altura que había hecho minutos atrás. Pensando sólo en la desesperanza del futuro. Tal era su pena que le costaba trabajo manejar o, tan si quiera, concentrarse en encontrar la salida del estacionamiento. Así condujo varias calles, hasta dar con una larga avenida, amplia y con poco tráfico. Entonces, pisó el acelerador a fondo.

    Era un goce total para él rebasar un auto, pasarse un alto. Cada vez que un camión estaba a punto de chocarlo de frente, por andar en sentido contrario, su corazón se detenía un segundo y al momento de evadirlo volvía a latir, esta vez con más pujanza. Apresuraba su paso y cuando faltaban pocos metros para topar contra un muro o un árbol, él frenaba y las llantas derrapaban por el pavimento, pero su vehículo alcanzaba a detenerse. Hizo esto un par de veces más y después bajó de su vehículo, abrió la cajuela y sacó una bolsa grande que pesaba casi tanto como una persona.

    Caminaba con la bolsa en mano, buscando, analizando el lugar a su alrededor. Cuando encontró un buen lugar donde situarse, vació el contenido de la bolsa en el suelo y varias armas, granadas y balas salieron de ella. Varias pistolas, un par de fusiles automáticos, un rifle largo de grueso calibre que sólo cargaba una bala por vez y una ametralladora con una cinta de balas. Tomó esta última y comenzó a dispararle a la gente que pasaba, a los vehículos, a las ventanas en los edificios. Todo aquello que se moviera, y lo que no, era blanco para el maníaco.

    Después de acabarse todas las balas para la ametralladora sacó uno de los fusiles automáticos. Un policía que se encontraba cerca que acudió, armado con una pistola, a responder los disparos, fue su primera víctima. El fusil del hombre era preciso y letal, las balas del policía impactaron a metros de distancia. En seguida, llegaron refuerzos. Una patrulla se estacionó cerrando el paso y dos policías, armados también con pistolas, se posicionaron detrás de las puertas del vehículo apuntando sus armas.

    El hombre que se ocultaba detrás de un pequeño muro de tabiques, entonces, tomó una granada y le quitó el seguro. La sostuvo en su mano y no la soltaba, sabiendo que en cualquier momento explotaría. Sin soltarla, escuchaba a los policías que intentaban hacer que saliera con sus manos levantadas, pero, a último momento, aventó la granada hacia la patrulla y explotó en el aire. Las esquirlas hirieron a ambos policías, junto con pedazos de vidrio.

    El corazón del sujeto palpitaba al máximo. Para él, cada segundo que pasaba era como un minuto y cada minuto era como una hora. Sin embargo, al asomarse ya no veía a nadie con vida en la calle, puros vehículos llenos de balas y cuerpos de personas desangradas hasta la muerte. Tomó, entonces, su rifle y escudriñó el horizonte a lo lejos. Así pudo ver gente que corría o se escondían en la oscuridad, a quienes empezó a disparar también, ya sin mucha precisión, sólo disparando por el puro placer de sentir la explosión de su rifle diseñado para perforar blindajes de tanques.

    Pasaron varios minutos, hasta que llegó una camioneta blindada y de ella descendieron policías con armaduras pesadas y armas automáticas, un poco más anticuadas que las que poseía el hombre. Estos fueron recibidos con dos granadas, que incapacitaron a la mitad de los policías. Entonces, el hombre cargó sus fusiles y empezó a disparar sin ver, sólo asomaba el arma por el borde superior del muro y la accionaba. No le daba a nadie, pero esto le proveía tiempo para asomar su cabeza unos instantes y analizar la situación.

    Lanzó más granadas hacia el vehículo blindado y hacia los policías que se escondían detrás de autos. Las explosiones hacían que todo temblara y venían una después de la otra. Al instante llegó otra patrulla con más policías armados y también fueron recibidos con granadas y más balazos del hombre detrás del muro, quien parecía tener parque ilimitado pues no dejaba de disparar. Una capa de casquillos vacíos y calientes inundaba el suelo. El hombre casi se podía sumergir en estos, pero más seguían llegando del mismo lugar.

    Conforme se acababa un cartucho, volvía a lanzar otra granada y esto le daba tiempo para tomar su otro fusil, cargarlo y seguir disparando, en lo que el otro se enfriaba. Luego tomaba una pistola en cada mano y disparaba enloquecido. Los policías estaban más interesados en buscar cobertura de las explosiones que en responder al fuego. Pero, tarde o temprano, se quedaría sin municiones y estaría vulnerable a su equipo organizado. Esperaron así, unos pocos minutos, hasta que al final hubo silencio.

    Acercándose furtivamente, con sus armas cargadas, apuntando hacia el frente y con el dedo en el gatillo, los policías avanzaron hasta donde el hombre se escondía. Y entonces lo encontraron, recostado en la pared, rodeado de un mar de casquillos, y en su mano sostenía una granada, la última que le quedaba, y esta no tenía el seguro puesto.  De inmediato, los policías emprendieron la retirada pero la granada explotó y del cuerpo del hombre sólo quedó una mancha de sangre chamuscada, impregnada en el muro, en el piso, en el techo y algunos pedazos llegaron a volar tan lejos como una cuadra entera.

FIN

lunes, 26 de diciembre de 2011

25 - Avaricia



    Las nubes grises opacaban las paredes de los edificios en la gran ciudad. Las luces de las ventanas iluminaban tanto como podían, pero era evidente que una tormenta ya estaba próxima a iniciarse. La gente hacía lo posible por regresar a sus casas y otros buscaban pronto refugio ante la lluvia que cada segundo era más inminente. Sin embargo, dentro de un departamento las luces estaban apagadas y la única iluminación que había era aquella de varias veladoras y velas colocadas en diferentes puntos de la sala.

    Los sillones, la mesa para café y la carpeta habían sido arrimados hacia las paredes para dejar espacio al símbolo pintado con gis en el centro. Una estrella de cinco picos encerrada dentro de dos círculos con palabras escritas en un idioma obsoleto. Cinco personas, tres hombres y dos mujeres, vestían túnicas negras y sostenían en sus manos diferentes de objetos. Uno de los hombres tenía una copa con su propia sangre y un cuchillo, con el que se había cortado; Otro sostenía un libro abierto con una mano y, con la otra, una veladora que usaba para leer el libro en la oscuridad.

    La mujer más joven sostenía en sus manos un collar con un colgante y una piedra negra en ella, parecía obsidiana. La otra mujer cargaba un incensario de serafines que colgaba de dos cadenas casi rozando el piso y llenaba de humo la habitación. El último de los hombres sostenía con ambos brazos un tridente casi tan alto como el departamento y de un brillo fantasmal, parecía hecho de plata o algún hierro pulido o cromado. Además, esta magnífica arma estaba ornamentada con simbología mítica de pueblos ancestrales.

    Conforme la tormenta avanzaba dentro de la ciudad, el agua y los vientos se colaban por la única ventana abierta de la habitación. Se sentía una electricidad en el aire y las velas se agitaban amenazando con extinguirse, pero resistían el embate de las ráfagas de aire. El círculo en el piso, que originalmente era blanco, se tornaba de un color rojizo y empezó a salir del centro una luz que se arremolinaba y se transformaba en un humo carmesí que se comprimía y adquiría una forma humanoide.

    Cuando la luz dejó de salir del centro del círculo, una figura demoníaca se reveló ante los cinco. Sus cuernos chocaban con el techo, a pesar de estar encorvado. Tenía patas de chivo, garras como de águila y el dorso, los brazos y el cuello de un humano. Su cabeza parecía a la de un león y poseía una cola con una punta como de flecha. Una poderosa hacha era blandida por el ser infernal y la hoja era tan ancha como una persona promedio.

    Al instante que el ser puso la mirada en el hombre del libro y este último le hizo una señal a aquel del tridente, quien rápidamente respondió dando una estocada directo al pecho del demonio. Pero este tomó el tridente con una mano y se lo arrebató de un tirón, como quien le quita un dulce a un bebé y terminó volando hasta estrellarse contra la pared y caer el suelo inerte. Todos los demás dieron un paso atrás, pero no corrieron, pues estaban petrificados ante el tamaño y poder del ser que tenían frente a ellos.

    De un solo tajo, cortó la cabeza del hombre que sostenía el libro y de la joven. Luego miró el tridente que sostenía y pareció reconocer su origen. Entonces tiró su hacha, y atravesó al hombre y mujeres faltantes como un palillo a través de una salchicha. De entre la sangre y pedazos humanos, el demonio agarró el collar que sostenía la joven y se lo colgó al cuello. En seguida, sus ojos se tornaron negros. Finalmente, salió por la ventana, trepó por la pared hasta subir al techo del edificio y fue saltando de azotea en azotea hasta perderse en medio de la tormenta.
 
FIN

domingo, 18 de diciembre de 2011

18 - El totem



    No todos descansaban en las vacaciones, muchos trabajaban arduamente como si fuera pleno verano. Especialmente, en aquello que necesitaba mantenimiento, vías de comunicación u obras que, una vez en marcha, ya no se pueden detener. Entre estas, la red subterránea de transporte es especialmente eficiente al realizar su labor, pues construye kilómetros de vías en poco tiempo, conectando la ciudad de un lado a otro, sin embargo, esta tarde en especial, las obras se vieron obligadas a parar.

    Después de picar una pared de piedra que obstaculizaba la construcción de las vías, los trabajadores encontraron una cámara que llevaba a diferentes pasillos con pinturas jeroglíficas de tiempos ancestrales. Siguiendo con el protocolo, mandaron a las autoridades encargadas de obras antiguas. Estos últimos, al llegar, continuaron la excavación hasta toparse con lo que aparentaba ser una cámara funeraria, repleta de artículos arqueológicos invaluables: Collares de jade y de vasijas de barro pintadas, además de lanzas de obsidiana con detalles elaborados, tocados ornamentados con plumas y más jade.

    En el centro de la cámara funeraria se encontraba un sarcófago con inscripciones en un idioma antiguo. Los intrépidos antropólogos pensaron que sería buena idea echarle un vistazo al interior y, con ayuda de todos los obreros, lograron empujar la lápida de piedra que se asentaba sobre el sarcófago y en su interior encontraron a un ser humano. Su piel era tan pálida como la de una lagartija, pero mientras miraban su pecho, notaron que se infló de repente. Como si hubiera respirado y después de desinflarse volvió a llenarse.

    Todos dieron un paso atrás cuando vieron que este ser respiraba ¿Quién o cómo podría haber sobrevivido encerrado tanto tiempo? Era imposible que en ese espacio cerrado hubiera sobrevivido sin alimento, agua o aire. Él mismo no pudo haber movido la lápida que le costó a veinte hombres un esfuerzo brutal. Un hozado antropólogo intentó comunicarse, sin respuesta alguna. Al dar un paso adelante, vio sus ojos abiertos y sus brazos, que antes estaban cruzados, moverse enfrente de él, con la lentitud de un viejo mecanismo oxidado que era reactivado después de estar sin uso por centurias.

    Al momento en que levantó la mitad de su cuerpo, de forma que quedó sentado, un par de trabajadores le pusieron un trapo en los hombros, como para calentarlo y en seguida pidieron agua y una ambulancia. El hombre, sin embargo, no hablaba. Sólo observaba a su alrededor, atónito. Sin que lo ayudaran, tan lento como un camaleón, puso una mano en el borde de su sarcófago y otra en la lápida, apoyándose para salir de ahí. Miraba a todos y todos lo miraban. Medía más de dos metros y su cuerpo parecía esculpido en mármol por algún artista griego y sus ojos… Sus ojos tenían la profundidad de las de un demonio que estuvo soñando mucho tiempo.

    El cielo ya se había teñido de negro y los murmullos comenzaron a llenar la cámara de pequeños ecos. El tráfico se hizo presente, los reflectores que apuntaban todos hacia el ser que seguía de pie junto a su sarcófago lo cegaban. Podía sentir el frío de los vidrios y el metal, sus puños se cerraban, su ceño se fruncía. La expresión en su rostro paralizó a los obreros que miraban expectantes, los antropólogos no tuvieron tiempo de reaccionar, cuando de sus ojos salieron rayos de color morado que los incineraron al instante, siguiendo con los trabajadores que uno tras uno se convirtían en cenizas y  huesos chamuscados.

    Cuando el humo de los restos se dispersó, el ceño del ser se relajó, entonces, como si fuera un robot, su cara tomó una expresión de susto, como el de un animal indefenso que está acorralado en un lugar desconocido. Todo le asqueaba, todo el caos, el ruido, las luces. Por más que su oído se adentraba en el escándalo, más intenso y desorganizado se escuchaba. Nuevamente, sus puños comenzaron a apretar y los músculos en todo su cuerpo se tensaron, la rabia regresó a su rostro, sus ojos volvieron a brillar, pero, esta vez, todo a su alrededor se iluminó con una luz blanca.

    La luz que provenía del ser aumentaba su intensidad, todo a su alrededor se sacudía, los cristales de las lámparas fueron los primeros en romperse. Después la tierra entera comenzó a temblar y rayos salían del epicentro, justo donde el ser estaba parado, y, de un momento a otro, hubo una explosión, tan grande como la manzana de una ciudad. No se pudo encontrar nada en ese perímetro, de los obreros, las vías, el ser extraño o la cámara funeraria, pero testigos afirman que vieron salir una estela de luz que desapareció en una zona oscura del firmamento nocturno.
    FIN