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martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

viernes, 23 de agosto de 2013

20 - La gente polilla.





                Caía la noche, en el pueblo de Vallecalmo. Ariel esperaba el autobús que iba desde el centro hasta los suburbios, tal como hacía siempre al salir de su trabajo. El viento, que soplaba frío desde el norte, tenía un olor festivo. Cuando este aire llenaba sus pulmones, venían a su mente imágenes de cenas, amigos y familiares. Fotos de recuerdos de tiempos pasados. Pero al exhalarlo, regresaba a la estación del autobús en un instante. A su alrededor se encontraban, algunos de pie y otros sentados en las pocas sillas de la estación, gente que parecía esperar el autobús. Nunca se lo había cuestionado antes, pero con la nostalgia de su pasado, comenzó a preguntarse sobre la vida de las personas que la rodeaban.
                La persona más próxima a ella, era un hombre que vestía de saco y corbata. Para ella, era claro que se trataba de un hombre de negocios, pues daba una apariencia de éxito, alguien en quien podría confiar su dinero. Su cabello bien peinado, el maletín en una mano y su teléfono celular en la otra. Junto a él, una señora con un vestido de flores y cabello negro, de, según sus cálculos, al menos cincuenta años. Se imaginaba que la señora tenía una hija esperando al que sería su nieto, casi podía sentir las lágrimas de alegría de la señora al escuchar las palabras de “voy a ser mamá” y el orgullo del futuro abuelo quien fumaba un puro junto con su yerno.
                Uno de los camiones que se detuvo frente a ella la trajo de vuelta a la realidad, pero no era el suyo. A este sólo se subieron un par de personas, una de las cuales tuvo que correr para alcanzarlo. Su mente se fue de la escena tan rápido como el autobús se alejaba, al observar a una pareja de jóvenes tomados de la mano. Pensaba en el chico con barros en su cara, enamorado de ella antes de conocerla, en su habitación, viendo una foto de su amada y suspirando por algún día poder tener el valor de acercarse a ella aunque sea para decirle “hola”; y la chica, el mismo día, en su habitación rodeada de posters de su arista pop favorito, escribiendo poemas sobre el príncipe azul que añoraba: galante y susurrándole palabras bellas al oído.
                Los tacones de Ariel le apretaban, tenía ampollas en sus pies, pero ya estaba acostumbrada a esta tortura. El tiempo de espera se le hacía eterno, pero de entre los seres de esa estación, notó a un par que vestían gabardina, botas y sobrero. Eran ligeramente más altos que el resto y sus cuerpos eran delgados, podía ver a tres de ellos. En su mente, recordaba haberlos visto antes, pero sin que le llamaran la atención, en ese momento eran como el resto de sombras que le rodeaban en su apurada cabeza. Uno de aquellos que podrían ocupar un asiento en el autobús en el que ella se sentaría, alguien que se subiría al mismo camión que ella y se bajaría antes o después, sin que tuviera importancia en su vida.
                Sus rostros estaban cubiertos por la oscuridad y por más que intentaba visualizar alguna historia sobre ellos, su mente quedaba siempre ennegrecida. Como si tuviera unos binoculares o un telescopio y por más que intentara no pudiera enfocar la imagen, como tratando de ver en lo profundo de un río turbio o a lo lejos en una mañana con neblina. Su comportamiento parecía normal a primera vista, pero notó que no subían o bajaban de los autobuses que paraban. Sólo estaban ahí, parados inmóviles y nada más. Para Ariel, era obvio que esperaban algo, pero no era tan claro el qué.
                Le era imposible deducir hacia dónde estaban sus miradas, pues no podía ver sus ojos. Quizá apuntaban hacia ella sin saberlo, quizá ya tenían consciencia de su presencia, desde hacía tiempo, pero no tenía forma de averiguarlo. Aunque, si sus rostros y cuerpos estaban tan cubiertos, quizá no deseaban ser vistos. Tal vez se trataba de algún grupo religioso cuyo hábito era pasar desapercibido. Tal vez era insultante para ellos ser vistos. O quizá sus intenciones no eran nada buenas. Esto último hizo que una corriente eléctrica pasara por toda su columna y le erizara la piel. Algún ladrón, pervertido o asesino maníaco. Quizá una secta maligna que secuestraba personas para realizar actos de violencia inimaginable.
                Ariel tenía miedo. Miró su reloj una vez, tratando de no parecer nerviosa, pero la impaciencia la dominaba. Procuraba no mirar más a esta gente, pero le era inevitable, su cerebro le urgía saber dónde se encontraban todo el tiempo. De reojo volteaba, intentando disimular que no los observaba, pero las dudas atiborraban su cabeza. Quizá ya sabían que ella los observaba y debía mirarlos sin pena. O su actuación era tan mala que al pretender no verlos sólo los enfadaba más o llamaba más la atención. Ya no sabía qué hacer. Sólo deseaba que el autobús que la dejaba prácticamente enfrente de su departamento llegara, para poder dormir y tener pesadillas inofensivas en vez de estar afuera en la calle, vulnerable, incapaz de correr con sus tacones apretados y sus pies ampollados.
                Volteó una vez más, pero uno de estos personajes de gabardina, aquel que se encontraba más próximo a ella, tanto como un par de automóviles de distancia, ya no estaba. Por un segundo sintió alivio, estaba cansada y las ideas sobre esta gente misteriosa pudieron haber sido exageradas. Quizá era un hombre común y corriente, que subió en un autobús rumbo a su casa a ver la televisión. Pero nuevamente, por más que intentaba visualizar esta escena, en su mente le era imposible, como si notara algo que no los hacía humanos. En ese entonces, el terror volvió.
                El hecho de que no lo pudiera ver, no significaba que no estuviera ahí. Tal vez ya se encontraba detrás de ella, con sus brazos extendidos hacia ella, a punto de tomar el bolso de Ariel y huir corriendo o sujetarla del cuello para estrangularla con placer perverso o algo peor. Temía tanto que cualquier cosa horrible le pasara que prefería no voltear, aun cuando su curiosidad la obligaba. Parecido al temor de un niño en su cuarto, que no desea abrir los ojos para no ver al monstruo en su habitación, como si la delgada capa de piel de sus párpados fuera defensa contra tal amenaza.
                Disimuladamente, Ariel volteó hacia atrás y brincó del susto. Una paloma, que había sido ahuyentada por un niño que intentaba atraparla, voló hacia donde Ariel estaba, pero no había ningún hombre o ser con gabardina y sombrero a la vista. Su corazón, que latía acelerado, se fue calmando poco a poco. Alucinaba con fantasías absurdas, por el cansancio, la hora y el simple aburrimiento. Miró su reloj una vez más y sólo habían pasado dos minutos desde la última vez que revisó la hora. Y, mientras las manecillas del segundero avanzaban unos pasos, el autobús que esperaba con desesperación apareció. Como un salvador que la rescataría de la situación en la que se encontraba.
                Tranquila, pero rápidamente, abordó el autobús. Miraba la estación de donde había partido y notó a al menos dos personas con gabardina y sombrero. Sintió un alivio al notar a las figuras que se alejaban y sus músculos se relajaron, encontrando confort en el sólido asiento de plástico del vehículo.
El cálido anhelo de la sala de su departamento, el sonido estático de la televisión, a unos cuantos minutos de distancia. Ariel deseaba que el camión no se detuviera para nada y fuera directo hasta su casa, pero hizo una última parada. Los ojos de ella no podían creer lo que veían,  seres vistiendo gabardina y sombreros abordaron el vehículo, uno seguido del otro, como un enjambre, tanto que el camión se llenó. Sentía que era el único ser humano en este autobús. Y de las gabardinas salían patas parecidas a las de los insectos y estas patas la sujetaron y como si se tratara de una hoja de papel, arrancaron las extremidades del cuerpo de Ariel y la devoraron, para después succionar la sangre que se regó por el suelo, los asientos y las ventanas del autobús, dejándolo tan limpio como si estuviera nuevo.

FIN

domingo, 2 de diciembre de 2012

02 - El sonámbulo.



    El sol ya se había ocultado tras las montañas, pero su luz todavía iluminaba el cielo de color naranja. Aunque este naranja lucía un tanto diferente, como si por partes fuera rosado como una toronja. Los pájaros no cantaban, los aviones no volaban, no había una sola nube ni estrella. Yo me encontraba parado en la acera de una calle atiborrada de gente. El ruido era incomprensible y el caos reinaba. No me sentía a gusto entre tantas personas, tenía que buscar aire fresco en algún lugar y justo cuando pensaba en esto, a mi nariz llegó un hilo delgado de aire húmedo. Era el inconfundible olor al lago. Casi podía ver el muelle y sus barcos flotando y la humedad de la madera.
    Mientras anhelaba por un espacio entre la gente que me permitiera escapar, un niño jaló la manga de mi saco — Señor, por aquí hay un atajo—dijo y señaló a un callejón sucio, pero ignorado. Sin pensarlo dos veces, seguí el consejo del niño y me adentré en el callejón, abriéndome paso a la fuerza entre la corriente de gente. Parecía que alguien hubiera bajado el volumen, pues al dar un paso dentro del callejón, todo se silenció. Quizá no era un silencio cómodo o tranquilizador, más bien era como el frío vacío de la noche, inhumano y escalofriante. Algo me recordaba a un lugar donde había estado antes, pero no terminaba de entender qué era.
    Era casi seguro que me encontraba en el área turística del pueblo, mi única pista era que estaba cerca de los muelles. Para llegar a mi departamento y descansar, terminar ese día, debía llegar al muelle y buscar un autobús que cruce Vallecalmo. Ese era mi plan. Pero al dejar de pensar y observar a mi alrededor, había llegado a otra calle atiborrada de gente y música ruidosa. Pero ahora era de noche y la gente portaba lámparas y objetos brillantes en sus atuendos que parecían salidos de un carnaval.
    Mis esfuerzos por recordar cómo llegué hasta donde estaba eran inútiles. Había bebido un poco, quizá, en el bar El castillo, pero no tanto como para perder la consciencia. Algo sucedió entre ese momento y ahora que no logro entender. Quizá lo más sensato sería apegarse al plan de buscar un autobús y regresar a casa. Pero no había pasado ni un segundo de que esta idea vino a mi mente, cuando fuegos artificiales comenzaron a explotar en el cielo. Rojos, amarillos, blancos, azules… Algunos explotaban en una maraña de luces y otros chisporroteaban y hacían un escándalo tremendo. Cuando terminaron, un sonido como el de una larga explosión o el de las olas del mar, llegó hasta mí. Aviones volaban por el cielo y hacían piruetas, parecían sacados de una guerra antigua, como fantasmas que seguían luchando después de la muerte y por toda la eternidad.
    No tenía forma de explicar lo que estaba pasando ¿Estaría quedando loco? ¿Acaso estoy intoxicado con algún alucinógeno? Sólo otra explicación me era racional, que esto se tratase de un sueño. Que yo me encuentre dormido sobre mi cama, con la televisión prendida seguramente, completamente dormido, viviendo en un sueño hasta que despierte y pueda seguir con mi vida. Estas cavilaciones se detuvieron al instante, pues mis ojos avistaron una criatura horripilante cuyos colmillos se dirigían hacia mí.
    Algo como un dragón, más alto que una persona, tenía sus ojos bien fijos en los míos y se dirigía hacia donde yo estaba. Nadie parecía prestarle atención, como si estuviéramos solos. Un dragón, aviones de guerras pasadas, de repente era de día y luego de noche y todo tiene esa sensación de extrañez. No me cabía la mínima duda de que esto se trataba de un sueño. Y de ser esto cierto, no debía temer, pues nada podría pasarme pues contaba con la ventaja de que era MI sueño.
    A un metro de mí, un policía festejaba con el resto de las personas, su pistola estaba al alcance de mi brazo y no fue difícil quitársela sin que se diera cuenta. Cargue el arma y disparé hacia el dragón. Pero la bala, que impacto directo en medio de su cuerpo, no lo detuvo. Entonces disparé una segunda vez y una tercera vez. Sin resultados, seguía avanzando hacia mí, paso a paso. Entonces descargué todas las balas de la pistola sobre él y finalmente el dragón se cayó al suelo. Sin embargo, en mi pecho sentí un dolor y un calor tan intensos que pensé que me despertarían al instante. Pero no fue así. La música ruidosa se detuvo y la gente curiosa empezó a atiborrarse alrededor de la escena.
    Mi cuerpo se desplomó en el piso inerte. Mi corazón había sido destrozada por rifle de alto calibre. Uno de los francotiradores, encargados de cuidar al gobernador en el desfile de ese día, escuchó el primer disparo y volteó. Cuando vio los segundos disparos, supo que yo estaba armado y al observar por su mira telescópica, entendió que yo le disparaba a la gente y jaló el gatillo, dándome la muerte.

FIN

viernes, 30 de diciembre de 2011

29 - Catatonia



    —El poder de la mente…— decía un viejo abogado para sí mismo, mientras descansaba su cuerpo en el mullido asiento de su oficina. Fumaba su pipa con tabaco, mientras leía uno de sus viejos libros de filosofía. Novelas escritas por emperadores romanos que destacan la complejidad de la conducta humana y la profundidad de las ideas de esos antiguos gobernantes— una palabra para gobernar a miles, conquistar un imperio sin lanzar una flecha o blandir una espada…— casi en cada párrafo hacía una pausa para acomodar sus pensamientos.

    —¿Cuál será el límite del poder humano? ¿Cuál el alcance de la mente? — se preguntó y siguió leyendo— porque la mejor forma de jugar a la guerra es hacer aliados, ganar un aliado es equivalente a perder un enemigo y las guerras se ganan eliminando oponentes— dejó su libro a un lado para rellenar su pipa. Luego regresó a su lectura, pero por más que intentaba leer, sus ideas lo traicionaban. No dejaba de preguntarse, la duda lo atormentaba.

    —Quizá, si mi concentración es la suficiente— pensó— pueda atravesar un cristal con una aguja, como los monjes tibetanos o sacar mi espíritu del cuerpo y viajar por otros mundos en los sueños, como un chamán del Amazonas. Mis manos… si las junto y me convenzo de que no puedo separarlas… Porque el poder de la mente supera a la del cuerpo y si yo creo que no puedo separar mis manos, es porque no voy a poder, no existe, en realidad, la posibilidad de separar mis manos, no se puede, así como no se puede penetrar un muro de ladrillos, estas dos manos mías que ahora están juntas, nunca se podrán separar—.

    Cerró los ojos, tratando de concentrarse tanto como podía, destruyendo la idea de que sus manos alguna vez estuvieron separadas, para él, las palabras “manos” y “juntas” eran una sola. No era lógico en su mundo que pudiera separar las manos. Al abrir los ojos, sus manos palmas estaban pegadas y por más que intentaba separarlas, le era imposible. Sentía una cierta satisfacción, por poner a prueba el poder de su mente y descubrir que era capaz de cosas que nunca imaginó. Sin embargo, sus manos seguían pegadas y cada vez que fracasaba en su intento de separarlas, más se convencía a sí mismo de que no podía.

    El abogado comenzaba a desesperarse. Sentía calor y su corbata le apretaba, pero no podía aflojarla pues tenía sus manos atrapadas por su mente. Volteó al teléfono para llamar a emergencias, pero le sería imposible marcar o tomarlo. Entonces, se levantó y se dirigió a la puerta, se esforzaba por girar la perilla con los codos, pero sus actos eran cada vez más desesperados. Le costaba respirar y otra idea loca brotó de la profundidad de su mente. Siguiendo la misma lógica de sus manos, si él se lo proponía, sus piernas igual quedarían inmóviles y no podría ni arrastrarse por ayuda.

    Se vio a sí mismo en el suelo, tirado y sin poder levantarse. Con sus piernas inmóviles y sus manos pegadas. Al instante, cayó al suelo y sus piernas parecían las de un títere sin titiritero. En la imagen aterradora de su mente, él no podía gritar, su lengua estaba entumecida también. Entonces, sus brazos tampoco le respondían y su cuerpo entero se iba convirtiendo en una estatua humana. Sin poder mover ni un dedo, su dorso parecía una estatua de cera y sus piernas eran dos costales de carne aguados. Su mente seguía pensando, atrapada dentro del cuerpo inútil, mientras hacía su mayor esfuerzo por respirar.

    Lo único que escuchaba era el latido de su corazón y su respiración pesada. Sus pulmones se detenían de un momento a otro y el último sonido que quedaba era el de su corazón, que golpeaba con fuerza — Mi mente me ha encerrado en este cuerpo ¿Será capaz de hacer que deje de respirar o que se pare mi corazón? — Entonces, dejó de respirar y sólo quedó el bombeo de su corazón, que se ralentizaba, cada que daba un golpeteo se detenía un instante y parecía que ya no volvería a latir, pero claramente se escuchaba el latir del corazón, hasta que, después de un último latido, este ya no se escuchó más.
 
FIN
   

miércoles, 28 de diciembre de 2011

27 - Blanco y negro



La noche lloraba en paz, aquel diciembre en la gran ciudad. Los nubarrones que tapaban el techo estrellado descargaban chorros de agua sobre los edificios, sobre los autos y sobre el asfalto. Pero las calles estaban solitarias, la gente descansaba tranquila en sus casas, después de días de juergas y misterios. Los festines se habían acumulado y sobraba comida en grandes cantidades. Afuera, sólo unos cuantos recorrían las avenidas en sus vehículos para hacer compras necesarias.

En las afueras de un supermercado, un hombre cargaba con una mano su sombrilla y con la otra, varias bolsas llenas de compras. Su cabello negro y sus zapatos estaban mojados, así como su pantalón hasta las rodillas. Al llegar a su automóvil, mientras luchaba por sacar las llaves de su bolsillo, notó una figura pintada de blanco y negro debajo de un árbol. Conforme más penetraba su mirada en la lluvia, la imagen iba tomando forma de una persona joven y esbelta. Con un sombrero y pantalones negros, camisa de rayas y la cara pintada.

En la cara del mimo caían gotas, que no eran provenían de la lluvia. Salían de sus ojos y eran producto de otro tipo de tempestad. La imagen petrificó al hombre en la posición en la que estaba, sosteniendo su sombrilla, con las bolsas de las compras colgando de su brazo y metiendo su mano en el bolsillo de su pantalón, hasta que el mimo volteó. Fue un asombro ver que este ser, que parecía una antigua fotografía, se moviera y que estuviera vivo. El mimo y el hombre cruzaron la mirada.

El maquillaje blanco y negro del mimo se corría con la lluvia, dándole la apariencia de un cadáver. Pero se paró muy derecho, con los pies juntos y las manos pegadas al cuerpo. Entonces, hizo una reverencia, quitándose el sombrero y comenzó su actuación. El hombre que miraba no podía creer lo que veía, un mimo con la cara desfigurada bajo la lluvia ejecutando un acto en medio de la noche, en el estacionamiento de un supermercado. Pero no se movió, se quedó a apreciar todo el espectáculo.

El mimo ponía sus palmas  bien abiertas frente a él y simulaba tocar una pared invisible. Después, jaló una cuerda que no existía, lanzó una flecha de un arco imaginario y pasó a pararse detrás de un muro que le tapaba la mitad del cuerpo, donde actuó como si bajara un ascensor, unas escaleras eléctricas y, finalmente, como si estuviera remando en una canoa. El acto fue impecable, pero aterrador, pues la figura del mimo  hacía que las piernas del hombre temblaran y su corazón latiera más fuerte.

Cuando el mimo terminó su acto, hizo una reverencia final y dejó extendido su sombrero que se llenaba de agua de lluvia. El hombre, tiró su sombrilla y metió su mano libre en el bolsillo, sacó las llaves del carro y entró tan rápido como desapareció de la escena. A toda velocidad, recordando los movimientos del mimo, su vestimenta y, sobre todo, su cara, temía tener pesadillas sobre él esa noche o caminar por un pasillo oscuro y encontrarlo sentado o haciendo su acto lúgubre. Pero no tardó mucho en llegar a su casa, cálida y acogedora, con su esposa y sus hijos.

Al llegar a su casa, abrió la puerta y su esposa lo recibió, pero cuando le preguntó por la sombrilla, él no pudo responder. Hacía un esfuerzo por hablar, pero por más que abría su boca y soplaba aire, no salía ningún sonido. Entonces, recordó al mimo, recordó su cara y su figura bajo la lluvia y entendió que, a partir de ese día, tendría que vivir sin poder hablar y en sus pesadillas estará ese mimo, extendiendo su sombrero y él siempre correrá, hacia su perdición.

 
FIN

viernes, 23 de diciembre de 2011

23 - ChinShua



    Era la locura en las tiendas departamentales, cada vez más cerca las festividades del Mes del Terror, los locales y supermercados se abarrotaban de gente dispuesta a vaciar sus bolsillos para comprar regalos escalofriantes a sus seres queridos, formando grandes filas en las cajas registradoras y estacionamientos. No era raro ver árboles con pinos amarrados sobre el techo de los vehículos, personas vestidas de duendes y cuernos de carnero por doquier, así como carritos de supermercado llenos de cajas envueltas en llamativos papeles.

    Los elevadores en los edificios no descansaban, el aire acondicionado trabajaba al Máximo, pues el asfalto y los vidrios se calentaban con el radiante sol tropical de la gran ciudad, además del calor humano y mecánico. Las avenidas y calles estaban congestionadas y el ruido y un aparente caos era la única melodía que se podía respirar en el ambiente. Pero algunos rincones oscuros eran más calmos que otros, había sitios olvidados por el tiempo que se esforzaban  por sobrevivir a pesar del abandono.

    El Barrio chino solía estar colmado de vida pero, comparado con el resto de la ciudad en estas fechas, era un sitio relajado y pacífico, exceptuando por una tienda, ubicada en uno de los callejones más confinados. Se trataba de una tienda de mascotas que ofrecía animales de rincones exóticos de toda  china. Uno de estos animales era una especie de lagarto con alas, de color verde orejas como de conejo, pero sin pelo, y una cola como de rata. Todo cubierto de escamas.

    La gracia de este animal, llamado ChinShua,  era su capacidad para volar, el poco cuidado que necesitaba y que cantaba a la luz de la luna, además de su rareza que lo convertía en único. Era completamente pasivo y se podía meter en una caja un día entero sin que muriera por asfixia. Todo lo que requería era la luz de la luna para darle energía y bambú, que comía con la lentitud de quien vive más de cien años. En sí, la criatura era un adorno, pero volaba por toda la casa y solía posarse en la ventana para cantar. Cientos de estas criaturas se vendieron.

     Todos los ChinShua estaban bien empaquetados en sus cajas sobre las pilas de regalos, esperando la mañana del día siguiente para abrirse y poder volar y cantar por toda la casa. Ningún niño o adulto, que serían los nuevos dueños de esta criatura, tenía idea de qué era lo que contenía la caja, pues apenas hace una semana que se anunció la venta de este peculiar espécimen. Sólo una bolsa de varas de bambú revelaba el misterio pero, nadie sospechaba que eran alimento para una criatura en una caja cerrada.
    Cuando llegó el gran día, todos rasgaron el papel de regalo y abrieron las cajas develando al ChinShua. Sin embargo, este no se movía, no cantaba ni volaba. Sólo estaba quieto como una estatua, con sus ojos rojos viendo a todos alrededor. La gente que había recibido esta criatura estaba sorprendida y confundida. Aún después de explicarles sus gracias, la gente no entendía, pues sólo estaba ahí, parado inmóvil y nada más.

Una oleada de frustración y reclamos invadió el local en el callejón del señor Li, el anciano dueño de la tienda de mascotas, pues la gente le llevaba su ChinShua inmóvil como una piedra, algunos dudaban si estaba vivo, pero el viejo sólo les explicaba que el ChinShua actuaba cuando él deseaba, no cuando las personas le ordenaran y que debía ser tratado con respeto, pues se ofendía con facilidad. Aseguró que el animal estaba vivo y hacía todos los chistes indicados.

Después de que todos regresaran a sus casas, algunos fueron más reverentes con la criatura, pidiéndole de favor que comiera, caminara o hiciera las cosas, ofreciéndole tratados de amistad y hasta servidumbre. Sólo así, la criatura se movió, caminó y hasta voló. Pero nunca se le veía cantar a la luna, como el viejo había dicho. La decepción llegó nuevamente a muchas de las casas y el enojo empezó a dirigirse hacia el exótico animal, que debía ser tratado como un rey.

La gente que compró el ChinShua estaba decepcionada, nunca lo habían oído cantar, hasta que llegó la luna nueva, el 24 de diciembre. Tanto aquellas criaturas que no obedecían a sus dueños  como las que habían entablado una buena relación con sus amos humanos, se posaron en la ventana o rendija más cercana y, apuntando sus ojos rojizos al vacío del espacio, empezaron a cantar. Los ChinShua que eran felices entonaban una bella melodía, armoniosa y dulce como un piano. Pero aquellos que fueron desdichados o humillados por el mal trato de sus amos cantaban en un tono diferente.

Cuando los ChinShua que habían sido maltratados cantaban, su melodía se oía brutal, como un grito de guerra y muerte, desagradable para los oídos humanos y tan potente como para ensordecer a cualquiera en toda una cuadra. La cantidad de ChinShuas infelices era tal, que hubo un magnífico concierto de ferocidad, que destrozaba los oídos y estos no pararon hasta que sus amos se disculparon, les pidieron perdón y prometieron tratarlos mejor de ahora en adelante. Pero el daño estaba hecho y los nuevos sordos que atendieron a su ChinShua, no importa cuán bien los trataran, pues ya no podían oír su dulce canción nunca más.
 
FIN

jueves, 22 de diciembre de 2011

22 - El incensario de serafines



    Las estrellas adornaban esa noche de diciembre, opacadas por una capa de contaminación lumínica y por otros gases, como el humo que salía de la ventana, en uno de los edificios más altos de la gran ciudad, que estaba apenas abierta pues el aire frío y veloz que venía del exterior se colaba por cualquier grieta. Como una lucha de dos fuerzas mágicas, el humo que venía del interior del edificio y el viento, daban pasos hacia adelante y hacia atrás, dejando entrar el aire por momentos y en otras jalando al humo hacia afuera.

    El origen de este humo se encontraba pendiendo del techo, sobre el sofá de un hombre que intentaba calentarse con un incensario de hierro decorado con serafines que colgaba de unas cadenas, emitiendo su humo aromático sobre el pobre hombre que sufría por el frío. La tele de la habitación estaba prendida y, aunque la pantalla emitía cierto calor, el zumbido de la electricidad aumentaba la sensación de frialdad en el ambiente. Las voces apagadas de los presentadores, las imágenes computarizadas, nada de lo que salía ahí le daba el abrigo que necesitaba, pero no podía dejarla, como a una adicción.

    Se levantó de su asiento y puso la manta con la que estaba envuelto sobre el respaldo del sofá. Cubierto de pies a cabeza, exceptuando por la cara, traía una bufanda, una chamarra y  calcetas gruesas dentro de pantuflas, caminó hasta la ventana para cerrarla un poco más. El aire que entraba por el espacio que quedaba era suficiente para empujarlo por momentos, lo cual le dificultó llegar a su objetivo, pero con la ventana un poco más cerrada, la temperatura aumentó. Regresó a su colchón y el incensario de serafines ya no se mecía con tanta velocidad, pero sus ojos juguetones parecían mirarlo y burlarse.

    De vuelva a su sillón preferido, se sumergió en la suavidad de sus colchones. Nuevamente cubierto por la manta, se relajó y disfrutaba de la televisión. Las voces monótonas de los actores en la película que veía, denotaban la falta de esmero de quienes producían tal película, sin embargo, ya había perdido la cuenta de las veces que la había visto. La madrugaba le pesaba, el reconfortante aroma del incienso lo relajaban y en cada momento le era más difícil permanecer despierto. Repentinamente, un silbido lo despertó y al voltear atrás, casi pudo ver al viento entrando como una invasión de seres sobrenaturales.

    Su cuarto se congelaba, toda la calidez que ahí quedaba se había extinguido. Con un esfuerzo brutal, caminó nuevamente a la ventana y la cerró todavía más. Quedando un espacio del tamaño de su dedo, el aire entraba con debilidad y la tranquilidad regresó a su hogar, una vez más. Regresó a su sillón favorito, se sumergió en la suavidad de su colchón y continuó su rutina de televisión. Ahora que los vientos estaban calmos, no había distracción, pero la monotonía de la tele y algo en el ambiente lo hipnotizaban.

    Como en un estado de trance, él se veía a sí mismo sentado en su sofá, viendo la televisión. Todo estaba contaminado de opacidad, miraba al incensario que se mecía con los serafines, viéndolo a los ojos, y pensaba que debería apagarlo, pues el humo que generaba llenaba la habitación. Sobre una mesa para el café, había un vaso con agua suficiente, pero ya no lo tomó. Pudo ver toda su vida pasar frente a sus ojos en un instante, desde que nació, hasta el momento en que se quedó dormido sobre el sofá y murió asfixiado por el humo del incensario de serafines.


FIN

miércoles, 21 de diciembre de 2011

21 - El bello jardín



    Raro es, ver en la ciudad, jardines al aire libre. Aparte de algunos parques, las áreas verdes han cedido su territorio al pavimento y el concreto. Sin embargo, una nueva moda ha brotado de entre los ladrillos y las vigas: Jardines sobre los techos de los edificios. Como el moho que crece sobre rocas húmedas, los techos de varios edificios comenzaban a teñirse de verde. Es en el techo de uno de estos edificios donde tiene lugar esta historia que comienza una noche de diciembre.

    El reloj ya marcaba las 12 en la cocina de Marta, una señora de gusto por lo tranquilo y la decoración, cuando ella se despertó de un sueño especial. Hacía un esfuerzo, sentada al borde de su cama, por recordar lo que soñaba y venían imágenes de ella subiendo al techo y encontrando una planta extraña en una maceta pequeña. La planta era diminuta y hermosa, se movía con el viento, pero no como si la empujaran, parecía que bailaba y se mecía con el viento y, al hacer esto, liberaba un aroma dulce como el merengue de limón.

    La señora Marta estaba más que encantada por su sueño y, sin creerlo mucho, se puso sus pantuflas, un suéter y una bufanda y subió al techo para echarle un vistazo al jardín que cuidaba día a día. Con una lámpara en mano, subió los 3 pisos por la escalera y cuando llegó a la azotea, abrió la puerta con expectación. Apuntando su lámpara hacia la oscuridad de su bello jardín, que de noche se convertía en un bosque de pesadillas, pero lo único que podía ver era pasto, algunas enredaderas y flores durmiendo plácidamente.

    No estaba del todo decepcionada pues ni ella misma lo creía, pero la ilusión que la hizo subir fue un golpe duro a sus ánimos. En esto cavilaba ella cuando sintió un aroma dulce como el merengue de limón. Ella pensaba que estaba soñando despierta pero, esta vez, el olor era inconfundible. Cegada por la armoniosa esencia, empezó a caminar hacia ella. Sentía calor, como si su cuerpo le exigiera sumergirse en un baño de agua fría y, cuando se dio cuenta, no escuchaba nada a su alrededor.

    Marta estaba confundida, veía un bello jardín a su alrededor, pero no era verde sino morado. Todo estaba iluminado, como si fuera de día, pero no había un foco a su alrededor. Sin embargo, el olor dulce de merengue de limón continuaba y la obligó a avanzar en la maleza que asemejaba a la de una casa abandonada. Algunas de las plantas que rozaban sus pantorrillas descalzas la arañaban pero no le hacían daño. Pocos metros adelante, se encontró con una mesa de madera azul.
    La mesa tenía sobre de sí, la planta pequeña y danzante que había visto en su sueño, además de ser el origen del dulce aroma. Dio los últimos dos pasos de distancia y todo se aceleró de repente. El viento la golpeaba en la cara y la congelaba, pero esto no duró más que un instante pues murió al momento de estrellarse contra el pavimento. En el techo de su casa, la pequeña planta en la maceta pareció estremecerse con la muerte de la señora y cuando su éxtasis terminó, un cristal la envolvió, junto con una luz y desapareció en lo profundo del espacio.

 
FIN