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martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

jueves, 29 de diciembre de 2011

28 - La Mancha


    El hospital trabajaba a más no poder, esa noche de diciembre. Las vacaciones se habían vuelto en turnos dobles para algunos y los accidentes de tránsito, incendios y otros malestares estaban a la orden del día. En una camilla se encontraba sentada  una joven, de al menos 25 años, y un doctor examinaba su brazo que estaba vendado — Entonces, Clara, quiero que me cuentes, desde el inicio, qué fue lo que pasó —. El doctor hizo una pausa para mirarla seriamente a los ojos, pues terminó de quitarle el vendaje, revelando una herida que abarcaba casi todo su brazo, hasta la muñeca.

    —Hace dos días…— explicó Clara— desperté en la madrugada y tenía un piquete como de mosquito en el brazo. No era nada grande, apenas se veía un punto rojizo en mi antebrazo, pero me daba comezón. Me rascaba una y otra vez para tratar de calmarlo, pero no lo lograba. Luego me empezó a doler más y traté de ponerle ungüento para ver si así sanaba más rápido. Pero al cabo de un rato, toda el área a su alrededor estaba enrojecida y me ardía. Esto me preocupó más y traté de limpiarlo con alcohol, pero sentí que me quemó la piel, entonces lavé muy bien mi brazo y lo vendé…—

    Mientras ella hablaba, el doctor ponía especial atención a cada sustancia, pomada o líquido al que había recurrido para sanarse. — Lo que debiste hacer — dijo el doctor— fue no rascarte desde un inicio. Creo que todo eso que te pusiste desde el principio y que te hayas rascado influyó mucho en lo que está en tu brazo. Yo lo que veo aquí es que te arañaste con tus uñas, te causaste heridas y esta comienza a infectarse porque lo debiste cubrir con unas gasas sucias. Te voy a recetar antibióticos y un calmante para la comezón, es muy importante que no te rasques— dicho esto, firmó su receta y le dio las gracias a su paciente.

    Clara no estaba del todo satisfecha con la explicación del Doctor, pero aun así, compró los medicamentos que le recetó. Al llegar a casa, le echó un vistazo a su brazo y lucía peor que antes. Sin saber a quién recurrir, tomó el teléfono y le marcó a su mejor amiga. Los segundos que pasaron antes de que ella respondiera le parecieron eternos, no podía dejar de pensar en su brazo y aún sentía ganas de rascarse, pero le dolía tan si quiera tocarla. Al final, su amiga contestó y se saludaron cordialmente. Clara le explicó de su visita al médico. Sin embargo, la amiga notó algo en su voz.

    —La noche que desperté con la picadura— le explicó Clara a su amiga, quien tuvo que convencerla para que lo hiciera — tuve un sueño extraño. En verdad, no estoy segura de que haya sido un sueño, pues me pareció muy real. En este sueño, yo estaba acostada en mi cuarto y era despertada por una luz blanca que inundaba mi cuarto. Entonces, sentí una presencia maligna, como siluetas oscuras al alrededor de mí, sólo que no podía moverme. Algo me aplastaba el pecho y lo único que podía ver era el techo de mi cuarto. Pareció que fueron horas y, casualmente, cuando desperté tenía esta herida—.

    Su amiga no le creyó la historia, pero trato de tranquilizarla diciéndole que siga las indicaciones de su doctor al pie de la letra y que pronto se curaría y estaría bien. Sin embargo, las palabras alentadoras no tenían efecto en Clara. Quien no soportaba el dolor. Intentó lavar la herida más de un par de veces esa tarde y le puso más ungüento y la cubrió con unos trapos. Pero fue despertada en la madrugada y cuando sus ojos se abrieron, ella descansaba en su cama sin poder moverse. Nuevamente, sintió una presencia maligna en su habitación y su brazo le dolía más que nunca. Cuando finalmente pudo moverse, ya había amanecido.

    Totalmente consternada por su brazo, acudió a emergencias donde otro doctor la recibió. Valientemente, ella decidió contarle la historia completa, pero el doctor la transfirió con un especialista. Clara se ofendió al leer en la tarjeta del doctor la palabra “psiquiatra” y decidió no acudir más a ese hospital. Aun cuando su brazo le seguía doliendo, ella sólo tenía una explicación en su mente, había una causa respecto a lo que le estaba pasando, que ningún doctor entendiera su padecimiento, los seres malignos, algo debían estar haciendo con su brazo, quizá un implante o alguna enfermedad de otro mundo. De ser así, sólo había una forma de salvar el resto del cuerpo.

    Antes de llegar a su casa, pasó a un supermercado que abría toda la noche y compró una segueta y una bolsa con hielos. Llegó a su casa y vació toda la botella de alcohol sobre su brazo y bebió de una botella de absenta. Rápidamente, el alcohol llegó a sus venas y cuando la hoja aserrada cortó su piel, sus músculos y atravesó el brazo, la sangre no dejó de fluir hasta que ella cayó al suelo inconsciente y murió en el piso de su sala. Nunca llegó a abrir la bolsa de hielos.

 
FIN

miércoles, 28 de diciembre de 2011

27 - Blanco y negro



La noche lloraba en paz, aquel diciembre en la gran ciudad. Los nubarrones que tapaban el techo estrellado descargaban chorros de agua sobre los edificios, sobre los autos y sobre el asfalto. Pero las calles estaban solitarias, la gente descansaba tranquila en sus casas, después de días de juergas y misterios. Los festines se habían acumulado y sobraba comida en grandes cantidades. Afuera, sólo unos cuantos recorrían las avenidas en sus vehículos para hacer compras necesarias.

En las afueras de un supermercado, un hombre cargaba con una mano su sombrilla y con la otra, varias bolsas llenas de compras. Su cabello negro y sus zapatos estaban mojados, así como su pantalón hasta las rodillas. Al llegar a su automóvil, mientras luchaba por sacar las llaves de su bolsillo, notó una figura pintada de blanco y negro debajo de un árbol. Conforme más penetraba su mirada en la lluvia, la imagen iba tomando forma de una persona joven y esbelta. Con un sombrero y pantalones negros, camisa de rayas y la cara pintada.

En la cara del mimo caían gotas, que no eran provenían de la lluvia. Salían de sus ojos y eran producto de otro tipo de tempestad. La imagen petrificó al hombre en la posición en la que estaba, sosteniendo su sombrilla, con las bolsas de las compras colgando de su brazo y metiendo su mano en el bolsillo de su pantalón, hasta que el mimo volteó. Fue un asombro ver que este ser, que parecía una antigua fotografía, se moviera y que estuviera vivo. El mimo y el hombre cruzaron la mirada.

El maquillaje blanco y negro del mimo se corría con la lluvia, dándole la apariencia de un cadáver. Pero se paró muy derecho, con los pies juntos y las manos pegadas al cuerpo. Entonces, hizo una reverencia, quitándose el sombrero y comenzó su actuación. El hombre que miraba no podía creer lo que veía, un mimo con la cara desfigurada bajo la lluvia ejecutando un acto en medio de la noche, en el estacionamiento de un supermercado. Pero no se movió, se quedó a apreciar todo el espectáculo.

El mimo ponía sus palmas  bien abiertas frente a él y simulaba tocar una pared invisible. Después, jaló una cuerda que no existía, lanzó una flecha de un arco imaginario y pasó a pararse detrás de un muro que le tapaba la mitad del cuerpo, donde actuó como si bajara un ascensor, unas escaleras eléctricas y, finalmente, como si estuviera remando en una canoa. El acto fue impecable, pero aterrador, pues la figura del mimo  hacía que las piernas del hombre temblaran y su corazón latiera más fuerte.

Cuando el mimo terminó su acto, hizo una reverencia final y dejó extendido su sombrero que se llenaba de agua de lluvia. El hombre, tiró su sombrilla y metió su mano libre en el bolsillo, sacó las llaves del carro y entró tan rápido como desapareció de la escena. A toda velocidad, recordando los movimientos del mimo, su vestimenta y, sobre todo, su cara, temía tener pesadillas sobre él esa noche o caminar por un pasillo oscuro y encontrarlo sentado o haciendo su acto lúgubre. Pero no tardó mucho en llegar a su casa, cálida y acogedora, con su esposa y sus hijos.

Al llegar a su casa, abrió la puerta y su esposa lo recibió, pero cuando le preguntó por la sombrilla, él no pudo responder. Hacía un esfuerzo por hablar, pero por más que abría su boca y soplaba aire, no salía ningún sonido. Entonces, recordó al mimo, recordó su cara y su figura bajo la lluvia y entendió que, a partir de ese día, tendría que vivir sin poder hablar y en sus pesadillas estará ese mimo, extendiendo su sombrero y él siempre correrá, hacia su perdición.

 
FIN

sábado, 17 de diciembre de 2011

17 - Péndulo



    El caos se apoderaba de la ciudad, esa noche de diciembre. Las calles se inundaban del olor a caucho quemado y sangre. El tráfico era una locura y la policía hacía su mayor esfuerzo por  evitar la anarquía. Todos los noticieros hablando de la misma nota y las ambulancias y hospitales no se daban abasto por la cantidad de accidentes automovilísticos en las carreteras, que incluían carambolas de decenas de autos.

    Se oían, por todas partes, sirenas de patrullas de la policía y otros servicios de emergencia, que iban de un lado a otro, sin descanso. La cantidad de accidentados manejando se había incrementado a cientos y los reporteros estaban enloquecidos por la información que recibían de testigos que acontecieron los eventos que iniciaron el caos en la ciudad. Nadie creía lo que decían y tampoco había evidencia que los respaldara. Hasta donde se sabía, todos habían tenido la misma alucinación, pero esto sería, bajo reserva de las circunstancias, imposible.

    Los reportes indican que todo comenzó cerca del anochecer. Algunas líneas de emergencia habían sonado pero, al acudir, los elementos de rescate no encontraron nada. Pensaron que se trataban de falsas alarmas, al principio coincidiendo en su rareza. Mas, los agentes, después de interrogar a quienes realizaron las llamadas, se daban cuenta que no eran niños jugando bromas pesadas, se trataba de personas comunes y corrientes que habían reportado un hecho que, según ellos, presenciaron, pero el cual no dejó rastro alguno.

    A los pocos minutos, las autoridades de tránsito fueron reportadas de choques de vehículos. Al principio, dedujeron que eran los típicos accidentes provocados por automovilistas alcoholizados propios de la temporada. Pero conforme pasaba el tiempo, más y más vehículos impactaban postes, casas, edificios, a otros coches y, finalmente, en las avenidas principales, aparecieron las carambolas. La gente entraba en pánico y dejaba sus automóviles estacionados donde sea para salir corriendo lejos de donde se encontraban, pero a cada vuelta de la esquina, lo volvían a ver.

     Varios de los conductores simplemente fueron impactados por otros que se distrajeron al momento del fenómeno. Pero el resto, pudo advertir, con la claridad con que se ven los objetos en la noche, a personas colgando de sogas alrededor del cuello, amarrados a postes de luz, semáforos, candelabros, ventanas e incluso de los cables de la electricidad. En un momento, ahí estaban colgados, balanceándose ligeramente por el viento, como un péndulo, marcando los segundos, pero antes que un parpadeo, esta horrífica visión desaparecía.

     Nadie pudo explicar el fenómeno, las agencias de seguro se negaban a asumir las responsabilidades por lo sucedido, pues afirmaban que era culpa del que iba distraído, sin embargo, dada la extrema rareza del evento, algunos asumían que se trató de alguna alucinación temporal, algo causada por el exceso de fiestas y cansancio acumulado durante todo el año. Otros aseguraban que, la energía negativa de la temporada provocaba que las puertas dimensionales se torcieran, causando que situaciones ocurridas tiempo atrás, vuelvan a tener lugar en otras partes del tiempo y del espacio, incluso, simultáneamente.
FIN

jueves, 15 de diciembre de 2011

15 - El laberinto en la selva



    Iniciaban las vacaciones y las avenidas de la gran ciudad se congestionaban. Venía gente de todos lados y otros salían para despejarse del tráfico y las oficinas. Una familia, en particular, manejaba su auto compacto, verde limón, atravesaba una calle paralela a la carretera, en mal estado y llena de curvas entre la selva que no permitía ver lo que se avecinaba.  Viajaron por más de una hora, sin descanso, tratando de ubicar la entrada a un pequeño pueblo cerca de la capital, sin embargo, dado que no podían ubicarse en el único mapa del que disponían, estaban perdidos.

    La familia estaba compuesta por dos hermanos pequeños y sus padres. Mientras el vehículo se adentraba en la selva, aumentaba la necesidad de los pequeños de ir al baño y la de los padres de comer y descansar. Pero a su alrededor, era difícil encontrar evidencia de que algún ser humano le diera un uso a ese camino, pues la calle estaba en tan malas condiciones que quizá era más rápido ir a pie que en un automóvil, pero no se bajarían hasta encontrar un lugar donde poder refrescarse.

    La noche estaba a punto de caer cuando, en una curva, se vislumbró un letrero de madera que tenía pintado el cartel de un laberinto en medio de la selva más adelante y, siendo la única señal de vida inteligente a su alrededor, decidieron seguir hasta encontrarlo y parar por provisiones. Entonces, a un par de curvas más adelante, pudieron ver un estacionamiento y la indicación de entrada al laberinto, donde una figura vieja, sentada en una silla, ocultaba su cabeza detrás de un gran sombrero.

    Se bajaron casi corriendo, olvidando el hambre y otras necesidades, para dirigirse a la entrada del laberinto. Uno de los padres le preguntó al hombre el costo de la entrada, pero sólo alzó la mano indicándoles que podían pasar. Sin hacer más preguntas, los adultos dieron un paso dentro del agujero cortado a la perfección dentro de la espesura de la selva.

    El laberinto por dentro era más parecido a una cueva, pues la familia se desplazaba a través de túneles formados por arcos de árboles, ramas, plantas, organizados de una complejidad avanzada. No parecían simplemente macheteados, en realidad, era más como si algo hubiera ocupado el espacio que ahora estaba vacío, mientras que la selva tuvo oportunidad de crecer a su alrededor, para desaparecer como por arte de magia, dejando sólo la maleza acomodada en forma de un túnel.

    La luz no parecía provenir de ningún foco o lámpara, pero de alguna forma, todo estaba bien iluminado, casi como si fuera de día. La familia caminaba dentro, buscando una salida, pensando que al final encontraría un área de juegos, quizá un modesto restaurante y hasta un motel donde pasar la noche. Sin embargo, no tenían un mapa del laberinto, no había un guía ni referencias, cada bifurcación era idéntica a la anterior y por más que se adentraban y el tiempo seguía pasando, la noche nunca arribaba.

    Cada paso que daban los sumía más en la desesperanza, los niños pensaban que jamás saldrían de ahí, pero sus padres los reconfortaban diciéndoles que algún guía debía recorrer siempre el laberinto en caso de que alguien se perdiera. También, al ver que no han salido, se preocuparían y vendrían a buscarlos. Sin embargo, estas palabras ya no las repetían con tanta seguridad, pues ellos mismos comenzaban a dudar al respecto. Pasado un rato, lo mejor que decidieron hacer fue detenerse para descansar.

    Estaban sentados en el suelo hojoso de la selva, cuando las plantas a su alrededor comenzaron a crecer a un ritmo acelerado, tanto, que no sólo podía verse a simple vista, sino que, al poco tiempo, ellos mismos quedaron encerrados y atrapados entre las raíces, ramas y hojas, que, conforme se iban estructurando, emitían rayos de luz blanca que iluminaban el suelo, elevando toda la estructura por encima del selva y volando hacia el cielo, para perderse en lo profundo del espacio.

FIN

   

martes, 13 de diciembre de 2011

13 - Ideas de muerte.



    Un hombre colgaba de una soga que rodeaba su cuello, ahorcándolo, cortándole la circulación al cerebro. La puerta de esta habitación había sido sellada con tablas de madera, de forma que tendrían que usar un hacha o un ariete para derribarla, pues girar la perilla sería completamente inútil. En la esquina había una planta de sombra, rodeada de muebles de piel, libreros con enciclopedias y tomos de historia, y una mesa para el café de mármol, sobre la cual se hallaban facturas, papeles y cartas de deudas, algunas de ellas amenazantes, todas ellas debajo de una hoja de papel con escritos a mano, acerca de planes con la muerte.

    El individuo que se estaba ahorcando en esa habitación, vestía ropa comprada en una tienda de segunda mano, exceptuando por los zapatos que parecían italianos y una mochila deportiva en la espalda. Carecía de joyería y su barba tenía, al menos, un par de días de crecido. Su cara lucía un aspecto decadente, parecía que no había comido adecuadamente, pues su piel se veía anémica y las ojeras denotaban largas noches de desvelo e insomnio. Sus últimos esfuerzos desesperados por desamarrar el nudo fueron inútiles y su vista empezó a nublarse, rodeándose pronto de una penumbra total. Su corazón se detuvo y su cuerpo dejó de moverse.

    Su consciencia se perdía en el más allá y ante él, una figura espectral empezó a manifestarse. Conforme la imagen se iba condensando, un ser cubierto de una túnica negra, sosteniendo un reloj de arena, surgió. Y este ser se presentó frente a él como La Muerte. Le extendió su mano huesuda pero el hombre empezó a llorar. Le dijo al inmortal que había fallecido por su pobreza, su vida miserable no le había dejado ni un par de monedas para transportar su alma al otro mundo, pero que era una persona honrada y si tenía que trabajar, aún en el purgatorio, no habría problema, lo pagaría, de todas formas.

    Así pues, La Muerte le dio una oportunidad. El hombre remaría la balsa por La Muerte, pero con la única condición de que a mitad de camino él se bajaría y después ella guiaría a las almas hasta su destino, procurando que él nunca esté tan cerca del otro mundo como para escaparse y, de este modo, recibiría una moneda por cada milenio que trabajase. No teniendo opción, aceptó el trato y, a partir de ese momento, comenzó su labor de remero. 

El espíritu lo guió al puerto y le mostró el camino que debía tomar, entonces desapareció entre las sombras y al cabo de un rato regresó, acompañado del alma de una persona. Al subirse esta al bote, el ser inmortal se perdió en las tinieblas y el remero empezó su labor milenaria. Aquellos que transitan el río hacia el más allá no suelen emitir palabra durante el solemne recorrido, mas el remero interrumpió el momento sagrado para hablar de su pesar. Que por ser pobre, no pudo pagar su viaje hasta la otra vida y entonces por eso trabajaba para La Muerte. La persona no contestó, pero el navegante insistió, preguntándole si había pagado su cuota. Aún así, no salió palabra  alguna de su boca y al llegar exactamente a la mitad del camino, parada sobre una roca que sobresalía en medio del río, una figura espectral se formó de entre la oscuridad.

La Muerte subió al bote y de su túnica surgió un sonido metálico, como el choque de dos monedas, dentro de alguna bolsa. Entonces,  le indicó a su remero que se bajara y permaneciera parado en la roca hasta su regreso. Hecho el intercambio de lugares, el bote retomó su rumbo, pero nadie estaba moviendo los remos, simplemente se deslizaba en el agua impulsado por una fuerza invisible. Sin saber cuánto tiempo estaría rodeado de esa neblina, del frío y la nada del río que llevaba al otro mundo y por más que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, él sólo veía  oscuridad y nada más.

Al cabo de un rato La Muerte volvió tripulando el bote y este se detuvo suavemente junto a la roca. Esta vez, cuando descendió del navío, su ropa no hizo ruido más que el de la tela. El hombre tomó los remos y los manejó en la dirección que le fue indicado. Llegando al primer puerto, donde abordaría un pasajero más. Pero esta vez, cuando llegó a la roca donde se encontraba su amo, no se acercó, siguió navegando lejos de su alcance hasta llegar a la orilla opuesta al muelle de inicio hasta que su bote se clavó en la arena. Fijándose en las huellas del suelo arenoso, rápidamente aquellas que eran de zapatos o pies, que iban en todas direcciones, se identificaban como humanas y sólo unas parecían pisadas de un esqueleto.

Las siguió por esa playa, cubierta de un techo con estalactitas que todo el tiempo se veía como un sueño, hasta tocar la pared y de ahí hasta una cueva de la cual salía un brillo dorado, que parecía el único color de entre tanta negrura y opacidad. Las monedas estaban heladas, pero su lustre era tal que provocaban la sensación de calidez, como estar frente a una fogata en una noche gélida. Cayó de rodillas, al ver las montañas de monedas y otros tesoros como espadas, coronas, cetros, dagas y poderes antiguos. Pero el objetivo de todo su plan, era llenar la mochila que tenía siempre en su espalda con todas las monedas de oro que pudiera cargar.

Y así, con sus dos manos, echaba por montones la fortuna en oro dentro de su mochila deportiva, fabricada especialmente para ser resistente y no romperse, hasta que ya no cupieron más. Entonces empezó a meter monedas en sus bolsillos y dentro de sus zapatos, tantas como podía y cuando sintió que tenía suficientes para poder cargar y que el bote no se hundiera, regresó al río y navegó de vuelta a la entrada del mundo de los vivos y cuando pasó por la roca, La Muerte seguía ahí y lo observaba con una sonrisa en la cara y un reloj de arena en una mano. Al tocar la orilla del otro lado y correr lejos de la bahía, como si despertara de un sueño, recobró la consciencia y sus ojos se abrieron dentro de la habitación donde se había ahorcado, hasta que su cabeza se separó de su cuerpo por el peso de las monedas.

Al volver al otro mundo, se encontró a La Muerte y cuando le extendió la mano, esta vez él tenía monedas de sobra, pero el ser ancestral no aceptó el trato, pues todas esas monedas eran robadas y debería pagar mil años por cada moneda ultrajada, pero, esta vez, llevará una cadena en cada brazo, anclada a cada remo del bote y otra más, que llevaría por toda la eternidad, para mantener pegada la cabeza a su cuerpo.
 
FIN


   

viernes, 7 de enero de 2011

Perro negro espectral



Rondaba de noche los suburbios, cansado con andar lento,
El cofre del auto, junto con el techo, sonaba bajo la tormenta,
Como un sonámbulo, conduciendo con los ojos adormecidos,
Entre sueño y sueño, pensando… divagando, recordando.


Sumido en mis pensamientos, mi corazón se detuvo un momento
Pisé el freno tanto como pude con mis sueños rotos,
un perro negro espectral cruzó corriendo la calle,
No estaba seguro de haberlo visto con claridad. Yo Dudo.


En la noche sonaba un tono de fantasía o de terror,
Como si algo extraño fuera a suceder pronto,
mas era tarde cuando llegué al hogar, dulce hogar,
pero en la entrada de la casa, otra vez, ese perro negro espectral.


Sentado, enseñando las fauces,
Sus ojos destellaron al acercarme
Y al apagar las luces de mi auto
El perro negro espectral se esfumó al momento.


Cada noche era peor que la anterior,
Cada día más ennegrecido, lúgubre,
Me desperté temprano por un mal sueño,
Era el perro negro espectral, acosándome mientras duermo.


Sudaba al momento de levantarme,
Nunca antes un sueño me ha hecho daño
Lo que se esconde en la mente nunca saldrá,
Mañana será otro día, si es que no muero mientras duermo.


La luz del día me levanto el ánimo al amanecer,
Los recuerdos de depresión y agonía se habían ido.
Café, trabajar, almorzar. Espero poder descansar,
espero no tener que trabajar todo el día.


Al aflojar mi corbata me sentí libre,
Y al sentir la libertad recordé la opresión,
Otro día acabado, devorado por la depresión.
Por los horrores que se esconden al caer la noche.


Pasó menos que un parpadeo, enterrado en la noche,
pero el perro negro espectral esperaba oculto junto al auto,
Con ojos demoniacos, mostraba sus fauces,
Amenazando con llevarse un alma… y yo solo.


A máxima velocidad, un vehículo irrumpió la calle,
Destellando, ahuyentando al perro negro espectral
¡Qué horrible maldición la mía! Sufrir el acoso de tal bestia,
Sufrir, sin haberlo merecido, no hay más grande injusticia.


¿Cuándo el perro negro espectral aparecerá?
¿Será a la mitad de la noche cuando esté dormido?
¿O cuando menos yo lo espere?
La tensión me envenenaba lentamente.


Me desperté antes del alba, en la oscuridad
Sudando, con el corazón golpeando duro,
Otra vez ese perro negro espectral,
Acosándome en cada esquina… en cada sueño.


¿Qué desea el perro negro espectral? ¿Qué es?
¿Por qué no se va, por qué no me deja en paz?
¿Por qué nadie lo puede ver, a este perro negro espectral?
Juega con la mente, sus trucos son desconocidos.

Veo a esta Bestia negra espectral en todos lados,
En el trabajo, en el camino, en el auto, en los sueños,
Empezó poco a poco, pero pronto me devoró todo.
Mi vida, mi mente, mi alma y todo.

jueves, 29 de julio de 2010

El corruptor de Almas

La vida en la ciudad es agitada y dinámica. Cartas, autos, paquetes, personas y productos de una diversidad jamás antes vista, todo en movimiento, evolucionando, sofisticándose, desarrollando nuevas formas y abandonando los métodos antiguos y obsoletos. En la calle apenas hay lugar para un vago, sentado en la basura con la mirada perdida y su barba gris crecida. En su cabeza, unos pocos cabellos blancuzcos se extendían hasta sus hombros, cubiertos por una camisa humedecida y maloliente. Sin zapatos, tirado entre desperdicios, sus ojos opacos miraban a la nada. Gente más afortunada pasaba frente a él, ignorando su incómoda presencia, sin detenerte a mirarlo y sin dejar de caminar, decenas de personas aparecían de un lado de la calle y se perdían del otro, vestidos en trajes y camisas limpias, con vestidos coloridos y playeras estampadas, zapatos boleados y tenis blancos nuevos. Era un despliegue de color contrastando con la gris decadencia del pobre vago que veía pasar el tiempo con la calma de quien no tiene nada que perder o ganar, alguien que espera la muerte yaciendo acostado en el suelo y quien su único compañero era una criatura extraña como una rata grande y deforme. Los ojos oscuros del engendro brillaban de un rojo intenso a la luz de los faroles de la calle. Su pelaje negro y tieso, humedecido por la lluvia fría, se erizaba y parecía formar puntiagudas lanzas intimidantes y sus colmillos, más parecidos a los de un gato o un perro, eran visibles fuera de su boca pues son tan grandes que sobresalen en su cara.

Sin saber porque, un hombre que pasaba caminando como miles, que otras decenas de veces había pasado por esa misma calle, voltea a la criatura e Intrigado por el misterio decide investigar más a fondo y acercarse al vago maloliente. Su curiosidad lo llevó a explorar un lado de su ciudad que siempre veía, pero nunca antes se había atrevido a acercarse. Sus ojos y los de la criatura se entre cruzaron y el silencio llenó el aire de intriga por un instante, hasta que el vago, como si fueran sus últimas energías, abrió los ojos y observó, cansadamente y con visión borrosa, la incómoda escena, como esforzándose por entender qué pasaba, sin poder saber quién era o dónde estaba. Fijó su mirada en el individuo de corbata y portafolio, luego en su criatura y al fin entendió lo que pasaba. Se dirigió al hombre, pero seguía a su criatura con la vista, con una voz ronca, airada y grave dijo:

—¿Quieres saber qué es esto, verdad? Jamás habías visto algo como esto pues es único en el mundo. Su nombre, señor, es tan extraño que no puede ser pronunciado por un ser humano y quién me lo vendió me dijo que me traería fortuna, pero, como bien puede observar, el destino ha sido cruel conmigo y sólo penas he acumulado en mi alma, el júbilo se ha apartado de mi corazón y la gloria de mejores tiempos se ha perdido en el olvido. Pero no siempre fue así — El viejo vagabundo hizo una pausa y se levantó del suelo, sólo para sentarse nuevamente en él, cruzando las piernas y encorvando la espalda, con la cabeza baja, como si no viera nada y estuviera trasportándose a otro lugar o entrando en un trance místico, continuó relatando su historia.

—Me gradué con honores y tuve los mejores estudios durante mi juventud, me convertí en un paleontólogo de renombre, muchos de mis descubrimientos aún no tienen igual por la ciencia moderna, otros se siguen estudiando y el resto continúan asombrando a los escépticos con su solemnidad. Exploré en búsqueda de fósiles por todo el mundo, desde la montaña más alta o en el desierto más árido. Donde sea que mi experiencia y mis instintos me guiaran. Así pues, llegué a encontrarme en situaciones peligrosas de vida o muerte y a sobrevivir accidentes en ríos y junglas, en aviones y barcos, caí de una montaña y aquí me tienes, contando lo que pasó, como si nada de eso hubiera sucedido. Pero es real, pues cuando joven, mi cuerpo era fuerte y vigoroso, soportaba cualquier golpe de espada o de bala y mi corazón siempre se curó cuando estaba roto. Altos eran los riesgos y los costos que tenía que pagar por mis aventuras, pero al final del día todo valía la pena, pues las recompensas eran inimaginables. No sólo huesos polvorientos de bestias muertas se desenterraban en las profundidades de una cueva, aun cuando estos ya son valiosos por sí mismos, otros tesoros aguardaban escondidos en la oscuridad. Reliquias de tiempos remotos, artefactos y papiros de conocimiento ancestral, obras de magnificencia imperial esperando por ser descubiertas, en los extremos de la civilización y más allá—.

—Cuando viajas por todo el mundo, conoces gente de todo tipo. Agradables viajeros, cobardes ladrones y misteriosos personajes de los que sólo se oye hablar en las leyendas míticas. Algunas veces trabajando para gente peligrosa, tomando riesgos comprometedores, sin pensar en las consecuencias. Fue así que conseguí a esta criatura, de las manos de una persona extraña, ahora no estoy seguro si era persona o demonio, si era de este mundo o del más allá, pero definitivamente esta criatura no pertenece a esta era, un ser con cualidades únicas, de un antiguo linaje, más antiguo que la humanidad…— La lluvia interrumpió el relato y empapó a ambos de pies a cabeza. Aún con el frío del agua, la cual no paraba de caer, el sol ocultándose tras nubes negras amenazando con arreciar la tormenta, su ropa y su cabello mojados y sus zapatos negros enlodados, el buen señor jaló una caja y se sentó, para seguir escuchando la historia del vagabundo.

Con la voz aún más cansada, siguió:
—Esta criatura posee poderes sobrenaturales. Para empezar, se alimenta de la maldad de otras personas y créame que, por esta razón, nunca ha pasado hambre. Seguirá a su amo, lo protegerá contra cualquier amenaza, pero nunca le hará daño alguno. Además, quien me lo vendió dijo que conseguiría una pepita de oro al día y así fue. Quizá se preguntará: Cómo es posible que alguien que obtiene una pepita de oro cada día, siga viviendo en la basura como yo. Le contaré si es que decide seguir escuchando. —Después de una breve pausa, al ver que el hombre no se movería de su caja, siguió con una voz más grave que antes— Bien. Pues, como le dije, este ser me dio grandes riquezas en aquellos tiempos, con el oro que me daba podía comprar ropa aún más fina que la que usted lleva puesta, cenaba en restaurantes de primera y tenía el dinero suficiente para viajar a cualquier parte del mundo. Nunca más trabajé para extraños o para alguien más. Mi vida, desde que conseguí a este ser, había sido fortuna y diversión, aventura y dicha. Las pesadas jornadas de trabajo que soportaba en tiempos de mayor actividad eran encargadas a otros menos afortunados, mientras yo aguardaba a que se desenterrara un tesoro o una reliquia de la antigüedad. Como le dije, con la experiencia adquirida en los viajes, combinada con mi astucia y ahora mi poder económico, pude hallar joyas y fósiles de valores incalculables, incrementando mi riqueza y mi poder. De un tiempo a otro, en parte gracias a esta criatura, pude hacerme tan acaudalado que me vi rodeado de joyas, ropas y palacios. Sin embargo, el oro dejó de importarme, el dinero empezó a perder su valor y la vida dejó de tener sentido—.

—Veía los lingotes de oro, postrados sobre mesas del mismo material, en cofres con incrustaciones de diamantes y piedras preciosas, los muros de mármol en mis mansiones, las pieles ostentosas, los candelabros de cristal. Se había extinguido todo lustre en el metal y el brillo de las piedras había desaparecido. Las fragancias eran secas y el gris contaminaba los colores de opacidad. La gloria prometida se convirtió en una mísera condena— El vagabundo se detuvo un segundo, pues un relámpago iluminó el callejón y fue precedido de un tronido. Luego otro relámpago cayó a lo lejos y más truenos le siguieron a este. El viento hizo volar la sombrilla del buen señor, exponiéndolo completamente a la tempestad, su cabello revoloteaba y volaba por el viento, comenzando a agazaparse por el frío de la tormenta. Pero no se movió de ahí, atraído por el misterio de la tragedia, siguió sentado sobre la caja escuchando el relato del viejo. Tenía la impresión de que algo pasaría o se enteraría de una gran verdad al finalizar la historia, pero ignoraba su destino final, callado, mirando al vago a los ojos, no se levantó y escuchó el resto de la historia del vago.

—Con la sonrisa en el olvido y los días felices como borrosas memorias del pasado, el goce se separó de mi alma para siempre y caí perdido en la tristeza sin esperanza alguna, lo dejé todo un día y esta cosa me siguió. Vagué por todo el continente, durmiendo en el suelo y comiendo de la basura, esperando a que llegue mi muerte en la soledad— Sin pensarlo, puso su mano alrededor del ser espeluznante y lo levantó suavemente hasta sujetarlo con las dos manos y darle una mordida justo a la altura del cuello. La criatura se retorció de dolor, pero no se defendió. Permitió que su amo siguiera comiéndoselo hasta el último bocado, sin dejar el pelo o las garras, de unas mordidas el vago devoró a su mascota dejando caer sangre y tripas de su boca con pocos dientes—.

—Mi historia es falsa, así como tú. Pasas por esta calle cada mañana, con tu futuro asegurado, sin voltear a verme o saludarme, sin ningún interés por el sufrimiento ajeno, pensando sólo en ti mismo. Aún sabiendo lo trágica de mi historia, escuchaste con atención y morbo, pues para ti no es más que un cuento, algo que nunca te pasará. Pensaste que podrías venir, divertirte escuchando el dolor de alguien más y luego irte y contarles a tus amigos una anécdota interesante, sin hacer nada por ayudar. No intentes hablar, engendro del mal, pues no eres más que una criatura vil, de pelo negro y mojado, ojos de sangre y colmillos puntiagudos. Así que ven a mi lado y no te vayas, pues me alimentaré de ti cuando sea necesario, te devoraré cuando otro ingenuo se quedé a escuchar mi historia, así podré sacar el mal que existe en su interior, devorarlo y corromper su alma—.

FIN

miércoles, 13 de enero de 2010

Infeliz navidad

Pasaba la media noche de la víspera de navidad, todos los niños dormían y soñaban ya con los regalos que encontrarían bajo el árbol de navidad al amanecer. La noche era oscura y fría, demasiado tenebrosa para una navidad. Una helada azotaba gran parte del continente y una capa de nieve cubría los techos de las casas y las copas de los árboles, que se agitaban y tiraban la nieve por los vientos tormentosos.

La sala estaba iluminada por diferentes colores, todos provenientes de los focos del árbol de navidad, que parpadean al ritmo de una desentonada melodía, que se repetía una y otra vez, la monotonía de esa canción podría volver loco a cualquiera. La chimenea estaba apagada y algo del viento frío que se colaba por las ventanas entraba como hilos afilados y cristalinos que llenaban la sala de escalofríos. La alfombra roja había sido ensuciada por la nieve de afuera y carbón y cenizas de la chimenea. Las pisadas dejaban un rastro dentro de la oscura casa y se perdían en las sombras.

Un gato negro se deslizaba a través de la casa, cruzando la sala hasta una escalera, sus ojos brillaban como dos espectros verdes que bailan al ritmo de un lúgubre vals, sus patas pueden sentir los rastros de humedad y suciedad en la alfombra, formando un camino hacia arriba. La noche era tan sombría que se tragaba cualquier ruido y dejaba las escaleras con un silencio mórbido.

La tensión se sentía en el aire del piso superior. Los objetos en la oscuridad se confundían con siluetas de fantasmas y se escuchaban gemidos lejanos y risas llenas de locura. El tiempo pareció detenerse, cuando una puerta se abrió lentamente e hizo un chirrido infernal que se prolongó como un grito de dolor o de horror.

Esta habitación era tan oscura como el resto de la casa, era imposible reconocer algo entre tanto caos, excepto por el llanto de una niña. No era escandaloso, sino perturbador. Como un suspiro eterno, a veces más parecido a una pequeña risa. Era el sonido de una locura asesina.

La niña lloraba sentada en su cama, se limpiaba las lágrimas con una mano, pero su cara estaba manchada y por su brazo se escurrían unas lágrimas que bajaban hasta su codo, oscurecidas y más espesas, para luego caer sobre su vestido blanco y deslizarse hacia un gran charco en el suelo. Pero este charco no era de lágrimas, era más parecido al vino y fluían de una gotera debajo de la cama, de una gran mancha oscura que atravesaba la colcha y que se había extendido por las sábanas y las almohadas.

Con el amanecer, un olor fétido comenzó a llenar la habitación, los llantos cesaron y la niña, que había permanecido inmóvil toda la noche, se levantó de la cama. Sus pantuflas de conejo se mancharon y dejaba marcadas sus pisadas en la alfombra. Las pisadas seguían su camino de regreso a la sala ya que a lo lejos se podía escuchar el sonido de cascabeles y, asomándose por la ventana, la niña juraba haber visto algo irse volando en el cielo.

La niña no podía dejar de llorar y sonreír a la vez, ya que lloraba de felicidad, en su mano sostenía una hoja de papel que con crayones tenía escrito “Querido santa, esta navidad mata a mi padrastro”.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Pesadillas en la oscuridad


En algún lugar del planeta, a varios metros bajo el suelo, un explorador quedó atrapado bajo una gran roca. Su compañero había salido por ayuda, pero habían pasado horas. Afortunadamente tenía un equipo de supervivencia al alcance, un poco de agua y comida, pero no más que suficiente para un día o dos. Sabía que si su compañero no regresaba, moriría en esa cueva, posiblemente de sed. La pantalla de su reloj se había dañado y no podía ver los minutos ni los segundos, sólo las horas. Su torso estaba atascado entre una roca que se deslizó del techo. Le costaba respirar, pero en general tenía buena movilidad en sus brazos, sus piernas estaban atascadas. Tenía que tomar todas las precauciones necesarias, amarró su equipo de emergencia en un lugar seguro y trató de tranquilizarse.

Respirando más tranquilamente, comenzó a ver las formaciones rocosas que tenía a su alrededor, algunas paredes resplandecían de varios colores por los minerales. También pudo observar grietas cuyos fondos no eran visibles con la poca potencia que le quedaba a su lámpara. Y así acabó su felicidad, una última vista a una cueva fría, ya que la batería de su lámpara se quedó sin energía y la cueva le recordó que a esas profundidades no llegaba la luz o el calor del sol.

En la oscuridad, su mente le jugaba malas pasadas. Como si hubiera olvidado el paisaje, empezaba a creer que estaba encerrado en un ataúd, se podía imaginar a si mismo encerrado, apenas podía respirar, como si se acabara el oxígeno, trataba de moverse desesperadamente pero estaba atascado, pensaba en lo profundo que estaba enterrado y lo poco probable era que alguien lo escuchara. Podía sentir la asfixia, estaba seguro que la muerte le llegaría pronto, pero su reloj sonaba y lo despertaba de una terrible pesadilla. Apenas había pasado una hora desde que se quedó sin batería. Recapacitó de repente, recordó lo delicado de su situación y trató de buscar algo para entretenerse, tomó un poco de agua y luego tiró otro poco sobre su rostro. Hacía frío pero él sudaba intensamente, podía sentir como la temperatura de su cuerpo iba bajando lentamente y pasar de una fresca brisa a un glacial helado. La humedad era intensa. Si se quedaba completamente quieto, podía escuchar gotas de agua muy a los lejos y el eco de su propia respiración.

Puso atención a todo lo que escuchaba, ya que le pareció escuchar movimiento. Era optimista, estaba seguro de que su mente le jugaría bromas o que tendría alucinaciones, pero no descartaba la idea de que fuera rescatado. El movimiento que escuchó posiblemente fue el eco de una gota que cayó en un charco, amplificado por la acústica de la cueva. Pero volvió a escucharlo y estaba seguro de que eran pisadas en un charco. Gritó —¡Holaaa!— Esperó a que el eco se terminara pero no oyó nada. Comenzaba a sentirse inseguro, cansado y decepcionado. Lo más probable era que moriría en ese lugar y que tal vez su cuerpo no sea encontrado nunca. Estando tan cerca del infierno, nadie podría oír sus gritos. Divagaba al respecto, nadie lo podía escuchar, tal vez ni el mismo. Escuchaba sus pensamientos, pero no podía hablar, movía sus labios, sentía el aire salir por su boca, pero no salía ningún sonido. Su corazón se agitó. Su respiración se aceleró. Insistía, abría su boca, pensaba en una palabra y soplaba, pero sólo sacaba más aire de su pecho aplastado por una roca.

En la desesperación, comenzó a llorar. Todo había acabado, su muerte llegaría pronto, todos sus planes a futuro quedarán inconclusos, jamás volvería a ver a sus amigos, a su familia, a su compañero. Jamás volvería ver la luz del día o escuchar la música que tanto le gustaba. Su vida se había acabado. Pero escuchó un sonido en la oscuridad. El eco de su propio sollozar, un sonido que él había producido con su boca. No se sabe cuánto pasó pero reaccionó súbitamente al escuchar su último lamento. Su respiración era más calmada, su mente lo torturaba y los momentos de lucidez se hacían cada vez más extraños. La oscuridad tomaba todas las formas posibles, su cerebro no estaba acostumbrado a tanta oscuridad, no era posible que no hubiera nada frente a sus ojos, siempre hay algo. De repente, venían los delirios. Ya no estaba en una cueva, ahora su cuerpo se encontraba rodeado de agua gélida. El azul marino oscuro lo rodeaba, una luz tenue que venía de la superficie le indicaba cuán lejos estaba del aire fresco, del oxígeno. Sin mascarilla, sin aletas, no podía patalear para llegar a la superficie, atraería depredadores y acabaría el oxígeno de sus pulmones más rápidamente. No podía hacer nada más que esperar su muerte por asfixia. Sentía la presión en su pecho, como si tuviera un auto encima o más, lo aplastaba y comenzaba a sentir un dolor en sus huesos, su cabeza se llenaba de sangre y sus ojos comenzaban a salirse de sus órbitas. El tronido de sus huesos lo obligaron a abrir la boca y de inmediato sus pulmones se llenaron de aire porque no era el fin, puesto que él seguía en la cueva, atrapado bajo una roca, rodeado de una oscuridad aún más profunda.

Su reloj estaba ahora inservible y el tiempo ya no existía, los minutos y las horas se fundían con los segundos. La roca que aplastaba su pecho se había comenzado a deslizar, cada vez lo aplastaba más, pero no lo suficiente como matarlo, sólo le dificultaba la respiración y le causaba un dolor punzante en la espalda. Pensaba en su familia, no había diferencia entre tener los ojos abiertos y tenerlos cerrados. Las imágenes de su padre y de su madre en una reunión familiar, con todos sus primos y sus abuelos, le traía dulces recuerdos, que se desvanecían con cada milímetro que la roca se deslizaba sobre su espalda. Sus logros no valían de nada en ese momento, sus títulos eran papeles inservibles en un archivero, su única esperanza era saber que esa roca lo seguiría aplastando hasta matarlo y no pasaría días atrapado hasta morir por deshidratación. Pero era un geólogo experimentado y sabía que ni si quiera eso era una posibilidad. Las roca seguramente iría cayendo más y más lento hasta quedar atorada con las otras rocas. Además de que, en una situación como la suya el cuerpo humano reduce su metabolismo para aprovechar los nutrientes al máximo. Pasaría varios días atrapado bajo la roca hasta morir de sed, a menos que algo lo mate primero.

La cueva era silenciosa, sólo unas pocas gotas que caían de vez en cuando hacían un sonido, el más minúsculo posible. Pero ese goteo desencadenaba una nueva alucinación, una nueva pesadilla empezaba a tener lugar en su mente, como si fuera una película. Se ve a si mismo tirado en el desierto, miles de estrellas brillan en el cielo, pero algo más lúgubre llama su atención. Una araña que reconoció como viuda negra se encontraba sobre su pie. El estaba tirado en el suelo, pero apenas podía moverse, el veneno de la araña ya había actuado y lo hacía rápidamente. Podía ver los ojos de la araña, ella también lo veía a él, esperaba su muerte. Podía sentir como su corazón se esforzaba por trabajar, mientras sus pulmones jalaban cada vez menos aire. Su vista se nubló, la oscuridad. el frío y la soledad lo rodearon nuevamente, pero no había muerto. Seguía atrapado en una cueva, bajo una roca. ¿Habían pasado días? ¿Apenas unas horas? A este punto, un rescate era imposible. Seguramente despertaría en la cueva nuevamente. Como si estuviera condenado a vivir pesadillas para siempre, como si la idea de morir y dejar de sufrir ya no existiera, era el peor tipo de inmortalidad. Tenía que acabar con su vida él mismo.

A su alrededor no había nada que pudiera detener su agonía. No podría asfixiarse a si mismo, ese destino era ya casi un hecho y era justo la peor de sus preocupaciones, el miedo a morir asfixiado, en la soledad y oscuridad absoluta. No había nada más insoportable y era el único posible destino. La desesperación lo invadió, quería abrirse una herida y así morir desangrado, pasarían unos minutos pero morirían sin mucho dolor. Era la idea perfecta. Puso su muñeca entre sus dientes, como para probar y empezó a morder suave y luego un poco más fuerte. Dio otra mordida más fuerte para probar, pero no alcanzaba su objetivo. No pudo abrir ni una pequeña herida. Quería evitarse el sufrimiento, no causarse más. Pero ese destino parecía inminente.

A lo lejos vio pasar una luz, como una ráfaga amarilla que iluminó todo el cuarto de repente. Pero así como llegó se desvaneció y el silencio y la oscuridad llenaron la cueva otra vez. No podía explicar qué era, pero hizo todo lo que pudo para gritar, fallando rotundamente. De nuevo, abría la boca y soplaba, pero no salía sonido alguno. Un posible rescate estaba a metros de distancia y él no podía comunicarse. Estaba mudo y lloraba, quería desahogar su ira, pero no podía gritar, apenas podía. Definitivamente no había esperanzas para él.

El llanto trajo consigo los sollozos y el recuerdo de que existen los sonidos, que él podía emitirlos y lo hizo. Ahora gritó, con el resto de sus fuerzas, primero afónicamente, pero después pudo gritar para salvar su vida, de que lo encontraran antes de morir aplastado o asfixiado dependería su destino y si había alguien en esa cueva, con sus gritos seguramente lo escucharían.

Sus ecos de desesperación lo confundían, sus gritos de ayuda se transformaban en muchas voces, como el grito agonía de miles de espectros moribundos reflejados en el suelo de la cueva.

No podía saber cuánto tiempo había pasado desde que gritó, pero el silencio y la soledad lo controlaron nuevamente. La desesperación llegó a un límite. Sujetaba su cabeza con las manos y respiraba pesadamente, como si hubiera corrido un maratón. Agitaba su cabeza para golpearla con el suelo rocoso, pero no cuello no alcanzaba, apenas rozaba su cabello, lo mismo con la pared de la roca. Agarró un puñado de su cabello y lo arrancó de un tirón, luego siguió y arrancó otro puñado, el dolor lo enloqueció y siguió arrancándose el cabello y gritando y gruñendo descontrolado. El silencio de la cueva se llenó del escándalo que él hacía con su propia tortura. Golpeaba sus manos con el piso de la cueva, lastimándolas hasta dejarlas inutilizables y sangrantes, el mismo vio las heridas, se sentía inseguro, dudaba si sus heridas eran suficientemente profundas para matarlo.

Puso su dedo pulgar entre sus dientes, lo sujetó con toda la fuerza de su mandíbula y al tirar de sus brazos comenzó a forcejear con su propia mano. Jalando y sintiendo sus dientes enterrándose en la carne ya lastimada, con cada tirón sus colmillos se incrustaban más y más en su piel hasta llegar al hueso. Al no poder arrancarlo y al estar medio cortado decidió terminar por masticarlo hasta que se corte. El sufrimiento era indescriptible, gritaba salvajemente y con locura. Agitaba su cabeza mientras masticaba y daba tirones con su otro brazo.
La sangre brotaba de su pulgar arrancado a su boca y se deslizaba por su cara hasta el suelo que se llenaba de los chorros que salían de su mano. Escupió su dedo y tuvo una visión de su mano sangrante, con el pulgar arrancado, ya no brotaba más sangre, ya no había más, toda estaba en el suelo de la cueva, pero la luz que iluminaba su mano venía de los cascos de los exploradores al otro lado. Habían escuchado sus gritos y acudido a su rescate pero él no pudo escuchar su respuesta porque sus propios gritos lo ensordecieron. Pudo mirar a los ojos a un explorador pero todo se oscureció a su alrededor, la respiración se detuvo y el sufrimiento se detuvo para siempre.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Visitante nocturna

La tarde había pasado tranquila en mi mansión de invierno. Me disponía a disfrutar de una deliciosa cena cuando tocaron a la puerta, era un poco tarde y se me hizo extraño que alguien llamara, me acerqué a la entrada y pude ver a una persona de apariencia oscura ante la puerta de mi mansión que con voz pausada y ronca me dijo —La Condesa ha sufrido un percance en la carretera, justo a la vuelta de la vereda, necesita asilo y está dispuesto a pagar por él si es bien recibida— Dicho esto, metió una mano en la gruesa piel de animal que lo tapaba del frío y la helada que estaba haciendo afuera y sacó un pequeño bolso de cuero que, por el sonido que hacía al agitarse, asumí eran monedas de alguna denominación.

Muy cordialmente, pero con una sospecha natural, le respondí—Si su señora necesita asilo, está bienvenida a mi casa para cuando desee venir, no se preocupe por el dinero que en esta casa abunda, llame a su señora La Condesa y dígale que aquí hay cama y comida, también dispongo de caballos y carruaje personal—. No estaba seguro si lo había tomado con descortesía, si en realidad él era grosero o si lo ofendí de alguna manera, pero dejó caer la bolsa de monedas al piso dejando su mano al aire, enseñando sus largas uñas, serrando sus dedos en un puño que volvió a desaparecer entre las pieles. Yo me sentía seguro, ya que en cualquier momento podría llamar a los sirvientes y con la colección de armas que poseo podría defenderme de cualquier demonio.

Poco a poco, la figura se perdió entre la oscuridad del camino. Mi cena ya se había congelado (literalmente), pero le pedí a los sirvientes que no la calentarán aún, esperaría a que llegara La Condesa. Me senté en mi sala a esperarla. Todo era tranquilo, la chimenea ardía suavemente, como si fuera carbón encendido, me hundía cada vez más en la seda morada de mi asiento y ante el espectáculo de los copos de nieve que caían fuera de mi ventana mi cuerpo se sintió relajado, mis ojos empezaron a cerrarse. Intenté leer el viejo libro de ciencias que tenía al alcance, pero mis ojos se fueron cerrando lentamente hasta que, cabeceando, me quedé dormido.

Soñé que estaba en mi alcoba, sentado en un cómodo asiento y que alguien golpeaba fuertemente la puerta de mi cuarto, como si estuviera enfurecido, pero la fuerza de sus golpes era sobre humana. Fui a mi armario, tomé un cuchillo, un fusil y una espada oriental afilada. Me acerqué con cautela a la puerta, la tormenta había empeorado y granizo, rayos, truenos y fuertes vientos agitaban la mansión de madera, los cansados tablones rechinaban y los golpes en la puerta de mi cuarto continuaban, a punto de abrirla con el próximo golpe, pero sin ser exitoso. De la nada, una rama de árbol hizo un hueco a través de la ventana y destruyendo un hermoso piano, haciendo un ruido horrible, dejando entrar el viento y el granizo. A los pocos segundos la tormenta se detuvo, todo parecía estar en calma, sostenía fuertemente la espada con una mano y el fusil con la otra, pero me relajé y bajé la guardia. Al voltear a la puerta noté que se había abierto. Todo estaba oscuro pero pude ver unos ojos rojos llenos de odio encandeciendo en la noche. Unas garras salieron de la oscuridad y antes de que pudiera reaccionar un toquido en la puerta de mi mansión me despertaron.

Enseguida me levanté, un poco sudoroso y fui a recibir a quien pensaba sería La Condesa. Al abrir la puerta observé a una joven de belleza espectral, tenía un aire angelical y a la vez despiadado, como de alguien puro que ha tenido que cometer muchos errores. Su vestido rojo con bordados de oro y sus collares de piedras preciosos hacían notar de inmediato su nobleza. Entró a la casa sin decir una palabra y sin preguntar, parecía sentirse como en casa. Y la guié hasta el comedor. Noté que sus ropajes no eran adecuados para el frío que estaba haciendo, era indudable que se dirigía a una cena de gala o alguna corte muy fina. Yo me sentía un poco avergonzado, un Señor no puede ostentar los lujos que una Condesa pudiera necesitar, pero no pareció importarle lo humilde de mi casa. Le señalé la entrada al comedor pero no quiso, en lugar de eso se acercó a una sala oscura donde tenía un piano empolvado por falta de uso, se sentó, levantó la tapa y empezó a tocar.

Las cuerdas del piano vibraban a un ritmo decadente, una melodía siniestra que me apuñalaba directo al corazón. Pero, de alguna manera, esa emoción que sentía me gustaba. Estaba convencido de que la condesa había estudiado y practicado con este magnífico instrumento durante toda su vida y era una maestra. Al terminar quedé totalmente impactado. Era casi la una de la mañana, no había pasado una hora de conocer a la Condesa y mi corazón palpitaba lleno de pasión. La Condesa se levantó del asiento y con delicadeza bostezó, en su mano un anillo con una esmeralda de muchos kilates llamó mi atención por su excentricidad. —Tal vez desee descansar, mi Condesa— Le dije haciéndole una reverencia. —La tormenta es fuerte y tengo una alcoba abrigada que mandé arreglar para cuando usted llegara. Su sirviente puede tomar mi transporte para usarlo a sus órdenes por la mañana, se lo obsequio, pero ahora debe descansar—. Su piel era pálida, sus labios estaban un poco morados y sus movimientos eran lentos. Debió haber pasado un largo rato en la helada. La acompañé al primer piso, donde mis sirvientes habían preparado la alcoba con perfumes y mis mantas más finas.

Al entrar a la alcoba, mi visitante nocturna se dirigió a la ventana y trató de abrirla. De un brinco, me dirigí hacia ella y la abrí yo mismo. La tormenta ya se había calmado, pero una brisa llenó toda la habitación con un aire denso y tenebroso, como aquel de mi sueño. De entre las nubes, la luna lucía pequeña, casi podía uno percibir lo lejos que estaba, daba un sentimiento de vacío y nostalgia, como la que se siente estando fuera de casa. Tenía frío, mis manos estaban heladas y mi cuerpo se entumecía con el fresco, pero pude sentir su mano sujetando a la mía, congelada, pálida. La Condesa me miraba con fascinación, como se miraba a una estrella. A la luz de la luna, volví a tener ese sentimiento intenso y oscuro que atravesó mi corazón como una daga, aquel malvado impulso que surge de las entrañas del infierno, era la luz de la luna y su melodía los que me enloquecían.

Sin dudarlo un instante más, tomé su cintura y su cuello y la besé, ella me respondió me abrazó mientras me devolvía el beso, yo la besé en la frente, luego en la cien, mientras ella besaba mi mejilla y suavemente mordía mi oreja, bajando por mi cuello. Fue ahí cuando un dolor intenso me dejó inmóvil y con la boca abierta. Pude sentir la sangre que fluía de mi cuello y cómo la Condesa enterraba sus colmillos en él. Sufría pero no podía defenderme, había algo malvado que llenaba mi alma y deseaba seguir. Cerraba mis ojos y apretaba mis dientes, mientras mi respiración se hacía más profunda y más profunda. Sujeté mis brazos a su espalda y su cintura. Ella seguía bebiendo y yo cada vez me sentía más débil. Cansado. Mi energía se iba perdiendo lentamente. Mi vista se nublaba. Estaba a punto de desmayarme.

Desperté en la mañana, La Condesa se había ido. Durante en el desayuno mi sirviente me informó que cerca de las 5 de la mañana un carruaje se había detenido en la puerta y juraba que vio a alguien salir de la casa, subirse en él y perderse en el amanecer. Supuso que era la Condesa y no me despertó al momento. Y fue lo último que supe de la Condesa y de esa extraña noche. Pero jamás olvidé la sonata que cautivó mi corazón y su extraña mordida a la luz de la luna. De la Condesa ahora sólo tengo las cicatrices de sus dos colmillos en mi cuello.