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domingo, 1 de enero de 2012

31 - Red Devil



Esta era la noche más oscura de diciembre y una fiesta pagana se celebraba en la mansión más lujosa de la gran ciudad. Sólo unos pocos habían sido invitados a este evento especial, pero aquellos afortunados que contaban con la dicha de asistir, sin duda, nunca olvidarían los eventos que tuvieron lugar esta noche. La fiesta era patrocinada por una anfitriona anónima que todos conocían como La Diabla Roja y presentaría al público una nueva bebida, llamado “Red Devil”.

La mansión estaba plagada de magnificencias, el mármol había conquistado el interior de los muros, columnas, pisos y techos. Estatuas de dioses griegos adornaban las esquinas, junto con bustos de emperadores romanos y cuadros tan antiguos como el renacimiento. Había un salón principal, donde se encontraba la mayor parte de la fiesta. En este salón, el festín y la libación no dejaban de fluir, como el agua de las fuentes en el jardín. Los invitados se agasajaban de los sabores exóticos y poderosos que ahí se servían.

El resto de los invitados estaban perdidos en las múltiples habitaciones de las alas de la mansión en las cuales se deleitaban en una orgía  donde el placer y el dolor se volvían uno solo y el hedonismo y la lujuria conquistaban sus corazones. No existía el bien o el mal, parecía que la noche no tendría fin, la música no dejaba de sonar y todos disfrutaban al máximo de las sensaciones más extremas en todas las formas humanamente imaginables y más.

Cuando llegó la media noche, la anfitriona, La Diabla Roja, llamó a todos al salón principal. Todas las luces estaban apagadas excepto por veladores y candelabros que iluminaban la habitación del color de la sangre. Junto a ella se encontraban varias cajas con suficientes botellas como para saciar la sed de al menos tres veces la cantidad de gente que había, a todos se les entregó una copa y los meseros las llenaron con “Red Devil”.

La botella parecía de un licor cualquiera, pero tenía grabado en el cristal una estrella de cinco picos encerrada en un círculo y el líquido que contenía era de un color rojo cadmio transparente con las letras que decían “Red Devil”. El mismo símbolo estaba pintado en el centro de la habitación principal y, después un discurso, la La Diabla Roja llamó a un brindis y todos bebieron el “Red Devil”.

A todos los invitados se les solicitó que llevaran consigo un pendiente, un anillo, un collar, o cualquier objeto que tuviera una piedra preciosa en ella. Y cuando todos bebieron el “Red Devil”, las piedras empezaron a brillar y todos sintieron una extraña energía en su cuerpo, se sentían como dioses, todos se aceleraban y veían cosas que antes no podían ver. Entonces, el volumen de la música aumentó, todo  se veía más brillante y fue cuando la fiesta comenzó realmente.

Todos estaban bailando al ritmo de la música y los meseros llenaban sus copas con la bebida apenas se la acababan y todos seguían tomando sin parar a la luz de las velas y les daba una sensación de que algo grande iba a pasar en cualquier momento, como si una nueva era estuviera por comenzar y el tiempo dejo de funcionar mientras ellos seguían bailando y disfrutando del “Red Devil”.

Entonces, La Diabla Roja, nuevamente llamó la atención de sus invitados y se situó en el centro de la estrella pero ahora la acompañaba un hombre con pantalón negro, una capucha y sin camisa que sostenía en una mano un hacha y en la otra una correa que estaba amarrada al cuello de una cabra. Mientras, La Diabla Roja daba un discurso sobre el triunfo de la maldad en el día más oscuro del año y, cuando terminó de hablar, el verdugo tomó su arma y decapito al animal. Nadie se horrorizó, todos aplaudieron y la sangre de la cabra se derramó por todo el círculo.

La estrella del centro comenzó a brillar y una energía demoniaca comenzó a posesionarse de los invitados, a todos se les cayeron sus copas de las manos y comenzaron a convulsionar, caían al suelo y de sus bocas salía espuma, entonces sus ojos y sus uñas se pusieron negras y cuernos empezaron a salir de sus frentes, su piel se desgarraba y de ella brotaba un cuerpo escamoso y rojizo. Sus piernas se les caían y revelaban pares de patas de cabra y algunos sostenían con sus garras escudos, espadas y hachas y una malvada sonrisa en sus bocas llenas de colmillos.

Cuando la transformación terminó La Diabla Roja se dirigió a su nuevo ejército infernal. El sol ya salía por el horizonte y todos los demonios estaban listos para retomar el control de la tierra, pues el momento de que la oscuridad vuelva a gobernar comenzaría en ese momento.


FIN

viernes, 30 de diciembre de 2011

30 - Al borde de la muerte



    Un hombre estaba sentado sobre una cama. Sus ojos se entrecerraban y sus movimientos eran torpes, mientras ajustaba un mecanismo con un revólver y un silenciador adosado a este. Con el girar de unos engranes, el arma se movía unos pocos milímetros y podía ajustarse con una precisión letal. Cuando el arma apuntaba cerca de donde estaría su cabeza, el hombre se acostó, tomó un dispositivo con un botón que activaba el gatillo, cerró los ojos, lo accionó y, entonces, el arma se disparó.

    El  sonido, aun cuando era silenciado, era ensordecedor. Pero el hombre se quitó unos tapones para los oídos y se levantó. La bala había rozado su cabeza por encima de la oreja, justo como lo había calculado. Ahora, su ánimo cobraba bríos. Entonces, con una sonrisa en la cara, salió corriendo de su departamento hasta las escaleras que subió con igual apuro, sin embargo, al ascender tres pisos, su energía se desplomó y su cara retomó la seriedad de una estatua. Dando cada paso en cada escalón con pesadez hasta alcanzar la azotea del edificio.

    Miraba con melancolía el paisaje citadino. La noche impregnaba de negro los edificios y de estos salían millones de puntos de luz que imitaban a un lago que refleja el firmamento nocturno, pero no había una sola estrella en el cielo, tampoco nube alguna, sólo una capa de contaminación lumínica que opacaba el techo nocturno. Parado al borde del precipicio, balanceaba su cuerpo, una y otra vez. Algunas veces, él se empujaba hacia el abismo, y en otras, el viento lo empujaba, como si le jugara una mala broma.

    Sus zapatos resbalaban con el frío y húmedo concreto del borde del edificio, pero la sensación de estar al borde de la muerte lo reanimaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, saltó. Caía libremente y esos segundos para él fueron eternos, pero se tuvo que detener, pues al accionar el paracaídas su cuerpo se frenó de golpe. Aún bajaba rápidamente, pero al poner sus pies en el suelo, sólo sintió un pequeño golpe en sus rodillas y corrió del lugar, dejando la mochila con el paracaídas atrás.

    Cuando llegó al estacionamiento, ya tenía en sus manos las llaves de su vehículo, un poderoso automóvil deportivo. Suspiró cuando arrancó el vehículo, olvidando completamente el salto de altura que había hecho minutos atrás. Pensando sólo en la desesperanza del futuro. Tal era su pena que le costaba trabajo manejar o, tan si quiera, concentrarse en encontrar la salida del estacionamiento. Así condujo varias calles, hasta dar con una larga avenida, amplia y con poco tráfico. Entonces, pisó el acelerador a fondo.

    Era un goce total para él rebasar un auto, pasarse un alto. Cada vez que un camión estaba a punto de chocarlo de frente, por andar en sentido contrario, su corazón se detenía un segundo y al momento de evadirlo volvía a latir, esta vez con más pujanza. Apresuraba su paso y cuando faltaban pocos metros para topar contra un muro o un árbol, él frenaba y las llantas derrapaban por el pavimento, pero su vehículo alcanzaba a detenerse. Hizo esto un par de veces más y después bajó de su vehículo, abrió la cajuela y sacó una bolsa grande que pesaba casi tanto como una persona.

    Caminaba con la bolsa en mano, buscando, analizando el lugar a su alrededor. Cuando encontró un buen lugar donde situarse, vació el contenido de la bolsa en el suelo y varias armas, granadas y balas salieron de ella. Varias pistolas, un par de fusiles automáticos, un rifle largo de grueso calibre que sólo cargaba una bala por vez y una ametralladora con una cinta de balas. Tomó esta última y comenzó a dispararle a la gente que pasaba, a los vehículos, a las ventanas en los edificios. Todo aquello que se moviera, y lo que no, era blanco para el maníaco.

    Después de acabarse todas las balas para la ametralladora sacó uno de los fusiles automáticos. Un policía que se encontraba cerca que acudió, armado con una pistola, a responder los disparos, fue su primera víctima. El fusil del hombre era preciso y letal, las balas del policía impactaron a metros de distancia. En seguida, llegaron refuerzos. Una patrulla se estacionó cerrando el paso y dos policías, armados también con pistolas, se posicionaron detrás de las puertas del vehículo apuntando sus armas.

    El hombre que se ocultaba detrás de un pequeño muro de tabiques, entonces, tomó una granada y le quitó el seguro. La sostuvo en su mano y no la soltaba, sabiendo que en cualquier momento explotaría. Sin soltarla, escuchaba a los policías que intentaban hacer que saliera con sus manos levantadas, pero, a último momento, aventó la granada hacia la patrulla y explotó en el aire. Las esquirlas hirieron a ambos policías, junto con pedazos de vidrio.

    El corazón del sujeto palpitaba al máximo. Para él, cada segundo que pasaba era como un minuto y cada minuto era como una hora. Sin embargo, al asomarse ya no veía a nadie con vida en la calle, puros vehículos llenos de balas y cuerpos de personas desangradas hasta la muerte. Tomó, entonces, su rifle y escudriñó el horizonte a lo lejos. Así pudo ver gente que corría o se escondían en la oscuridad, a quienes empezó a disparar también, ya sin mucha precisión, sólo disparando por el puro placer de sentir la explosión de su rifle diseñado para perforar blindajes de tanques.

    Pasaron varios minutos, hasta que llegó una camioneta blindada y de ella descendieron policías con armaduras pesadas y armas automáticas, un poco más anticuadas que las que poseía el hombre. Estos fueron recibidos con dos granadas, que incapacitaron a la mitad de los policías. Entonces, el hombre cargó sus fusiles y empezó a disparar sin ver, sólo asomaba el arma por el borde superior del muro y la accionaba. No le daba a nadie, pero esto le proveía tiempo para asomar su cabeza unos instantes y analizar la situación.

    Lanzó más granadas hacia el vehículo blindado y hacia los policías que se escondían detrás de autos. Las explosiones hacían que todo temblara y venían una después de la otra. Al instante llegó otra patrulla con más policías armados y también fueron recibidos con granadas y más balazos del hombre detrás del muro, quien parecía tener parque ilimitado pues no dejaba de disparar. Una capa de casquillos vacíos y calientes inundaba el suelo. El hombre casi se podía sumergir en estos, pero más seguían llegando del mismo lugar.

    Conforme se acababa un cartucho, volvía a lanzar otra granada y esto le daba tiempo para tomar su otro fusil, cargarlo y seguir disparando, en lo que el otro se enfriaba. Luego tomaba una pistola en cada mano y disparaba enloquecido. Los policías estaban más interesados en buscar cobertura de las explosiones que en responder al fuego. Pero, tarde o temprano, se quedaría sin municiones y estaría vulnerable a su equipo organizado. Esperaron así, unos pocos minutos, hasta que al final hubo silencio.

    Acercándose furtivamente, con sus armas cargadas, apuntando hacia el frente y con el dedo en el gatillo, los policías avanzaron hasta donde el hombre se escondía. Y entonces lo encontraron, recostado en la pared, rodeado de un mar de casquillos, y en su mano sostenía una granada, la última que le quedaba, y esta no tenía el seguro puesto.  De inmediato, los policías emprendieron la retirada pero la granada explotó y del cuerpo del hombre sólo quedó una mancha de sangre chamuscada, impregnada en el muro, en el piso, en el techo y algunos pedazos llegaron a volar tan lejos como una cuadra entera.

FIN

sábado, 24 de diciembre de 2011

24 - El poder del fuego



    Cada día están más cerca los festines de fin de año, las celebraciones paganas de rituales más poderosos. La fiesta más grande de toda la ciudad tendría lugar el último día del año y sería épica. Los afortunados invitados lucirían sus mejores ropas y joyería. Pero no todos recibieron regalos de piedras preciosas y oro. No todo era cetros y coronas de plata. Algunas personas, locas por solitarias, debían comprar sus propios atuendos y, sin mucho presupuesto para invertir, tenían que arreglárselas para llevar, aunque sea un medallón, un anillo o un collar que honre los dioses del fin de año.

    Esta era una joven mujer, harta de la vida, harta de la existencia banal, vil y cruel. De un mundo malvado que le había arrebatado todo: Familia, amor, dinero, propiedades, amistades. La providencia del destino la llevó a un callejón sin salida y con las pocas monedas que tenían en su bolsillo, jamás alcanzaría para comprar el único requerimiento del ritual pagano al que había sido invitada. Probando una última vez su suerte, recurrió a un barrio desamparado de la ciudad para conseguir el artículo deseado.

    Caminaba por una calle sucia, acompañada de hojas de periódico que seguían al viento, sus tacones bajos hacían un eco cada que golpeaban el suelo. Los edificios en esa zona de la ciudad tenían ventanas tapiadas con maderas y la única tienda abierta no tenía pinta de ser confiable, pero, dado que no tenía nada más que perder, decidió entrar, casi como retando a su suerte en este Diciembre, mes del terror.

    La tienda parecía opacada por la desolación del exterior, sin embargo, por dentro era algo diferente. Tenía un estilo de tiempos atrás, quizá podría llamarse clásico por los más recatados o anticuado por los menos conocedores, pero los artículos disponibles para la venta definitivamente no eran de fabricación barata, se trataba de Platos, vasos, copas, anillos, tronos y demás piezas ornamentadas y artesanales… asemejaba a un sitio digno para la realeza, más que para una simple plebeya. Sus tacones bajos hicieron eco dentro del piso tienda para así poder penetrar en el misterio.

    El tendero lucía un traje elegante, con porte fino y arrogante. Saludó cordialmente a la joven, pero denotando cierto desprecio clasista. El astuto tendero supuso que ella buscaba un artículo barato para presumirle al mundo, algo que oculte el fracaso que tenía escrito en todo su cuerpo. Sin entablar conversación, le mostró un collar con un colgante de bronce que lucía una piedra rojiza en el centro. Ella, en seguida, pensó que eso funcionaría para la fiesta, si el precio era suficiente. Sin ninguna explicación, quizá intentando que ella se fuera de su tienda con la mayor premura posible, aceptó las pocas monedas que poseía en su bolsillo, la envolvió en un papel y la dejó ir con su nuevo poder.

    Al poner sus dos pies en la acera, los cerrojos de la puerta de la tienda sonaron uno seguido del otro y luego las luces se apagaron. Cuando la joven pudo admirar con más calma su nueva posesión, notó que tenía inscripciones chinas alrededor que no podía entender, pero al colgarlo alrededor de su cuello sintió un vigor que no había pasado por sus venas en mucho tiempo, quizá nunca lo había sentido en realidad. Miraba a su alrededor como si fuera un demonio que acababa de llegar a una nueva dimensión y estuviera listo para conquistar un nuevo mundo.

    Sentía calor en su cuerpo, pero no le molestaba, la relajaba, soplaba aire caliente de su boca y sus manos le temblaban. Caminaba y sentía que sus pies golpeaban el suelo con tal fuerza que parecía romperse. Sus ojos se posaron en un buzón, de un color rojo como la piedra de su collar y, antes de que se diera cuenta, ya salía humo del contenedor y fuego. Al ver esto, se alejó tanto como pudo para resguardarse, pero de alguna manera lo sabía, el fuego no había venido de cualquier lado, ella lo había iniciado y era gracias a su nuevo collar.

    Intentó una vez más, mirando unas cajas con basura en un callejón. A pesar de la humedad, éstas prendieron de un chispazo y el fuego se elevó hasta una ventana cercana que estaba cerrada. La idea de incendiar un edificio entero le pasó por la mente y el vidrio de la ventana explotó y llamaradas salieron de esta y el humo atiborró la calle. Ella escapó tan rápido como podía. Su corazón latía con fuerza, jadeaba, sentía un calor en su interior que le quemaba, pero lo gozaba, no sentía remordimiento alguno, merecía este poder, ahora ella tenía los dados en las manos y planeaba apostarlo todo, antes de tirarlos.

    Al llegar a una congestionada avenida puso a prueba sus poderes. Oculta detrás de una muralla, pensó en los autos y podía visualizarlos envueltos en llamas y en su mente escuchaba los gritos de la gente que se quemaba viva. Miró un edificio y el humo empezó a brotar. El caos se apoderó de la ciudad, los autos incinerados expulsaban gases tóxicos y los cimientos de los edificios crujían a punto de desplomarse como un galleta seca. La joven sentía una excitación que no podía explicar ni entender. Pero el calor de su corazón le impulsaba a seguir destruyendo y matando y quemando todo lo que estaba a su alcance.

    Uno tras otro, los vehículos abandonados por la gente que corrió envuelta en pánico, se calcinaban y hacían una cadena que crecía y crecía. La joven estaba histérica, maníaca, no había forma de detenerla y el fuego que sentía en su interior finalmente la quemó. Su cuerpo nunca tocó el suelo, pues se convirtió en una estatua de ceniza que fue barrida por el viento y del medallón con el poder del fuego no se volvió a saber nada, nunca más.

FIN

viernes, 23 de diciembre de 2011

23 - ChinShua



    Era la locura en las tiendas departamentales, cada vez más cerca las festividades del Mes del Terror, los locales y supermercados se abarrotaban de gente dispuesta a vaciar sus bolsillos para comprar regalos escalofriantes a sus seres queridos, formando grandes filas en las cajas registradoras y estacionamientos. No era raro ver árboles con pinos amarrados sobre el techo de los vehículos, personas vestidas de duendes y cuernos de carnero por doquier, así como carritos de supermercado llenos de cajas envueltas en llamativos papeles.

    Los elevadores en los edificios no descansaban, el aire acondicionado trabajaba al Máximo, pues el asfalto y los vidrios se calentaban con el radiante sol tropical de la gran ciudad, además del calor humano y mecánico. Las avenidas y calles estaban congestionadas y el ruido y un aparente caos era la única melodía que se podía respirar en el ambiente. Pero algunos rincones oscuros eran más calmos que otros, había sitios olvidados por el tiempo que se esforzaban  por sobrevivir a pesar del abandono.

    El Barrio chino solía estar colmado de vida pero, comparado con el resto de la ciudad en estas fechas, era un sitio relajado y pacífico, exceptuando por una tienda, ubicada en uno de los callejones más confinados. Se trataba de una tienda de mascotas que ofrecía animales de rincones exóticos de toda  china. Uno de estos animales era una especie de lagarto con alas, de color verde orejas como de conejo, pero sin pelo, y una cola como de rata. Todo cubierto de escamas.

    La gracia de este animal, llamado ChinShua,  era su capacidad para volar, el poco cuidado que necesitaba y que cantaba a la luz de la luna, además de su rareza que lo convertía en único. Era completamente pasivo y se podía meter en una caja un día entero sin que muriera por asfixia. Todo lo que requería era la luz de la luna para darle energía y bambú, que comía con la lentitud de quien vive más de cien años. En sí, la criatura era un adorno, pero volaba por toda la casa y solía posarse en la ventana para cantar. Cientos de estas criaturas se vendieron.

     Todos los ChinShua estaban bien empaquetados en sus cajas sobre las pilas de regalos, esperando la mañana del día siguiente para abrirse y poder volar y cantar por toda la casa. Ningún niño o adulto, que serían los nuevos dueños de esta criatura, tenía idea de qué era lo que contenía la caja, pues apenas hace una semana que se anunció la venta de este peculiar espécimen. Sólo una bolsa de varas de bambú revelaba el misterio pero, nadie sospechaba que eran alimento para una criatura en una caja cerrada.
    Cuando llegó el gran día, todos rasgaron el papel de regalo y abrieron las cajas develando al ChinShua. Sin embargo, este no se movía, no cantaba ni volaba. Sólo estaba quieto como una estatua, con sus ojos rojos viendo a todos alrededor. La gente que había recibido esta criatura estaba sorprendida y confundida. Aún después de explicarles sus gracias, la gente no entendía, pues sólo estaba ahí, parado inmóvil y nada más.

Una oleada de frustración y reclamos invadió el local en el callejón del señor Li, el anciano dueño de la tienda de mascotas, pues la gente le llevaba su ChinShua inmóvil como una piedra, algunos dudaban si estaba vivo, pero el viejo sólo les explicaba que el ChinShua actuaba cuando él deseaba, no cuando las personas le ordenaran y que debía ser tratado con respeto, pues se ofendía con facilidad. Aseguró que el animal estaba vivo y hacía todos los chistes indicados.

Después de que todos regresaran a sus casas, algunos fueron más reverentes con la criatura, pidiéndole de favor que comiera, caminara o hiciera las cosas, ofreciéndole tratados de amistad y hasta servidumbre. Sólo así, la criatura se movió, caminó y hasta voló. Pero nunca se le veía cantar a la luna, como el viejo había dicho. La decepción llegó nuevamente a muchas de las casas y el enojo empezó a dirigirse hacia el exótico animal, que debía ser tratado como un rey.

La gente que compró el ChinShua estaba decepcionada, nunca lo habían oído cantar, hasta que llegó la luna nueva, el 24 de diciembre. Tanto aquellas criaturas que no obedecían a sus dueños  como las que habían entablado una buena relación con sus amos humanos, se posaron en la ventana o rendija más cercana y, apuntando sus ojos rojizos al vacío del espacio, empezaron a cantar. Los ChinShua que eran felices entonaban una bella melodía, armoniosa y dulce como un piano. Pero aquellos que fueron desdichados o humillados por el mal trato de sus amos cantaban en un tono diferente.

Cuando los ChinShua que habían sido maltratados cantaban, su melodía se oía brutal, como un grito de guerra y muerte, desagradable para los oídos humanos y tan potente como para ensordecer a cualquiera en toda una cuadra. La cantidad de ChinShuas infelices era tal, que hubo un magnífico concierto de ferocidad, que destrozaba los oídos y estos no pararon hasta que sus amos se disculparon, les pidieron perdón y prometieron tratarlos mejor de ahora en adelante. Pero el daño estaba hecho y los nuevos sordos que atendieron a su ChinShua, no importa cuán bien los trataran, pues ya no podían oír su dulce canción nunca más.
 
FIN

sábado, 17 de diciembre de 2011

17 - Péndulo



    El caos se apoderaba de la ciudad, esa noche de diciembre. Las calles se inundaban del olor a caucho quemado y sangre. El tráfico era una locura y la policía hacía su mayor esfuerzo por  evitar la anarquía. Todos los noticieros hablando de la misma nota y las ambulancias y hospitales no se daban abasto por la cantidad de accidentes automovilísticos en las carreteras, que incluían carambolas de decenas de autos.

    Se oían, por todas partes, sirenas de patrullas de la policía y otros servicios de emergencia, que iban de un lado a otro, sin descanso. La cantidad de accidentados manejando se había incrementado a cientos y los reporteros estaban enloquecidos por la información que recibían de testigos que acontecieron los eventos que iniciaron el caos en la ciudad. Nadie creía lo que decían y tampoco había evidencia que los respaldara. Hasta donde se sabía, todos habían tenido la misma alucinación, pero esto sería, bajo reserva de las circunstancias, imposible.

    Los reportes indican que todo comenzó cerca del anochecer. Algunas líneas de emergencia habían sonado pero, al acudir, los elementos de rescate no encontraron nada. Pensaron que se trataban de falsas alarmas, al principio coincidiendo en su rareza. Mas, los agentes, después de interrogar a quienes realizaron las llamadas, se daban cuenta que no eran niños jugando bromas pesadas, se trataba de personas comunes y corrientes que habían reportado un hecho que, según ellos, presenciaron, pero el cual no dejó rastro alguno.

    A los pocos minutos, las autoridades de tránsito fueron reportadas de choques de vehículos. Al principio, dedujeron que eran los típicos accidentes provocados por automovilistas alcoholizados propios de la temporada. Pero conforme pasaba el tiempo, más y más vehículos impactaban postes, casas, edificios, a otros coches y, finalmente, en las avenidas principales, aparecieron las carambolas. La gente entraba en pánico y dejaba sus automóviles estacionados donde sea para salir corriendo lejos de donde se encontraban, pero a cada vuelta de la esquina, lo volvían a ver.

     Varios de los conductores simplemente fueron impactados por otros que se distrajeron al momento del fenómeno. Pero el resto, pudo advertir, con la claridad con que se ven los objetos en la noche, a personas colgando de sogas alrededor del cuello, amarrados a postes de luz, semáforos, candelabros, ventanas e incluso de los cables de la electricidad. En un momento, ahí estaban colgados, balanceándose ligeramente por el viento, como un péndulo, marcando los segundos, pero antes que un parpadeo, esta horrífica visión desaparecía.

     Nadie pudo explicar el fenómeno, las agencias de seguro se negaban a asumir las responsabilidades por lo sucedido, pues afirmaban que era culpa del que iba distraído, sin embargo, dada la extrema rareza del evento, algunos asumían que se trató de alguna alucinación temporal, algo causada por el exceso de fiestas y cansancio acumulado durante todo el año. Otros aseguraban que, la energía negativa de la temporada provocaba que las puertas dimensionales se torcieran, causando que situaciones ocurridas tiempo atrás, vuelvan a tener lugar en otras partes del tiempo y del espacio, incluso, simultáneamente.
FIN

domingo, 11 de diciembre de 2011

11 - Ira



    La luna todavía parecía completa esa noche de diciembre, pero la luna llena había sido dos días atrás. El reloj del abuelo marcaba las diez de la noche en punto. Dentro de la casa, la electricidad se había ido y sólo un sirio iluminaba la sala, donde un padre leía rezos para un arcángel que debía protegerlos contra el mal y alejar a los seres obscuros de la casa. Mientras esto pasaba, los dueños de la casa, una pareja recién casada, permanecían expectantes, cuando de repente la casa empezó a sacudirse, como en un temblor. Las ventanas  se abrieron de golpe y ráfagas tormentosas azotaron todo lo que no estuviera pegado al suelo.

    El padre enfocaba todos sus esfuerzos para leer los rezos que ya sabía de memoria, pero se aferraba a leerlos directamente de las hojas de su libro que le eran arrebatadas de las manos por las feroces ráfagas de viento que lo empujaban. La llama del sirio resistió unos azotes del viento, pero finalmente se apagó y la habitación quedó a oscuras, realzando el ruido que hacían los libros y retratos familiares que se caían y volaban, lanzando fragmentos de vidrio como balas hacia todas partes. Entonces el padre sacó una botella de cristal y empezó a rociar el agua que contenía frenéticamente, tapándose la cara con su otro brazo que se aferraba al libro.

    Mientras tanto, la pareja de recién casados, se refugiaba de los proyectiles detrás de un colchón, abrazados en la impotencia. Tratando de observar al padre luchar contra un enemigo invisible en las tinieblas, hasta que, repentinamente, los vientos cesaron. La calma llenó la habitación por un instante y lo primero que hizo la pareja fue prender las luces. Pudiendo observar el daño producido en la casa, especialmente el tiradero de cosas, básicamente nada quedó en su lugar, incluso los libreros más pesados se habían movido unos centímetros y una silla yacía destruida varios metros de su sitio original.

    El lugar era un desorden pero, dentro de este caos, se escuchó un quejido. De un montón de tablas que antes formaban una silla, hojas de libros arrancados, retratos, cristales rotos y polvo, surgió la voz del padre, tosiendo y sacando su brazo del tiradero. Rápidamente, la pareja lo ayudó a salir de ahí y cuando él se incorporó, y después de que se sacudiera el polvo de su sotana, los abrazó, aliviado, insistiendo en que el mal se había ido finalmente de esa casa, gracias al poder de su libro. Agradeciendo que todo haya terminado. Pero, apenas terminó de decir esto y las luces se apagaron.

    En ese momento, un frío anormal llenó la habitación, seguido de un fuerte golpe en toda la casa, como si algo gigantesco hubiera chocado contra los meros cimientos del edificio. Causando cuarteaduras en varias paredes, tirando el resto de las cosas que no se encontraban en el suelo, incluyendo a la pareja y al padre que tenía un aspecto deplorable. De entre el estruendo del viento gélido, una voz profunda y misteriosa, salida de ninguna parte, exclamó unas palabras en un idioma ancestral. Los ojos del padre, entonces, se abrieron completamente, junto con su boca y sus manos comenzaron a temblar. Como un gato, y como si su edad avanzada no importase, dio un salto y se puso de pie y salió corriendo por la puerta principal, huyendo por la calle sin exclamar palabra alguna.

    La pareja se encontraba desolada y los vientos volvieron a arremeter contra todo adentro, cuando, de repente, la puerta principal se partió en dos. Un hacha la había atravesado de un golpe y esta era sostenida por un brazo cubierto de una cota de malla y unos guantes de cuero. Luego, una patada terminó de romper y tirar al suelo los restos y un ser fornido hizo su aparición. Sosteniendo un escudo redondo de madera, recubierto de hierro y una armadura del mismo material, exceptuando por el cuello y los brazos donde se apreciaba la cota de malla que llevaba en todo el cuerpo. Su cabeza ostentaba un casco con cuernos de carnero con un agujero a la altura de los ojos.

    La mirada del guerrero era impresionante y su figura frente al portón, imponente. Al quitarse el casco exclamó a la nada — Yo soy Magnus, el decapitador, antiguo descendiente de los Básaros, cazadores de demonios. Mi linaje se extiende desde el gran Broyir, el recolector de cuernos, hasta Tesalonio, quien cerró las puertas del infierno en el siglo XIV, después de la batalla en Áscadi, donde fueron masacrados mil engendros. Demando que pregones tu nombre, pues he arribado siguiendo la pista de otro maligno, pero te he encontrado y ahora mi hacha implora por tu cuello. Acepta el duelo y muere en batalla o recházalo y regrésate por donde viniste y diles a tus camaradas que le tuviste miedo a un simple mortal como yo—

    Como si se hubiera presionado un interruptor, los vientos, el frío y los tronidos de la casa se detuvieron. Pero de la chimenea, empezaron a surgir llamaradas que ascendían hasta el techo y de estas flamas un par de cuernos negros, seguidos de una criatura como humana, pero con colmillos tan grandes como los de un león, orejas de conejo, ojos como de lince y un dorso musculoso sobre unas patas de chivo, cubiertas de un pelo negro con pesuñas del mismo color. La piel era rojiza y de las puntas de sus dedos salían una garras como las de un oso, que sostenían una espada casi tan grande como él, que tenía que agacharse para no topar contra el techo. Ante esto, el guerrero corrió hasta este ser y empezaron a batallar.

    El demonio impactaba al guerrero con espadazos continuos, pero el guerrero se defendía con su escudo, aunque cada golpe le hacía dar un paso atrás y cuando su espalda se encontró con la pared, giró hacia un costado y se ubicó detrás del ser maligno, dándole una patada con su bota que lo impulsó hacia el frente topando con el muro. Pero este último arremetió con su arma hacia el guerrero una vez más, quien esquivó el filo por poco agachándose y tratando de derribarlo con sus piernas, pero la criatura vil era muy fuerte y lo tomó de su armadura levantándolo para enterrarle su espada y las miradas de ambos quedaron a pocos centímetros de distancia. Entonces, el cazador, lo golpeó en la barbilla  con la culata de su hacha y después arremetió con el mango para rematar con un empujón.

    El demonio estaba tirado en el suelo contra la pared. En el momento en que se levantó, un líquido verdoso escurría de sus colmillos y su postura era más encorvada. Sujetaba su espada del mango, pero no la podía levantar. El guerrero no titubeó y asumió una posición de combate, acercándose paso a paso, sin modificar su estrategia, pero se detuvo antes de llegar al demonio, pues, este último, comenzó a reír y profirió unas palabras en su lenguaje desconocido. El guerrero entonces sujetó su hacha con ambas manos y, de un corte limpio, separó la cabeza del demonio de su cuerpo, envolviendo estas partes, junto con la espada, en flamas que se extinguieron en un parpadeo, dejando sólo un olor a azufre y carbón.

    Así pues, el guerrero sacó una navaja de su bota e hizo otro corte en el mango de su hacha. Entonces, se dirigió a la pareja y pronunció — Aquello que habitaba esta caza era un engendro de nombre Ira, un soldado de las fuerzas infernales. Antes de morir advirtió que las puertas del infierno se abrirían otra vez, en pocos días y sus tropas marcharían por las ciudades. Deben tener cuidado, estar armados y enfrentarlos, pues no pueden rechazar un duelo a muerte, mas les advierto que no hay canto ni magia que reemplacen el poder del filo de un hacha o una espada.— Proclamado esto, el guerrero salió de la casa y continuó su búsqueda.


FIN

sábado, 10 de diciembre de 2011

10 - El demonio de las sombras



    La luna llena se elevaba, ese día de diciembre, sobre las casas de las personas. Era sábado y aquellos que tenían el día libre aprovechaban para descansar o relajarse de la agitada semana de compras y arreglos para las festividades de año nuevo. Algunos de ellos preparándose para la gran fiesta que tendría lugar en una mansión a las afueras, de la que todos hablaban, pero sólo pocos podrían asistir. Una de las invitadas atravesaba la avenida principal en su automóvil de lujo. Mientras manejaba, buscaba una estación de radio con alguna noticia que no tenga que ver con villancicos y fiestas cristianas o compras, pero todos hablaban de rebajas en juguetes y accidentes viales.

    En esta ciudad nunca caía nieve, pero el invierno era severo por la letal mezcla entre el frío y la humedad, hacían que estar afuera sin ningún tipo de abrigo ante el sereno fuera similar a ser sumergido o permanecer bajo la lluvia. Con cada respirar, podía sentirse el agua en el aire y los pulmones se helaban. Mas, dentro del vehículo, la calefacción hacía un excelente esfuerzo por mantener el gélido aire fuera del automóvil el cual se detuvo repentinamente, haciendo que las llantas derrapen en el piso un metro, para luego estacionarse con más cuidado frente a una casa.

    Después de que la joven bajó del vehículo, percibió algo en su piel, como un escalofrío y, confiando en sus sentidos, volteó a su alrededor en busca de peligro. El viento soplaba en medio de la calle y agitaba la copa de los árboles. Sus piernas, cubiertas por unas medias, se exponían al frío y sus zapatos altos la alejaban del suelo. Sin dejar de escudriñar el paisaje, caminó hasta la puerta de la casa. Girando su cabeza de un lado a otro mientras buscaba las  llaves de la puerta, dentro de su bolso que hacía juego con su vestido, pero no las encontraba, escuchaba que sonaban en alguna parte, pero se perdían entre la cantidad de objetos y la falta de iluminación.

     Cuando tuvo las llaves en sus manos, metió una de ellas en el cerrojo de la puerta y volteó a un pasillo entre dos edificios de enfrente, donde, por un instante, algo se movió. Fue tan rápido que pudo haber sido un parpadeo o al girar la cabeza, algún reflejo de otra cosa o quizá una amenaza. Le costaba trabajo quitar el seguro y se desesperaba, entonces intentaba con más fuerza y velocidad, pero se le dificultaba aún más. En ese momento observó nuevamente a su alrededor, preocupada, mientras trataba de meter la segunda llave en la cerradura y entonces lo volvió a ver, algo que se movía por el callejón de enfrente, pero, esta vez, más cerca.

    Con sus manos temblorosas, hacía un intento tras otro de meter la otra llave en la segunda cerradura. Espiando sobre su hombre, segura de que en cualquier momento aquello que venía mostraría su rostro. Después de todo, podría ser cualquier cosa, un animal, algún vecino inofensivo, una basura que volaba con el viento o quizá sólo sea su imaginación, pues a su alrededor todo se movía, pero por causa de las ráfagas frías que aún congelaban sus piernas, no escuchaba pasos u otra pista de algo que la acechara. Suspiró profundamente cuando la llave pudo girar completa y la puerta se abrió.
   
    Observaba la oscuridad de la entrada, sólo la iluminación de la calle se colaba por el portón abierto, tapado por su silueta que se derramaba por la alfombra y detrás de ella, otra sombra en forma humana comenzó a adentrarse en la casa. Su corazón se paralizó y volteó de un brinco, pero nada había detrás de ella ni alrededor. Cerró la puerta de su casa de un golpe y prendió las luces del recibidor y la sala. La quietud dentro de su casa era confortable. La luz amarilla de la sala era tenue e impregnaba tranquilidad que se mezclaba con la suavidad de los sillones de tela acolchada.

    En seguida prendió la radio en una estación donde la música relajante era la única regla. Dio un gran suspiro y dejó que su cuerpo se sumergiera en la suavidad del sofá, sus ojos se cerraban del cansancio pero no quería dormirse ahí, prefería tomar una taza de té y descansar en su alcoba, con ropa cómoda, después de un baño. Su cuerpo ya no le respondía como en el día, parecía dopada por la falta de energía y el cansancio. Pero con un último esfuerzo, se decidió por ir a la cocina, a preparar se bebida noctámbula.

    Al dirigirse a la cocina, cada vez que se alejaba de cada foco y lámpara que encendía en su camino, una sombra como humana se proyectaba por delante de ella, pero al encender el siguiente foco o lámpara, la silueta se esfumaba, hasta que volvía a dar unos pasos dentro de la oscuridad que regresaba y desaparecía. Cuando finalmente llegó a la estufa y puso algo de agua para calentar, se fijó en el piso a su alrededor, la luz de la cocina no permitía que obscuridad alguna la rodeara, mas aquella del suelo debajo de sus pies y la que se escondía en las gavetas.

    El té caliente la dejó lista para dormir, pero insistía en tomarse un baño y con un poco más de ánimos se dirigió a su habitación donde se desvistió y entró al baño despreocupada. Prendió la luz de la regadera, pero se apagó antes de que ella terminara de dar un paso, por lo que regresó y activó el interruptor otra vez, junto con la lámpara del lavabo. Entonces, abrió la llave del agua caliente y esta la recordaba al té que acababa de beber. Tallaba su cabello con acondicionador y cerró sus ojos para que no se irritaran.

    Cuando se enjuagó la espuma de la cabeza y pudo ver, notó que la iluminación del baño era un tanto más tenue, arriba de ella, el foco de la regadera estaba apagado y sólo la luz del lavabo estaba prendida. Ella corrió la cortina de baño para ponerse una toalla en el cabello, pero la luz que tenía enfrente proyectaba en el suelo, detrás de ella, una sombra que se escurría hasta llegar a la pared y esta sombra tomó la forma de una silueta humana que extendía sus brazos hacia la joven, quien dio un par de pasos hacia el apagador, rodeando el foco que ahora estaba a su izquierda, mientras la sombra avanzaba sobre la pared.

    Al momento en que la sombra estuvo a menos de un metro de la joven, esta última volteó y pudo verla, tenía cuernos en la cabeza y patas de chivo, su cuerpo era fornido y alto y tenía los ojos como los de un demonio. Entonces la sombra la tomó del cuello y, sin piedad, apretó hasta que la joven se quedó sin aire. Los periódicos del día 11 de diciembre en la mañana, tenían noticias pues esa noche hubo más de un asesinato misterioso, caracterizado porque el homicida no deja pista alguna ni una huella o un pelo. Sólo una puerta o ventana abierta, para escapar y seguir esparciendo la muerte a donde vaya.
    FIN
   

viernes, 9 de diciembre de 2011

09 - Grulo, El Carnicero del Altar Pagano.


    Faltaban veinte minutos para la media noche y sólo un día para la luna llena. En las afueras de la ciudad, la gente trabajaba  a deshoras, tratando de terminar y dejar todo listo para sus vacaciones. En tiendas de paquetería y embotelladoras, las máquinas operaban al unísono con los empleados que marchaban, a paso apresurado, pensando en sus hogares y amigos. Alrededor, camiones descargaban cajas de frutas, verduras, aparatos electrónicos y animales muertos. Los cadáveres de cerdos y reses iban a parar a la carnicería donde eran procesados para su traslado a las tiendas.

    Cuando los animales recién matados arribaban, eran colgados en ganchos en un congelador donde se mantenían frescos hasta que era momento de pasar al despiece y después ser empaquetados y transportados de nuevo. El Altar Pagano era la carnicería más famosa de esta zona, pues sus trabajadores eran especialmente habilidosos para cortar, destazar, picar y amasar la carne, siendo la que más animales procesaba al día. Un río de sangre de diferentes animales fluía todo el tiempo en un canal de agua construido rústicamente sólo para ese propósito.

    Estos brutos cortaban los animales con sus cuchillos y sierras para los huesos. Nada que entraba ahí salía en una pieza. Sus delantales siempre estaban empapados de rojo y entre los carniceros, Grulo era quien se llevaba las palmas, pues podía destazar animales tan rápido que le tomaba más tiempo la espera que debía hacer para que alguien pusiera un nuevo animal en su mesa, cruzado de brazos, con la mirada firme hasta que otro animal sacado del congelador era depositado frente a él, entonces alzaba sus cuchillos y daba golpes por todas partes, cortando al animal en segundos.

    Grulo trabajaba esa noche con un colega suyo, quien cargaba las carnes del congelador a la mesa para ser cortado por el barbárico pero habilidoso carnicero. A este último, le molestaba que su compañero tardara tanto tiempo en cargar las carnes, le insistía que trajera 2 reses por vez, pero no tenía el mismo tamaño que el bruto y tosco Grulo. Por lo que hicieron un cambio de papeles y, haciendo alarde de su poder físico, Grulo empezó a traer cuatro reses por vez, tomando con cada mano las patas de dos animales y azotándolos en su mesa de despiece.

    En poco tiempo, Grulo ya había sacado todas las reses del congelador y estaban apiladas en una montaña junto a la mesa de metal que tronaba y parecía retorcerse por el peso. El pequeño carnicero hacía su mayor esfuerzo por cortar los animales, pero era imposible y comenzaba a impacientar al grandulón, al grado que volvió a tomar su puesto cortando. Tomando una res del cuello mientras con su otra mano hacía cortes rápidos por todas partes, haciendo pilas de carne y huesos separados con destreza, mientras que su colega recogía la carne y la metía en cajas, sin embargo, Grulo era demasiado veloz y los pedazos de carne y hueso se acumulaban conforme la pila de cadáveres iba disminuyendo y aquella de los restos cortados aumentaba.

    Grulo debía detenerse pues era tanta la carne a su alrededor que no tenía espacio para trabajar, diciéndole a su compañero que empaquete dos cajas por vez, pero era lento en su trabajo y el  bárbaro se estaba impacientando más y más, de tal forma que agarró varias cajas y las llenó en pocos segundos. Cada una de sus manos podía sostener una caja entera de carne y huesos y sobre sus hombros equilibraba hasta cuatro, cargando todo el contenido en el almacén, mostrando la experiencia que le había conseguido el título de El Vikingo, El Bárbaro, Thor, entre otros.

    Cuando su labor había finalizado, Grulo le echó un vistazo al reloj, apenas habían dado las doce y al asomarse por la ventana vio la luna y notó que estaba llena. Entonces, el olor a sangre despertó una extraña sensación dentro de su cuerpo. Su corazón comenzaba a latir fuerte y algo en la oscuridad lo calmaba y llenaba de energía a la vez, mirando el mundo desde una perspectiva nueva y poderosa. Habría los ojos tanto como era posible y sus músculos se entiesaban. En seguida, su cabeza giró hacia su compañero quien estaba paralizado ante la figura imponente de Grulo y su gesto maníaco, como un ratón arrinconado por un gato.

    Sin dejar de ver al pequeño hombrecillo que permanecía temblando en un rincón, Grulo marchó como un robot hacia la mesa donde estaba su cuchillo y sierra favoritos, tomando uno con cada mano. Después de afilarlos, pasando los filos entre sí un par de veces, fue directo a su presa. De su boca salía una espuma espesa y su mirada estaba perdida, agitaba la cabeza erráticamente y sin pensarlo ni si quiera un instante, cuando estuvo tan cerca como para que sus brazos alcanzaran al pobre hombre, dio varios sablazos rápidos, partiéndolo en pedazos y luego cortó estos pedazos en trozos más pequeños y estos en retazos. Los empaquetó en una caja, guardó en el almacén y cerró. En la mañana, al día siguiente, encontraron el cuerpo del gigante petrificado en el congelador.


FIN

jueves, 8 de diciembre de 2011

08 - Los dados de la desesperanza



    Es viernes, en la ciudad, la gente ya espera salir de sus trabajos para poder divertirse toda la noche y el fin de semana. Los autos atiborran de ruidos mecánicos el ambiente entre los rascacielos cuyos vidrios resplandecen a la luz del sol que desciende hacia el horizonte.  Los papeles entran y salen de las oficinas de un cubículo a otro y las impresoras y fotocopiadoras no dejan de trabajar. Desde cualquier ángulo, se podía ver un par de manos que cerraban un trato, vehículos esperando en un semáforo, cocinas y restaurantes de comida rápida trabajando a su máxima capacidad y gente cargando bolsas con regalos.

    Es en uno de estos edificios, que un hombre observa la ciudad en movimiento. Sujeta con su mano derecha una hoja de papel bond blanca que se arrugaba de tan fuerte que la tenía agarrada. Su corbata le apretaba el cuello por encima de su camisa blanca, así que usó el dedo índice de su mano izquierda para aflojarla ligeramente. Observaba cada piso, cada ventana, mientras escuchaba las noticias locales. Las luces de ese piso estaban apagadas y sólo aquella que entraba por sus persianas se colaba dentro de las oficinas. En el escritorio más cercano a esta persona, un pequeño monitor mostraba unas listas de números  verdes y cálculos matemáticos avanzados.

    La radio hablaba de temas de política local, cosas relativas a la ciudad, datos de nuevas especies descubiertas en selvas de Borneo y celebraban que habían pasado al menos 100 días sin un  sólo reporte de suicidio en el mundo, cosa rara en diciembre. También hablaban de la navidad que se acercaba, la manía con las compras navideñas y los adornos de navidad, como pinos, luces y otros más extravagantes con instalaciones llenas de figuras robóticas que se movían y cantaban, iluminados por foquitos danzando al unísono con la música, entre otras cosas locas.

    El hombre, rascaba su cabeza calva y se tallaba sus ojos con las manos, pasando los dedos bajo los lentes. Echó un vistazo abajo y notaba el tráfico normal, a algún caballero se le rompía su maletín y los papeles salían volando, alrededor de un carro había un grupo de gente empujándose tratando de observar lo que sucedía dentro del vehículo que parecía un convertible, un policía ponían conos de tránsito en un tramo de la avenida, mientras que otro dirigía a los autos embotellados por la hora pico. Fue en ese entonces que un estruendo producido por cristales rompiéndose rompió la supuesta calma.

    Al momento de oír el estallido de vidrios, el matemático pegó sus palmas a su propio cristal, giraba los ojos como un camaleón, tratando de encontrar la ubicación, pero había pasado a un par de oficinas de la suya y no tardó mucho tiempo en oírse otro estruendo similar, esta vez más cerca, casi al lado de su oficina. Mientras observaba, se dio cuenta que el edificio de enfrente ya tenía ventanas rotas y, justo en ese instante, vio como estallaba en mil pedazos otra más y la figura de un ser humano que la atravesaba para caer directo al concreto en la base del edificio, donde comenzaban a acumularse los cuerpos incrustados de pedazos puntiagudos de cristal.

    La gente seguía saltando de los edificios, no sólo en esa calle, sino en toda la ciudad y alrededor del mundo, donde se escuchaban noticias de homicidas suicidas, personas saltando a las vías del tren o frente a camiones. Choques de vehículos y ataques de violencia e ira. Mientras que el matemático apretaba cada vez más fuerte el papel con números impresos. Su frustración no podía ser mayor, tenía la información y pudo prevenir el desastre. Sabía que las probabilidades algún día tendrían que activar sus mecanismos y el balance debía ser restaurado. Había deducido que la mayoría de la gente no lo entendería, sus supersticiones los llevarían a mal interpretar la situación y entrarían en pánico.

    No dejaba de maldecir dentro de sí, cerraba los ojos y apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecería que sus dientes se quebrarían o su quijada quedaría trabada en esa mueca para siempre. Le echó un último vistazo al papel que sostenía en sus manos, que calculaba el número de suicidios que no habían sucedido y los que estarían por suceder en días próximos, pero los consideró demasiado absurdos, las probabilidades eran demasiado incoherentes y sin embargo sucedió, tan incoherente y terminó siendo una realidad. Partió el papel a la mitad con sus dos manos, luego rompió los dos pedazos a la mitad y así hasta hacer pequeños pedazos que arrojó al aire mientras caía de su edificio, tras haber saltado, no sin antes de volverse a ajustar la corbata.
FIN

domingo, 4 de diciembre de 2011

04 - La Pata de Venado


    Este era un vagabundo que rondaba las calles empujando un carro de supermercado lleno de basura, chatarra y uno que otro tesoro que recogía de la calle. Sin más por qué vivir que el día a día, su única ocupación era caminar de un lado a otro recogiendo todo aquello que le pareciera interesante. Comida, pedazos de cobre y cosas que no sabía qué eran pero, pensaba, tendrían algún valor.

    Una tarde, el vagabundo cruzaba por una zona en construcción, cuando repentinamente  se oyó un grito y algo le pegó en la cabeza. Volteó por todo el suelo, buscando rápido al culpable y vio una pata de venado, pero más personas asustadas empezaron a hablar y murmurar, pues un trabajador de la construcción había caído del tercer piso hasta el sólido cimiento de concreto y todo este tumulto lo alertó. No quería ser visto por la policía, así que se fue tan veloz como pudo.

    Al día siguiente, el vago regresó a esa calle, y, para su sorpresa, la pata de venado no estaba, y al descartar que la pata hubiera cobrado vida y caminara por sí sola, dedujo que alguien la había tomado, era importante para una persona y por lo tanto, sí tenía un valor al que sacarle provecho. Pero la pata, ahora, ya no estaba. Alguien más la tenía, así que pensar en ella sólo sería pérdida de tiempo que podría utilizar para buscar más objetos. Siguió su camino y se olvidó de la pata.

    Una práctica común entre los vagos es la de reunirse en sitios marginados de los suburbios. A calentarse con la confortable basura quemada en un bote de basura, a veces alimentada con gasolina. Para su sorpresa, al llegar bajo el puente que habituaba no había fuego en ningún bote, tampoco veía gente deambulando en la oscuridad y el olor a muerte llenaba el ambiente. Avanzó lentamente por la calle, extrañándole el vacío y el silencio, que sólo era interrumpido por algún papel que chocaba en el suelo.

    Cuando el vago estuvo lo suficientemente cerca del olor y vio una figura en una de las columnas, cubierta de ropas sucias y rotas, pudo percatarse de la situación. Uno de sus colegas había fallecido en ese lugar y, antes de que llegara la policía, todos los demás escaparon. Ahora tenía que salir de ahí pero apenas aceleró su marcha se tuvo que detener, pues colgado del cuello del cadáver se encontraba, amarrado con una cuerda simple, la pata de venado.

    Admiraba con urgencia la pata, era un amuleto, pensaba. Debía tenerlo. Pero en ese instante, el sonido de una ambulancia surgió del silencio y unas luces rojas y azules brillaron en un charco a una calle de ahí. Sin pensarlo dos veces, aceleró con su carro de supermercado. Escapando del lugar, sin la pata de venado. Mientras que a dos calles, una patrulla de juguete era conducida a control remoto por un niño que regresa con sus padres del supermercado. El olor a muerte fue percibido por estos últimos y siguieron su camino sin detenerse, mientras que el niño presionaba un botón y hacía sonar la sirena de su carrito.

    El vago no había vuelto a pensar en la pata y tampoco regresó al puente donde la vio por última vez. Había que dejar pasar un tiempo, cuando un vago moría, antes de volver a tomar un lugar. Por esta razón, el vago caminó días hasta otro sitio de vagabundos. Al llegar, vio a las personas de siempre, los mismos locos y enfermos marginados del mundo, esperando día a día para morir. Empujó su carrito mirando a los demás, acostados en la suciedad, sin nada en la vida más que lo que podían cargar. Pero uno de ellos tenía algo que él quería: Sostenía en su mano el collar, hecho con una soga, con la pata de venado.

    Ambos vagos miraban la pata de venado, ninguno de los dos sabía cuánto valía, pero dado que uno lo quería más que el otro, le ofreció comprársela, a cambio de algo que tuviese en su carrito. Al echar un vistazo en este, casi sumergiéndose hasta el fondo, encontró una botella de vidrio de cerveza. A regañadientes del dueño de la botella, se hizo el intercambio. Pero ya nada importaba, pues tenía su pata de venado. Se perdió sin decir gracias, ni adiós a su colega. Solo empujando su mercancía hasta perderse en la penumbra de un callejón, donde pudo atorar su carrito entre dos paredes y acostarse enfrente de él, para que nadie pudiera tomarlo sin que se diera cuenta.

    Antes de dormir, le echó un último vistazo a la pata de venado. Tenía un buen presentimiento respecto a ella, quizá su vida mejoraría de ahora en adelante, encontrarse una moneda de vez en cuando o hasta algún billete. Se colgó la pata de venado al cuello, acomodó unos cartones en el suelo y se cubrió con periódicos, hasta quedar completamente dormido. Al llegar la media noche, el vago se despertó de un golpe, pues sintió que se asfixiaba. Miraba alrededor inútilmente para ver quién lo sujetaba o con qué se estaba ahogando, pero no veía la pata de venado debajo de su barbilla que, con sus dos pesuñas, sujetaba fuertemente el cuello y no lo soltó hasta que su corazón dejó de latir.


FIN

lunes, 17 de octubre de 2011

La Luz



    Un día, temprano en la mañana, Roberto sintió un calor intenso en su cuerpo que sin abrir los ojos, pudo saber que se trataba de los rayos del sol, entrando por su ventana. Estaba amaneciendo y una de sus cortinas estaba ligeramente corrida. Por esa abertura, apenas del tamaño de un pulgar, entraba la radiación solar con tal intensidad que Roberto no podía mirar directamente, para caminar hasta la ventana y cerrarla. Al taparse con su mano no podía ver nada, pero al quitarla, a través de sus párpados cerrados alcanzaba a ver borrosamente la fuente de luz blanca e intensa y esto le permitió acercarse a su objetivo.
    A unos pasos antes de que su brazo pudiera alcanzar la oscura y gruesa cortina, Roberto miró el sol por detrás de sus párpados una última vez, pues le pareció percibir algo extraño. Como si todo alrededor estuviera oscurecido y a lo lejos, hasta el horizonte, alguien prendiera una antorcha o algo se estuviera quemando. Este fuego amarillo y rojo iba aumentando de tamaño y un ruido estremecedor de metales golpeándose y gritos de furia, dolor, agonía y desesperación llegaron a su mente. La visión de fuego fue acercándose hacia él, en esa oscuridad detrás de sus párpados cerrados, como una nube de fuego y ceniza que lo arrollarían, hasta que lo rodeó por completo y, al darse cuenta, de repente se encontró a sí mismo en medio del campo de batalla de un lugar desconocido.
    Una guerra sanguinaria era librada por dos ejércitos. Algunos soldados portaban armaduras y espadas de hierro, con escudos de madera y bronce, y otros simplemente con ropas de piel de animales y garrotes, lanzas de madera, piedras y sus manos desnudas. No había caballos ni flechas y las fijas de ambos chocaban en un frente de batalla donde se aniquilaban unos a otros, pero hordas y hordas de soldados seguían llegando sin parar. Roberto era un hombre de estatura media y delgado, pero los soldados de ese lugar eran al menos una vez y medio su altura, de torso el doble de ancho y sus cabezas cubiertas por cascos o máscaras de madera, pintura y telas, que de repente dejaban ver unos colmillos como los de un león adulto.
    Se encontraba en un valle rodeado de montañas. El cielo estaba enrojecido y todo estaba iluminado de carmesí, además, ríos de lava se deslizaban de las laderas hacia el fondo del valle llegando al campo de batalla. Incendiando todo lo que tocaba, las burbujas de la lava explotaban y salpicaban roca fundida a los soldados próximos a ella vaporizando al instante la parte del cuerpo que tocaba. No había árboles y se respiraba el olor del azufre. Un grito, de entre el caos de sonidos, llamó la atención de Roberto, pues se dirigía hacia él. Al voltear a su derecha, vio a uno de estos seres corriendo con un pedazo de hierro retorcido y roto. La primera reacción de Roberto fue abrir los ojos y, cuando hizo esto, las visiones desaparecieron, el ruido se silenció. Se encontraba en su cuarto, frente a su ventana, extendiendo el brazo para alcanzar su cortina. Pero la luz del sol ya no le daba directo, había pasado al menos una hora. Se sentía cansado y estaba acalorado, por lo que cayó al suelo, rendido, e intentó descansar los ojos.
    Su ritmo cardíaco disminuía, sus músculos cansados se relajaban y el toque suave de la oscuridad lo llenaba con su fría tranquilidad, hasta que vislumbró en el fondo de aquello negrura, un brillo de luz, como el de una estrella roja, que cada vez se hacía más grande, como brazas de fuego que iban consumiendo el aire a su alrededor y, de repente, el ruido caótico de espadas golpeándose, madera rompiéndose y gritos de batalla, furia y agonía lo rodearon. Conforme el paisaje se hacía más claro, pudo ver la lava recorriendo el campo de batalla, sentir el olor a huevos podridos del azufre y las chispas que salían del choque del metal de las armaduras cuando eran atravesadas. El azote de dos sables, en un choque frontal entre guerreros cercano, casi le desgarra la ropa y, de un brinco, abrió sus ojos y cayó sobre la alfombra oscura y tibia de su dormitorio.
    Roberto estaba cada vez más confundido, temeroso, volteaba a todos lados con miedo de cerrar sus ojos. Estaba agitado y no sabía qué hacer. Su cabeza se llenaba de dudas sobre su cordura, sobre la magia y la hechicería y otros tratados olvidados. Se imaginaba el mal de ojo al que habría sido condenado y una solución  a su problema en estanterías tan grandes como una casa, llenas de libros que nadie ha leído en centurias. De la oscuridad de esos pensamientos, de lo fondo más profundo de su mente, empezó a emerger una luz amarillenta que se le hacía conocida.
    La luz amarillenta empezó a rodearlo hasta convertirse en fuego y un cielo rojo, rodeado de ríos de lava ardiente que incineraban al instante todo lo que tocaban. Rodeado de cadáveres de soldados caídos, sentía el calor del suelo en sus pies descalzos que tocaban la tierra seca y pedregosa, con fragmentos metálicos filosos tirados en el suelo, pedazos de armaduras y espadas destruidas. Sobre su cabeza, una criatura, sin pelo ni plumas, que iba montada por un jinete de armadura pesada, armado con una lanza, comenzó a volar en picada hacia donde él estaba. El susto le hizo dar un paso atrás y regresar a su alcoba. Ya habían pasado dos horas.
    Conforme transcurría el tiempo, Roberto se desesperaba más y más, estaba a punto de perder el control, no quería parpadear, no deseaba parpadear, pero con cada segundo, la necesidad era más grande, el instinto era más poderoso. Su visión se empezaba a nublar y veía la luz del fuego de fondo, parpadeaba rápidamente, rodeándose del campo de batalla al instante, pero volvía a abrir los párpados y regresaba su casa, fresca y cómoda. No sabía a quién llamar, si estaría volviéndose loco o si era parte de una maldición, si lo recluirían toda su vida o si sufriría eternamente.
    Se sentía cada vez más cansado, cada parpadeo, cada salto al campo de batalla y regreso a su casa lo agotaba más y más y el tiempo seguía pasando rápidamente. Anticipaba su fatal destino, cayendo completamente abatido, sin poder levantar un párpado, sin poder despertar de su sueño, de vuelta en ese campo de la muerte, completamente expuesto a las pesadillas de ese mundo infernal. A las criaturas sin forma y aterrorizadoras, de los seres que luchaban entre sí, mientras Roberto estaba desarmado y vulnerable. Indefenso contra tales bestias. Sus ideas lo llevaban al campo de batalla, pero agitaba su cabeza hasta regresar al rincón de su alcoba, donde cayó la última vez y del que, desde entonces, no volvió a ponerse de pie.
    Cabeceaba, estaba más dormido que consciente, hacía todo lo posible por no cerrar los ojos, pero cuando lo hacía y se veía rodeado de esa luz amarillenta y rojiza, que lo llevaba al campo de batalla infernal, abría rápidamente sus párpados, mas su visión ya era borrosa y sus pensamientos dudosos. Su atención, entonces,  viró hacia el mueble próxima a la cama, una pieza elegante de madera, con una lámpara y un libro a medio terminar. Se arrastraba hacia este último con las fuerzas que podía, alcanzando a tomar el viejo libro, forrado de piel, en un último tirón. Las hojas estaban tan secas que se desmoronaban a la menor fuerza, muchas estaban desaparecidas y otras habían sido tan maltratadas que era imposible leer su contenido.
    Buscando entre sus páginas, arrancando las hojas por su tosco movimiento, intentando leer con sus últimos suspiros, alguna palabra de ese libro. Pero no estaba escrito en lengua conocida, era algo más antiguo al latín o el hebreo. Perdido entre sus páginas, Roberto cayó como un costal de papas al suelo, dormido y de lo profundo de su mente salió esa luz amarillenta, que se acercaba hasta rodearlo por completo y situarlo en medio de un campo de batalla infernal. Alrededor de él, más y más cadáveres desmembrados y destripados de soldados se acumulaban, pero no eran soldados ordinarios, pues tenían cuernos, colmillos y su cuerpo era más fornido que cualquier atleta o soldado que conozca y el color de su piel tenía un tono verdoso.
    El olor a azufre lo asqueaba, el calor de la lava, que incendiaba todo a su paso, lo abochornaba. Sus pies sentían las astillas de metal y el suelo pedregoso y gritos y choques de espadas orquestaban un caos de ruidos que lo aturdían. De entre el caos, surgió un ser diferente a los demás. Cubierto únicamente de telas de color morado, de complexión casi esquelética, pero alto como un caballo, con el porte de un hechicero,  caminó directamente hacia Roberto, con calma, mientras atravesaba las hordas de soldados que batallaban a su alrededor, ninguno de ellos parecía rozarlo o tocarlo. Cuando estuvo a menos de un metro de Roberto, tomó un bastón con una roca del mismo color que su holgada vestimenta y la roca comenzó a brillar.
    Sin saber qué hacer, Roberto agitaba su cabeza, tratando de despertarse, sabiendo que era inútil, pero en esos pobres intentos confiaba la poca esperanza que le quedaba. Pronto, sus ojos quedaron hipnotizados por la roca en la punta del bastón ornamentado. Que parecía sacar una especie de humo morado de los ojos de Roberto. Después, la oscuridad comenzó a rodearlo, la luz y el campo de batalla se perdían en el horizonte hasta que él mismo desapareció en la negrura. Su cuerpo, en la alcoba de su casa, quedó tendido sobre el libro escrito en una lengua antigua y en la portada de ese libro había un símbolo como una estrella en un círculo, flanqueada por un sol y una luna y unos ojos al centro.
    Su cuerpo se empezó a mover, junto con toda su habitación, pues la casa entera temblaba. Debajo de la cama, se había pintado el símbolo de la estrella y había sangre derramada alrededor. El temblor empezó a  derribar los libros de magia y hechicería de sus estantes, algunos tan viejos que se deshojaban al caer. Y del símbolo que estaba pintado en su habitación empezó a salir una luz morada, que se transformaba en humo y luego el humo se arremolinaba hasta tomar la forma del hechicero antiguo. Otra nube de humo formó su bastón justo  en la palma de su mano y toda la luz que aún salía del círculo, se transformó en una nube intensa que formó un remolino alrededor de la punta del bastón, hasta convertirse en una roca del mismo color que los holgados ropajes del hechicero quien miraba a su alrededor, tratando de comprender en qué dimensión se encontraba, cuál sería el mundo que ahora destruiría y cómo enviar a otro mundo las instrucciones para invocarlo, de forma que un ingenuo las lea pensando que le darán poderes especiales y así expandir el mal por todo el multiverso.
FIN.