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miércoles, 25 de septiembre de 2013

23 – La última vez.





El sol estaba por salir por detrás de las montañas, en la ciudad de Vallecalmo. Mientras, en casa  de Nova, la madera del pasillo crujía levemente, tan leve que era apenas perceptible. Un ladrón adulto sería suficientemente pesado como hacer rechinar la madera y alertar a los padres de Nova, quienes descansaban plácidamente en su recámara. Pero no Nova, la pequeña, de apenas 9 años de edad, se escabullía a través de las sombras, cargando un osito de peluche que era, a su vez, una mochila.
Su cabello güero y lacio era acariciado por la suave, pero fría, brisa que lograba colarse en su casa, de la cual su única protección era una pijama tersa y unos calcetines que separaban sus pies del suelo. Con el sigilo de un felino, se levantó de su cama, tomó su mochila, abrió la puerta de su cuarto, salió, cerró, se deslizó por el pasillo, pasando justo frente a la habitación de sus padres, hacia el armario.
Las bisagras hicieron un chirrido, pero Nova se aseguró de abrir tan lento que el ruido no fuera lo suficientemente alto como para despertar a sus padres. Como una ardilla, trepó sobre unas cajas que se encontraban apiladas y, agarrándose de un tubo para ropa, pudo colgarse y llegar al compartimiento superior con su brazo, el cual metió en la oscuridad para palpar lo que ahí hubiera.
Las yemas de sus dedos sintieron algo con la forma de una caja de zapatos. En ese momento, la pila sobre la cual se encontraba apoyada se tambaleó, pero Nova pudo equilibrarse para no caer al suelo. Usando un dedo, fue jalando la caja por una orilla, hasta que estuvo al alcance de su mano y pudo tomarla, para bajar al suelo con pericia.
La oscuridad era la única constante en ese momento. Pero, utilizando sólo su tacto, Nova sacó de su mochila una lámpara con la forma de un gato, la cual prendió para observar el contenido de la caja. Como si se tratara del cofre de un tesoro, una sonrisa se esbozó en su cara. Apagó la lámpara y guardó la caja en su mochila.
Lo que para ella había sido una eternidad, se traducía en apenas unos minutos en las manecillas del reloj. Se escurrió nuevamente a su cuarto, donde una ventana había sido abierta, junto a la pared con dibujos horríficos. Con su mochila en la espalda, descendió utilizando la tubería como escalera, hasta que estuvo a pocos metros del suelo, suficiente para brincar y pisar el pasto acolchado, amortiguando el golpe y el ruido.
Entre los arbustos, cuidadosamente escondido, se hallaba una bicicleta color rosa, con tiras de colores en ambos lados del manubrio y una canasta con una flor de plástico pegada en el frente. Nova la abordó y comenzó su travesía a través del calmado vecindario, en los suburbios, donde casa tras casa lucían sus jardines con pastos recién cortados y flores plantadas en jardineras bien cuidadas, con gnomos de jardín, algunas, y adorables figurillas de animales con ropa, otras. Ningún auto rondaba las calles, sólo las almas en pena merodeaban bajo esas estrellas.
Contando los números en la puerta de cada uno, Nova no vacilaba, su temple era aquel de un héroe que debía salvar a una princesa. Finalmente, al llegar al número 72 de la calle Fresno, detuvo su bicicleta y, después de descender, la guardó entre unos arbustos, muy similares a los que crecían en su casa. Saltó una barda de apenas medio metro, que para ella le pareció un obstáculo. Caminó por el piso de cemento hasta el patio y por la puerta trasera.
Antes de dar un paso más, sacó la caja de zapatos de su mochila e hizo las preparaciones acorde a su plan, que venía ideando semanas atrás. Incluso, había practicado desplazarse a través de la noche, escalando, abriendo y cerrando puertas para estudiar el ruido que hacían, nada estaba fuera de control. Cuando estuvo lista, se metió por la entrada del gato.
La cocina le resultaba extraña, nunca había estado en ella, sólo conocía la sala y una habitación de esa casa. Además, a esa hora de la madrugada todo se tornaba de un tono diferente. Tras encontrar rápido la escalera, subió sin si quiera levantar el polvo. Su corazón se aceleraba. Su respiración estaba pesada, pero no podía permitir que sus emociones arruinaran su plan perfecto.
Cuando abrió la última puerta, tuvo frente de sí a su acosador. El niño que se burlaba de ella en la escuela, aquel que tanto daño le había hecho con sus insultos y sus ofensas. La luz del sol ya se colaba por las cortinas y no era necesario sacar su lámpara para apuntar a su objetivo. El revolver que tenía en su mano había sido cargado con una sola bala. Por recomendación de un experto, quién nunca sospechó para qué la niña quería tal información, usó cuatro de sus dedos para jalar el pesado gatillo que hizo explotar la pólvora, arrojando el arma lejos de Nova y disparando la bala que perforó el pecho de su acosador, abriendo un agujero en torso, quién había sido advertido, antes de las vacaciones, que sería la última vez que la molestaba, pero nunca tomó en serio.


FIN

domingo, 2 de diciembre de 2012

02 - El sonámbulo.



    El sol ya se había ocultado tras las montañas, pero su luz todavía iluminaba el cielo de color naranja. Aunque este naranja lucía un tanto diferente, como si por partes fuera rosado como una toronja. Los pájaros no cantaban, los aviones no volaban, no había una sola nube ni estrella. Yo me encontraba parado en la acera de una calle atiborrada de gente. El ruido era incomprensible y el caos reinaba. No me sentía a gusto entre tantas personas, tenía que buscar aire fresco en algún lugar y justo cuando pensaba en esto, a mi nariz llegó un hilo delgado de aire húmedo. Era el inconfundible olor al lago. Casi podía ver el muelle y sus barcos flotando y la humedad de la madera.
    Mientras anhelaba por un espacio entre la gente que me permitiera escapar, un niño jaló la manga de mi saco — Señor, por aquí hay un atajo—dijo y señaló a un callejón sucio, pero ignorado. Sin pensarlo dos veces, seguí el consejo del niño y me adentré en el callejón, abriéndome paso a la fuerza entre la corriente de gente. Parecía que alguien hubiera bajado el volumen, pues al dar un paso dentro del callejón, todo se silenció. Quizá no era un silencio cómodo o tranquilizador, más bien era como el frío vacío de la noche, inhumano y escalofriante. Algo me recordaba a un lugar donde había estado antes, pero no terminaba de entender qué era.
    Era casi seguro que me encontraba en el área turística del pueblo, mi única pista era que estaba cerca de los muelles. Para llegar a mi departamento y descansar, terminar ese día, debía llegar al muelle y buscar un autobús que cruce Vallecalmo. Ese era mi plan. Pero al dejar de pensar y observar a mi alrededor, había llegado a otra calle atiborrada de gente y música ruidosa. Pero ahora era de noche y la gente portaba lámparas y objetos brillantes en sus atuendos que parecían salidos de un carnaval.
    Mis esfuerzos por recordar cómo llegué hasta donde estaba eran inútiles. Había bebido un poco, quizá, en el bar El castillo, pero no tanto como para perder la consciencia. Algo sucedió entre ese momento y ahora que no logro entender. Quizá lo más sensato sería apegarse al plan de buscar un autobús y regresar a casa. Pero no había pasado ni un segundo de que esta idea vino a mi mente, cuando fuegos artificiales comenzaron a explotar en el cielo. Rojos, amarillos, blancos, azules… Algunos explotaban en una maraña de luces y otros chisporroteaban y hacían un escándalo tremendo. Cuando terminaron, un sonido como el de una larga explosión o el de las olas del mar, llegó hasta mí. Aviones volaban por el cielo y hacían piruetas, parecían sacados de una guerra antigua, como fantasmas que seguían luchando después de la muerte y por toda la eternidad.
    No tenía forma de explicar lo que estaba pasando ¿Estaría quedando loco? ¿Acaso estoy intoxicado con algún alucinógeno? Sólo otra explicación me era racional, que esto se tratase de un sueño. Que yo me encuentre dormido sobre mi cama, con la televisión prendida seguramente, completamente dormido, viviendo en un sueño hasta que despierte y pueda seguir con mi vida. Estas cavilaciones se detuvieron al instante, pues mis ojos avistaron una criatura horripilante cuyos colmillos se dirigían hacia mí.
    Algo como un dragón, más alto que una persona, tenía sus ojos bien fijos en los míos y se dirigía hacia donde yo estaba. Nadie parecía prestarle atención, como si estuviéramos solos. Un dragón, aviones de guerras pasadas, de repente era de día y luego de noche y todo tiene esa sensación de extrañez. No me cabía la mínima duda de que esto se trataba de un sueño. Y de ser esto cierto, no debía temer, pues nada podría pasarme pues contaba con la ventaja de que era MI sueño.
    A un metro de mí, un policía festejaba con el resto de las personas, su pistola estaba al alcance de mi brazo y no fue difícil quitársela sin que se diera cuenta. Cargue el arma y disparé hacia el dragón. Pero la bala, que impacto directo en medio de su cuerpo, no lo detuvo. Entonces disparé una segunda vez y una tercera vez. Sin resultados, seguía avanzando hacia mí, paso a paso. Entonces descargué todas las balas de la pistola sobre él y finalmente el dragón se cayó al suelo. Sin embargo, en mi pecho sentí un dolor y un calor tan intensos que pensé que me despertarían al instante. Pero no fue así. La música ruidosa se detuvo y la gente curiosa empezó a atiborrarse alrededor de la escena.
    Mi cuerpo se desplomó en el piso inerte. Mi corazón había sido destrozada por rifle de alto calibre. Uno de los francotiradores, encargados de cuidar al gobernador en el desfile de ese día, escuchó el primer disparo y volteó. Cuando vio los segundos disparos, supo que yo estaba armado y al observar por su mira telescópica, entendió que yo le disparaba a la gente y jaló el gatillo, dándome la muerte.

FIN

martes, 27 de diciembre de 2011

26 - El Francotirador


    Había miedo en la calle esa tarde de Diciembre. La gente hablaba de un asesino, un francotirador, que mataba personas al azar, al caer la noche. Nadie sabía quién podría ser la víctima, pero por cinco días seguidos, el tirador aterrorizó la ciudad con sus impredecibles ataques. No había un solo patrón a la hora de elegir a sus víctimas, mujeres, ancianos, hombres adultos e incluso niños habían caído presa de este psicópata.

    La policía estaba completamente confundida y pidió ayuda al ejército, pero no había forma de saber cuándo o dónde iba a atacar, quién moriría esa tarde. Nadie quería salir de su casa y si lo hacían, debían moverse con cuidado, de columna en columna o en un vehículo en movimiento, a toda velocidad, saltándose semáforos, altos y cualquier señalización. Las televisiones estaban prendidas todas en los noticieros, esperando información sobre el asesino.

    Mientras tanto, en uno de los edificios más altos de la ciudad, el francotirador subía las escaleras hasta uno de los últimos pisos donde alquiló una habitación con una falsa identidad. Cargaba con un maletín donde guardaba todo su equipo. Sin prisa ni apuro, subía los escalones con una canción en el corazón que a veces silbaba y a veces tatareaba, como quien da un paseo por el parque. Vestía un sombrero y una gabardina que ocultaban el resto de su cuerpo, excepto por unos zapatos elegantes.

    Cuando el francotirador llegó a su habitación, lo primero que hizo fue echar un vistazo al armario, al baño, la cama. Prendió la televisión y hablaban de él en las noticias, no había una sola pista de él y el ejército no quería hablar al respecto.  La policía afirmaba tener un plan, pero aparentaba ser un intento desesperado de tranquilizar a la población. El Francotirador se sentía como en su casa, se quitó la chaqueta y el sombrero, se sentó en la cama y abrió su maletín.

    El rifle que poseía el francotirador era de última generación. Ligero como si fuera de utilería, pero largo y preciso, con un silenciador que servía de poco y una mira que permitía ver la cara de una persona a un kilómetro de distancia. Ensambló cada pieza en su lugar y cuando todo estaba listo cargó el arma y se dirigió a la ventana. Tenía unos binoculares con los que podía buscar un buen sitio para practicar su tiro al blanco, pero las calles estaban cada día más vacías. La gente pasaba corriendo o en sus autos, nadie esperaba sentado mientras comía un postre, tampoco había personas en la parada del camión.

    En uno de los edificios, un hombre que trabajaba en un ducto de aire. Estaba de espaldas y de rodillas, metiendo su brazo en una ranura de ventilación. Ante esto, el francotirador tomó su rifle y apuntó hacia ese hombre. Tomándose unos segundos para calcular el tiro, sincronizando su respiración con los latidos de su corazón y, cuando lo tuvo justo en la mira, disparó. El hombre cayó en el suelo inmóvil y un charco de sangre comenzó a formarse alrededor de él. El Francotirador no podía ocultar su sonrisa perversa, entonces volvió a tomar sus binoculares.

    En la base de un edificio, otro hombre esperaba dentro de su vehículo. Miraba por todas partes con nerviosismo. Por segunda ocasión, el francotirador tomó su arma y disparó. La cabeza del hombre en el vehículo explotó al recibir el impacto de la bala de gran calibre y su cerebro se esparció  por el interior del carro. El francotirador recargó su arma y la soltó por unos segundos, pues comenzaba a calentarse. Su cara tenía una expresión severa todo el tiempo, pero una sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que acertaba al blanco. Tomó, otra vez, sus prismáticos.

    Cerca del parque, alcanzó a ver a otro hombre, vestido con un traje y sombrero, que cargaba un maletín. Sería un objetivo difícil pues no estaba quieto, sin embargo, daba vueltas una y otra vez, como esperando a que pasaran por él. El Francotirador tomó su arma y apuntó. Le costaba un poco de trabajo seguir al hombre y su mano temblaba levemente por la emoción de acertar ya dos blancos. Calmó su respiración e intentó tranquilizarse, cerrando los ojos un segundo. Se tomaba todo el tiempo del mundo, pues dudaba que lo fueran a atrapar.

    Después de observar por un minuto al hombre, pudo anticipar sus movimientos y cuando calculó que su cabeza estaría justo en su mira, disparó por tercera vez. El hombre de traje cayó al piso y su maletín se estrelló en el suelo y se abrió, pero estaba vacío. Su sombrero fue arrebatado por la bala y al escuchar el silbido de esta pasar sobre su cabellera, olvidó su maletín y sus modales y corrió  a ocultarse detrás de un árbol. El Francotirador estaba furioso de haber fallado, pero el hombre ahora estaba quieto y sería un blanco más fácil. Apuntó su arma hacia donde el pobre hombre se escondía, pero sólo se veía parte de su cuerpo. Cuando lo tuvo en la mira, volvió a disparar, pero falló su cuarta bala.

    Aún le quedaba una bala en su cargador, estaba completamente frustrado por fallar dos tiros. Esta vez, no fallaría. Apuntó su mira hacia el hombre que se escondía detrás del árbol y no se movía de ahí. Respiró profundamente, cerró los ojos y trató de calmarse. Ajustó la mira para verlo tan cerca como fuese posible, debía darle en el corazón o en la cabeza, pues no se conformaría con atinarle en un brazo o en una pierna. Observaba como el hombre hacía algo detrás de árbol, pero no podía identificarlo.
    Toda su atención estaba puesta en cada movimiento del hombre de traje, el centro de la mira estaba en su hombro que sobresalía por detrás del árbol en el que se escondía, tampoco podía ocultar su zapato y de vez en cuando asomaba un poco la cabeza. Estaba sentando y si quería moverse de allá tendría que ponerse de pie, tarde o temprano. El francotirador observó, esperó inmóvil, respirando despacio, sin quitar la mira de su objetivo. El hombre de traje, entonces se escondió completamente detrás del árbol y en ese momento, el lente del rifle explotó y los vidrios y pedazos de metal se incrustaron en su cara.

    Una segunda bala impactó en la cara del francotirador y atravesó su cráneo. En su cuerpo se observaban varios puntos rojos, miras de francotiradores de élite que el ejército había preparado para cuando el asesino atacara. Pusieron diferentes señuelos, como el hombre de traje que comunicó a la central sobre la posición del homicida y otros más que observaban atentos escondidos detrás de arbustos y ventanas de otros edificios, pero lo que delató finalmente al asesino fue el brillo de su mira que anunciaba a todo el mundo su posición.

FIN

miércoles, 14 de diciembre de 2011

14 - Cimitarra



    El invierno no llegaba del todo a la gran ciudad, sólo hacía frío por las noches, pero el calor del verano regresaba todo el día hasta que el sol volvía a meterse por el horizonte. Es por esto, que los edificios necesitaban mantenerse bien ventilados, aún en pleno diciembre. Ninguna construcción requería de calefacción, pero en todas eran indispensables equipos de refrigeración, tanto para las personas como para sus alimentos y otros productos. Para congelar, enfriar y refrescarse a ellos mismos.

    Esta era una de las oficinas de un edificio de pocos pisos cerca del centro. Cuando el calor era intenso, cerca de las 11 del día, el aire acondicionado requería de apoyo de ventiladores de techo, de piso, de escritorio y ventiladores para las computadoras, baños y ventilas.  Los ductos de ventilación reciben mantenimiento constante y los jefes, pensando siempre en la eficiencia de su empresa, suelen actualizar los sistemas de refrigeración frecuentemente.

    Sergio era un encargado del área de ingeniería e informática. Iba de un lado a otro configurando las computadoras de acuerdo a las actualizaciones de los sistemas de refrigeración automatizados y ultra eficientes. Revisaba diferentes valores en cada computadora que analizaba, fijándose en un manual del tamaño de un directorio telefónico y comparándolos, para luego hacer las modificaciones correspondientes.

    En su última hoja de servicio, tenía programado un trabajo especial. Por alguna razón, en la zona de “observaciones” su jefe escribió que alrededor de las computadoras que debía revisar, la gente ha reportado que pasan sucesos extraños y que se siente una presencia incomoda. Por supuesto que esto no lo creyó pero le pareció de lo más anormal. Sin darle importancia, subió hasta el tercer piso, pero al abrirse las puertas del elevador, algo cambió la seguridad en su rostro.

    Al momento de dar paso, su corazón pareció enfriársele, empezó a sentirse incómodo, mareado. Con pesado andar, se dirigió a su objetivo. Una oficina con al menos seis computadoras, todas conectadas a una principal. La habitación era más fría que fresca, pues había dos ductos del aire acondicionado y un nuevo ventilador industrial de techo, que giraba a toda potencia. Su cabeza se sentía ligera, no tenía náuseas, pero definitivamente su estómago no estaba bien y al momento que volteó por sobre su hombro, le pareció ver que había alguien, pero estaba solo, pues, últimamente, nadie se atrevía a poner un pie cerca de donde él se encontraba.

    Sergio se sentó y aflojó un poco su corbata con el dedo índice. Se sentía abochornado, a pesar del frío, como si hubiera salido de un baño sauna y los bellos de su piel se erizaban. Su pecho se sentía como tener un costal de cemento encima, mientras el ventilador de arriba giraba al máximo, golpeándolo con ráfagas de viento constantes. Con un esfuerzo descomunal, presionó el botón de encendido de la computadora maestra y al instante, todas las demás arrancaron en serie. Miraba de reojo por sobre su hombro pues en cada instante tenía la sensación que había alguien o algo detrás de él.

    Por más frío que tuviera, no podía apagar el aire simplemente presionando un botón, pero este no sólo le incomodaba por el viento que producía, sino que al girar con tanta potencia, generaba un zumbido, un ruido con un ritmo monótono que al principio era insoportable pero dejaba de ser estimulante al poco rato y la gente lo ignoraba, sin embargo, cada vez que las ráfagas arañaban la piel de Sergio, la imagen de las aspas le venía a la mente y, como un fósforo que es encendido, el ruido del ventilador regresaba con intensidad, hasta que iba extinguiéndose gradualmente.

    Cada segundo que estaba en esa oficina, era como un minuto. Las computadoras generaban pitidos cada vez que un comando nuevo era tecleado por el ingeniero. Revisando su manual, se pudo alertar de que la energía consumida en esa habitación era mayor de la esperada. Empezó a trabajar cambiando los voltajes y redirigiendo la energía donde era más necesaria, pero, mientras hacía esto, juraba que alguien estaba detrás de él, jugándole una broma, en el mejor de los casos. No entendía que era todo eso que sentía, pero siguió trabajando en redirigir la energía a donde debía.

    Mientras el joven daba los últimos clics, el ventilador comenzó a girar a una velocidad increíble y el tubo metálico que lo mantenía pegado al techo parecía estirarse, bajando las aspas, que lucían afiladas, hasta rozar el cabello del ingeniero para dar un sablazo final, directo al cuello, como si alguien sujetara una cimitarra y de un solo corte separara la cabeza de su cuerpo. Pero Sergio agitó la cabeza y dejó de pensar en tonterías, continuando con su trabajo y justo  al presionar una tecla final, hubo paz. El ventilador comenzó a girar a una velocidad calmada y en la habitación y todo el piso se sentía la calidez de un hogar. Como por arte de magia, los síntomas desaparecieron y la gente volvió a utilizar esas computadoras.
 
 
 
FIN

martes, 13 de diciembre de 2011

13 - Ideas de muerte.



    Un hombre colgaba de una soga que rodeaba su cuello, ahorcándolo, cortándole la circulación al cerebro. La puerta de esta habitación había sido sellada con tablas de madera, de forma que tendrían que usar un hacha o un ariete para derribarla, pues girar la perilla sería completamente inútil. En la esquina había una planta de sombra, rodeada de muebles de piel, libreros con enciclopedias y tomos de historia, y una mesa para el café de mármol, sobre la cual se hallaban facturas, papeles y cartas de deudas, algunas de ellas amenazantes, todas ellas debajo de una hoja de papel con escritos a mano, acerca de planes con la muerte.

    El individuo que se estaba ahorcando en esa habitación, vestía ropa comprada en una tienda de segunda mano, exceptuando por los zapatos que parecían italianos y una mochila deportiva en la espalda. Carecía de joyería y su barba tenía, al menos, un par de días de crecido. Su cara lucía un aspecto decadente, parecía que no había comido adecuadamente, pues su piel se veía anémica y las ojeras denotaban largas noches de desvelo e insomnio. Sus últimos esfuerzos desesperados por desamarrar el nudo fueron inútiles y su vista empezó a nublarse, rodeándose pronto de una penumbra total. Su corazón se detuvo y su cuerpo dejó de moverse.

    Su consciencia se perdía en el más allá y ante él, una figura espectral empezó a manifestarse. Conforme la imagen se iba condensando, un ser cubierto de una túnica negra, sosteniendo un reloj de arena, surgió. Y este ser se presentó frente a él como La Muerte. Le extendió su mano huesuda pero el hombre empezó a llorar. Le dijo al inmortal que había fallecido por su pobreza, su vida miserable no le había dejado ni un par de monedas para transportar su alma al otro mundo, pero que era una persona honrada y si tenía que trabajar, aún en el purgatorio, no habría problema, lo pagaría, de todas formas.

    Así pues, La Muerte le dio una oportunidad. El hombre remaría la balsa por La Muerte, pero con la única condición de que a mitad de camino él se bajaría y después ella guiaría a las almas hasta su destino, procurando que él nunca esté tan cerca del otro mundo como para escaparse y, de este modo, recibiría una moneda por cada milenio que trabajase. No teniendo opción, aceptó el trato y, a partir de ese momento, comenzó su labor de remero. 

El espíritu lo guió al puerto y le mostró el camino que debía tomar, entonces desapareció entre las sombras y al cabo de un rato regresó, acompañado del alma de una persona. Al subirse esta al bote, el ser inmortal se perdió en las tinieblas y el remero empezó su labor milenaria. Aquellos que transitan el río hacia el más allá no suelen emitir palabra durante el solemne recorrido, mas el remero interrumpió el momento sagrado para hablar de su pesar. Que por ser pobre, no pudo pagar su viaje hasta la otra vida y entonces por eso trabajaba para La Muerte. La persona no contestó, pero el navegante insistió, preguntándole si había pagado su cuota. Aún así, no salió palabra  alguna de su boca y al llegar exactamente a la mitad del camino, parada sobre una roca que sobresalía en medio del río, una figura espectral se formó de entre la oscuridad.

La Muerte subió al bote y de su túnica surgió un sonido metálico, como el choque de dos monedas, dentro de alguna bolsa. Entonces,  le indicó a su remero que se bajara y permaneciera parado en la roca hasta su regreso. Hecho el intercambio de lugares, el bote retomó su rumbo, pero nadie estaba moviendo los remos, simplemente se deslizaba en el agua impulsado por una fuerza invisible. Sin saber cuánto tiempo estaría rodeado de esa neblina, del frío y la nada del río que llevaba al otro mundo y por más que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, él sólo veía  oscuridad y nada más.

Al cabo de un rato La Muerte volvió tripulando el bote y este se detuvo suavemente junto a la roca. Esta vez, cuando descendió del navío, su ropa no hizo ruido más que el de la tela. El hombre tomó los remos y los manejó en la dirección que le fue indicado. Llegando al primer puerto, donde abordaría un pasajero más. Pero esta vez, cuando llegó a la roca donde se encontraba su amo, no se acercó, siguió navegando lejos de su alcance hasta llegar a la orilla opuesta al muelle de inicio hasta que su bote se clavó en la arena. Fijándose en las huellas del suelo arenoso, rápidamente aquellas que eran de zapatos o pies, que iban en todas direcciones, se identificaban como humanas y sólo unas parecían pisadas de un esqueleto.

Las siguió por esa playa, cubierta de un techo con estalactitas que todo el tiempo se veía como un sueño, hasta tocar la pared y de ahí hasta una cueva de la cual salía un brillo dorado, que parecía el único color de entre tanta negrura y opacidad. Las monedas estaban heladas, pero su lustre era tal que provocaban la sensación de calidez, como estar frente a una fogata en una noche gélida. Cayó de rodillas, al ver las montañas de monedas y otros tesoros como espadas, coronas, cetros, dagas y poderes antiguos. Pero el objetivo de todo su plan, era llenar la mochila que tenía siempre en su espalda con todas las monedas de oro que pudiera cargar.

Y así, con sus dos manos, echaba por montones la fortuna en oro dentro de su mochila deportiva, fabricada especialmente para ser resistente y no romperse, hasta que ya no cupieron más. Entonces empezó a meter monedas en sus bolsillos y dentro de sus zapatos, tantas como podía y cuando sintió que tenía suficientes para poder cargar y que el bote no se hundiera, regresó al río y navegó de vuelta a la entrada del mundo de los vivos y cuando pasó por la roca, La Muerte seguía ahí y lo observaba con una sonrisa en la cara y un reloj de arena en una mano. Al tocar la orilla del otro lado y correr lejos de la bahía, como si despertara de un sueño, recobró la consciencia y sus ojos se abrieron dentro de la habitación donde se había ahorcado, hasta que su cabeza se separó de su cuerpo por el peso de las monedas.

Al volver al otro mundo, se encontró a La Muerte y cuando le extendió la mano, esta vez él tenía monedas de sobra, pero el ser ancestral no aceptó el trato, pues todas esas monedas eran robadas y debería pagar mil años por cada moneda ultrajada, pero, esta vez, llevará una cadena en cada brazo, anclada a cada remo del bote y otra más, que llevaría por toda la eternidad, para mantener pegada la cabeza a su cuerpo.
 
FIN


   

lunes, 12 de diciembre de 2011

12 - El miedo que acecha


    La tarde se ocultaba detrás de las copas de los árboles, dejando un manto estrellado en el cielo sobre la ciudad. La gente regresaba del trabajo a sus casas, ya pensando en las vacaciones. Era el último martes laboral del año y se percibía un ambiente de optimismo en los hogares. Los hornos y estufas calentaban lo que sería la cena de esa noche en las cocinas, mientras que los niños se entretenían viendo la televisión, pues hacía fresco como para salir a jugar. Una de estas casas tenía algo que ninguna de las otras.

    La familia que vivía en la casa con el número 13 de la calle 7 poniente, como era costumbre, se preparaba a cenar. La comida estaba servida en la mesa y los padres llamaban a sus hijos a comer, pero a los niños les interesaban más lo que pasaba en la televisión que cualquier otra cosa. Tras unos minutos sin respuesta, el papá decidió ir por ellos y cuando llegó a la habitación, abrió la puerta y ellos estaban sentados muy cerca de la pantalla. La sola presencia del señor hizo que los jóvenes apagaran la televisión y bajaran las escaleras para comer.

    Los niños llegaron corriendo a sentarse en la mesa, seguidos del papá y esperaron a que su mamá llegara para empezar a cenar. Los platillos de esa noche consistían en una sopa tibia de fideos, seguida de carne asada con puré de papa y ensalada. Y jugo de limón, para beber.  Todo transcurría con normalidad, pero de repente se oyó un golpe en la puerta. Como si alguien tocara a la puerta de la casa. Todos en ese comedor se preguntaban quién podría ser, quizá algún visitante sorpresa o algo menos benigno.

    El papá entonces miró a su esposa a los ojos y se levantó para dirigirse a la puerta. Deteniéndose en el espejo en el corredor y observando rápidamente sus dientes. Al ver que todo estaba normal, quitó las cerraduras y se dio cuenta de quién era, pues ya había visto antes a esa persona y era irregular verlo en su casa, a esas horas. Después de intercambiar unas palabras, el hombre entró a la casa y el padre de la familia caminó despacio hasta la cocina y permaneció ahí apenas dos minutos cuando salió con una bolsa en la mano. Se la dio al hombre que esperaba y se fue.

    Al momento en que el papá regresó a la mesa, les informó de lo que había pasado. Resulta que su vecino estaba cocinando unos postres pero se había quedado sin azúcar, entonces le pidió una taza y accedió a dárselo. Pero se la puso en una bolsa hermética porque no encontró una tapa para el contenedor que había elegido primero. Así pues, todos siguieron con su cena. Los niños ya casi acababan y los padres se veían a los ojos cada vez más seguido, comiendo tranquilamente, sin prisa, disfrutando de los alimentos, como analizando la situación fríamente, notando la alegría de sus hijos mientras devoraban los últimos pedazos de carne, sintiendo nostalgia por un brillo en los ojos de los niños que ellos habían perdido tiempo atrás.

    Los pequeños tuvieron la educación de pedir permiso antes de levantarse de la mesa, para después llevarlos al lavaplatos. Entonces los niños se quedaron solos en la cocina, mientras marido y mujer terminaban su puré de papa, mirándose a los ojos, sin decir palabra alguna, sólo observándose, comunicándose sin emitir ningún sonido, como telepáticamente, sin dejar de masticar la carne y saborear el puré, un cable imaginario podría conectar ambas mentes  pero un estruendo cortó ese hilo de golpe y sacó a los padres completamente de concentración. Sabían de qué se trataba, pues después escucharon dos gritos y un llanto.

    Al llegar a la cocina, lo primero que notaron los padres fue la sangre de su hijo que se esparcía por todo su dedo índice, pues había tirado su vaso de vidrio y al caer, uno de los fragmentos voló directamente hacia su mano,  causándole la cortadura. Su hermano estaba igual de asustado, pero rápidamente el padre fue por un curita, mientras la mamá calmó al hijo, abrazándolo y calmándolo con palabras reconfortantes. Al llegar el papá, la herida ya había parado de sangrar, pero aun así le puso el curita en el dedo. La mamá miró a su marido y este le asintió con la cabeza. Entonces, ella acompañó a los niños arriba, a sus habitaciones, mientras que el padre permaneció abajo.

    Pasaron un par de minutos desde que la mamá subió las escaleras con sus hijos cuando un grito al unísono se escuchó hasta el piso de abajo. Segundos después, la mamá bajó hasta la cocina, miró al padre directo a la cara y lo abrazó, derramando una lágrima mientras enredaba sus brazos alrededor de su cuello. Después del abrazo, ella le explicó que los niños gritaron pues al salir ella olvidó encender la pequeña lámpara junto a sus camas, pero regresó para hacerlo y los niños durmieron plácidamente. Ella le dijo que estaba contenta de que su hijo no su hubiera lastimado y agradecida por la cena.
FIN

viernes, 2 de diciembre de 2011

02 - El castillo de Hielo



    Era el segundo día de diciembre. Y un cazador seguía el rastro de un ciervo que se adentraba en la espesura del bosque de pinos. La noche caía, pero el cazador estaba seguro de que encontraría a su presa en seguida y podría regresar sano y salvo para cenar esa noche su carne. Escuchaba atentamente, podía sentir el viento gélido rozando las copas de los árboles y como éstos se estremecían con su fuerza. Oía el latido de su corazón, pero nada más y poca pista ya quedaba del ciervo que seguía.
   
    Prendió su lámpara, pues el sol se ocultaba cada vez más rápido. Había perdido el rastro que seguía y la nieve empezaba a caer, primero como suaves copos y después en ráfagas que azotaban como un látigo, para después calmarse y volver a los suaves copos que lentamente tocan el suelo. Sin darse cuenta, la noche ya había caído y la nieve había borrado cualquier rastro del sendero por el que había venido. Todo a su alrededor parecía algo diferente a lo que había sido hacía unos minutos, algo más aterrador, más siniestro. La oscuridad era densa y su lámpara no avanzaba a más de un metro de distancia. Era una decisión aventurada pero comenzó a avanzar en la nieve que ya cubría el piso de forma que sus piernas se enterraban casi hasta las rodillas con cada paso que daba, dificultándole más el camino.

    A pesar de estar cubierto de ropas pesadas de piel de oso y lobo, adecuadas el frío de invierno, no estaban preparadas para una tormenta de tal magnitud, ni un lobo o un oso hubieran sobrevivido a tal nevada. Sus pulmones se congelaban cada vez que respiraba y su corazón y sus piernas flaqueaban. La nieve se iluminaba amarilla con su lámpara y los troncos de árboles que lo rodeaban formaban un laberinto cuyas raíces, enterradas en la nieve, eran obstáculos invisibles a los pies del cazador que lo hacían tropezar y sepultarse en la nieve y, cada vez que caía, le costaba más trabajo levantarse.

    Un destello en la oscuridad comenzó a guiar su camino.  Como una línea de luz horizontal que destacaba en la tormenta de nieve. Luego a su lado surgió otra y de repente desapareció. Conforme apuntaba su lámpara a todos lados, veía luces, una detrás de la otra, que surgían y desaparecían. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pudo ver que se trataba de una reja metálica pintada de negro y la luz que veía era el brillo de su propia lámpara, reflejada en los barrotes congelados. Siguió el camino de la reja hasta llegar a un portón del mismo metal pintado de negro que las rejas.

    El cazador se asomaba al interior del lugar, pero nada más que la nieve aparecía ante sus ojos, entonces decidió empujar el portón con todas sus fuerzas para intentar al abrirlo y al hacer esto cayó al suelo cubierto de nieve y se enterró en ella. Como si estuviera perfectamente aceitado. Se levantó rápidamente y se adentró, siguiendo un camino, apenas visible, pues era el único sendero sin lo que parecía un laberinto de árboles a los lados.

    La tormenta arreciaba con cada segundo, la temperatura seguía bajando y los pies del cazador estaban congelados hasta los tobillos y este frío comenzaba a subir hasta sus pantorrillas. Pronto no podría caminar y sería su fin, en esa tormenta de nieve. Pero por más que avanzaba, no encontraba casa o alguna otra estructura en dónde resguardarse, así que decidió buscar refugio en los costados del sendero.

    Cuando el cazador se salió del camino y apuntó su lámpara a aquello que parecían troncos de árboles, su corazón se detuvo y no volvió a latir nunca más. Sus ojos estaban abiertos tanto como podía y su cuerpo se había petrificado, con su brazo levantando su lámpara hacia uno de los aparentes árboles, dándole suficiente luz para develar que era una especie de estatua congelada, de un aventurero de otro tiempo y detrás de esta otra y a su lado había más y por todo el camino lo único que había, aparte de nieve, eran estatuas de montañistas congelados, todos atrapados y devorados por el castillo de hielo.

FIN

viernes, 7 de enero de 2011

Perro negro espectral



Rondaba de noche los suburbios, cansado con andar lento,
El cofre del auto, junto con el techo, sonaba bajo la tormenta,
Como un sonámbulo, conduciendo con los ojos adormecidos,
Entre sueño y sueño, pensando… divagando, recordando.


Sumido en mis pensamientos, mi corazón se detuvo un momento
Pisé el freno tanto como pude con mis sueños rotos,
un perro negro espectral cruzó corriendo la calle,
No estaba seguro de haberlo visto con claridad. Yo Dudo.


En la noche sonaba un tono de fantasía o de terror,
Como si algo extraño fuera a suceder pronto,
mas era tarde cuando llegué al hogar, dulce hogar,
pero en la entrada de la casa, otra vez, ese perro negro espectral.


Sentado, enseñando las fauces,
Sus ojos destellaron al acercarme
Y al apagar las luces de mi auto
El perro negro espectral se esfumó al momento.


Cada noche era peor que la anterior,
Cada día más ennegrecido, lúgubre,
Me desperté temprano por un mal sueño,
Era el perro negro espectral, acosándome mientras duermo.


Sudaba al momento de levantarme,
Nunca antes un sueño me ha hecho daño
Lo que se esconde en la mente nunca saldrá,
Mañana será otro día, si es que no muero mientras duermo.


La luz del día me levanto el ánimo al amanecer,
Los recuerdos de depresión y agonía se habían ido.
Café, trabajar, almorzar. Espero poder descansar,
espero no tener que trabajar todo el día.


Al aflojar mi corbata me sentí libre,
Y al sentir la libertad recordé la opresión,
Otro día acabado, devorado por la depresión.
Por los horrores que se esconden al caer la noche.


Pasó menos que un parpadeo, enterrado en la noche,
pero el perro negro espectral esperaba oculto junto al auto,
Con ojos demoniacos, mostraba sus fauces,
Amenazando con llevarse un alma… y yo solo.


A máxima velocidad, un vehículo irrumpió la calle,
Destellando, ahuyentando al perro negro espectral
¡Qué horrible maldición la mía! Sufrir el acoso de tal bestia,
Sufrir, sin haberlo merecido, no hay más grande injusticia.


¿Cuándo el perro negro espectral aparecerá?
¿Será a la mitad de la noche cuando esté dormido?
¿O cuando menos yo lo espere?
La tensión me envenenaba lentamente.


Me desperté antes del alba, en la oscuridad
Sudando, con el corazón golpeando duro,
Otra vez ese perro negro espectral,
Acosándome en cada esquina… en cada sueño.


¿Qué desea el perro negro espectral? ¿Qué es?
¿Por qué no se va, por qué no me deja en paz?
¿Por qué nadie lo puede ver, a este perro negro espectral?
Juega con la mente, sus trucos son desconocidos.

Veo a esta Bestia negra espectral en todos lados,
En el trabajo, en el camino, en el auto, en los sueños,
Empezó poco a poco, pero pronto me devoró todo.
Mi vida, mi mente, mi alma y todo.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Visitante nocturna

La tarde había pasado tranquila en mi mansión de invierno. Me disponía a disfrutar de una deliciosa cena cuando tocaron a la puerta, era un poco tarde y se me hizo extraño que alguien llamara, me acerqué a la entrada y pude ver a una persona de apariencia oscura ante la puerta de mi mansión que con voz pausada y ronca me dijo —La Condesa ha sufrido un percance en la carretera, justo a la vuelta de la vereda, necesita asilo y está dispuesto a pagar por él si es bien recibida— Dicho esto, metió una mano en la gruesa piel de animal que lo tapaba del frío y la helada que estaba haciendo afuera y sacó un pequeño bolso de cuero que, por el sonido que hacía al agitarse, asumí eran monedas de alguna denominación.

Muy cordialmente, pero con una sospecha natural, le respondí—Si su señora necesita asilo, está bienvenida a mi casa para cuando desee venir, no se preocupe por el dinero que en esta casa abunda, llame a su señora La Condesa y dígale que aquí hay cama y comida, también dispongo de caballos y carruaje personal—. No estaba seguro si lo había tomado con descortesía, si en realidad él era grosero o si lo ofendí de alguna manera, pero dejó caer la bolsa de monedas al piso dejando su mano al aire, enseñando sus largas uñas, serrando sus dedos en un puño que volvió a desaparecer entre las pieles. Yo me sentía seguro, ya que en cualquier momento podría llamar a los sirvientes y con la colección de armas que poseo podría defenderme de cualquier demonio.

Poco a poco, la figura se perdió entre la oscuridad del camino. Mi cena ya se había congelado (literalmente), pero le pedí a los sirvientes que no la calentarán aún, esperaría a que llegara La Condesa. Me senté en mi sala a esperarla. Todo era tranquilo, la chimenea ardía suavemente, como si fuera carbón encendido, me hundía cada vez más en la seda morada de mi asiento y ante el espectáculo de los copos de nieve que caían fuera de mi ventana mi cuerpo se sintió relajado, mis ojos empezaron a cerrarse. Intenté leer el viejo libro de ciencias que tenía al alcance, pero mis ojos se fueron cerrando lentamente hasta que, cabeceando, me quedé dormido.

Soñé que estaba en mi alcoba, sentado en un cómodo asiento y que alguien golpeaba fuertemente la puerta de mi cuarto, como si estuviera enfurecido, pero la fuerza de sus golpes era sobre humana. Fui a mi armario, tomé un cuchillo, un fusil y una espada oriental afilada. Me acerqué con cautela a la puerta, la tormenta había empeorado y granizo, rayos, truenos y fuertes vientos agitaban la mansión de madera, los cansados tablones rechinaban y los golpes en la puerta de mi cuarto continuaban, a punto de abrirla con el próximo golpe, pero sin ser exitoso. De la nada, una rama de árbol hizo un hueco a través de la ventana y destruyendo un hermoso piano, haciendo un ruido horrible, dejando entrar el viento y el granizo. A los pocos segundos la tormenta se detuvo, todo parecía estar en calma, sostenía fuertemente la espada con una mano y el fusil con la otra, pero me relajé y bajé la guardia. Al voltear a la puerta noté que se había abierto. Todo estaba oscuro pero pude ver unos ojos rojos llenos de odio encandeciendo en la noche. Unas garras salieron de la oscuridad y antes de que pudiera reaccionar un toquido en la puerta de mi mansión me despertaron.

Enseguida me levanté, un poco sudoroso y fui a recibir a quien pensaba sería La Condesa. Al abrir la puerta observé a una joven de belleza espectral, tenía un aire angelical y a la vez despiadado, como de alguien puro que ha tenido que cometer muchos errores. Su vestido rojo con bordados de oro y sus collares de piedras preciosos hacían notar de inmediato su nobleza. Entró a la casa sin decir una palabra y sin preguntar, parecía sentirse como en casa. Y la guié hasta el comedor. Noté que sus ropajes no eran adecuados para el frío que estaba haciendo, era indudable que se dirigía a una cena de gala o alguna corte muy fina. Yo me sentía un poco avergonzado, un Señor no puede ostentar los lujos que una Condesa pudiera necesitar, pero no pareció importarle lo humilde de mi casa. Le señalé la entrada al comedor pero no quiso, en lugar de eso se acercó a una sala oscura donde tenía un piano empolvado por falta de uso, se sentó, levantó la tapa y empezó a tocar.

Las cuerdas del piano vibraban a un ritmo decadente, una melodía siniestra que me apuñalaba directo al corazón. Pero, de alguna manera, esa emoción que sentía me gustaba. Estaba convencido de que la condesa había estudiado y practicado con este magnífico instrumento durante toda su vida y era una maestra. Al terminar quedé totalmente impactado. Era casi la una de la mañana, no había pasado una hora de conocer a la Condesa y mi corazón palpitaba lleno de pasión. La Condesa se levantó del asiento y con delicadeza bostezó, en su mano un anillo con una esmeralda de muchos kilates llamó mi atención por su excentricidad. —Tal vez desee descansar, mi Condesa— Le dije haciéndole una reverencia. —La tormenta es fuerte y tengo una alcoba abrigada que mandé arreglar para cuando usted llegara. Su sirviente puede tomar mi transporte para usarlo a sus órdenes por la mañana, se lo obsequio, pero ahora debe descansar—. Su piel era pálida, sus labios estaban un poco morados y sus movimientos eran lentos. Debió haber pasado un largo rato en la helada. La acompañé al primer piso, donde mis sirvientes habían preparado la alcoba con perfumes y mis mantas más finas.

Al entrar a la alcoba, mi visitante nocturna se dirigió a la ventana y trató de abrirla. De un brinco, me dirigí hacia ella y la abrí yo mismo. La tormenta ya se había calmado, pero una brisa llenó toda la habitación con un aire denso y tenebroso, como aquel de mi sueño. De entre las nubes, la luna lucía pequeña, casi podía uno percibir lo lejos que estaba, daba un sentimiento de vacío y nostalgia, como la que se siente estando fuera de casa. Tenía frío, mis manos estaban heladas y mi cuerpo se entumecía con el fresco, pero pude sentir su mano sujetando a la mía, congelada, pálida. La Condesa me miraba con fascinación, como se miraba a una estrella. A la luz de la luna, volví a tener ese sentimiento intenso y oscuro que atravesó mi corazón como una daga, aquel malvado impulso que surge de las entrañas del infierno, era la luz de la luna y su melodía los que me enloquecían.

Sin dudarlo un instante más, tomé su cintura y su cuello y la besé, ella me respondió me abrazó mientras me devolvía el beso, yo la besé en la frente, luego en la cien, mientras ella besaba mi mejilla y suavemente mordía mi oreja, bajando por mi cuello. Fue ahí cuando un dolor intenso me dejó inmóvil y con la boca abierta. Pude sentir la sangre que fluía de mi cuello y cómo la Condesa enterraba sus colmillos en él. Sufría pero no podía defenderme, había algo malvado que llenaba mi alma y deseaba seguir. Cerraba mis ojos y apretaba mis dientes, mientras mi respiración se hacía más profunda y más profunda. Sujeté mis brazos a su espalda y su cintura. Ella seguía bebiendo y yo cada vez me sentía más débil. Cansado. Mi energía se iba perdiendo lentamente. Mi vista se nublaba. Estaba a punto de desmayarme.

Desperté en la mañana, La Condesa se había ido. Durante en el desayuno mi sirviente me informó que cerca de las 5 de la mañana un carruaje se había detenido en la puerta y juraba que vio a alguien salir de la casa, subirse en él y perderse en el amanecer. Supuso que era la Condesa y no me despertó al momento. Y fue lo último que supe de la Condesa y de esa extraña noche. Pero jamás olvidé la sonata que cautivó mi corazón y su extraña mordida a la luz de la luna. De la Condesa ahora sólo tengo las cicatrices de sus dos colmillos en mi cuello.