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martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

miércoles, 25 de septiembre de 2013

24 – El Ventrílocuo.





                Las nevadas aún no comenzaban, sin embargo, los vientos que azotaban la ciudad de vez en vez, traían consigo el frio y el hielo. A este punto, la gente de Vallecalmo prefería sólo salir cuando fuera necesario. De no serlo, preferían quedarse en la calidez de sus casas a descansar y ver la televisión en el sofá, mientras esperaban a que se calentaran sus sopas o comidas.
                En Vallecalmo, la mayoría de las casas solía tener chimenea. Sin embargo, con el crecimiento de los edificios departamentales, ahora las personas dependían de sistemas de calefacción  más avanzados. Así era la casa del señor Desoto, mejor conocido como Husam, el ventrílocuo. Por lo que, esa noche, al meter la llave y abrir la puerta principal, un viento torrencial invadió la casa.
                Un hombre vestido de negro y con un pasamontañas en su cabeza había ingresado a la casa. Cerró tan rápido la puerta como pudo y al instante, el clima cambió de un escandaloso concierto a la paz de una cueva. Temiendo haber despertado a los dueños de la casa, al señor Desoto y su esposa, corrió del recibidor, donde se encontraba, a su derecha, hacia el comedor, donde permaneció unos segundos tratando de no respirar para poder escuchar con atención.
                El comedor estaba en penumbras, el intruso apenas podía ver lo que tenía enfrente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, notó la mesa, con un florero y una carpeta con documentos. Algunas cartas y otros notas y facturas. En las paredes habían posters de eventos en los que el Husam habían participado. Sin embargo, en la profundidad notó unos ojos que lo observaban. Rápidamente sacó su revólver de entre sus ropas, amartilló y apuntó, pero no hubo reacción ni parpadeo. Permaneció observando unos segundos y pudo ver que se trataba de uno de los muñecos del ventrílocuo, ante lo cual, dio un gran suspiro y recordó su objetivo.
                Avanzando paso a paso, cada que su pie ponía presión en la madera del suelo, esta rechinaba, por lo que debía hacerlo tanta suavidad como le fuera posible. De esta forma, regresó hasta el recibidor, donde  continuó su camino hasta las escaleras que llevaban al segundo nivel de la casa. En la escalera, otro muñeco apareció. Este, vestido con un sombrero vaquero, botas y un chaleco de cuero,  sostenía una pequeña pistola y sonreía. El hombre debió contenerse de arrojarlo por el barandal para no hacer ruido y siguió adelante.
                Al llegar al segundo nivel, puso sus ojos sobre la segunda puerta a su izquierda, se trataba de la habitación donde el ventrílocuo dormía. Su mano le temblaba, su respiración se agitaba. Al llegar a la puerta del dormitorio, tragó saliva y tomó la perilla, pero se detuvo. Detrás de él, un ruido llamó su atención, como si dos pedazos de madera se golpearan, al ritmo de pequeños pasos. Al voltear, notó que un muñeco colgaba de una pared y se balanceaba un poco.
                Ignorando al muñeco, volvió a lo que estaba. Giró la perilla y entró a la habitación. La puerta rechinó levemente y tuvo que cerrarla cuidando de no escuchar el mismo chillido. La cama estaba situada en el centro de la habitación, enfrente de una televisión casi del tamaño de la pared.  De repente, el silencio fue interrumpido por un ronquido que venía de entre las sábanas.
                —¡Es él!— se escuchó un susurro del baño. La voz era de una mujer joven.
                —¿Eres tú, Natalia?— dijo el hombre del pasamontañas, quitar sus ojos y dejar de apuntar a la cama que se inflaba y desinflaba y de donde salían ronquidos ahogados de vez en vez.
                —Sí, soy yo… Mátalo ¡Mátalo, ahora!— aun susurrando, respondió la voz femenina del baño. Entonces, el hombre del pasamontañas levantó su arma y descargó todas sus balas sobre la cama, de donde salió un horrible grito de agonía.  El tiempo y su corazón se detuvieron. Pero, debajo de las colchas, algo se movía. Y al jalarlas, reveló a la esposa Husam, herida y agonizando.
                —¡Natalia!— Gritó el hombre y se quitó su pasamontañas.
                —Sabía que vendrías— se escuchó una voz masculina, proveniente del baño —Se todo sobre ustedes, mis muñecos los han visto y escuchado—.
                —¡Sal de ahí!— Le respondió el hombre, que estaba a punto llorar del coraje y apretaba sus dientes fuertes, mientras observaba a Natalia desangrarse. Entonces se dirigió al baño y prendió la luz, pero no encontró a nadie —¡¿Dónde estás Husam?!— le riñó.
                —¡Aquí!— se escuchó de detrás de la cortina de baño y el asesino la hizo a un lado, sin embargo, detrás de esta sólo había un muñeco, vestido de traje negro con corbata carmesí y con las mejillas rosadas, su rostro expresaba una sonrisa tonta.
                —¿Te escondes tras tus muñecos?— dijo el asesino, que aprovechó para recargar su arma.
                —Que no me puedas ver, no significa que me esté escondiendo. Tus sentidos te engañan— respondió una voz, proveniente del dormitorio. El asesino, siguiendo esta voz corrió a la habitación, pero a su alrededor no veía nada. Sin embargo, a los lejos, podían escucharse las sirenas de patrullas que se acercaban más y más— te recomiendo que te vayas, no deben tardar en llegar—se escuchó en el pasillo afuera del dormitorio, justo donde estaba colgado en la pared otro muñeco.
                Al oír estas palabras, el asesino comenzó su huida y se dirigió a las escaleras tan rápido como pudo. El sonido de las sirenas se acercaba más y más, quizá estarían ya a la vuelta de la esquina
                —¡Alto o disparo!— dijo alguien detrás del asesino, lo cual vino acompañado con el sonido mecánico de un arma que era cargada. Esto último detuvo al hombre quien iba a girar su cabeza hasta la voz detrás de él le ordenó —No voltees o disparo—.
                —¿Husam?— Preguntó al asesino, quién no reconocía la voz que estaba escuchando.
                —¡Tira tu arma por las escaleras o disparo!— le ordenó nuevamente y el asesino de inmediato obedeció —¿Creíste que podían engañarme? ¡A Mí! ¡El gran HUSAM!— gritó enardecido e hizo una pausa — fueron muy listos, pero hay algo que ninguno de los dos sabía, algo que nadie más que yo  sabe en este mundo… Mi pequeño secreto… ¡La razón de mi éxito!
                —Por años, he usado la magia negra para controlar a mis muñecos, darles vida, como el muñeco que está atrás de ti, apuntándote ahora— En este momento, el asesino volteó y vio al muñeco con su pequeña arma, mirándolo a los ojos y el fuerte sonido de la explosión de un disparo resonó en toda la casa, haciendo que el asesino diera un paso atrás y se cayera de la escalera, rompiéndose el cuello al estrellarse con el piso.
                Husam, entonces, salió del comedor y se acercó al cuerpo inerte del hombre que yacía en el piso frente a la escalera —Tonto… No hay más magia que el poder de la mente y, en la ventriloquia, el único arte y ciencia es la del engaño—.


FIN
               
               

23 – La última vez.





El sol estaba por salir por detrás de las montañas, en la ciudad de Vallecalmo. Mientras, en casa  de Nova, la madera del pasillo crujía levemente, tan leve que era apenas perceptible. Un ladrón adulto sería suficientemente pesado como hacer rechinar la madera y alertar a los padres de Nova, quienes descansaban plácidamente en su recámara. Pero no Nova, la pequeña, de apenas 9 años de edad, se escabullía a través de las sombras, cargando un osito de peluche que era, a su vez, una mochila.
Su cabello güero y lacio era acariciado por la suave, pero fría, brisa que lograba colarse en su casa, de la cual su única protección era una pijama tersa y unos calcetines que separaban sus pies del suelo. Con el sigilo de un felino, se levantó de su cama, tomó su mochila, abrió la puerta de su cuarto, salió, cerró, se deslizó por el pasillo, pasando justo frente a la habitación de sus padres, hacia el armario.
Las bisagras hicieron un chirrido, pero Nova se aseguró de abrir tan lento que el ruido no fuera lo suficientemente alto como para despertar a sus padres. Como una ardilla, trepó sobre unas cajas que se encontraban apiladas y, agarrándose de un tubo para ropa, pudo colgarse y llegar al compartimiento superior con su brazo, el cual metió en la oscuridad para palpar lo que ahí hubiera.
Las yemas de sus dedos sintieron algo con la forma de una caja de zapatos. En ese momento, la pila sobre la cual se encontraba apoyada se tambaleó, pero Nova pudo equilibrarse para no caer al suelo. Usando un dedo, fue jalando la caja por una orilla, hasta que estuvo al alcance de su mano y pudo tomarla, para bajar al suelo con pericia.
La oscuridad era la única constante en ese momento. Pero, utilizando sólo su tacto, Nova sacó de su mochila una lámpara con la forma de un gato, la cual prendió para observar el contenido de la caja. Como si se tratara del cofre de un tesoro, una sonrisa se esbozó en su cara. Apagó la lámpara y guardó la caja en su mochila.
Lo que para ella había sido una eternidad, se traducía en apenas unos minutos en las manecillas del reloj. Se escurrió nuevamente a su cuarto, donde una ventana había sido abierta, junto a la pared con dibujos horríficos. Con su mochila en la espalda, descendió utilizando la tubería como escalera, hasta que estuvo a pocos metros del suelo, suficiente para brincar y pisar el pasto acolchado, amortiguando el golpe y el ruido.
Entre los arbustos, cuidadosamente escondido, se hallaba una bicicleta color rosa, con tiras de colores en ambos lados del manubrio y una canasta con una flor de plástico pegada en el frente. Nova la abordó y comenzó su travesía a través del calmado vecindario, en los suburbios, donde casa tras casa lucían sus jardines con pastos recién cortados y flores plantadas en jardineras bien cuidadas, con gnomos de jardín, algunas, y adorables figurillas de animales con ropa, otras. Ningún auto rondaba las calles, sólo las almas en pena merodeaban bajo esas estrellas.
Contando los números en la puerta de cada uno, Nova no vacilaba, su temple era aquel de un héroe que debía salvar a una princesa. Finalmente, al llegar al número 72 de la calle Fresno, detuvo su bicicleta y, después de descender, la guardó entre unos arbustos, muy similares a los que crecían en su casa. Saltó una barda de apenas medio metro, que para ella le pareció un obstáculo. Caminó por el piso de cemento hasta el patio y por la puerta trasera.
Antes de dar un paso más, sacó la caja de zapatos de su mochila e hizo las preparaciones acorde a su plan, que venía ideando semanas atrás. Incluso, había practicado desplazarse a través de la noche, escalando, abriendo y cerrando puertas para estudiar el ruido que hacían, nada estaba fuera de control. Cuando estuvo lista, se metió por la entrada del gato.
La cocina le resultaba extraña, nunca había estado en ella, sólo conocía la sala y una habitación de esa casa. Además, a esa hora de la madrugada todo se tornaba de un tono diferente. Tras encontrar rápido la escalera, subió sin si quiera levantar el polvo. Su corazón se aceleraba. Su respiración estaba pesada, pero no podía permitir que sus emociones arruinaran su plan perfecto.
Cuando abrió la última puerta, tuvo frente de sí a su acosador. El niño que se burlaba de ella en la escuela, aquel que tanto daño le había hecho con sus insultos y sus ofensas. La luz del sol ya se colaba por las cortinas y no era necesario sacar su lámpara para apuntar a su objetivo. El revolver que tenía en su mano había sido cargado con una sola bala. Por recomendación de un experto, quién nunca sospechó para qué la niña quería tal información, usó cuatro de sus dedos para jalar el pesado gatillo que hizo explotar la pólvora, arrojando el arma lejos de Nova y disparando la bala que perforó el pecho de su acosador, abriendo un agujero en torso, quién había sido advertido, antes de las vacaciones, que sería la última vez que la molestaba, pero nunca tomó en serio.


FIN

jueves, 29 de diciembre de 2011

28 - La Mancha


    El hospital trabajaba a más no poder, esa noche de diciembre. Las vacaciones se habían vuelto en turnos dobles para algunos y los accidentes de tránsito, incendios y otros malestares estaban a la orden del día. En una camilla se encontraba sentada  una joven, de al menos 25 años, y un doctor examinaba su brazo que estaba vendado — Entonces, Clara, quiero que me cuentes, desde el inicio, qué fue lo que pasó —. El doctor hizo una pausa para mirarla seriamente a los ojos, pues terminó de quitarle el vendaje, revelando una herida que abarcaba casi todo su brazo, hasta la muñeca.

    —Hace dos días…— explicó Clara— desperté en la madrugada y tenía un piquete como de mosquito en el brazo. No era nada grande, apenas se veía un punto rojizo en mi antebrazo, pero me daba comezón. Me rascaba una y otra vez para tratar de calmarlo, pero no lo lograba. Luego me empezó a doler más y traté de ponerle ungüento para ver si así sanaba más rápido. Pero al cabo de un rato, toda el área a su alrededor estaba enrojecida y me ardía. Esto me preocupó más y traté de limpiarlo con alcohol, pero sentí que me quemó la piel, entonces lavé muy bien mi brazo y lo vendé…—

    Mientras ella hablaba, el doctor ponía especial atención a cada sustancia, pomada o líquido al que había recurrido para sanarse. — Lo que debiste hacer — dijo el doctor— fue no rascarte desde un inicio. Creo que todo eso que te pusiste desde el principio y que te hayas rascado influyó mucho en lo que está en tu brazo. Yo lo que veo aquí es que te arañaste con tus uñas, te causaste heridas y esta comienza a infectarse porque lo debiste cubrir con unas gasas sucias. Te voy a recetar antibióticos y un calmante para la comezón, es muy importante que no te rasques— dicho esto, firmó su receta y le dio las gracias a su paciente.

    Clara no estaba del todo satisfecha con la explicación del Doctor, pero aun así, compró los medicamentos que le recetó. Al llegar a casa, le echó un vistazo a su brazo y lucía peor que antes. Sin saber a quién recurrir, tomó el teléfono y le marcó a su mejor amiga. Los segundos que pasaron antes de que ella respondiera le parecieron eternos, no podía dejar de pensar en su brazo y aún sentía ganas de rascarse, pero le dolía tan si quiera tocarla. Al final, su amiga contestó y se saludaron cordialmente. Clara le explicó de su visita al médico. Sin embargo, la amiga notó algo en su voz.

    —La noche que desperté con la picadura— le explicó Clara a su amiga, quien tuvo que convencerla para que lo hiciera — tuve un sueño extraño. En verdad, no estoy segura de que haya sido un sueño, pues me pareció muy real. En este sueño, yo estaba acostada en mi cuarto y era despertada por una luz blanca que inundaba mi cuarto. Entonces, sentí una presencia maligna, como siluetas oscuras al alrededor de mí, sólo que no podía moverme. Algo me aplastaba el pecho y lo único que podía ver era el techo de mi cuarto. Pareció que fueron horas y, casualmente, cuando desperté tenía esta herida—.

    Su amiga no le creyó la historia, pero trato de tranquilizarla diciéndole que siga las indicaciones de su doctor al pie de la letra y que pronto se curaría y estaría bien. Sin embargo, las palabras alentadoras no tenían efecto en Clara. Quien no soportaba el dolor. Intentó lavar la herida más de un par de veces esa tarde y le puso más ungüento y la cubrió con unos trapos. Pero fue despertada en la madrugada y cuando sus ojos se abrieron, ella descansaba en su cama sin poder moverse. Nuevamente, sintió una presencia maligna en su habitación y su brazo le dolía más que nunca. Cuando finalmente pudo moverse, ya había amanecido.

    Totalmente consternada por su brazo, acudió a emergencias donde otro doctor la recibió. Valientemente, ella decidió contarle la historia completa, pero el doctor la transfirió con un especialista. Clara se ofendió al leer en la tarjeta del doctor la palabra “psiquiatra” y decidió no acudir más a ese hospital. Aun cuando su brazo le seguía doliendo, ella sólo tenía una explicación en su mente, había una causa respecto a lo que le estaba pasando, que ningún doctor entendiera su padecimiento, los seres malignos, algo debían estar haciendo con su brazo, quizá un implante o alguna enfermedad de otro mundo. De ser así, sólo había una forma de salvar el resto del cuerpo.

    Antes de llegar a su casa, pasó a un supermercado que abría toda la noche y compró una segueta y una bolsa con hielos. Llegó a su casa y vació toda la botella de alcohol sobre su brazo y bebió de una botella de absenta. Rápidamente, el alcohol llegó a sus venas y cuando la hoja aserrada cortó su piel, sus músculos y atravesó el brazo, la sangre no dejó de fluir hasta que ella cayó al suelo inconsciente y murió en el piso de su sala. Nunca llegó a abrir la bolsa de hielos.

 
FIN

martes, 27 de diciembre de 2011

26 - El Francotirador


    Había miedo en la calle esa tarde de Diciembre. La gente hablaba de un asesino, un francotirador, que mataba personas al azar, al caer la noche. Nadie sabía quién podría ser la víctima, pero por cinco días seguidos, el tirador aterrorizó la ciudad con sus impredecibles ataques. No había un solo patrón a la hora de elegir a sus víctimas, mujeres, ancianos, hombres adultos e incluso niños habían caído presa de este psicópata.

    La policía estaba completamente confundida y pidió ayuda al ejército, pero no había forma de saber cuándo o dónde iba a atacar, quién moriría esa tarde. Nadie quería salir de su casa y si lo hacían, debían moverse con cuidado, de columna en columna o en un vehículo en movimiento, a toda velocidad, saltándose semáforos, altos y cualquier señalización. Las televisiones estaban prendidas todas en los noticieros, esperando información sobre el asesino.

    Mientras tanto, en uno de los edificios más altos de la ciudad, el francotirador subía las escaleras hasta uno de los últimos pisos donde alquiló una habitación con una falsa identidad. Cargaba con un maletín donde guardaba todo su equipo. Sin prisa ni apuro, subía los escalones con una canción en el corazón que a veces silbaba y a veces tatareaba, como quien da un paseo por el parque. Vestía un sombrero y una gabardina que ocultaban el resto de su cuerpo, excepto por unos zapatos elegantes.

    Cuando el francotirador llegó a su habitación, lo primero que hizo fue echar un vistazo al armario, al baño, la cama. Prendió la televisión y hablaban de él en las noticias, no había una sola pista de él y el ejército no quería hablar al respecto.  La policía afirmaba tener un plan, pero aparentaba ser un intento desesperado de tranquilizar a la población. El Francotirador se sentía como en su casa, se quitó la chaqueta y el sombrero, se sentó en la cama y abrió su maletín.

    El rifle que poseía el francotirador era de última generación. Ligero como si fuera de utilería, pero largo y preciso, con un silenciador que servía de poco y una mira que permitía ver la cara de una persona a un kilómetro de distancia. Ensambló cada pieza en su lugar y cuando todo estaba listo cargó el arma y se dirigió a la ventana. Tenía unos binoculares con los que podía buscar un buen sitio para practicar su tiro al blanco, pero las calles estaban cada día más vacías. La gente pasaba corriendo o en sus autos, nadie esperaba sentado mientras comía un postre, tampoco había personas en la parada del camión.

    En uno de los edificios, un hombre que trabajaba en un ducto de aire. Estaba de espaldas y de rodillas, metiendo su brazo en una ranura de ventilación. Ante esto, el francotirador tomó su rifle y apuntó hacia ese hombre. Tomándose unos segundos para calcular el tiro, sincronizando su respiración con los latidos de su corazón y, cuando lo tuvo justo en la mira, disparó. El hombre cayó en el suelo inmóvil y un charco de sangre comenzó a formarse alrededor de él. El Francotirador no podía ocultar su sonrisa perversa, entonces volvió a tomar sus binoculares.

    En la base de un edificio, otro hombre esperaba dentro de su vehículo. Miraba por todas partes con nerviosismo. Por segunda ocasión, el francotirador tomó su arma y disparó. La cabeza del hombre en el vehículo explotó al recibir el impacto de la bala de gran calibre y su cerebro se esparció  por el interior del carro. El francotirador recargó su arma y la soltó por unos segundos, pues comenzaba a calentarse. Su cara tenía una expresión severa todo el tiempo, pero una sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que acertaba al blanco. Tomó, otra vez, sus prismáticos.

    Cerca del parque, alcanzó a ver a otro hombre, vestido con un traje y sombrero, que cargaba un maletín. Sería un objetivo difícil pues no estaba quieto, sin embargo, daba vueltas una y otra vez, como esperando a que pasaran por él. El Francotirador tomó su arma y apuntó. Le costaba un poco de trabajo seguir al hombre y su mano temblaba levemente por la emoción de acertar ya dos blancos. Calmó su respiración e intentó tranquilizarse, cerrando los ojos un segundo. Se tomaba todo el tiempo del mundo, pues dudaba que lo fueran a atrapar.

    Después de observar por un minuto al hombre, pudo anticipar sus movimientos y cuando calculó que su cabeza estaría justo en su mira, disparó por tercera vez. El hombre de traje cayó al piso y su maletín se estrelló en el suelo y se abrió, pero estaba vacío. Su sombrero fue arrebatado por la bala y al escuchar el silbido de esta pasar sobre su cabellera, olvidó su maletín y sus modales y corrió  a ocultarse detrás de un árbol. El Francotirador estaba furioso de haber fallado, pero el hombre ahora estaba quieto y sería un blanco más fácil. Apuntó su arma hacia donde el pobre hombre se escondía, pero sólo se veía parte de su cuerpo. Cuando lo tuvo en la mira, volvió a disparar, pero falló su cuarta bala.

    Aún le quedaba una bala en su cargador, estaba completamente frustrado por fallar dos tiros. Esta vez, no fallaría. Apuntó su mira hacia el hombre que se escondía detrás del árbol y no se movía de ahí. Respiró profundamente, cerró los ojos y trató de calmarse. Ajustó la mira para verlo tan cerca como fuese posible, debía darle en el corazón o en la cabeza, pues no se conformaría con atinarle en un brazo o en una pierna. Observaba como el hombre hacía algo detrás de árbol, pero no podía identificarlo.
    Toda su atención estaba puesta en cada movimiento del hombre de traje, el centro de la mira estaba en su hombro que sobresalía por detrás del árbol en el que se escondía, tampoco podía ocultar su zapato y de vez en cuando asomaba un poco la cabeza. Estaba sentando y si quería moverse de allá tendría que ponerse de pie, tarde o temprano. El francotirador observó, esperó inmóvil, respirando despacio, sin quitar la mira de su objetivo. El hombre de traje, entonces se escondió completamente detrás del árbol y en ese momento, el lente del rifle explotó y los vidrios y pedazos de metal se incrustaron en su cara.

    Una segunda bala impactó en la cara del francotirador y atravesó su cráneo. En su cuerpo se observaban varios puntos rojos, miras de francotiradores de élite que el ejército había preparado para cuando el asesino atacara. Pusieron diferentes señuelos, como el hombre de traje que comunicó a la central sobre la posición del homicida y otros más que observaban atentos escondidos detrás de arbustos y ventanas de otros edificios, pero lo que delató finalmente al asesino fue el brillo de su mira que anunciaba a todo el mundo su posición.

FIN