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martes, 5 de noviembre de 2013

26 - La Eternidad






  La neblina, que se acumulaba sobre el lago de Vallecalmo, opacaba las aguas y obstruía la visibilidad, sin embargo, esto no detuvo a un bote que se abría paso entre las tinieblas, a paso lento pero firme, en una esquina poco frecuentada del lago. Un poderoso reflector luchaba contra la densidad, pero la frialdad lo superaba, apenas dando al capitán Abat unos metros para calcular sus maniobras y no estrellarse en la costa o golpear a otra nave.

  Abat se encontraba solo, su cuerpo decadente ya no solía navegar como en los viejos tiempos, sin embargo, un fuego en su interior, que se notaba en sus ojos, le daba brío por emprender su misión secreta. Sostenía el timón con una mano y, en la otra, una pechera de plata labrada, que habrá pertenecido a tribus ancestrales, la cual tenía inscrito constelaciones antiguas, como las creencias mitológicas que lo impulsaban al capitán.

  Aferrándose al timón para no caerse, rehusaba a cargar un bastón. Rechazaba cualquier soporte. Era un lobo solitario y así sería o moriría siéndolo. Sin embargo, su barba mal rasurada, su ropa sucia y agujereada, sus dientes podridos y los serios daños en su bote, cuyas letras “La condenación” en un costado eran apenas visibles, como apenas visible era el mundo para los ojos grises del marinero, denotaban lo necesitado que estaba este hombre de ayuda.

  Aparte de cuerdas viejas, en el bote había otra pechera de plata labrada, junto con un cuchillo de obsidiana. Esta segunda obra artesanal, contaba una leyenda con dibujos, sobre un ser todo poderoso que habitaba el fondo de un lago, un dios. En la imagen, un hombre, que sólo vestía un taparrabo, se inclinaba frente a un torbellino en el agua del cual salía un tentáculo que sujetaba la mano del hombre, de la cual salía sangre. A un lado, varios indios levantaban las manos hacia el cielo.

  Nada más de este fenómeno estaba escrito o tallado en piedra. Sólo la leyenda y los cuentos que pasan de voz en voz y que llegaron a los oídos del capitán. Era tal la variedad de leyendas, que Abat debió investigar a profundidad, preguntando, escuchando a los indios que aún habitaban las pocas tierras vírgenes que quedaban. Algunos hablaban de mitos y otros de hechos, pocos afirmaban decir que sabían la verdad, pero casi todos aseguraban haber escuchado algo. Fue así, juntando pieza con pieza, que el Capitán llegó a armar el rompecabezas detrás de la leyenda del dios octópodo y el poder de La Eternidad.

  Conforme se acercaba a su destino final, Abat repasaba en su mente cada paso del ritual. Convencido de que el cuerpo era sólo un contenedor del alma y la muerte era el siguiente paso en el camino para alcanzar la eternidad, estaba dispuesto a todo para ascender a un plano superior de existencia. Para esto, debía contentar al Dios del Lago, conocido por algunos como Dios octópodo,  El eterno, El Ser del torbellino, la criatura del más allá. También llamado por quienes le temen “El devorador de almas”, “El monstruo del lago”, “El demonio de la oscuridad” y más.

  Contentar a este ser era fácil. La sangre auto derramada lo despertaba de su sueño inmortal, una cordial reverencia para demostrar respeto y, finalmente, las palabras “Selendi, Zeratu, Artani” para declarar lealtad y sumisión a su poder. Estos eran los pasos que Abat practicaba en su cabeza, esperando alcanzar La Eternidad, tan añorada.

  Después de lo que parecieron horas, el capitán apagó el motor de su bote. Tiró un ancla por el borde y contempló el agua que salpicaba mientras su herramienta se sumergía en la negrura. Cuando la superficie del lago volvió a su estado estático, como congelado, como si el tiempo no existiera, Abat tomó el cuchillo de obsidiana y sin pensarlo dos veces hizo un corte en su muñeca izquierda. La obsidiana abrió la piel como si se tratara de un bisturí y la sangre fluyó.

  Las primeras gotas se derramaron en el bote, pues el dolor causado por la cortadura hizo que el capitán se contrajera, pero, después de estirar su brazo, el vital líquido se precipitó hacia la oscuridad. Conforme Abat se desangraba, la debilidad que sentía en su cuerpo obsoleto acrecentaba. Su visión nublosa se ensombrecía más. Un sudor frío brotaba de sus poros.

  La temperatura sobre el lago descendió, el bote se comenzó a agitar. A pocos metros, el agua se arremolinaba, cada vez más y más fuerte, hasta formar un remolino de cuyo fondo salían disparados rayos que impactaban los árboles y las piedras en la costa alrededor como balas, iniciando pequeños incendios y calentando las piedras al rojo vivo. Entonces, de las profundidades, un tentáculo de un morado oscuro, más largo que una boa y tan ancho como un neumático, subió lentamente hasta posarse frente al capitán.

  Usando las pocas fuerzas que le quedaban, inclinó su cabeza. Su espalda le dolía, pero la falta de sangre lo anestesiaba, el temor se manifestaba en su tembloroso cuerpo. El tentáculo fue directo a la cortadura en su muñeca ensangrentada y la sujetó envolviéndola. Esperando recibir La eternidad, el capitán respondió “Selendi, Zeratu, Art…!” Pero, antes de que terminara la última palabra, fue jalado hacia el fondo del lago en un segundo, seguido por su bote que fue absorbido por el torbellino y destruido en miles de pedazos, para no ser visto nunca más.


FIN.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

24 – El Ventrílocuo.





                Las nevadas aún no comenzaban, sin embargo, los vientos que azotaban la ciudad de vez en vez, traían consigo el frio y el hielo. A este punto, la gente de Vallecalmo prefería sólo salir cuando fuera necesario. De no serlo, preferían quedarse en la calidez de sus casas a descansar y ver la televisión en el sofá, mientras esperaban a que se calentaran sus sopas o comidas.
                En Vallecalmo, la mayoría de las casas solía tener chimenea. Sin embargo, con el crecimiento de los edificios departamentales, ahora las personas dependían de sistemas de calefacción  más avanzados. Así era la casa del señor Desoto, mejor conocido como Husam, el ventrílocuo. Por lo que, esa noche, al meter la llave y abrir la puerta principal, un viento torrencial invadió la casa.
                Un hombre vestido de negro y con un pasamontañas en su cabeza había ingresado a la casa. Cerró tan rápido la puerta como pudo y al instante, el clima cambió de un escandaloso concierto a la paz de una cueva. Temiendo haber despertado a los dueños de la casa, al señor Desoto y su esposa, corrió del recibidor, donde se encontraba, a su derecha, hacia el comedor, donde permaneció unos segundos tratando de no respirar para poder escuchar con atención.
                El comedor estaba en penumbras, el intruso apenas podía ver lo que tenía enfrente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, notó la mesa, con un florero y una carpeta con documentos. Algunas cartas y otros notas y facturas. En las paredes habían posters de eventos en los que el Husam habían participado. Sin embargo, en la profundidad notó unos ojos que lo observaban. Rápidamente sacó su revólver de entre sus ropas, amartilló y apuntó, pero no hubo reacción ni parpadeo. Permaneció observando unos segundos y pudo ver que se trataba de uno de los muñecos del ventrílocuo, ante lo cual, dio un gran suspiro y recordó su objetivo.
                Avanzando paso a paso, cada que su pie ponía presión en la madera del suelo, esta rechinaba, por lo que debía hacerlo tanta suavidad como le fuera posible. De esta forma, regresó hasta el recibidor, donde  continuó su camino hasta las escaleras que llevaban al segundo nivel de la casa. En la escalera, otro muñeco apareció. Este, vestido con un sombrero vaquero, botas y un chaleco de cuero,  sostenía una pequeña pistola y sonreía. El hombre debió contenerse de arrojarlo por el barandal para no hacer ruido y siguió adelante.
                Al llegar al segundo nivel, puso sus ojos sobre la segunda puerta a su izquierda, se trataba de la habitación donde el ventrílocuo dormía. Su mano le temblaba, su respiración se agitaba. Al llegar a la puerta del dormitorio, tragó saliva y tomó la perilla, pero se detuvo. Detrás de él, un ruido llamó su atención, como si dos pedazos de madera se golpearan, al ritmo de pequeños pasos. Al voltear, notó que un muñeco colgaba de una pared y se balanceaba un poco.
                Ignorando al muñeco, volvió a lo que estaba. Giró la perilla y entró a la habitación. La puerta rechinó levemente y tuvo que cerrarla cuidando de no escuchar el mismo chillido. La cama estaba situada en el centro de la habitación, enfrente de una televisión casi del tamaño de la pared.  De repente, el silencio fue interrumpido por un ronquido que venía de entre las sábanas.
                —¡Es él!— se escuchó un susurro del baño. La voz era de una mujer joven.
                —¿Eres tú, Natalia?— dijo el hombre del pasamontañas, quitar sus ojos y dejar de apuntar a la cama que se inflaba y desinflaba y de donde salían ronquidos ahogados de vez en vez.
                —Sí, soy yo… Mátalo ¡Mátalo, ahora!— aun susurrando, respondió la voz femenina del baño. Entonces, el hombre del pasamontañas levantó su arma y descargó todas sus balas sobre la cama, de donde salió un horrible grito de agonía.  El tiempo y su corazón se detuvieron. Pero, debajo de las colchas, algo se movía. Y al jalarlas, reveló a la esposa Husam, herida y agonizando.
                —¡Natalia!— Gritó el hombre y se quitó su pasamontañas.
                —Sabía que vendrías— se escuchó una voz masculina, proveniente del baño —Se todo sobre ustedes, mis muñecos los han visto y escuchado—.
                —¡Sal de ahí!— Le respondió el hombre, que estaba a punto llorar del coraje y apretaba sus dientes fuertes, mientras observaba a Natalia desangrarse. Entonces se dirigió al baño y prendió la luz, pero no encontró a nadie —¡¿Dónde estás Husam?!— le riñó.
                —¡Aquí!— se escuchó de detrás de la cortina de baño y el asesino la hizo a un lado, sin embargo, detrás de esta sólo había un muñeco, vestido de traje negro con corbata carmesí y con las mejillas rosadas, su rostro expresaba una sonrisa tonta.
                —¿Te escondes tras tus muñecos?— dijo el asesino, que aprovechó para recargar su arma.
                —Que no me puedas ver, no significa que me esté escondiendo. Tus sentidos te engañan— respondió una voz, proveniente del dormitorio. El asesino, siguiendo esta voz corrió a la habitación, pero a su alrededor no veía nada. Sin embargo, a los lejos, podían escucharse las sirenas de patrullas que se acercaban más y más— te recomiendo que te vayas, no deben tardar en llegar—se escuchó en el pasillo afuera del dormitorio, justo donde estaba colgado en la pared otro muñeco.
                Al oír estas palabras, el asesino comenzó su huida y se dirigió a las escaleras tan rápido como pudo. El sonido de las sirenas se acercaba más y más, quizá estarían ya a la vuelta de la esquina
                —¡Alto o disparo!— dijo alguien detrás del asesino, lo cual vino acompañado con el sonido mecánico de un arma que era cargada. Esto último detuvo al hombre quien iba a girar su cabeza hasta la voz detrás de él le ordenó —No voltees o disparo—.
                —¿Husam?— Preguntó al asesino, quién no reconocía la voz que estaba escuchando.
                —¡Tira tu arma por las escaleras o disparo!— le ordenó nuevamente y el asesino de inmediato obedeció —¿Creíste que podían engañarme? ¡A Mí! ¡El gran HUSAM!— gritó enardecido e hizo una pausa — fueron muy listos, pero hay algo que ninguno de los dos sabía, algo que nadie más que yo  sabe en este mundo… Mi pequeño secreto… ¡La razón de mi éxito!
                —Por años, he usado la magia negra para controlar a mis muñecos, darles vida, como el muñeco que está atrás de ti, apuntándote ahora— En este momento, el asesino volteó y vio al muñeco con su pequeña arma, mirándolo a los ojos y el fuerte sonido de la explosión de un disparo resonó en toda la casa, haciendo que el asesino diera un paso atrás y se cayera de la escalera, rompiéndose el cuello al estrellarse con el piso.
                Husam, entonces, salió del comedor y se acercó al cuerpo inerte del hombre que yacía en el piso frente a la escalera —Tonto… No hay más magia que el poder de la mente y, en la ventriloquia, el único arte y ciencia es la del engaño—.


FIN
               
               

sábado, 24 de agosto de 2013

21 – Un millón de almas





                El mercado de las pulgas se situaba en un barrio al sur de Vallecalmo. Si bien, algunos vendedores frecuentes ya habían establecido sus espacios, cualquier ciudadano podía ir con una mesa y vender los artículos legales, y a veces no tan apegados al derecho, que deseara. El lugar era cada año una locura, por las festividades decembrinas. Entre los vendedores que no dejaban un solo espacio al exhibir sus productos, hasta los compradores que se atiborraban enfrente de las tiendas gastando el dinero. En ocasiones el vendedor no conocía al cliente sino que sólo podía ver una mano, de entre los montones de gente, con billetes o monedas y una voz diciéndole el producto que deseaba, a lo cual tomaba el dinero y colocaba el artículo en la mano que desaparecía con un “gracias” entre el desorden.
                Todo este caos era bien aprovechado por los ladrones y carteristas para hacerse de un botín. Generalmente, deberían acercarse tanto como pudieran a la persona y sutilmente metería su mano dentro de la bolsa de su víctima, tomaría lo que pudiera y se alejaría tan discreto como le fuera posible. Sin embargo, en las condiciones actuales, simplemente debía sumergirse entre el mar de gente y empujones y hasta darse el lujo de elegir qué objetos robar, sin presión alguna.
                La seguridad del mercado era tan alta como se podía, pero simplemente no era suficiente. Un puñado de policías rondaba de vez en vez, pero preferían mantenerse en la periferia de la masa de gente, donde tendrían una mejor visibilidad y mayor movilidad. Aparte de esto, los mismos mercaderes estaban siempre con un tercer ojo abierto para avisar o notificar a posibles ladrones y defraudadores.
                Sin embargo, nada de esto servía para detener a los ladrones, como Elías, quien nadaba entre ese mar de gente, explorando en sus profundidades en búsqueda de un tesoro.
                El sol se levantaba en lo alto y, a pesar del frío invernal que bajaba de las montañas, el asfalto, las paredes grises de los edificios y todas las lonas y mantas se calentaban, junto con el horno gigante que era el mercado, operado por calor humana. Dentro del este, un ladrón debía tomar una decisión: Robar a un comprador o a un vendedor; Por una parte, los vendedores tenían excelentes artículos, algunos incluso joyas de cierto valor. Un ladrón con categoría como Elías prefería robarse una piedra preciosa que un montón de billetes, sólo por el gusto de decir que era suya; Por otra parte, una cartera con dinero podía tener desde nada, hasta unos cuantos billetes y rara vez una cantidad considerable, pero era dinero que podía empezar a usar, sin embargo, es posible que el comprador robado vaya con la policía.
                Conocía el mercado, los puestos y a los visitantes de pies a cabeza, exceptuando a las personas que venían por primera vez a introducir nuevos productos que eran pocos. Andaba mirando las mesas con los artículos, calculando su precio sin tener que ver la etiqueta o preguntar. Pero para él, muchas de las piezas exhibidas eran baratijas. Nada digno de ser robado. Justo antes de desistirse de robar alguno de los puestos y comenzar a fijarse en los compradores, una luz llegó hasta sus ojos y estos se abrieron de par en par.
                Había quedado hipnotizado por un pendiente en una joyería, parecía de cristal rodeado de oro blanco. Brillaba como un diamante, pero era demasiado grande como para no estar en un museo. Al instante, una voz ronca y seca se escuchó claramente, de entre los gritos de los clientes y mercaderes —Es Hermosa ¿Verdad?—.
                Sin voluntad de hacerlo, Elías volteó su mirada hacia los ojos del tendero, quien lo veía fijamente y con una sonrisa falsa. — ¿Es de cristal?—preguntó el ladrón, aún estupefacto.
                — Es de un cristal antiguo, pertenece a este lugar, a esta tierra. Es una pieza única en su tipo, se dice que posee más de un millón de almas— Respondió el viejo, rascándose su barba blanca.
                —¿Cuánto vale?— le preguntó fríamente. El viejo mercader había escuchado antes esa pregunta, pronunciada de múltiples formas y la forma en la que la escuchó esta vez le era familiar.
                —¿Si te digo el precio, vas a comprarla o desaparecerás entre la gente con mi precioso cristal de un millón de almas?— mientras hablaba, los ojos del viejo mercader carecían de vida, como los de un espectro y sus labios apenas se movían. Alrededor, parecía que nadie notaba la presencia de ambos, como si fueran invisibles.
                —Si el precio es bueno y me alcanza, se lo compraré,  señor— respondió el ladrón, pensando en usar su viejo truco de “No tengo suficiente dinero, pero volveré más al rato”.
                —Entonces es tuyo— dijo el viejo con confianza— Tómalo, gratis, te lo regalo—.
Elías estaba estupefacto, quizá era una tontería sin valor o el viejo ya sabía que se lo robaría y que nada podía hacer al respecto. Sin titubear, le dio las gracias al tendero, puso el cristal en su bolsa y buscó la salida más cercana. Al llegar, tres policías con bicicletas y armados con pistolas vigilaban la salida del mercado. No había cometido ningún crimen, esta vez, no tenía ni que actuar con naturalidad. Pero al poner un pie fuera del mercado, una grito resonó entre la multitud.
—¡LADRÓN, LADRÓN, AGÁRRENLO!— el viejo corría entre la gente y apuntaba a Elías quien cometió el error de voltear a ver a los policías, mientras ellos seguían con su mirada el dedo del mercader que apuntaba hacia él.
Explicarles a los policías que el mercader le regaló una pieza que parecía tener un gran valor a un conocido ladrón no era una buena coartada, por lo que la única opción que tenía Elías era correr.
La policía lo perseguía en sus bicicletas, pero tuvieron que abandonarlas en la calle, cuando Elías se trepó a una escalera de emergía detrás de un edificio y, como si fuera un malabarista, subió hasta el techo desde el cual saltó al edificio contiguo y se deslizó por la tubería hasta caer en un montón de basura. Junto a este montón se encontraba una tapa de alcantarilla que Elías dejó entreabierta en caso de peligro. Una vez cerrada, los policías simplemente pasaron de largo y jamás pudieron atraparlo.
Dentro de las alcantarillas, caminó unos metros entre agua mal oliente hasta llegar a una zona alejada del mercado. En una oscuridad profunda, notó un brillo que salía de su bolsillo. Y al instante supo de dónde venía. Sacó el pendiente y lo puso frente a él. El objeto era todo menos sencillo, mientras más lo observaba más detalles encontraba. Como si el artista que había creado esa obra hubiera dedicado toda su vida en ella o más de una. El cristal del centro, tan grande como un encendedor, resplandecía como una luciérnaga y mientras más se adentraban los ojos de Elías en esa luz verdosa más le parecía ver cosas que se movían, primero como una nube o un fluido, luego más como a una selva o una ciudad y finalmente como un enjambre o el ruido en la imagen de una televisión.
Al desprenderse de su conjuro, miró a su alrededor: Huesos decoraban las paredes, en vez de ladrillos, el piso, el techo y cada columna y arco estaba cubierto de huesos y cráneos y en el aire se sentía el olor a miasma. Terribles gemidos provenientes de cada cráneo torturaban a Elías con su sufrimiento. Era tal el dolor y la agonía de estas almas en pena, que sus gritos y sollozos seguían resonando a través de los siglos.
La mazmorra donde se encontraba no tenía antorchas o lámparas ni fuego o ventana alguna. Sin embargo, eran visibles un par de metros hacia adelante, como si Elías emitiera luz por sí mismo o si sus ojos pudieran ver, aún en la oscuridad más profunda, adentrándose, aferrándose a observar como motivados por un sexto sentido. Gotas caían en pequeños charcos por aquí y por allá. De la oscuridad surgían ruidos de aparatos mecánicos con engranes, cadenas, cuerdas y maderas que crujían y el arrastrar de objetos pesados, junto con golpes y ruidos como el del metal estrellándose contra otro metal.
Elías veía sus manos con lentitud. Su cabeza le dolía y no podía dejar de pensar en nada más que el sufrimiento de los miles o millones de miserables cuyas almas no descansaban en esas mazmorras. Era como si sintiera todas las aberraciones y trasgresiones, que padecieron esas millones de almas, en su mismo cuerpo, a lo cual no podía más que tirarse al suelo y revolcarse de la agonía, hasta quedar inconsciente
Los gases tóxicos que llenaron sus pulmones no le permitieron volver a levantarse, y su cara quedó sumergida en agua pútrida la cual rápido se coló por su boca y sus fosas nasales hasta asfixiarlo. Su mano aún sostenía el pendiente de cristal, pero no emitía ninguna luz ni podían verse imágenes en él. Cuando murió y se relajó su mano, el pendiente quedó libre para ser arrastrado por la corriente y perderse en las aguas negras de las alcantarillas de Vallecalmo.

FIN