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sábado, 5 de octubre de 2013

25 – El Devorador.





                Era un día como cualquiera, en la ciudad de Vallecalmo. Por las vacaciones, la gente se encontraba fuera de sus casas, viendo jugar a sus niños en los parques mientras leían el periódico en la silla de hierro helado o se chismorreaban sobre bodas, embarazos y peleas. Otros lanzaban frisbees a sus perros para que estos los atraparon en el aire y unos más apagaban sus cigarrillos con los zapatos al arrojarlos al suelo. El clima estaba fresco y todos los extraños fenómenos de los últimos días parecían superados ya.
                En el aire, un avión comercial traía turistas que arribaban a la ciudad para pasar ahí sus vacaciones. Era apenas el medio día y el piloto se disponía a aterrizar. Sin embargo, al comunicarse con la torre de control del pequeño aeropuerto de Vallecalmo, recibió un aviso extraño. Tanto piloto como copiloto vieron su cabello encanecerse por las horas de vuelo a través de los años y nunca en este tiempo escucharon algo parecido.
                La torre de control, buscaba identificar uno de los puntos en su radar, que volaba cerca del aeropuerto a baja altura. Sus ojos no lo podían divisar y no existía comunicación o registro de este punto. Se le advirtió al piloto que no aterrizara, pues podría tratarse de otra aeronave, con algún problema técnico, incapaz de comunicarse, preparándose para un aterrizaje de emergencia. En tierra, la pista se despejaba a toda marcha, mientras, en el cielo, el avión comercial daba vueltas alrededor de la ciudad esperando su permiso para aterrizar.
                Mientras esto sucedía, en el lago, el capitán y único tripulante del “Anguila”, con una barba desde la cual salían cientos de historias, exploraba las inusualmente calmas aguas, sin peces a la redonda, su anzuelo flotaba despacio movido por las corrientes de los barcos a lo lejos. En sus años de experiencia, los peces sólo desaparecían ante la presencia de un depredador. Pero en el lago no había ni tiburones ni cocodrilos que se los comieran. Rascaba su barba tratando de no romperse la cabeza al averiguar qué sucedía. Entonces, uno de sus colegas marineros remó su bote hasta el alcance de sus ojos. Sólo bastó un intercambio de miradas para que el capitán respondiera moviendo su cabeza de lado a lado como respuesta. En un segundo, el marinero del bote se alejó así como llegó. Confundidos ambos por la ausencia de peces.
                Faltaban pocos minutos para el medio día y el cielo estaba raramente callado, en el aire, las aves que revoloteaban y volaban sobre las copas de los árboles, buscando comida, pareja o a veces cantando por razones inexplicables, no estaban. El sol brillaba a su máximo esplendor.
Entonces, el capitán recogió su anzuelo y al avión que sobrevolaba el aeropuerto se le dio permiso de aterrizar, cuando una sombra ennegreció el suelo. El graznido de una criatura resonó en toda la ciudad. Por ese instante, todos los corazones se detuvieron. Pero al voltear al cielo, hacia el lugar donde provenía el sonido, nadie pudo ver nada. Mientras todos se preguntaban qué había sido ese sonido, otro ruido similar los golpeó directo en sus tímpanos. Pero esta última vez, el graznido no provenía de tan alto y las personas pudieron notar un punto en el cielo que se hacía más y más grande, como la sombra que generaba en el piso que crecía como una mancha sobre la ciudad que abarcaba cuadras enteras, como devorándolo todo.
Las personas asustadas corrían, algunas en pánico buscando un refugio y otras por sus cámaras para fotografiar a la gran ave que descendía en picada sobre el pueblo. Sus plumas eran de un marrón opaco, oscurecido por tener al sol detrás de él, su pico redondeado poseía una punta afilada y unas garras que sólo podrían pertenecer a un depredador.
El ave continuó su descenso en picada hasta acercarse a un parque. Sus ojos se fijaron en un hombre sentado en el parque. Intercambiaron miradas por ese segundo que le tomó descender al suelo y tomarlo con su garra. El hombre no era una pluma, por lo contrario, era tan pesado que apenas podía caminar por sí mismo, pero el ave lo levantó como si fuera una moneda que se cae en el suelo y uno recoge con sus uñas. Justo después de eso, emprendió el vuelo, sin que su presa emitiera un sonido, su horror no le permitía reaccionar, además de que la fuerza con la que el ave apretaba su cintura lo sofocaba.
Todos pudieron observar cómo el ave se alejaba hacia las alturas con el hombre obeso entre sus garras. Le tomó unos parpadeos volverse un punto tan pequeño como para ser visto, hasta desaparecer por completo, para no ser visto en vallecalmo nunca más.

FIN

miércoles, 25 de septiembre de 2013

24 – El Ventrílocuo.





                Las nevadas aún no comenzaban, sin embargo, los vientos que azotaban la ciudad de vez en vez, traían consigo el frio y el hielo. A este punto, la gente de Vallecalmo prefería sólo salir cuando fuera necesario. De no serlo, preferían quedarse en la calidez de sus casas a descansar y ver la televisión en el sofá, mientras esperaban a que se calentaran sus sopas o comidas.
                En Vallecalmo, la mayoría de las casas solía tener chimenea. Sin embargo, con el crecimiento de los edificios departamentales, ahora las personas dependían de sistemas de calefacción  más avanzados. Así era la casa del señor Desoto, mejor conocido como Husam, el ventrílocuo. Por lo que, esa noche, al meter la llave y abrir la puerta principal, un viento torrencial invadió la casa.
                Un hombre vestido de negro y con un pasamontañas en su cabeza había ingresado a la casa. Cerró tan rápido la puerta como pudo y al instante, el clima cambió de un escandaloso concierto a la paz de una cueva. Temiendo haber despertado a los dueños de la casa, al señor Desoto y su esposa, corrió del recibidor, donde se encontraba, a su derecha, hacia el comedor, donde permaneció unos segundos tratando de no respirar para poder escuchar con atención.
                El comedor estaba en penumbras, el intruso apenas podía ver lo que tenía enfrente. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, notó la mesa, con un florero y una carpeta con documentos. Algunas cartas y otros notas y facturas. En las paredes habían posters de eventos en los que el Husam habían participado. Sin embargo, en la profundidad notó unos ojos que lo observaban. Rápidamente sacó su revólver de entre sus ropas, amartilló y apuntó, pero no hubo reacción ni parpadeo. Permaneció observando unos segundos y pudo ver que se trataba de uno de los muñecos del ventrílocuo, ante lo cual, dio un gran suspiro y recordó su objetivo.
                Avanzando paso a paso, cada que su pie ponía presión en la madera del suelo, esta rechinaba, por lo que debía hacerlo tanta suavidad como le fuera posible. De esta forma, regresó hasta el recibidor, donde  continuó su camino hasta las escaleras que llevaban al segundo nivel de la casa. En la escalera, otro muñeco apareció. Este, vestido con un sombrero vaquero, botas y un chaleco de cuero,  sostenía una pequeña pistola y sonreía. El hombre debió contenerse de arrojarlo por el barandal para no hacer ruido y siguió adelante.
                Al llegar al segundo nivel, puso sus ojos sobre la segunda puerta a su izquierda, se trataba de la habitación donde el ventrílocuo dormía. Su mano le temblaba, su respiración se agitaba. Al llegar a la puerta del dormitorio, tragó saliva y tomó la perilla, pero se detuvo. Detrás de él, un ruido llamó su atención, como si dos pedazos de madera se golpearan, al ritmo de pequeños pasos. Al voltear, notó que un muñeco colgaba de una pared y se balanceaba un poco.
                Ignorando al muñeco, volvió a lo que estaba. Giró la perilla y entró a la habitación. La puerta rechinó levemente y tuvo que cerrarla cuidando de no escuchar el mismo chillido. La cama estaba situada en el centro de la habitación, enfrente de una televisión casi del tamaño de la pared.  De repente, el silencio fue interrumpido por un ronquido que venía de entre las sábanas.
                —¡Es él!— se escuchó un susurro del baño. La voz era de una mujer joven.
                —¿Eres tú, Natalia?— dijo el hombre del pasamontañas, quitar sus ojos y dejar de apuntar a la cama que se inflaba y desinflaba y de donde salían ronquidos ahogados de vez en vez.
                —Sí, soy yo… Mátalo ¡Mátalo, ahora!— aun susurrando, respondió la voz femenina del baño. Entonces, el hombre del pasamontañas levantó su arma y descargó todas sus balas sobre la cama, de donde salió un horrible grito de agonía.  El tiempo y su corazón se detuvieron. Pero, debajo de las colchas, algo se movía. Y al jalarlas, reveló a la esposa Husam, herida y agonizando.
                —¡Natalia!— Gritó el hombre y se quitó su pasamontañas.
                —Sabía que vendrías— se escuchó una voz masculina, proveniente del baño —Se todo sobre ustedes, mis muñecos los han visto y escuchado—.
                —¡Sal de ahí!— Le respondió el hombre, que estaba a punto llorar del coraje y apretaba sus dientes fuertes, mientras observaba a Natalia desangrarse. Entonces se dirigió al baño y prendió la luz, pero no encontró a nadie —¡¿Dónde estás Husam?!— le riñó.
                —¡Aquí!— se escuchó de detrás de la cortina de baño y el asesino la hizo a un lado, sin embargo, detrás de esta sólo había un muñeco, vestido de traje negro con corbata carmesí y con las mejillas rosadas, su rostro expresaba una sonrisa tonta.
                —¿Te escondes tras tus muñecos?— dijo el asesino, que aprovechó para recargar su arma.
                —Que no me puedas ver, no significa que me esté escondiendo. Tus sentidos te engañan— respondió una voz, proveniente del dormitorio. El asesino, siguiendo esta voz corrió a la habitación, pero a su alrededor no veía nada. Sin embargo, a los lejos, podían escucharse las sirenas de patrullas que se acercaban más y más— te recomiendo que te vayas, no deben tardar en llegar—se escuchó en el pasillo afuera del dormitorio, justo donde estaba colgado en la pared otro muñeco.
                Al oír estas palabras, el asesino comenzó su huida y se dirigió a las escaleras tan rápido como pudo. El sonido de las sirenas se acercaba más y más, quizá estarían ya a la vuelta de la esquina
                —¡Alto o disparo!— dijo alguien detrás del asesino, lo cual vino acompañado con el sonido mecánico de un arma que era cargada. Esto último detuvo al hombre quien iba a girar su cabeza hasta la voz detrás de él le ordenó —No voltees o disparo—.
                —¿Husam?— Preguntó al asesino, quién no reconocía la voz que estaba escuchando.
                —¡Tira tu arma por las escaleras o disparo!— le ordenó nuevamente y el asesino de inmediato obedeció —¿Creíste que podían engañarme? ¡A Mí! ¡El gran HUSAM!— gritó enardecido e hizo una pausa — fueron muy listos, pero hay algo que ninguno de los dos sabía, algo que nadie más que yo  sabe en este mundo… Mi pequeño secreto… ¡La razón de mi éxito!
                —Por años, he usado la magia negra para controlar a mis muñecos, darles vida, como el muñeco que está atrás de ti, apuntándote ahora— En este momento, el asesino volteó y vio al muñeco con su pequeña arma, mirándolo a los ojos y el fuerte sonido de la explosión de un disparo resonó en toda la casa, haciendo que el asesino diera un paso atrás y se cayera de la escalera, rompiéndose el cuello al estrellarse con el piso.
                Husam, entonces, salió del comedor y se acercó al cuerpo inerte del hombre que yacía en el piso frente a la escalera —Tonto… No hay más magia que el poder de la mente y, en la ventriloquia, el único arte y ciencia es la del engaño—.


FIN
               
               

23 – La última vez.





El sol estaba por salir por detrás de las montañas, en la ciudad de Vallecalmo. Mientras, en casa  de Nova, la madera del pasillo crujía levemente, tan leve que era apenas perceptible. Un ladrón adulto sería suficientemente pesado como hacer rechinar la madera y alertar a los padres de Nova, quienes descansaban plácidamente en su recámara. Pero no Nova, la pequeña, de apenas 9 años de edad, se escabullía a través de las sombras, cargando un osito de peluche que era, a su vez, una mochila.
Su cabello güero y lacio era acariciado por la suave, pero fría, brisa que lograba colarse en su casa, de la cual su única protección era una pijama tersa y unos calcetines que separaban sus pies del suelo. Con el sigilo de un felino, se levantó de su cama, tomó su mochila, abrió la puerta de su cuarto, salió, cerró, se deslizó por el pasillo, pasando justo frente a la habitación de sus padres, hacia el armario.
Las bisagras hicieron un chirrido, pero Nova se aseguró de abrir tan lento que el ruido no fuera lo suficientemente alto como para despertar a sus padres. Como una ardilla, trepó sobre unas cajas que se encontraban apiladas y, agarrándose de un tubo para ropa, pudo colgarse y llegar al compartimiento superior con su brazo, el cual metió en la oscuridad para palpar lo que ahí hubiera.
Las yemas de sus dedos sintieron algo con la forma de una caja de zapatos. En ese momento, la pila sobre la cual se encontraba apoyada se tambaleó, pero Nova pudo equilibrarse para no caer al suelo. Usando un dedo, fue jalando la caja por una orilla, hasta que estuvo al alcance de su mano y pudo tomarla, para bajar al suelo con pericia.
La oscuridad era la única constante en ese momento. Pero, utilizando sólo su tacto, Nova sacó de su mochila una lámpara con la forma de un gato, la cual prendió para observar el contenido de la caja. Como si se tratara del cofre de un tesoro, una sonrisa se esbozó en su cara. Apagó la lámpara y guardó la caja en su mochila.
Lo que para ella había sido una eternidad, se traducía en apenas unos minutos en las manecillas del reloj. Se escurrió nuevamente a su cuarto, donde una ventana había sido abierta, junto a la pared con dibujos horríficos. Con su mochila en la espalda, descendió utilizando la tubería como escalera, hasta que estuvo a pocos metros del suelo, suficiente para brincar y pisar el pasto acolchado, amortiguando el golpe y el ruido.
Entre los arbustos, cuidadosamente escondido, se hallaba una bicicleta color rosa, con tiras de colores en ambos lados del manubrio y una canasta con una flor de plástico pegada en el frente. Nova la abordó y comenzó su travesía a través del calmado vecindario, en los suburbios, donde casa tras casa lucían sus jardines con pastos recién cortados y flores plantadas en jardineras bien cuidadas, con gnomos de jardín, algunas, y adorables figurillas de animales con ropa, otras. Ningún auto rondaba las calles, sólo las almas en pena merodeaban bajo esas estrellas.
Contando los números en la puerta de cada uno, Nova no vacilaba, su temple era aquel de un héroe que debía salvar a una princesa. Finalmente, al llegar al número 72 de la calle Fresno, detuvo su bicicleta y, después de descender, la guardó entre unos arbustos, muy similares a los que crecían en su casa. Saltó una barda de apenas medio metro, que para ella le pareció un obstáculo. Caminó por el piso de cemento hasta el patio y por la puerta trasera.
Antes de dar un paso más, sacó la caja de zapatos de su mochila e hizo las preparaciones acorde a su plan, que venía ideando semanas atrás. Incluso, había practicado desplazarse a través de la noche, escalando, abriendo y cerrando puertas para estudiar el ruido que hacían, nada estaba fuera de control. Cuando estuvo lista, se metió por la entrada del gato.
La cocina le resultaba extraña, nunca había estado en ella, sólo conocía la sala y una habitación de esa casa. Además, a esa hora de la madrugada todo se tornaba de un tono diferente. Tras encontrar rápido la escalera, subió sin si quiera levantar el polvo. Su corazón se aceleraba. Su respiración estaba pesada, pero no podía permitir que sus emociones arruinaran su plan perfecto.
Cuando abrió la última puerta, tuvo frente de sí a su acosador. El niño que se burlaba de ella en la escuela, aquel que tanto daño le había hecho con sus insultos y sus ofensas. La luz del sol ya se colaba por las cortinas y no era necesario sacar su lámpara para apuntar a su objetivo. El revolver que tenía en su mano había sido cargado con una sola bala. Por recomendación de un experto, quién nunca sospechó para qué la niña quería tal información, usó cuatro de sus dedos para jalar el pesado gatillo que hizo explotar la pólvora, arrojando el arma lejos de Nova y disparando la bala que perforó el pecho de su acosador, abriendo un agujero en torso, quién había sido advertido, antes de las vacaciones, que sería la última vez que la molestaba, pero nunca tomó en serio.


FIN

lunes, 27 de agosto de 2012

El Piso 11



                En una isla perdida en el Océano Pacífico, El Dr. Alan se encontraba inconsciente en un elevador dentro de un edificio de oficinas. El agotamiento extremo lo llevó a esta condición pues tuvo que huir por su vida y no fue hasta que encontró un refugio que su cuerpo pudo descansar. Pasaron horas hasta que abrió los ojos, pero a su alrededor sólo había oscuridad. El eco del movimiento de su cuerpo contra el aluminio del piso y las paredes del elevador y una ráfaga de viento en el exterior repentina eran los únicos sonidos que podía escuchar. Pero no gritaría, ni se movería mucho. Su intención era pasar desapercibido. No quería que sus perseguidores supieran de su presencia. Su cabeza le dolía un poco.

                Sin luz o electricidad, estaba atrapado en la negrura y sus ideas lo acosaban, perdiendo la cordura por momentos y regresando a la sanidad después. Pensaba que era su fin e imágenes aparecían lúcidas frente a él. De su esposa con el vestido que tanto le gustaba, su mejor amigo con su bola y zapatos de boliche, lugares donde había estado antes y a los que, si no salía de ahí, no vería jamás. Entonces su ánimo cobraba bríos y, con quietud, comenzó a investigar los alrededores con las manos. Tocando las paredes con las yemas de sus dedos para hacerse una perspectiva del elevador, notaba que era un espacio pequeño donde cabrían, máximo, 6 o 7 personas.

                Del techo se filtraba aire, por lo que el elevador estaba bien ventilado, pero la brisa fresca arrastraba algo más tenebroso que no se podía ver. El Dr. Alan sentía el hedor nauseabundo de carne descompuesta y no tenía duda de que era de los cadáveres de sus compañeros menos afortunados, que no habían podido escapar del horror. Aún si lograba salir del elevador ¿Cómo regresaría a su casa? ¿Habría algún bote capaz de navegar hasta una isla próxima? Rodeado de oscuridad, pensaba… Pensaba  en un plan para salir de ahí, cuando de repente, se prendió un foco arriba de él.

                La música empezó a sonar dentro del elevador y las paredes, que ahora eran visibles por el único foco prendido que no estaba roto, estaban pringadas de sangre, como si fuera una violenta escena del crimen. Se revelaron abolladuras en el aluminio, varios focos rotos y pequeños fragmentos de vidrio tirados en el suelo. De repente, se escuchó una nota dulce salir del altavoz y los mecanismos se activaron, todo empezó a moverse. Al momento, se fijó en qué piso se encontraba y distinguió el número ocho prendido arriba de la puerta y que, después de moverse, rápidamente pasó hasta el número siete.

                La música del elevador seguía sonando, era calmada pero un tanto festiva, anticuada pero sonaba populachera, como algo agradable y tranquilo que le gustaría a cualquier persona, sin importar su edad. Cuando el elevador paró, la tonada siguió, pero al tocarse la nota dulce que se escuchó cuando el mecanismo se activó, el elevador se detuvo. El número siete estaba prendido arriba de las puertas y cuando se abrieron de par en par el doctor se paralizó. Sus ojos se abrieron como si acabara de ver a la muerte misma a la cara. Estuvo quieto, mirando a través de la puerta abierta frente a él.

                La iluminación de ese pasillo estaba destruida. Del exterior, un zumbido eléctrico tensaba el ambiente como el vuelo de un abejorro o como una vieja lámpara de un almacén que se prende y apaga. Algo se movía en ese pasillo, dos pares de ojos brillaban verdes en la oscuridad, apuntando directamente a los ojos del doctor. De inmediato, soltaron un graznido como el de un ave de rapiña y las figuras empezaron a moverse, cada vez más rápido. En segundos estarían dentro del elevador. Pero el doctor presionó de un salto el primer botón que encontró. Las puertas apenas se alcanzaron a cerrar cuando, justo en ese instante, algo golpeó el metal detrás de ellas, aquello que perseguía al doctor se había estrellado contra el aluminio.

                Alan estaba agitado, sudando frío, su corazón casi salía de su pecho, pues había estado tan cerca de la muerte como nunca. La música alegre y tonta del elevador seguía sonando y la luz detrás del número siete subió al ocho, nueve, diez y así siguió hasta detenerse en el piso 11. Después, el altavoz tocó la nota dulce y las puertas se abrieron, nuevamente. El doctor veía aterrorizado el pasillo frente a él. Esta vez, con la suficiente luz para vislumbrar los alrededores, pero peor que si tuviera a dos de esas criaturas frente a él, esta vez no podía ver a ninguna. Creía que estarían escondidas, preparando una emboscada. Un letrero que decía “salida de emergencia” resaltaba en rojo al final del pasillo y fue lo último que pudo ver hasta que las puertas se cerraron y tuvo tiempo para pensar.

                Recordaba que cuando despertó se encontraba en el piso 8 y que no era seguro, tampoco el siete y este piso once no le daba confianza. No podía quedarse en el elevador para siempre, tenía que escapar de ahí, del edificio y de la isla. Si podía encerrarse en algún lugar, sería en los pisos superiores, pues cada piso, escalera y puerta serían obstáculos naturales para esas criaturas. Pero de repente, la sangre tibia que escurría de su pierna le recordó que estaba herido, su pierna le dolía  y sangraba a la altura de la espinilla. Quizá sólo era una cortada pequeña, producto de los vidrios de los focos rotos, pero le incomodaba.

                La música del elevador seguía sonando, era la misma melodía que se repetía una y otra vez. Decidido a escapar, presionó el botón del último piso: El número 18. Al instante, los mecanismos se accionaron y el ascensor comenzó a moverse. Mientras los altavoces continuaban tocando aquella melodía, los números del ascensor iban subiendo del 11 al 12, luego al 13, seguido del 14 y al llegar al piso 15 todo se detuvo. Las luces se apagaron, la música se silenció, los mecanismos dejaron de andar. El doctor se quedó en el silencio y la oscuridad unos segundos y lo único que rompía la quietud era el olor a muerte y la tormenta que azotaba con fuerza el exterior. Entonces, el estruendo atrasado, producido por un relámpago, llenó el elevador como una explosión e impulsó al doctor hasta una esquina, como si lo hubieran golpeado por un gigante.

                Ensordecido por el trueno, atrapado en la oscuridad de ese elevador, el Dr. Alan comenzaba a desesperarse. Se frustraba por no poder gritar por ayuda y por más que abría sus ojos, sólo podía ver oscuridad a su alrededor y en esa oscuridad recordaba a las criaturas y el miedo comenzaba a fluir por sus venas. Lentamente, el sonido de las gotas de la lluvia brotaba de esa negrura y arreciaba. Como una imagen vívida en su mente, podía sentir cada gota de lluvia que se estrellaba con el edificio, el suelo y las plantas,  y los vientos agitando las palmeras en el exterior. En este momento de calma, pudo deducir que un rayo había causado el apagón y que estaría a la merced de la noche, atrapado en ese elevador, hasta entonces.

                Recordó las cortaduras en su pierna, ya habían dejado de sangrar, pero, en el silencio, su atención se centró en ellas, quizá le sería más difícil caminar o correr. Pensaba que su final podría llegar en ese elevador en cualquier momento hasta que, repentinamente, una nota dulce se escuchó y la luz regresó. Todo se iluminó y fue como si el doctor también hubiera recibido electricidad, pues se paró de un brinco. La música del elevador siguió justo donde se había quedado, juguetona, festiva y tonta, y los mecanismos del ascensor empezaron a andar otra vez. Subiendo al piso 16, luego al 17, hasta el 18 que se detuvo para abrir las puertas.

                El piso 18 era diferente a la mayoría, parecía el estacionamiento de un centro comercial, un espacio amplio, lleno de columnas y con tuberías en los techos. La mayor parte de la iluminación no funcionaba y parecía un bosque oscuro con claros que eran las pocas lámparas aún encendidas que se mecían con el edificio y el viento y las columnas como troncos de árboles. Había goteras, charcos y el viento parecía filtrarse por todas partes, pero hasta el fondo, como a cincuenta metros de distancia, podía apreciarse en un rojo resplandeciente el inconfundible letrero que marcaba la salida de emergencia.

Las puertas se cerraron al pasar unos segundos y el Doctor trató de calmarse para poder decidir. La música del elevador lo distraía, pero hacía un esfuerzo por pensar… Si algo estaba escondido en ese estacionamiento, él no podría verlo. Podía intentar correr tanto como le fuera posible, exponiéndose a hacer mucho ruido, llamar la atención de lo que sea que se escondiera ahí. Pero con su pierna lastimada, no lograría llegar muy lejos. Si intentaba ir cuidadosamente y algo lo atrapara en el camino, regresarse y esperar a que las puertas del elevador se volvieran a abrir le tomaría un tiempo letal. Quizá en otros pisos tendría una mejor oportunidad.

Presionó el botón para abrir las puertas y escudriñó el estacionamiento. Puso sus manos detrás de sus orejas, amplificando la cantidad de sonido que recibía, pero el ruido de la lluvia, los vientos y uno que otro trueno que caía ocasionalmente le impedían adentrarse más en la espesura. De todas las opciones, esperar su muerte en el elevador no era su favorita, pero tampoco era la peor. Decidido, asomó su cabeza fuera del ascensor, tratando de ver tanto como pudiera, sin quitar su mano de la puerta para evitar que esta se cerrara. Dio un paso afuera, luego otro, pero nunca quitaba su mano de la puerta del ascensor. Lentamente, empezó a caminar, adentrándose en la oscuridad, atento de cualquier cosa que podría esconderse entre las sombras.

Sus ojos estaban tan abiertos como los de un gato, pero apenas podía ver más allá de los claros de luz iluminados por lámparas que no apartaban la sombra a más de un metro de donde estaban. El doctor procuraba calcular cada paso, siempre oculto, siempre vigilante, le tomó pocos segundos llegar a la primera columna, apoyándose de espaldas a esta. Volteó a la derecha, a la izquierda y no vio nada, pero al momento en que suspiró sonó con fuerza el mecanismo que activaba las puertas del elevador y estas se cerraron. Casi se le para el corazón, pero sentía alivio de ya no escuchar esa boba música de ascensor. Se quedó ahí esperando, pensando que el elevador podría irse en cualquier momento, pero no se fue, estuvo junto a él como un amigo que le cuidaba la espalda si algo pasaba.

Con más confianza, avanzó a la siguiente columna. Cuidando cada paso, siempre atento y vigilante, pero con más energía.  Dando unos pocos pasos, que hacían tanto ruido como una gota de agua que toca el piso seco, alcanzó la siguiente columna rectangular.  Cada vez más cerca de la salida de emergencia, pero más lejos del elevador, el único lugar que, hasta entonces, había demostrado que era seguro. Rodeado de un bosque de columnas, trataba de prestar atención a los ruidos que lo rodeaban, pero le era imposible. Entre las goteras, el viento, el zumbido de las lámparas y otros ruidos generados por motores que encendían y se apagaban de repente y repetían esto en ciclos.

Allan continuó abriéndose paso en la oscuridad, sobre los charcos, cada vez con menos cuidado, cada vez haciendo más ruido. Llegó a la tercer columna, luego a la cuarta y finalmente hasta la quinta, que se encontraba justo a la mitad. En ese momento, miró las puertas cerradas del elevador detrás de sí y los botones que lo activaban. Al avanzar más allá de esa quinta columna, él estaría más lejos del elevador que del letrero de salida de emergencia. Su pierna le incomodaba al andar, sabía que no podría correr, así que la distancia lo sería todo.

Al momento en que avanzó hacia la siguiente columna, escuchó un ruido que no había oído antes. Entre el caos de sonidos de la tormenta, una salpicadura en un charco sonó como algo más fuerte que una gota de agua. Algo había golpeado un charco con fuerza, quizá una de las criaturas. Se sintió estúpido en ese momento, se vio a sí mismo, rodeado de oscuridad y decenas de lugares donde esconderse, con su pierna herida, en un lugar expuesto y ningún tipo de ayuda. Es justo ese momento el que usaría cualquier depredador para cazar a su presa, pero no atacarían justo al verlo, no… Un verdadero cazador es paciente, espera a que su presa se siente confiada, lo deja avanzar hasta una trampa. Pero ya no había vuelta atrás, pues, para el doctor la salida más cercana era aquella puerta de emergencia.

Al llegar a la sexta columna ya había escuchado algo caer en los charcos más de dos veces. No se detuvo en la sexta, avanzó, ya sin ver a su alrededor. Llegó a la séptima columna cojeando, su respiración se aceleraba y el dolor en su pierna aumentaba. Las tuberías que goteaban arriba de él, empapaban su camisa y cada vez que las gotas rozaban su ropa, pensaba que era el fin. Llegó a la octava columna y ahora lo escuchó con claridad, no tenía duda de que no estaba solo, el inconfundible llamado de un depredador al ataque. En ese momento, el dolor de su pierna le desapareció y una energía llenó su cuerpo que le permitió correr. De pocas zancadas, llegó a la novena columna y siguió corriendo, pasando la décima, cuando volvió a escuchar el chillido de guerra.

El piso estaba mojado, sus zapatos resbalaban y tropezaba con cada zancada que daba. Pero milagrosamente pudo mantener el equilibrio hasta estrellarse contra la pared junto a la puerta con el letrero rojo de salida de emergencia. Miró la puerta y su mirada pasó directamente a un letrero pegado en la puerta. Los sonidos de las criaturas, que destacaban de la tormenta que soplaba y mojaba todo, le hicieron dar un brinco y ponerse frente a la puerta. La empujó, pero esta no se abrió. Tiró de ella, pero por más que intentaba no se movía. La golpeó con sus puños con desesperación pero nada de lo que hacía tenía efecto. Cuando volteó, lo último que vio fueron unos ojos verdes, brillantes, como los de un gato, al menos 3 pares de ellos. Completamente atrapado, no hubo nada que pudiera hacer para escapar de los velocirraptores que arrancaron la carne de sus huesos con los dientes con precisión quirúrgica.  Y la sangre del cuerpo del doctor se esparció por todos lados, sobre el piso, sobre la pared, en la puerta y sobre el letrero que decía “Salida de emergencia clausurada, pase al piso 11”.

FIN