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viernes, 9 de enero de 2015

311 – La Jauría.



         

       En ciudad Beta, los rascacielos son el paisaje principal, como los árboles en un bosque. En este bosque de edificios se puede avistar claros de vez en vez, claros de árboles de verdad que al ser más pequeños que sus contrapartes de acero y concreto terminan viéndose como huecos desde los techos de las construcciones. Estos claros de árboles eran parques, las pocas zonas verdes de la ciudad, donde aún el pasto crecía verde y las luces no eran tan brillantes.
                Los parques de Ciudad Beta, así como las calles y demás, llevaban una numeración de acuerdo a la zona donde se encontraran, sin embargo, todos eran casi tan idéntico uno del otro, como lo las diferentes sucursales de los súper mercados. Los mismos árboles de copas altas y pinos, con un pasto común y corriente y algunos arbustos esparcidos por ahí, generalmente podados con figuras de animales y otros símbolos conocidos. Aparte del pasto, estos sitios estaban bardeados por una cerca de concreto con rejas de hierro que se elevaban un par de metros. Diferentes entradas o “puertas” se hayan distribuidas en cada lado de la manzana y estas se unían a través de caminos de cemento que serpenteaban y se cruzaban un par de veces antes de llegar a entrada del lado opuesto. Como si fuera una isla, todo el complejo estaba rodeado de avenidas que parecían ríos de autos que lo bordeaban.
                Algunos ciudadanos de Beta encontraban en los parques una experiencia nostálgica. Sólo aquellos que vivieron en sitios apartados de la civilización, donde la naturaleza aún ejercía su influencia, disfrutaban de estos espacios abiertos y libres de aparatos electrónicos. Aunque se hallaban rodeados de columnas grises iluminadas por miles de ventanas, no podían evitar sentir cierta frescura en el aire, como si todo allá irradiara vida. La gente aprovechaba para ejercitarse al aire libre, desde corriendo, patinando, trotando, caminando o en bicicleta, hasta aquellos que llevaban sus equipos de pesas, mancuernas, mantas para hacer yoga, aros de hula-hula y pelotas de todos los deportes. También estaban quienes debían trasladarse de un edificio a otro y decidían atravesar el parque para descansar, aunque sea por breves minutos, de la ausencia de color de sus respectivas oficinas y negocios, con el verde del follaje y el crujir de las hojas secas bajo sus zapatos.
                El desfile de personajes que marchaban todo el tiempo por esos parajes iba de gente con trajes de colores muertos y zapatos negros, jóvenes y viejos con ropas deportivas que cargaban botellas de plástico con bebidas energéticas, familias que empujaban carritos de bebés, obreros con guantes de Kevlar y casco amarillo de seguridad, personas paseando a perros de todos los tamaños, razas y colores, gente uniformada y hasta uno que otro vagabundo con ropas harapientas que rondaban en búsqueda de tesoros. Y todos estos seres, cada uno de ellos, estaban conectados a un dispositivo electrónico, por lo menos, pues había gente que poseía dos o tres aparatos colgados en el cinturón o repartidos en las bolsas de su ropa. Todos, exceptuando a los perros y a los vagabundos.
                El día 11 de diciembre circulaba con normalidad. El ruido de los motores de los autos, el claxon, millones de personas comunicándose a través de sus celulares y hablando al mismo tiempo mientras caminan, venden o hasta en el baño. La metrópolis vibraba como unas bocinas en un gran concierto y burbujeaba como un vaso de cerveza siendo servido. En el parque No. 293 de la sección C, una reportera y su equipo entrevistaban ciudadanos para un programa de la vida diaria, para el canal de noticias de Ciudad Beta. Reportajes sin contenido real que sólo reforzaban los estereotipos, valores e ideales del status quo contemporáneo patrocinados por las empresas interesadas en imponer tales valores.
La entrevistadora le preguntaba a las personas sobre cuál era su opinión sobre las elecciones que tendrían lugar próximamente, mientras su camarógrafo regordete grababa y otro asistente, más pequeño y delgado como un duende, enrollado en cables, hacía un esfuerzo por no tirar el café de su jefa porque un pequeño perro insistía en meterse entre sus piernas. Las respuestas de las personas contrastaban unas de las otras. Había quienes apoyaban a un candidato y al otro, quienes preferían no opinar y otros que no tenían idea de quién era quién. Varios afirmaron que desconocían que las elecciones tendrían lugar y otro interrumpió apurado a la reportera buscando un baño.
Con unos minutos de la opinión de un puñado de personas, la renombrada periodista estaba por dar por terminada su investigación, cuando otro hombre la interrumpió…
Frente a ella se encontraba un ser espantoso. Sucio, demacrado y maloliente. Apenas manteniéndose en pie, aferrándose a un carrito de supermercado oxidado con sus manos cuyas uñas crecidas y amarillas comenzaban a enrollarse. La tela de su ropa estaba manchada por una variedad de sustancias, desgastada y agujereada, de un color gris tan opaco como nubes de tormenta. Como la sombra de un viejo árbol muerto o un zombi andante. Calzaba unas sandalias amarradas con cuerda de tendedero en sus pies mohosos. De su boca con pocos dientes amarillos surgía un olor tan fulminante que podría ser usado como arma química. El nudo de su cabello jamás podía ser desenredado y la costra de mugre que esa red atrapaba seguiría en esos pelos, aún después de numerosos baños. Temblando, como tambaleándose, se esforzaba por enfocar a la dama con sus ojos llorosos y atiborrados de lagañas sólidas. La barba grisácea de su rostro estaba tan seca que podría fracturarse como papel quemado.
¡Tú!— Tosió el hombre, como si la palabra fuera una flema que tuviera atorada en su garganta por mucho tiempo— ¿M-me… me ves?— y estiró la “s” hasta que sus pulmones se quedaron sin aire.
Nada en toda la carrera de entrevistas con estrellas de la farándula y personajes populares en los medios y en sus divertidos viajes a destinos exóticos y vacacionales  en todo el mundo la había preparado para enfrentar a un ser de una repugnancia que superaba su imaginación. Su mente difícilmente asimilaba que frente a ella existiera un ser vivo, si quiera, pues sólo veía reflejada en él la sombra oscura de la muerte, pobreza, vejez, enfermedad y locura, todos unidos en uno sólo, como si se apersonaran en una entidad que las reunía a todas y si estas fueran todas contagiosas. La sola presencia del vagabundo destruía todo el mundo que ella conocía y en el cual era feliz.
—¿Me… ves?— volvió a preguntar el hombre— ¿Me ves?— repetía. Pero ella era incapaz de comprender la situación en la que estaba, era como tener contacto con vida extraterrestre o una entidad sobrenatural y lo que este ser le intentaba comunicar era a través de su idioma extraño. Pero su cerebro hábil para encontrar patrones, como el de cualquier humano, le permitía identificar un dejo de familiaridad en los sonidos que salían del vago, como si ya hubiera escuchado eso antes, pero no podía recordar qué significaban y cada vez que el vagabundo lo repetía perdía aún más sentido.
Como si a una computadora le cayera un rayo, la mente de la periodista hizo corto circuito y las áreas más primitivas de su ser se activaron: Cerró los ojos, apretó sus párpados, puños y todos los músculos de su cuerpo y emitió un grito descomunal, agudo como un pitido. No era como una “A” extendida, ni como una “i” sino algo entre ambas. Su camarógrafo se agazapó detrás de su cámara, que era quien estaba más cerca y para quien el ser extraño era prácticamente invisible pues para él sólo era una sombra, un pedazo de basura en la acera o una mancha en el camino. Su asistente tiró su café y cayó bajo el peso de los cables.
La mayoría de los asistentes al parque tenía sus oídos tapados por dispositivos que reproducían música, por esto no alcanzaron a escuchar el grito de ayuda de la dama y continuaron con lo que estaban haciendo sin interrupción. Otro grupo de personas sí escuchó, algunos extrañados se quedaron mirando y unos cuantos rieron pensando que se trataba de una broma. Pero el vago no hizo ningún movimiento más que en su rostro donde arrugó, aún más, su entrecejo. Cuando la presentadora abrió los ojos, notó otra vez al ser frente a ella, su grito no lo había ahuyentado sino que su ahora expresaba un gesto más amenazador. Ella volvió a gritar una segunda vez, aún con más fuerza. Y la gente alrededor que alcanzaba a escuchar murmuraba y estiraban sus cuellos para poder ver mejor. Algunos sacaban sus cámaras y empezaron a tomar fotos o grabar a la mujer gritando.
El vagabundo desfiguró su cara totalmente en un signo de amargura y deprecio. Entonces, aspiró tanto aire como pudo y, con los ojos perdidos, emitió un aullido  de un poder poco visto. Era el salvajismo y la capacidad de destruir violentamente en la forma más pura que salían de su boca maloliente. Como una corriente eléctrica que atravesaba el cuerpo en un segundo, pero ese segundo duraba una eternidad y podías sentir cada parte de tu cuerpo siendo golpeada por el impacto sonoro.
Pero el viejo no quería asustarlos. El aullido no era para esas personas. Ya antes trató de comunicarse en su idioma y fracasó, ahora recurría a otros animales diferentes.
Por todo el parque, cada perro que se encontraba ahí se detuvo. Atónitos por el abrumante dominio del macho alfa, sometidos a su control total por la amenaza de sufrir su ferocidad. Fue entonces, cuando todas sus orejas estaban bien paradas y apuntándolo a él, que el vagabundo aulló una vez más. Esta vez con más brutalidad. Y los perros de todas las razas actuaron a la orden lanzándose contra sus dueños humanos. Los más grandes saltaban para derribar a sus amos y morderles el cuello, los más pequeños atacaban dando pequeñas mordidas y alejándose ágilmente.
El vagabundo seguía tronando el aire con sus agudos tonos, enervando a los caninos del parque a continuar su arremetida. No dejarían sobrevivientes. Pero los gritos de muchas personas activaron las alarmas y los mecanismos de la ciudad se activaron. A los pocos minutos llegaron los primeros policías, quienes, consternados, empezaron a disparar en un esfuerzo por salvar a los pocos que aún mostraban signos de vida y que eran agredidos por los perros. Algunos de estos últimos se abalanzaron sobre los agentes de la ley, cayendo al suelo por las heridas de las balas. Pero las bestias le temían más a su general que a su enemigo con armas de fuego, por lo que avanzaron tras ellos.
Un zoológico cercano, el equipo táctico de la policía, bomberos y un batallón del ejército se movilizaron al lugar para poder frenar la masacre a la fuerza y la batalla se prolongó por más de dos horas. Con rifles, escopetas, fusiles semiautomáticos, granadas y gases lacrimógenos lograron acabaron con cada uno de los perros en el lugar. En las calles alrededor del parque las ambulancias formaban una fila intentando rescatar a los menos heridos. Pero los pocos que sobrevivieron estaban infectados por la saliva venenosa de la jauría y morirían horas o días después por la infección. En ese parque no quedó un alma viva, exceptuando al vagabundo que se mimetizó con la sombra de un arbusto hasta desaparecer nuevamente de los ojos del mundo.

FIN

miércoles, 10 de diciembre de 2014

310 – El Vagón.



                El día y la noche dejaron de importarles a los habitantes de Ciudad Beta, una de las metrópolis más grandes y tecnológicamente avanzadas del mundo. Pues funcionaban casi las 24 horas todos los servicios públicos, trabajos, oficinas de gobierno y, por lo tanto comercios y tiendas. La gente salía a la calle a esperar el autobús, aún si fueran las 4 de la mañana o las 4 de la tarde. El metro de la ciudad nunca se detenía. Aun cuando en la noche se notaba un descenso en el tráfico, la ciudad seguía tan vibrante e iluminada a las 10 de la noche como a las 3 de la mañana.
                Juan era un joven comerciante que debía viajar por el sistema de transporte subterráneo de la ciudad cada día para movilizarse a su trabajo. Su cabello era castaño oscuro, minuciosamente peinado, excepto por un pelo que apuntaba en dirección contraria al resto, su calzado negro estaba pulcro y su camisa blanca y pantalón gris bien planchados. Cargaba siempre una mochila donde guardaba manuales, libretas y materiales que llevaba de su casa al trabajo cada día. Mientras descendía por las escaleras del metro, sus lentes se le resbalaban con cada paso que daba y debía regresarlos a la parte superior de su nariz con su dedo índice.
                Al sumergirse más y más en la profundidad de los túneles, la temperatura descendía. Todo el ruido que en el exterior era escandaloso, se amortiguaba por las capas y capas de tierra, roca, cables y concreto que separaban los andenes de la superficie. Pero no era silenciado por completo, sino que se transformaba en un solo gruñido grave y hondo, inaudible para el oído humano, pero que se sentía en los huesos como si una bestia feroz estuviera por atacar. Esto ruido estaba orquestado por el ir y venir de los vagones y el marchar de los cientos de personas que recorrían el sitio.
                Tratando de concentrarse en su menester, cansado, su mente se esforzaba por pensar, mientras se adentraba más en el subterráneo. Pero ideas que para él antes hubieran sido anécdotas de poca importancia, hoy aparecían como dudas en su cabeza. Cuando otros encontraban placer en el entretenimiento común, Juan disfrutaba de hacer cuentas; mientras la gente a su alrededor iba a fiestas, banquetes, bebían alcohol y disfrutaban del sexo, él alegremente deducía impuestos. Sin embargo, cuando su disciplina flanqueaba, su mente se rebelaba y se atrevía a soñar.
                Tan preciso era con su rutina, que incluso podía determinar cuánto esfuerzo estaba haciendo, para no sobrepasar sus límites y así estar listo para seguir trabajando como le gustaba. Pero una metrópolis como Ciudad Beta podía estresar y cansar hasta al más habilidoso de los monjes budistas. De forma que, en un parpadeo apenas más largo que los demás, ideas aparecían en su mente. Ideas que para él eran tan locas y absurdas, que sólo duraban unos segundos para ser descartadas por sus pensamientos usuales. En estos momentos pensaba en tomarse unas vacaciones, descansar, detenerse un segundo a respirar con calma, darse algún placer o distraerse con banalidades improductivas.
                El sólo pensar en cuán desquiciada era esto, mientras bajaba esos escalones, lo llevaban a concluir que estaba cansado y lo regresaba nuevamente a una playa, con una bebida alcohólica, de las que aborrecía tanto, a un lado, escuchando el sonido de las olas del mar y el canto de las gaviotas, descansando. Entonces se quitaba los lentes con una mano para frotar sus ojos, sin dejar de caminar, y regresaba a sus pendientes. Concentrándose en dirigir su cuerpo hacia el andén indicado, aun cuando prácticamente su cuerpo se movía sólo en la dirección correcta, tras tantos años de práctica.
                Repentinamente sucedió un hecho casi inédito, un fenómeno que rara vez había presenciado Juan. Su boca comenzó a abrirse lentamente, mientras jalaba una gran cantidad de aire y sus ojos se cerraron repentinamente. Cuando su pecho se infló por completo, se dio cuenta que estaba bostezando —¡Como si fuera la hora de dormir!— exclamaba burlándose de sí mismo y a sus adentros. Esta infamia le causó tal hilaridad que le dio bríos a sus ánimos. Al cerrarse su boca, se esbozó una sonrisa tenue de un lado de su boca. Imperceptible para cualquiera, menos para él que podía sentir los músculos esforzándose de más, como alguien tratando de levantar un auto con la manos.
                Al relajar su gesto, sintió alivio. Encontró placer en el descanso, aunque sea de una sola porción de su cuerpo. Le tomó todavía unos pasos más en darse cuenta de esto. Cuando dio la vuelta para entrar al siguiente túnel, bajó la guardia y el pensamiento de unas vacaciones ya no le parecía tan ridículo. El ir a una fiesta a intoxicarse con la música, la bebida y placeres carnales incluso eran una posibilidad. De inmediato, su cerebro se echaba a andar como un motor de gasolina y empujaba la diversión a un lado, como un régimen que controla todo y no permite que nadie escape. Y sus ideas iban y venían hacia un lado y hacia el otro batallando.
                Para no desquiciarse, llegó a un acuerdo con su consciencia. Olvidaría las ideas de libertinaje, con la condición de que, en algún momento del día, organizaría un viaje o unas vacaciones programadas operacionalmente con costos, tiempos y lugares. Inspirado por la idea de que, necesitaba descansar si quería seguir trabajando. Así, los músculos de su cuerpo regresaron a la tensión de siempre, de un hombre recto y estéril, que para él era su postura normal y siguió hasta detenerse frente a los rieles, junto con un puñado de gente.
                En el andén había sillas para sentarse a esperar mientras llegaba el tren ligero, pero Juan se decía a sí mismo, con cierto orgullo “Ya habrá tiempo para descansar en las vacaciones”. Pero esto lo enfadó otra vez, había llegado a un acuerdo de que dejaría de pensar en su descanso para concentrarse en lo que era importante en ese momento. Sólo que esta vez, sentía cierta injusticia en sus planes. Quizá lo que él deseaba no era planificar un descanso, sino alocarse y despabilarse. Quizá él deseaba desenfrenarse por un momento de su vida y su viaje programado era demasiado recto para satisfacer esta obsesión.
                El túnel por donde pasaban los rieles se iluminó, anunciando la llegada del metro. Miró su reloj y notó que marcaban las 11:10 pm. En ese instante, y en menos de un segundo, recordó las historias que se contaban sobre el último vagón del metro. Cuentos de libertinaje y placeres sin ataduras. Leyendas de una fiesta sin reglas donde todo era válido y lo único que importaba eran los deseos carnales depravados. Al acercarse rápidamente, el ruido que emitía el tren hacía que todo se inundara de esa canción terrorífica, mecánica, metálica y eléctrica. 
                Cuando el tren se detuvo, Juan miró el último vagón y sus luces estaban apagadas, nada de lo que pasaba ahí adentro era visible desde el exterior. Quizá adentro tampoco habría luz, lo cual activaba de inmediato los otros sentidos. Entonces, las puertas de todos los vagones se abrieron, Juan estaba a tres vagones del último y desde su lugar no apreciaba que la luz se sumergiera en esas entradas abiertas. La curiosidad y la duda lo mataban. Corrió hacia la penumbra abismal y el miedo que sentía lo motivaban a acelerar su paso, antes de que el portal se cerrara, lo cual sucedió en el instante que puso ambos pies dentro de El Vagón.
                El tren comenzó a moverse, pero dentro de esa negrura era imposible saber lo que lo rodeaba. Estiró su mano para pegarse a una ventana y de ahí se arrastró por la pared del vagón unos centímetros hasta topar con un tubo metálico del cual sujetarse. Aferrada al mismo tubo, una mano se deslizó hasta detenerse tras topar con la mano de Juan y esta mano siguió el camino hasta su brazo y antes de que Juan tuviera tiempo de saber cómo reaccionar, otras manos lo sujetaron, pero ahora lo tomaban de la pierna y se escurrían por su espalda.
                Juan estaba pasmado, paralizado. Las manos que lo toqueteaban se aventuraban cada vez más a rincones donde pocos habían estado. Una parte de sí le decía que se dejara llevar y la otra temía por lo que tal libertinaje le pudiera ocasionar. El olor a alcohol apareció del vacío y luego explotó el sabor de algún coctel barato con gran cantidad de ron en su lengua y sus labios se presionaban por la botella que le era pegada a la boca. Y mientras más alcohol tomaba, más su cuerpo se dejaba llevar.
                Apenas habían pasado diez minutos desde que entró en el vagón y ya estaba mareado por el alcohol y el calor que hacía en ese lugar, cuando el color blanco lo cegó. Las puertas del metro se abrieron en la siguiente estación, pero lo único que entró fue algo de aire fresco. Cuando se cerraron y el tren continuó su camino, la fiesta se reanimó. Hombres, mujeres y más criaturas se dejaban llevar por sus perversiones y disfrutaban de sus cuerpos unos con los otros sin límites. Juan había olvidado ya donde comenzaba su cuerpo y empezaba el del resto del grupo.
                Más adelante el tren volvió a detenerse, sus accesos se abrieron y de inmediato todos pudieron ver a una mujer joven que se metía al vagón, pero lo hacía con la calma de quien han perdido el miedo a lo desconocido. Las puertas se pegaron nuevamente y la fiesta y el vehículo continuaron. Las manos rápido desterraron de sus ropas a las recién llegada y su cuerpo se unió al resto del grupo. El éxtasis alcanzado por la orgía era algo espiritual. Su mente se desgarraba y dejaba de ser una persona para convertirse en muchos y no tenía y tenía, a la vez, control sobre su cuerpo y el de los demás.
                Tras parar en la siguiente estación, el portal se volvió a manifestar fuera del vehículo y un hombre con un gorro y traje cruzó el umbral entre la luz y la oscuridad corriendo justo antes de que el portal
El tren no se detuvo en la siguiente estación, continuó su camino cada vez más y más rápido, como enervado por el ritual venéreo. Era como un demonio que se aceleraba y empujaba el vehículo con más fuerza dentro del túnel hasta que, en una curva, los vagones delanteros se volcaron y desprendieron del resto hasta rodar, como una licuadora, disparando trozos de las personas que ahí se encontraban por todo el lugar.  El accidente fue tan brutal que prácticamente nadie sobrevivió, excepto aquellos que se encontraban los vagones finales, como Juan, que sólo sufrieron daños menores y unas pocas secuelas psicológicas.

                FIN

martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

martes, 5 de noviembre de 2013

26 - La Eternidad






  La neblina, que se acumulaba sobre el lago de Vallecalmo, opacaba las aguas y obstruía la visibilidad, sin embargo, esto no detuvo a un bote que se abría paso entre las tinieblas, a paso lento pero firme, en una esquina poco frecuentada del lago. Un poderoso reflector luchaba contra la densidad, pero la frialdad lo superaba, apenas dando al capitán Abat unos metros para calcular sus maniobras y no estrellarse en la costa o golpear a otra nave.

  Abat se encontraba solo, su cuerpo decadente ya no solía navegar como en los viejos tiempos, sin embargo, un fuego en su interior, que se notaba en sus ojos, le daba brío por emprender su misión secreta. Sostenía el timón con una mano y, en la otra, una pechera de plata labrada, que habrá pertenecido a tribus ancestrales, la cual tenía inscrito constelaciones antiguas, como las creencias mitológicas que lo impulsaban al capitán.

  Aferrándose al timón para no caerse, rehusaba a cargar un bastón. Rechazaba cualquier soporte. Era un lobo solitario y así sería o moriría siéndolo. Sin embargo, su barba mal rasurada, su ropa sucia y agujereada, sus dientes podridos y los serios daños en su bote, cuyas letras “La condenación” en un costado eran apenas visibles, como apenas visible era el mundo para los ojos grises del marinero, denotaban lo necesitado que estaba este hombre de ayuda.

  Aparte de cuerdas viejas, en el bote había otra pechera de plata labrada, junto con un cuchillo de obsidiana. Esta segunda obra artesanal, contaba una leyenda con dibujos, sobre un ser todo poderoso que habitaba el fondo de un lago, un dios. En la imagen, un hombre, que sólo vestía un taparrabo, se inclinaba frente a un torbellino en el agua del cual salía un tentáculo que sujetaba la mano del hombre, de la cual salía sangre. A un lado, varios indios levantaban las manos hacia el cielo.

  Nada más de este fenómeno estaba escrito o tallado en piedra. Sólo la leyenda y los cuentos que pasan de voz en voz y que llegaron a los oídos del capitán. Era tal la variedad de leyendas, que Abat debió investigar a profundidad, preguntando, escuchando a los indios que aún habitaban las pocas tierras vírgenes que quedaban. Algunos hablaban de mitos y otros de hechos, pocos afirmaban decir que sabían la verdad, pero casi todos aseguraban haber escuchado algo. Fue así, juntando pieza con pieza, que el Capitán llegó a armar el rompecabezas detrás de la leyenda del dios octópodo y el poder de La Eternidad.

  Conforme se acercaba a su destino final, Abat repasaba en su mente cada paso del ritual. Convencido de que el cuerpo era sólo un contenedor del alma y la muerte era el siguiente paso en el camino para alcanzar la eternidad, estaba dispuesto a todo para ascender a un plano superior de existencia. Para esto, debía contentar al Dios del Lago, conocido por algunos como Dios octópodo,  El eterno, El Ser del torbellino, la criatura del más allá. También llamado por quienes le temen “El devorador de almas”, “El monstruo del lago”, “El demonio de la oscuridad” y más.

  Contentar a este ser era fácil. La sangre auto derramada lo despertaba de su sueño inmortal, una cordial reverencia para demostrar respeto y, finalmente, las palabras “Selendi, Zeratu, Artani” para declarar lealtad y sumisión a su poder. Estos eran los pasos que Abat practicaba en su cabeza, esperando alcanzar La Eternidad, tan añorada.

  Después de lo que parecieron horas, el capitán apagó el motor de su bote. Tiró un ancla por el borde y contempló el agua que salpicaba mientras su herramienta se sumergía en la negrura. Cuando la superficie del lago volvió a su estado estático, como congelado, como si el tiempo no existiera, Abat tomó el cuchillo de obsidiana y sin pensarlo dos veces hizo un corte en su muñeca izquierda. La obsidiana abrió la piel como si se tratara de un bisturí y la sangre fluyó.

  Las primeras gotas se derramaron en el bote, pues el dolor causado por la cortadura hizo que el capitán se contrajera, pero, después de estirar su brazo, el vital líquido se precipitó hacia la oscuridad. Conforme Abat se desangraba, la debilidad que sentía en su cuerpo obsoleto acrecentaba. Su visión nublosa se ensombrecía más. Un sudor frío brotaba de sus poros.

  La temperatura sobre el lago descendió, el bote se comenzó a agitar. A pocos metros, el agua se arremolinaba, cada vez más y más fuerte, hasta formar un remolino de cuyo fondo salían disparados rayos que impactaban los árboles y las piedras en la costa alrededor como balas, iniciando pequeños incendios y calentando las piedras al rojo vivo. Entonces, de las profundidades, un tentáculo de un morado oscuro, más largo que una boa y tan ancho como un neumático, subió lentamente hasta posarse frente al capitán.

  Usando las pocas fuerzas que le quedaban, inclinó su cabeza. Su espalda le dolía, pero la falta de sangre lo anestesiaba, el temor se manifestaba en su tembloroso cuerpo. El tentáculo fue directo a la cortadura en su muñeca ensangrentada y la sujetó envolviéndola. Esperando recibir La eternidad, el capitán respondió “Selendi, Zeratu, Art…!” Pero, antes de que terminara la última palabra, fue jalado hacia el fondo del lago en un segundo, seguido por su bote que fue absorbido por el torbellino y destruido en miles de pedazos, para no ser visto nunca más.


FIN.