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domingo, 1 de enero de 2012

31 - Red Devil



Esta era la noche más oscura de diciembre y una fiesta pagana se celebraba en la mansión más lujosa de la gran ciudad. Sólo unos pocos habían sido invitados a este evento especial, pero aquellos afortunados que contaban con la dicha de asistir, sin duda, nunca olvidarían los eventos que tuvieron lugar esta noche. La fiesta era patrocinada por una anfitriona anónima que todos conocían como La Diabla Roja y presentaría al público una nueva bebida, llamado “Red Devil”.

La mansión estaba plagada de magnificencias, el mármol había conquistado el interior de los muros, columnas, pisos y techos. Estatuas de dioses griegos adornaban las esquinas, junto con bustos de emperadores romanos y cuadros tan antiguos como el renacimiento. Había un salón principal, donde se encontraba la mayor parte de la fiesta. En este salón, el festín y la libación no dejaban de fluir, como el agua de las fuentes en el jardín. Los invitados se agasajaban de los sabores exóticos y poderosos que ahí se servían.

El resto de los invitados estaban perdidos en las múltiples habitaciones de las alas de la mansión en las cuales se deleitaban en una orgía  donde el placer y el dolor se volvían uno solo y el hedonismo y la lujuria conquistaban sus corazones. No existía el bien o el mal, parecía que la noche no tendría fin, la música no dejaba de sonar y todos disfrutaban al máximo de las sensaciones más extremas en todas las formas humanamente imaginables y más.

Cuando llegó la media noche, la anfitriona, La Diabla Roja, llamó a todos al salón principal. Todas las luces estaban apagadas excepto por veladores y candelabros que iluminaban la habitación del color de la sangre. Junto a ella se encontraban varias cajas con suficientes botellas como para saciar la sed de al menos tres veces la cantidad de gente que había, a todos se les entregó una copa y los meseros las llenaron con “Red Devil”.

La botella parecía de un licor cualquiera, pero tenía grabado en el cristal una estrella de cinco picos encerrada en un círculo y el líquido que contenía era de un color rojo cadmio transparente con las letras que decían “Red Devil”. El mismo símbolo estaba pintado en el centro de la habitación principal y, después un discurso, la La Diabla Roja llamó a un brindis y todos bebieron el “Red Devil”.

A todos los invitados se les solicitó que llevaran consigo un pendiente, un anillo, un collar, o cualquier objeto que tuviera una piedra preciosa en ella. Y cuando todos bebieron el “Red Devil”, las piedras empezaron a brillar y todos sintieron una extraña energía en su cuerpo, se sentían como dioses, todos se aceleraban y veían cosas que antes no podían ver. Entonces, el volumen de la música aumentó, todo  se veía más brillante y fue cuando la fiesta comenzó realmente.

Todos estaban bailando al ritmo de la música y los meseros llenaban sus copas con la bebida apenas se la acababan y todos seguían tomando sin parar a la luz de las velas y les daba una sensación de que algo grande iba a pasar en cualquier momento, como si una nueva era estuviera por comenzar y el tiempo dejo de funcionar mientras ellos seguían bailando y disfrutando del “Red Devil”.

Entonces, La Diabla Roja, nuevamente llamó la atención de sus invitados y se situó en el centro de la estrella pero ahora la acompañaba un hombre con pantalón negro, una capucha y sin camisa que sostenía en una mano un hacha y en la otra una correa que estaba amarrada al cuello de una cabra. Mientras, La Diabla Roja daba un discurso sobre el triunfo de la maldad en el día más oscuro del año y, cuando terminó de hablar, el verdugo tomó su arma y decapito al animal. Nadie se horrorizó, todos aplaudieron y la sangre de la cabra se derramó por todo el círculo.

La estrella del centro comenzó a brillar y una energía demoniaca comenzó a posesionarse de los invitados, a todos se les cayeron sus copas de las manos y comenzaron a convulsionar, caían al suelo y de sus bocas salía espuma, entonces sus ojos y sus uñas se pusieron negras y cuernos empezaron a salir de sus frentes, su piel se desgarraba y de ella brotaba un cuerpo escamoso y rojizo. Sus piernas se les caían y revelaban pares de patas de cabra y algunos sostenían con sus garras escudos, espadas y hachas y una malvada sonrisa en sus bocas llenas de colmillos.

Cuando la transformación terminó La Diabla Roja se dirigió a su nuevo ejército infernal. El sol ya salía por el horizonte y todos los demonios estaban listos para retomar el control de la tierra, pues el momento de que la oscuridad vuelva a gobernar comenzaría en ese momento.


FIN

martes, 27 de diciembre de 2011

26 - El Francotirador


    Había miedo en la calle esa tarde de Diciembre. La gente hablaba de un asesino, un francotirador, que mataba personas al azar, al caer la noche. Nadie sabía quién podría ser la víctima, pero por cinco días seguidos, el tirador aterrorizó la ciudad con sus impredecibles ataques. No había un solo patrón a la hora de elegir a sus víctimas, mujeres, ancianos, hombres adultos e incluso niños habían caído presa de este psicópata.

    La policía estaba completamente confundida y pidió ayuda al ejército, pero no había forma de saber cuándo o dónde iba a atacar, quién moriría esa tarde. Nadie quería salir de su casa y si lo hacían, debían moverse con cuidado, de columna en columna o en un vehículo en movimiento, a toda velocidad, saltándose semáforos, altos y cualquier señalización. Las televisiones estaban prendidas todas en los noticieros, esperando información sobre el asesino.

    Mientras tanto, en uno de los edificios más altos de la ciudad, el francotirador subía las escaleras hasta uno de los últimos pisos donde alquiló una habitación con una falsa identidad. Cargaba con un maletín donde guardaba todo su equipo. Sin prisa ni apuro, subía los escalones con una canción en el corazón que a veces silbaba y a veces tatareaba, como quien da un paseo por el parque. Vestía un sombrero y una gabardina que ocultaban el resto de su cuerpo, excepto por unos zapatos elegantes.

    Cuando el francotirador llegó a su habitación, lo primero que hizo fue echar un vistazo al armario, al baño, la cama. Prendió la televisión y hablaban de él en las noticias, no había una sola pista de él y el ejército no quería hablar al respecto.  La policía afirmaba tener un plan, pero aparentaba ser un intento desesperado de tranquilizar a la población. El Francotirador se sentía como en su casa, se quitó la chaqueta y el sombrero, se sentó en la cama y abrió su maletín.

    El rifle que poseía el francotirador era de última generación. Ligero como si fuera de utilería, pero largo y preciso, con un silenciador que servía de poco y una mira que permitía ver la cara de una persona a un kilómetro de distancia. Ensambló cada pieza en su lugar y cuando todo estaba listo cargó el arma y se dirigió a la ventana. Tenía unos binoculares con los que podía buscar un buen sitio para practicar su tiro al blanco, pero las calles estaban cada día más vacías. La gente pasaba corriendo o en sus autos, nadie esperaba sentado mientras comía un postre, tampoco había personas en la parada del camión.

    En uno de los edificios, un hombre que trabajaba en un ducto de aire. Estaba de espaldas y de rodillas, metiendo su brazo en una ranura de ventilación. Ante esto, el francotirador tomó su rifle y apuntó hacia ese hombre. Tomándose unos segundos para calcular el tiro, sincronizando su respiración con los latidos de su corazón y, cuando lo tuvo justo en la mira, disparó. El hombre cayó en el suelo inmóvil y un charco de sangre comenzó a formarse alrededor de él. El Francotirador no podía ocultar su sonrisa perversa, entonces volvió a tomar sus binoculares.

    En la base de un edificio, otro hombre esperaba dentro de su vehículo. Miraba por todas partes con nerviosismo. Por segunda ocasión, el francotirador tomó su arma y disparó. La cabeza del hombre en el vehículo explotó al recibir el impacto de la bala de gran calibre y su cerebro se esparció  por el interior del carro. El francotirador recargó su arma y la soltó por unos segundos, pues comenzaba a calentarse. Su cara tenía una expresión severa todo el tiempo, pero una sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que acertaba al blanco. Tomó, otra vez, sus prismáticos.

    Cerca del parque, alcanzó a ver a otro hombre, vestido con un traje y sombrero, que cargaba un maletín. Sería un objetivo difícil pues no estaba quieto, sin embargo, daba vueltas una y otra vez, como esperando a que pasaran por él. El Francotirador tomó su arma y apuntó. Le costaba un poco de trabajo seguir al hombre y su mano temblaba levemente por la emoción de acertar ya dos blancos. Calmó su respiración e intentó tranquilizarse, cerrando los ojos un segundo. Se tomaba todo el tiempo del mundo, pues dudaba que lo fueran a atrapar.

    Después de observar por un minuto al hombre, pudo anticipar sus movimientos y cuando calculó que su cabeza estaría justo en su mira, disparó por tercera vez. El hombre de traje cayó al piso y su maletín se estrelló en el suelo y se abrió, pero estaba vacío. Su sombrero fue arrebatado por la bala y al escuchar el silbido de esta pasar sobre su cabellera, olvidó su maletín y sus modales y corrió  a ocultarse detrás de un árbol. El Francotirador estaba furioso de haber fallado, pero el hombre ahora estaba quieto y sería un blanco más fácil. Apuntó su arma hacia donde el pobre hombre se escondía, pero sólo se veía parte de su cuerpo. Cuando lo tuvo en la mira, volvió a disparar, pero falló su cuarta bala.

    Aún le quedaba una bala en su cargador, estaba completamente frustrado por fallar dos tiros. Esta vez, no fallaría. Apuntó su mira hacia el hombre que se escondía detrás del árbol y no se movía de ahí. Respiró profundamente, cerró los ojos y trató de calmarse. Ajustó la mira para verlo tan cerca como fuese posible, debía darle en el corazón o en la cabeza, pues no se conformaría con atinarle en un brazo o en una pierna. Observaba como el hombre hacía algo detrás de árbol, pero no podía identificarlo.
    Toda su atención estaba puesta en cada movimiento del hombre de traje, el centro de la mira estaba en su hombro que sobresalía por detrás del árbol en el que se escondía, tampoco podía ocultar su zapato y de vez en cuando asomaba un poco la cabeza. Estaba sentando y si quería moverse de allá tendría que ponerse de pie, tarde o temprano. El francotirador observó, esperó inmóvil, respirando despacio, sin quitar la mira de su objetivo. El hombre de traje, entonces se escondió completamente detrás del árbol y en ese momento, el lente del rifle explotó y los vidrios y pedazos de metal se incrustaron en su cara.

    Una segunda bala impactó en la cara del francotirador y atravesó su cráneo. En su cuerpo se observaban varios puntos rojos, miras de francotiradores de élite que el ejército había preparado para cuando el asesino atacara. Pusieron diferentes señuelos, como el hombre de traje que comunicó a la central sobre la posición del homicida y otros más que observaban atentos escondidos detrás de arbustos y ventanas de otros edificios, pero lo que delató finalmente al asesino fue el brillo de su mira que anunciaba a todo el mundo su posición.

FIN

lunes, 26 de diciembre de 2011

25 - Avaricia



    Las nubes grises opacaban las paredes de los edificios en la gran ciudad. Las luces de las ventanas iluminaban tanto como podían, pero era evidente que una tormenta ya estaba próxima a iniciarse. La gente hacía lo posible por regresar a sus casas y otros buscaban pronto refugio ante la lluvia que cada segundo era más inminente. Sin embargo, dentro de un departamento las luces estaban apagadas y la única iluminación que había era aquella de varias veladoras y velas colocadas en diferentes puntos de la sala.

    Los sillones, la mesa para café y la carpeta habían sido arrimados hacia las paredes para dejar espacio al símbolo pintado con gis en el centro. Una estrella de cinco picos encerrada dentro de dos círculos con palabras escritas en un idioma obsoleto. Cinco personas, tres hombres y dos mujeres, vestían túnicas negras y sostenían en sus manos diferentes de objetos. Uno de los hombres tenía una copa con su propia sangre y un cuchillo, con el que se había cortado; Otro sostenía un libro abierto con una mano y, con la otra, una veladora que usaba para leer el libro en la oscuridad.

    La mujer más joven sostenía en sus manos un collar con un colgante y una piedra negra en ella, parecía obsidiana. La otra mujer cargaba un incensario de serafines que colgaba de dos cadenas casi rozando el piso y llenaba de humo la habitación. El último de los hombres sostenía con ambos brazos un tridente casi tan alto como el departamento y de un brillo fantasmal, parecía hecho de plata o algún hierro pulido o cromado. Además, esta magnífica arma estaba ornamentada con simbología mítica de pueblos ancestrales.

    Conforme la tormenta avanzaba dentro de la ciudad, el agua y los vientos se colaban por la única ventana abierta de la habitación. Se sentía una electricidad en el aire y las velas se agitaban amenazando con extinguirse, pero resistían el embate de las ráfagas de aire. El círculo en el piso, que originalmente era blanco, se tornaba de un color rojizo y empezó a salir del centro una luz que se arremolinaba y se transformaba en un humo carmesí que se comprimía y adquiría una forma humanoide.

    Cuando la luz dejó de salir del centro del círculo, una figura demoníaca se reveló ante los cinco. Sus cuernos chocaban con el techo, a pesar de estar encorvado. Tenía patas de chivo, garras como de águila y el dorso, los brazos y el cuello de un humano. Su cabeza parecía a la de un león y poseía una cola con una punta como de flecha. Una poderosa hacha era blandida por el ser infernal y la hoja era tan ancha como una persona promedio.

    Al instante que el ser puso la mirada en el hombre del libro y este último le hizo una señal a aquel del tridente, quien rápidamente respondió dando una estocada directo al pecho del demonio. Pero este tomó el tridente con una mano y se lo arrebató de un tirón, como quien le quita un dulce a un bebé y terminó volando hasta estrellarse contra la pared y caer el suelo inerte. Todos los demás dieron un paso atrás, pero no corrieron, pues estaban petrificados ante el tamaño y poder del ser que tenían frente a ellos.

    De un solo tajo, cortó la cabeza del hombre que sostenía el libro y de la joven. Luego miró el tridente que sostenía y pareció reconocer su origen. Entonces tiró su hacha, y atravesó al hombre y mujeres faltantes como un palillo a través de una salchicha. De entre la sangre y pedazos humanos, el demonio agarró el collar que sostenía la joven y se lo colgó al cuello. En seguida, sus ojos se tornaron negros. Finalmente, salió por la ventana, trepó por la pared hasta subir al techo del edificio y fue saltando de azotea en azotea hasta perderse en medio de la tormenta.
 
FIN

sábado, 24 de diciembre de 2011

24 - El poder del fuego



    Cada día están más cerca los festines de fin de año, las celebraciones paganas de rituales más poderosos. La fiesta más grande de toda la ciudad tendría lugar el último día del año y sería épica. Los afortunados invitados lucirían sus mejores ropas y joyería. Pero no todos recibieron regalos de piedras preciosas y oro. No todo era cetros y coronas de plata. Algunas personas, locas por solitarias, debían comprar sus propios atuendos y, sin mucho presupuesto para invertir, tenían que arreglárselas para llevar, aunque sea un medallón, un anillo o un collar que honre los dioses del fin de año.

    Esta era una joven mujer, harta de la vida, harta de la existencia banal, vil y cruel. De un mundo malvado que le había arrebatado todo: Familia, amor, dinero, propiedades, amistades. La providencia del destino la llevó a un callejón sin salida y con las pocas monedas que tenían en su bolsillo, jamás alcanzaría para comprar el único requerimiento del ritual pagano al que había sido invitada. Probando una última vez su suerte, recurrió a un barrio desamparado de la ciudad para conseguir el artículo deseado.

    Caminaba por una calle sucia, acompañada de hojas de periódico que seguían al viento, sus tacones bajos hacían un eco cada que golpeaban el suelo. Los edificios en esa zona de la ciudad tenían ventanas tapiadas con maderas y la única tienda abierta no tenía pinta de ser confiable, pero, dado que no tenía nada más que perder, decidió entrar, casi como retando a su suerte en este Diciembre, mes del terror.

    La tienda parecía opacada por la desolación del exterior, sin embargo, por dentro era algo diferente. Tenía un estilo de tiempos atrás, quizá podría llamarse clásico por los más recatados o anticuado por los menos conocedores, pero los artículos disponibles para la venta definitivamente no eran de fabricación barata, se trataba de Platos, vasos, copas, anillos, tronos y demás piezas ornamentadas y artesanales… asemejaba a un sitio digno para la realeza, más que para una simple plebeya. Sus tacones bajos hicieron eco dentro del piso tienda para así poder penetrar en el misterio.

    El tendero lucía un traje elegante, con porte fino y arrogante. Saludó cordialmente a la joven, pero denotando cierto desprecio clasista. El astuto tendero supuso que ella buscaba un artículo barato para presumirle al mundo, algo que oculte el fracaso que tenía escrito en todo su cuerpo. Sin entablar conversación, le mostró un collar con un colgante de bronce que lucía una piedra rojiza en el centro. Ella, en seguida, pensó que eso funcionaría para la fiesta, si el precio era suficiente. Sin ninguna explicación, quizá intentando que ella se fuera de su tienda con la mayor premura posible, aceptó las pocas monedas que poseía en su bolsillo, la envolvió en un papel y la dejó ir con su nuevo poder.

    Al poner sus dos pies en la acera, los cerrojos de la puerta de la tienda sonaron uno seguido del otro y luego las luces se apagaron. Cuando la joven pudo admirar con más calma su nueva posesión, notó que tenía inscripciones chinas alrededor que no podía entender, pero al colgarlo alrededor de su cuello sintió un vigor que no había pasado por sus venas en mucho tiempo, quizá nunca lo había sentido en realidad. Miraba a su alrededor como si fuera un demonio que acababa de llegar a una nueva dimensión y estuviera listo para conquistar un nuevo mundo.

    Sentía calor en su cuerpo, pero no le molestaba, la relajaba, soplaba aire caliente de su boca y sus manos le temblaban. Caminaba y sentía que sus pies golpeaban el suelo con tal fuerza que parecía romperse. Sus ojos se posaron en un buzón, de un color rojo como la piedra de su collar y, antes de que se diera cuenta, ya salía humo del contenedor y fuego. Al ver esto, se alejó tanto como pudo para resguardarse, pero de alguna manera lo sabía, el fuego no había venido de cualquier lado, ella lo había iniciado y era gracias a su nuevo collar.

    Intentó una vez más, mirando unas cajas con basura en un callejón. A pesar de la humedad, éstas prendieron de un chispazo y el fuego se elevó hasta una ventana cercana que estaba cerrada. La idea de incendiar un edificio entero le pasó por la mente y el vidrio de la ventana explotó y llamaradas salieron de esta y el humo atiborró la calle. Ella escapó tan rápido como podía. Su corazón latía con fuerza, jadeaba, sentía un calor en su interior que le quemaba, pero lo gozaba, no sentía remordimiento alguno, merecía este poder, ahora ella tenía los dados en las manos y planeaba apostarlo todo, antes de tirarlos.

    Al llegar a una congestionada avenida puso a prueba sus poderes. Oculta detrás de una muralla, pensó en los autos y podía visualizarlos envueltos en llamas y en su mente escuchaba los gritos de la gente que se quemaba viva. Miró un edificio y el humo empezó a brotar. El caos se apoderó de la ciudad, los autos incinerados expulsaban gases tóxicos y los cimientos de los edificios crujían a punto de desplomarse como un galleta seca. La joven sentía una excitación que no podía explicar ni entender. Pero el calor de su corazón le impulsaba a seguir destruyendo y matando y quemando todo lo que estaba a su alcance.

    Uno tras otro, los vehículos abandonados por la gente que corrió envuelta en pánico, se calcinaban y hacían una cadena que crecía y crecía. La joven estaba histérica, maníaca, no había forma de detenerla y el fuego que sentía en su interior finalmente la quemó. Su cuerpo nunca tocó el suelo, pues se convirtió en una estatua de ceniza que fue barrida por el viento y del medallón con el poder del fuego no se volvió a saber nada, nunca más.

FIN

lunes, 19 de diciembre de 2011

19 - REQUIEM


    Esta es la historia de un viejo músico que trabajaba como maestro en una conocida academia de música dando clases de Piano a alumnos jóvenes. El maestro había pasado por mejores tiempos décadas atrás y ahora su habilidad estaba en decadencia. A sus 50 años, no había tenido un solo éxito, no era querido por sus alumnos y carecía de amigos. Debía cuidarse a sí mismo con el poco salario que ganaba y ya nadie lo contrataba para dar conciertos, pues decían que su habilidad se había extinto, lo consideraban obsoleto.

    La vida del maestro era deprimente, dedicaba el tiempo libre a beber vino y escuchar sus obras favoritas en el tocadiscos, mientras descansaba todo su cuerpo en un sofá cubierto de piel agrietada y endurecida, fumando habanos como si fuera inmune a su tóxico humo, mientras el piano se cubría de polvo y el suelo se iba llenando de partituras rotas y pisoteadas. Nada en la casa estaba en su lugar, como si un huracán hubiera arrasado sólo dentro de su hogar y las botellas de vino rotas se acumulaban en cada rincón, junto con las copas a medio acabar sobre casi todos los muebles.

    Era diciembre y el músico estaba más deprimido que nunca, cansado de una vida sin sentido, decidió darle a la humanidad una última obra maestra, una pieza que haría temblar a la ciudad entera, sería algo que recordarían toda su vida y sólo lo tocaría una vez. Sus planes iban más allá de dar un simple concierto, había calculado todo. No durmió en noches enteras terminando su obra magnífica, pero no la tocaría aún, sólo escribía, pues una pieza tan magnífica sólo debía ser tocada una vez y nunca más.

    Se anunció así, el concierto del maestro. Sin mucho interés por parte de la sociedad, casi a regañadientes tuvieron que asistir algunos de los participantes, pues eran pocas las personas en esta ciudad que aún disfrutaban de la música producida por un instrumento acústico en vivo en un auditorio, tocado por un maestro entrenado a la vieja usanza. Pero la noche del concierto llegó y los reflectores apuntaron a un piano de cola blanco de fabricación japonesa y, después de ser anunciado, el maestro entró acompañado de unos breves aplausos desairados.

    El maestro se sentó frente al piano esperando que los aplausos cesaran. Entonces, con un silencio prolongado como inicio, comenzó a tocar. Pasaba sus dedos suavemente sobre las teclas, tocando unos acordes apenas audibles, subiendo poco a poco el volumen hasta que un tono solemne fue reconocible, no era una alabanza a la nobleza, pues tenía un ritmo bélico, de marcha de guerra, con cierta tristeza y nostalgia, pero con orgullo, sin flaquear, como el entierro de un héroe caído en el campo de batalla. Alguien que luchó y dio la vida por los demás y su última recompensa sería una última marcha gloriosa hasta su sitio de descanso.

    Al terminar la primera parte, hizo una pausa y entonces los aplausos estallaron. El polvo en la vieja casa de la ópera se estremecía como en sus mejores tiempos y el polvo en los rincones más escondidos se elevaba con el viento, como si la vida que irradiaban las palmadas al maestro purificara la mugre que se había acumulado por el abandono, restaurando el auditorio a su auge original. El maestro apenas podía contener las lágrimas, pero su rostro estaba rígido, endurecido por años de amargura.

    Con su espíritu renacido, el maestro regresó al piano y esta vez no esperó a que los aplausos silenciaran para empezar a tocar, pero el público calló de inmediato en el momento en que se sentó en el banquillo. Nuevamente, empezó a tocar suave, apenas rozando las yemas de sus dedos con sus dedos, pero de un segundo a otro, sus manos tomaron la forma de una garra y empezó a tocar con la fuerza de un maníaco, siempre con el mismo tono solemne de marcha de guerra de la primera parte. 

Virtuoso, brillante, conmovedor, agresivo y hasta arrogante, toda su técnica, todos sus estudios y entrenamiento estaban siendo puestos a prueba esa noche, en ese momento. El cabello del maestro se revolvía y adquiría el aspecto de la melodía que tocaba, haciéndolo ver como un demente fuera de control. Su expresión se endureció todavía más y cada vez que azotaba el piano, con toda su fuerza, el corazón del público se detenía y algunos daban un brinco en sus asientos y esto lo hacía una y otra y otra y otra vez. Cada vez con más intensidad, como quien mata a otro ser humano a puñaladas, queriendo desquitar su odio, disfrutándolo.

La música que salía del piano tenía al auditorio hipnotizado, nadie estornudaba, nadie tosía y los ojos de todos apuntaban al gran maestro. Al terminar su segundo acto, los aplausos fueron mayores. Los flashes de las cámaras opacaban los reflectores del escenario y los gritos viajaban más allá de los muros de la casa de la ópera, extendiéndose por toda la ciudad. Era notable que un suceso inédito tenía lugar allá y aún faltaba un último acto. El público no quería de aplaudir, como si no hubiera aplausos suficientes para hacerle honor a la interpretación de tal  pieza, única en su tipo, pero el deseo de escuchar el final los invadió al unísono. Como si hubiera dejado de llover de repente y la existencia se resumiera a un lienzo en blanco que estaba a punto de convertirse en una obra maestra, todos expectantes, curiosos.

El maestro, entonces, se sentó frente a su instrumento, apretó sus puños un par de veces y movió sus dedos en el aire, dio un suspiro tan profundo que parecía ser el último que daría en su vida y cuando exhaló, volvió a tocar. La marcha heroica que antes tocó con tanto vigor, se convirtió en un cortejo fúnebre, retomando el ritmo calmo de la primera parte, aún bélica, poderosa, pero más solemne, casi como un vals, juguetona, hipnótica. Las teclas eran presionadas con dulzura, pero siempre un tono oscuro resonaba de fondo, atrapando este otro tono más dulce, que se desesperaba y quería gritar pero cuando lo intentaba ¡Bum! Regresaba el acorde tenebroso y lo callaba.

La muerte estaba al lado del Maestro, escuchando su última obra, una que no había sido escuchada por ningún ser humano o inmortal. La melodía que salía del piano creaba la sensación de un espacio profundo, de un lugar eterno del que no podría volverse nunca más, alcanzando un pico de intensidad para de ahí ir cayendo, poco a poco, de la forma más sutil, nota por nota, alcanzando a extender este último camino tanto como podía, tan suave como copos de nieve en una noche de invierno.

Y justo cuando el tocar de las notas era tan débil que ya no producía sonido alguno, el maestro aporreó sus dedos contra el piano y el alma de todos casi se sale al instante. Sus dedos se movían con la velocidad de una tormenta, con una furia interminable. Tal era la potencia de su interpretación que derribó el banquillo con sus piernas, pero siguió tocando de pie, lo que aumentó todavía más su ímpetu. El piano se rompería en mil pedazos en cualquier momento, pero la música seguía saliendo, golpe tras golpe, sin perder la melodía o la tonada original, subiendo y bajando hasta ya no poder más.

Con toda la fuerza de su cuerpo, dio los últimos zarpazos al piano y cuando terminó, cayó muerto. Su cabeza golpeó las teclas antes de tocar el suelo, pero nadie lo rescató. No hubo aplausos, ni gritos. Tampoco los flashes de las cámaras se dispararon. El maestro pudo soportar el poder de su propia obra, pues se preparó varias noches para esto, pero ni el resto del auditorio ni nadie estaban listos para una pieza tan magnífica, no había un corazón capaz de sobrevivir el odio, la locura y la genialidad del último réquiem del maestro pianista.
FIN

 

domingo, 18 de diciembre de 2011

18 - El totem



    No todos descansaban en las vacaciones, muchos trabajaban arduamente como si fuera pleno verano. Especialmente, en aquello que necesitaba mantenimiento, vías de comunicación u obras que, una vez en marcha, ya no se pueden detener. Entre estas, la red subterránea de transporte es especialmente eficiente al realizar su labor, pues construye kilómetros de vías en poco tiempo, conectando la ciudad de un lado a otro, sin embargo, esta tarde en especial, las obras se vieron obligadas a parar.

    Después de picar una pared de piedra que obstaculizaba la construcción de las vías, los trabajadores encontraron una cámara que llevaba a diferentes pasillos con pinturas jeroglíficas de tiempos ancestrales. Siguiendo con el protocolo, mandaron a las autoridades encargadas de obras antiguas. Estos últimos, al llegar, continuaron la excavación hasta toparse con lo que aparentaba ser una cámara funeraria, repleta de artículos arqueológicos invaluables: Collares de jade y de vasijas de barro pintadas, además de lanzas de obsidiana con detalles elaborados, tocados ornamentados con plumas y más jade.

    En el centro de la cámara funeraria se encontraba un sarcófago con inscripciones en un idioma antiguo. Los intrépidos antropólogos pensaron que sería buena idea echarle un vistazo al interior y, con ayuda de todos los obreros, lograron empujar la lápida de piedra que se asentaba sobre el sarcófago y en su interior encontraron a un ser humano. Su piel era tan pálida como la de una lagartija, pero mientras miraban su pecho, notaron que se infló de repente. Como si hubiera respirado y después de desinflarse volvió a llenarse.

    Todos dieron un paso atrás cuando vieron que este ser respiraba ¿Quién o cómo podría haber sobrevivido encerrado tanto tiempo? Era imposible que en ese espacio cerrado hubiera sobrevivido sin alimento, agua o aire. Él mismo no pudo haber movido la lápida que le costó a veinte hombres un esfuerzo brutal. Un hozado antropólogo intentó comunicarse, sin respuesta alguna. Al dar un paso adelante, vio sus ojos abiertos y sus brazos, que antes estaban cruzados, moverse enfrente de él, con la lentitud de un viejo mecanismo oxidado que era reactivado después de estar sin uso por centurias.

    Al momento en que levantó la mitad de su cuerpo, de forma que quedó sentado, un par de trabajadores le pusieron un trapo en los hombros, como para calentarlo y en seguida pidieron agua y una ambulancia. El hombre, sin embargo, no hablaba. Sólo observaba a su alrededor, atónito. Sin que lo ayudaran, tan lento como un camaleón, puso una mano en el borde de su sarcófago y otra en la lápida, apoyándose para salir de ahí. Miraba a todos y todos lo miraban. Medía más de dos metros y su cuerpo parecía esculpido en mármol por algún artista griego y sus ojos… Sus ojos tenían la profundidad de las de un demonio que estuvo soñando mucho tiempo.

    El cielo ya se había teñido de negro y los murmullos comenzaron a llenar la cámara de pequeños ecos. El tráfico se hizo presente, los reflectores que apuntaban todos hacia el ser que seguía de pie junto a su sarcófago lo cegaban. Podía sentir el frío de los vidrios y el metal, sus puños se cerraban, su ceño se fruncía. La expresión en su rostro paralizó a los obreros que miraban expectantes, los antropólogos no tuvieron tiempo de reaccionar, cuando de sus ojos salieron rayos de color morado que los incineraron al instante, siguiendo con los trabajadores que uno tras uno se convirtían en cenizas y  huesos chamuscados.

    Cuando el humo de los restos se dispersó, el ceño del ser se relajó, entonces, como si fuera un robot, su cara tomó una expresión de susto, como el de un animal indefenso que está acorralado en un lugar desconocido. Todo le asqueaba, todo el caos, el ruido, las luces. Por más que su oído se adentraba en el escándalo, más intenso y desorganizado se escuchaba. Nuevamente, sus puños comenzaron a apretar y los músculos en todo su cuerpo se tensaron, la rabia regresó a su rostro, sus ojos volvieron a brillar, pero, esta vez, todo a su alrededor se iluminó con una luz blanca.

    La luz que provenía del ser aumentaba su intensidad, todo a su alrededor se sacudía, los cristales de las lámparas fueron los primeros en romperse. Después la tierra entera comenzó a temblar y rayos salían del epicentro, justo donde el ser estaba parado, y, de un momento a otro, hubo una explosión, tan grande como la manzana de una ciudad. No se pudo encontrar nada en ese perímetro, de los obreros, las vías, el ser extraño o la cámara funeraria, pero testigos afirman que vieron salir una estela de luz que desapareció en una zona oscura del firmamento nocturno.
    FIN
   

 

viernes, 16 de diciembre de 2011

16 - Cocodrilo en las alcantarillas



    La ciudad vibraba de la intensa actividad que tenía lugar sobre el asfalto, pero abajo, en las profundidades de las alcantarillas, el sonido era diferente. No era como si el escándalo de arriba no alcanzara tales distancias pero, de alguna forma, era transformado por el asfalto, los cimientos, tuberías y la infraestructura debajo del piso, en alguna especie de gruñido. Era más bien una sensación en el cuerpo, como una vibración, que algo que se pudiera escuchar, amplificado por los túneles por donde pasaba el agua.

    Era dentro de este laberinto de ductos que dos empleados de mantenimiento se abrían paso entre las aguas. Sus botas les cubrían hasta las rodillas y el resto de su vestimenta de trabajo los mantenía secos por dentro. Sus máscaras filtraban los gases tóxicos, pero no el olor que irritaba sus ojos. Sin embargo, la experiencia adquirida por años de trabajo les impedía devolver todo su desayuno dentro de su traje. Armados únicamente de un casco con una lámpara enfrente y una caja de herramientas simples y su memoria, buscaban una obstrucción cerca de esa zona.

    Cada desviación estaba debidamente marcada con un número y una letra, de tal forma era fácil ubicarse en un, sin embargo, ya habían pasado por esta área antes y para ellos, el laberinto de ductos era como un patio de juegos. Tomaban cada precaución debida, pero se movían con seguridad, sin llegar a la ingenuidad. Cuando finalmente llegaron al área señalada en su orden de servicio, la obstrucción se hizo obvia. El agua se estancaba y formaba un charco en cuya superficie flotaba basura sobre al agua sucia.

    De no eliminar la obstrucción, el agua podría seguir aumentando y ellos mismos quedarían atrapados y morirían ahogados en aguas pútridas y malolientes. Antes de que su tiempo se les acabara, empezaron a trabajar. Uno de los trabajadores fue a la entrada más cercana para desviar tanta agua como pudiera, mientras el otro buscaba sus herramientas en la orilla del charco cuando, tan rápido como un látigo, un cocodrilo salió del agua, lo sujetó del cuello y lo llevó de regreso al agua, donde se lo tragó entero. Las piernas que salían de la boca del cocodrilo aún se movían antes de que terminara de deglutirlo por completo.

    Cuando el otro trabajador llegó cerca del charco, ya no encontró a su colega y, ante su ausencia, decidió hacer el resto del trabajo él solo. Tomó una barra de metal para remover la basura atorada cerca del ducto, pero algo duro y pesado se escondía dentro de las aguas. Entonces, tomó un gancho, que amarró a una soga y lo lanzó del otro lado del charco, para así jalar los desechos. Pero llegaba un punto donde su fuerza ya no le alcanzaba y se tuvo que rendir. Trataba de pensar en una solución a su problema, pero también se preocupaba por el paradero de su colega.

    Sentado al borde del charco, un montículo de desperdicios en un rincón le llamó la atención, pues no era el típico sedimento depositado por el agua, sino que estaba apilado de forma cuidadosa, como si se hubiera hecho así por alguna razón en particular. Se acercó, entonces, al montículo y, al apuntarlo con su lámpara, vislumbró unos cascarones rotos. Sin ser un biólogo experto, sabía que ni peces ni aves podrían sobrevivir en tales condiciones, entonces debía tratarse de alguna especie de reptil. Pero más allá de los huevos, le asombró la cantidad, pues eran más de los que podía contar.

    Su cavilación se vio interrumpida por una presión en su bota. Un cocodrilo de unos centímetros mordisqueaba su calzado tratando de comérselo y otro más también atacó la misma bota. Entonces, más cocodrilos pequeños surgieron de la basura y el agua estancada y se trepaban sobre el trabajador, rasgando su ropa, arrebatándole la máscara y derribándolo por el peso de tantos animales. Con cada mordida que daban, se acercaban más a la carne fresca y conforme siguieron devorando, llegaron al hueso y este también lo hicieron añicos, no dejando rastro del obrero, más que su caja de herramientas esparcida por el suelo.
FIN
   

martes, 13 de diciembre de 2011

13 - Ideas de muerte.



    Un hombre colgaba de una soga que rodeaba su cuello, ahorcándolo, cortándole la circulación al cerebro. La puerta de esta habitación había sido sellada con tablas de madera, de forma que tendrían que usar un hacha o un ariete para derribarla, pues girar la perilla sería completamente inútil. En la esquina había una planta de sombra, rodeada de muebles de piel, libreros con enciclopedias y tomos de historia, y una mesa para el café de mármol, sobre la cual se hallaban facturas, papeles y cartas de deudas, algunas de ellas amenazantes, todas ellas debajo de una hoja de papel con escritos a mano, acerca de planes con la muerte.

    El individuo que se estaba ahorcando en esa habitación, vestía ropa comprada en una tienda de segunda mano, exceptuando por los zapatos que parecían italianos y una mochila deportiva en la espalda. Carecía de joyería y su barba tenía, al menos, un par de días de crecido. Su cara lucía un aspecto decadente, parecía que no había comido adecuadamente, pues su piel se veía anémica y las ojeras denotaban largas noches de desvelo e insomnio. Sus últimos esfuerzos desesperados por desamarrar el nudo fueron inútiles y su vista empezó a nublarse, rodeándose pronto de una penumbra total. Su corazón se detuvo y su cuerpo dejó de moverse.

    Su consciencia se perdía en el más allá y ante él, una figura espectral empezó a manifestarse. Conforme la imagen se iba condensando, un ser cubierto de una túnica negra, sosteniendo un reloj de arena, surgió. Y este ser se presentó frente a él como La Muerte. Le extendió su mano huesuda pero el hombre empezó a llorar. Le dijo al inmortal que había fallecido por su pobreza, su vida miserable no le había dejado ni un par de monedas para transportar su alma al otro mundo, pero que era una persona honrada y si tenía que trabajar, aún en el purgatorio, no habría problema, lo pagaría, de todas formas.

    Así pues, La Muerte le dio una oportunidad. El hombre remaría la balsa por La Muerte, pero con la única condición de que a mitad de camino él se bajaría y después ella guiaría a las almas hasta su destino, procurando que él nunca esté tan cerca del otro mundo como para escaparse y, de este modo, recibiría una moneda por cada milenio que trabajase. No teniendo opción, aceptó el trato y, a partir de ese momento, comenzó su labor de remero. 

El espíritu lo guió al puerto y le mostró el camino que debía tomar, entonces desapareció entre las sombras y al cabo de un rato regresó, acompañado del alma de una persona. Al subirse esta al bote, el ser inmortal se perdió en las tinieblas y el remero empezó su labor milenaria. Aquellos que transitan el río hacia el más allá no suelen emitir palabra durante el solemne recorrido, mas el remero interrumpió el momento sagrado para hablar de su pesar. Que por ser pobre, no pudo pagar su viaje hasta la otra vida y entonces por eso trabajaba para La Muerte. La persona no contestó, pero el navegante insistió, preguntándole si había pagado su cuota. Aún así, no salió palabra  alguna de su boca y al llegar exactamente a la mitad del camino, parada sobre una roca que sobresalía en medio del río, una figura espectral se formó de entre la oscuridad.

La Muerte subió al bote y de su túnica surgió un sonido metálico, como el choque de dos monedas, dentro de alguna bolsa. Entonces,  le indicó a su remero que se bajara y permaneciera parado en la roca hasta su regreso. Hecho el intercambio de lugares, el bote retomó su rumbo, pero nadie estaba moviendo los remos, simplemente se deslizaba en el agua impulsado por una fuerza invisible. Sin saber cuánto tiempo estaría rodeado de esa neblina, del frío y la nada del río que llevaba al otro mundo y por más que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, él sólo veía  oscuridad y nada más.

Al cabo de un rato La Muerte volvió tripulando el bote y este se detuvo suavemente junto a la roca. Esta vez, cuando descendió del navío, su ropa no hizo ruido más que el de la tela. El hombre tomó los remos y los manejó en la dirección que le fue indicado. Llegando al primer puerto, donde abordaría un pasajero más. Pero esta vez, cuando llegó a la roca donde se encontraba su amo, no se acercó, siguió navegando lejos de su alcance hasta llegar a la orilla opuesta al muelle de inicio hasta que su bote se clavó en la arena. Fijándose en las huellas del suelo arenoso, rápidamente aquellas que eran de zapatos o pies, que iban en todas direcciones, se identificaban como humanas y sólo unas parecían pisadas de un esqueleto.

Las siguió por esa playa, cubierta de un techo con estalactitas que todo el tiempo se veía como un sueño, hasta tocar la pared y de ahí hasta una cueva de la cual salía un brillo dorado, que parecía el único color de entre tanta negrura y opacidad. Las monedas estaban heladas, pero su lustre era tal que provocaban la sensación de calidez, como estar frente a una fogata en una noche gélida. Cayó de rodillas, al ver las montañas de monedas y otros tesoros como espadas, coronas, cetros, dagas y poderes antiguos. Pero el objetivo de todo su plan, era llenar la mochila que tenía siempre en su espalda con todas las monedas de oro que pudiera cargar.

Y así, con sus dos manos, echaba por montones la fortuna en oro dentro de su mochila deportiva, fabricada especialmente para ser resistente y no romperse, hasta que ya no cupieron más. Entonces empezó a meter monedas en sus bolsillos y dentro de sus zapatos, tantas como podía y cuando sintió que tenía suficientes para poder cargar y que el bote no se hundiera, regresó al río y navegó de vuelta a la entrada del mundo de los vivos y cuando pasó por la roca, La Muerte seguía ahí y lo observaba con una sonrisa en la cara y un reloj de arena en una mano. Al tocar la orilla del otro lado y correr lejos de la bahía, como si despertara de un sueño, recobró la consciencia y sus ojos se abrieron dentro de la habitación donde se había ahorcado, hasta que su cabeza se separó de su cuerpo por el peso de las monedas.

Al volver al otro mundo, se encontró a La Muerte y cuando le extendió la mano, esta vez él tenía monedas de sobra, pero el ser ancestral no aceptó el trato, pues todas esas monedas eran robadas y debería pagar mil años por cada moneda ultrajada, pero, esta vez, llevará una cadena en cada brazo, anclada a cada remo del bote y otra más, que llevaría por toda la eternidad, para mantener pegada la cabeza a su cuerpo.
 
FIN


   

domingo, 11 de diciembre de 2011

11 - Ira



    La luna todavía parecía completa esa noche de diciembre, pero la luna llena había sido dos días atrás. El reloj del abuelo marcaba las diez de la noche en punto. Dentro de la casa, la electricidad se había ido y sólo un sirio iluminaba la sala, donde un padre leía rezos para un arcángel que debía protegerlos contra el mal y alejar a los seres obscuros de la casa. Mientras esto pasaba, los dueños de la casa, una pareja recién casada, permanecían expectantes, cuando de repente la casa empezó a sacudirse, como en un temblor. Las ventanas  se abrieron de golpe y ráfagas tormentosas azotaron todo lo que no estuviera pegado al suelo.

    El padre enfocaba todos sus esfuerzos para leer los rezos que ya sabía de memoria, pero se aferraba a leerlos directamente de las hojas de su libro que le eran arrebatadas de las manos por las feroces ráfagas de viento que lo empujaban. La llama del sirio resistió unos azotes del viento, pero finalmente se apagó y la habitación quedó a oscuras, realzando el ruido que hacían los libros y retratos familiares que se caían y volaban, lanzando fragmentos de vidrio como balas hacia todas partes. Entonces el padre sacó una botella de cristal y empezó a rociar el agua que contenía frenéticamente, tapándose la cara con su otro brazo que se aferraba al libro.

    Mientras tanto, la pareja de recién casados, se refugiaba de los proyectiles detrás de un colchón, abrazados en la impotencia. Tratando de observar al padre luchar contra un enemigo invisible en las tinieblas, hasta que, repentinamente, los vientos cesaron. La calma llenó la habitación por un instante y lo primero que hizo la pareja fue prender las luces. Pudiendo observar el daño producido en la casa, especialmente el tiradero de cosas, básicamente nada quedó en su lugar, incluso los libreros más pesados se habían movido unos centímetros y una silla yacía destruida varios metros de su sitio original.

    El lugar era un desorden pero, dentro de este caos, se escuchó un quejido. De un montón de tablas que antes formaban una silla, hojas de libros arrancados, retratos, cristales rotos y polvo, surgió la voz del padre, tosiendo y sacando su brazo del tiradero. Rápidamente, la pareja lo ayudó a salir de ahí y cuando él se incorporó, y después de que se sacudiera el polvo de su sotana, los abrazó, aliviado, insistiendo en que el mal se había ido finalmente de esa casa, gracias al poder de su libro. Agradeciendo que todo haya terminado. Pero, apenas terminó de decir esto y las luces se apagaron.

    En ese momento, un frío anormal llenó la habitación, seguido de un fuerte golpe en toda la casa, como si algo gigantesco hubiera chocado contra los meros cimientos del edificio. Causando cuarteaduras en varias paredes, tirando el resto de las cosas que no se encontraban en el suelo, incluyendo a la pareja y al padre que tenía un aspecto deplorable. De entre el estruendo del viento gélido, una voz profunda y misteriosa, salida de ninguna parte, exclamó unas palabras en un idioma ancestral. Los ojos del padre, entonces, se abrieron completamente, junto con su boca y sus manos comenzaron a temblar. Como un gato, y como si su edad avanzada no importase, dio un salto y se puso de pie y salió corriendo por la puerta principal, huyendo por la calle sin exclamar palabra alguna.

    La pareja se encontraba desolada y los vientos volvieron a arremeter contra todo adentro, cuando, de repente, la puerta principal se partió en dos. Un hacha la había atravesado de un golpe y esta era sostenida por un brazo cubierto de una cota de malla y unos guantes de cuero. Luego, una patada terminó de romper y tirar al suelo los restos y un ser fornido hizo su aparición. Sosteniendo un escudo redondo de madera, recubierto de hierro y una armadura del mismo material, exceptuando por el cuello y los brazos donde se apreciaba la cota de malla que llevaba en todo el cuerpo. Su cabeza ostentaba un casco con cuernos de carnero con un agujero a la altura de los ojos.

    La mirada del guerrero era impresionante y su figura frente al portón, imponente. Al quitarse el casco exclamó a la nada — Yo soy Magnus, el decapitador, antiguo descendiente de los Básaros, cazadores de demonios. Mi linaje se extiende desde el gran Broyir, el recolector de cuernos, hasta Tesalonio, quien cerró las puertas del infierno en el siglo XIV, después de la batalla en Áscadi, donde fueron masacrados mil engendros. Demando que pregones tu nombre, pues he arribado siguiendo la pista de otro maligno, pero te he encontrado y ahora mi hacha implora por tu cuello. Acepta el duelo y muere en batalla o recházalo y regrésate por donde viniste y diles a tus camaradas que le tuviste miedo a un simple mortal como yo—

    Como si se hubiera presionado un interruptor, los vientos, el frío y los tronidos de la casa se detuvieron. Pero de la chimenea, empezaron a surgir llamaradas que ascendían hasta el techo y de estas flamas un par de cuernos negros, seguidos de una criatura como humana, pero con colmillos tan grandes como los de un león, orejas de conejo, ojos como de lince y un dorso musculoso sobre unas patas de chivo, cubiertas de un pelo negro con pesuñas del mismo color. La piel era rojiza y de las puntas de sus dedos salían una garras como las de un oso, que sostenían una espada casi tan grande como él, que tenía que agacharse para no topar contra el techo. Ante esto, el guerrero corrió hasta este ser y empezaron a batallar.

    El demonio impactaba al guerrero con espadazos continuos, pero el guerrero se defendía con su escudo, aunque cada golpe le hacía dar un paso atrás y cuando su espalda se encontró con la pared, giró hacia un costado y se ubicó detrás del ser maligno, dándole una patada con su bota que lo impulsó hacia el frente topando con el muro. Pero este último arremetió con su arma hacia el guerrero una vez más, quien esquivó el filo por poco agachándose y tratando de derribarlo con sus piernas, pero la criatura vil era muy fuerte y lo tomó de su armadura levantándolo para enterrarle su espada y las miradas de ambos quedaron a pocos centímetros de distancia. Entonces, el cazador, lo golpeó en la barbilla  con la culata de su hacha y después arremetió con el mango para rematar con un empujón.

    El demonio estaba tirado en el suelo contra la pared. En el momento en que se levantó, un líquido verdoso escurría de sus colmillos y su postura era más encorvada. Sujetaba su espada del mango, pero no la podía levantar. El guerrero no titubeó y asumió una posición de combate, acercándose paso a paso, sin modificar su estrategia, pero se detuvo antes de llegar al demonio, pues, este último, comenzó a reír y profirió unas palabras en su lenguaje desconocido. El guerrero entonces sujetó su hacha con ambas manos y, de un corte limpio, separó la cabeza del demonio de su cuerpo, envolviendo estas partes, junto con la espada, en flamas que se extinguieron en un parpadeo, dejando sólo un olor a azufre y carbón.

    Así pues, el guerrero sacó una navaja de su bota e hizo otro corte en el mango de su hacha. Entonces, se dirigió a la pareja y pronunció — Aquello que habitaba esta caza era un engendro de nombre Ira, un soldado de las fuerzas infernales. Antes de morir advirtió que las puertas del infierno se abrirían otra vez, en pocos días y sus tropas marcharían por las ciudades. Deben tener cuidado, estar armados y enfrentarlos, pues no pueden rechazar un duelo a muerte, mas les advierto que no hay canto ni magia que reemplacen el poder del filo de un hacha o una espada.— Proclamado esto, el guerrero salió de la casa y continuó su búsqueda.


FIN

sábado, 10 de diciembre de 2011

10 - El demonio de las sombras



    La luna llena se elevaba, ese día de diciembre, sobre las casas de las personas. Era sábado y aquellos que tenían el día libre aprovechaban para descansar o relajarse de la agitada semana de compras y arreglos para las festividades de año nuevo. Algunos de ellos preparándose para la gran fiesta que tendría lugar en una mansión a las afueras, de la que todos hablaban, pero sólo pocos podrían asistir. Una de las invitadas atravesaba la avenida principal en su automóvil de lujo. Mientras manejaba, buscaba una estación de radio con alguna noticia que no tenga que ver con villancicos y fiestas cristianas o compras, pero todos hablaban de rebajas en juguetes y accidentes viales.

    En esta ciudad nunca caía nieve, pero el invierno era severo por la letal mezcla entre el frío y la humedad, hacían que estar afuera sin ningún tipo de abrigo ante el sereno fuera similar a ser sumergido o permanecer bajo la lluvia. Con cada respirar, podía sentirse el agua en el aire y los pulmones se helaban. Mas, dentro del vehículo, la calefacción hacía un excelente esfuerzo por mantener el gélido aire fuera del automóvil el cual se detuvo repentinamente, haciendo que las llantas derrapen en el piso un metro, para luego estacionarse con más cuidado frente a una casa.

    Después de que la joven bajó del vehículo, percibió algo en su piel, como un escalofrío y, confiando en sus sentidos, volteó a su alrededor en busca de peligro. El viento soplaba en medio de la calle y agitaba la copa de los árboles. Sus piernas, cubiertas por unas medias, se exponían al frío y sus zapatos altos la alejaban del suelo. Sin dejar de escudriñar el paisaje, caminó hasta la puerta de la casa. Girando su cabeza de un lado a otro mientras buscaba las  llaves de la puerta, dentro de su bolso que hacía juego con su vestido, pero no las encontraba, escuchaba que sonaban en alguna parte, pero se perdían entre la cantidad de objetos y la falta de iluminación.

     Cuando tuvo las llaves en sus manos, metió una de ellas en el cerrojo de la puerta y volteó a un pasillo entre dos edificios de enfrente, donde, por un instante, algo se movió. Fue tan rápido que pudo haber sido un parpadeo o al girar la cabeza, algún reflejo de otra cosa o quizá una amenaza. Le costaba trabajo quitar el seguro y se desesperaba, entonces intentaba con más fuerza y velocidad, pero se le dificultaba aún más. En ese momento observó nuevamente a su alrededor, preocupada, mientras trataba de meter la segunda llave en la cerradura y entonces lo volvió a ver, algo que se movía por el callejón de enfrente, pero, esta vez, más cerca.

    Con sus manos temblorosas, hacía un intento tras otro de meter la otra llave en la segunda cerradura. Espiando sobre su hombre, segura de que en cualquier momento aquello que venía mostraría su rostro. Después de todo, podría ser cualquier cosa, un animal, algún vecino inofensivo, una basura que volaba con el viento o quizá sólo sea su imaginación, pues a su alrededor todo se movía, pero por causa de las ráfagas frías que aún congelaban sus piernas, no escuchaba pasos u otra pista de algo que la acechara. Suspiró profundamente cuando la llave pudo girar completa y la puerta se abrió.
   
    Observaba la oscuridad de la entrada, sólo la iluminación de la calle se colaba por el portón abierto, tapado por su silueta que se derramaba por la alfombra y detrás de ella, otra sombra en forma humana comenzó a adentrarse en la casa. Su corazón se paralizó y volteó de un brinco, pero nada había detrás de ella ni alrededor. Cerró la puerta de su casa de un golpe y prendió las luces del recibidor y la sala. La quietud dentro de su casa era confortable. La luz amarilla de la sala era tenue e impregnaba tranquilidad que se mezclaba con la suavidad de los sillones de tela acolchada.

    En seguida prendió la radio en una estación donde la música relajante era la única regla. Dio un gran suspiro y dejó que su cuerpo se sumergiera en la suavidad del sofá, sus ojos se cerraban del cansancio pero no quería dormirse ahí, prefería tomar una taza de té y descansar en su alcoba, con ropa cómoda, después de un baño. Su cuerpo ya no le respondía como en el día, parecía dopada por la falta de energía y el cansancio. Pero con un último esfuerzo, se decidió por ir a la cocina, a preparar se bebida noctámbula.

    Al dirigirse a la cocina, cada vez que se alejaba de cada foco y lámpara que encendía en su camino, una sombra como humana se proyectaba por delante de ella, pero al encender el siguiente foco o lámpara, la silueta se esfumaba, hasta que volvía a dar unos pasos dentro de la oscuridad que regresaba y desaparecía. Cuando finalmente llegó a la estufa y puso algo de agua para calentar, se fijó en el piso a su alrededor, la luz de la cocina no permitía que obscuridad alguna la rodeara, mas aquella del suelo debajo de sus pies y la que se escondía en las gavetas.

    El té caliente la dejó lista para dormir, pero insistía en tomarse un baño y con un poco más de ánimos se dirigió a su habitación donde se desvistió y entró al baño despreocupada. Prendió la luz de la regadera, pero se apagó antes de que ella terminara de dar un paso, por lo que regresó y activó el interruptor otra vez, junto con la lámpara del lavabo. Entonces, abrió la llave del agua caliente y esta la recordaba al té que acababa de beber. Tallaba su cabello con acondicionador y cerró sus ojos para que no se irritaran.

    Cuando se enjuagó la espuma de la cabeza y pudo ver, notó que la iluminación del baño era un tanto más tenue, arriba de ella, el foco de la regadera estaba apagado y sólo la luz del lavabo estaba prendida. Ella corrió la cortina de baño para ponerse una toalla en el cabello, pero la luz que tenía enfrente proyectaba en el suelo, detrás de ella, una sombra que se escurría hasta llegar a la pared y esta sombra tomó la forma de una silueta humana que extendía sus brazos hacia la joven, quien dio un par de pasos hacia el apagador, rodeando el foco que ahora estaba a su izquierda, mientras la sombra avanzaba sobre la pared.

    Al momento en que la sombra estuvo a menos de un metro de la joven, esta última volteó y pudo verla, tenía cuernos en la cabeza y patas de chivo, su cuerpo era fornido y alto y tenía los ojos como los de un demonio. Entonces la sombra la tomó del cuello y, sin piedad, apretó hasta que la joven se quedó sin aire. Los periódicos del día 11 de diciembre en la mañana, tenían noticias pues esa noche hubo más de un asesinato misterioso, caracterizado porque el homicida no deja pista alguna ni una huella o un pelo. Sólo una puerta o ventana abierta, para escapar y seguir esparciendo la muerte a donde vaya.
    FIN
   

viernes, 9 de diciembre de 2011

09 - Grulo, El Carnicero del Altar Pagano.


    Faltaban veinte minutos para la media noche y sólo un día para la luna llena. En las afueras de la ciudad, la gente trabajaba  a deshoras, tratando de terminar y dejar todo listo para sus vacaciones. En tiendas de paquetería y embotelladoras, las máquinas operaban al unísono con los empleados que marchaban, a paso apresurado, pensando en sus hogares y amigos. Alrededor, camiones descargaban cajas de frutas, verduras, aparatos electrónicos y animales muertos. Los cadáveres de cerdos y reses iban a parar a la carnicería donde eran procesados para su traslado a las tiendas.

    Cuando los animales recién matados arribaban, eran colgados en ganchos en un congelador donde se mantenían frescos hasta que era momento de pasar al despiece y después ser empaquetados y transportados de nuevo. El Altar Pagano era la carnicería más famosa de esta zona, pues sus trabajadores eran especialmente habilidosos para cortar, destazar, picar y amasar la carne, siendo la que más animales procesaba al día. Un río de sangre de diferentes animales fluía todo el tiempo en un canal de agua construido rústicamente sólo para ese propósito.

    Estos brutos cortaban los animales con sus cuchillos y sierras para los huesos. Nada que entraba ahí salía en una pieza. Sus delantales siempre estaban empapados de rojo y entre los carniceros, Grulo era quien se llevaba las palmas, pues podía destazar animales tan rápido que le tomaba más tiempo la espera que debía hacer para que alguien pusiera un nuevo animal en su mesa, cruzado de brazos, con la mirada firme hasta que otro animal sacado del congelador era depositado frente a él, entonces alzaba sus cuchillos y daba golpes por todas partes, cortando al animal en segundos.

    Grulo trabajaba esa noche con un colega suyo, quien cargaba las carnes del congelador a la mesa para ser cortado por el barbárico pero habilidoso carnicero. A este último, le molestaba que su compañero tardara tanto tiempo en cargar las carnes, le insistía que trajera 2 reses por vez, pero no tenía el mismo tamaño que el bruto y tosco Grulo. Por lo que hicieron un cambio de papeles y, haciendo alarde de su poder físico, Grulo empezó a traer cuatro reses por vez, tomando con cada mano las patas de dos animales y azotándolos en su mesa de despiece.

    En poco tiempo, Grulo ya había sacado todas las reses del congelador y estaban apiladas en una montaña junto a la mesa de metal que tronaba y parecía retorcerse por el peso. El pequeño carnicero hacía su mayor esfuerzo por cortar los animales, pero era imposible y comenzaba a impacientar al grandulón, al grado que volvió a tomar su puesto cortando. Tomando una res del cuello mientras con su otra mano hacía cortes rápidos por todas partes, haciendo pilas de carne y huesos separados con destreza, mientras que su colega recogía la carne y la metía en cajas, sin embargo, Grulo era demasiado veloz y los pedazos de carne y hueso se acumulaban conforme la pila de cadáveres iba disminuyendo y aquella de los restos cortados aumentaba.

    Grulo debía detenerse pues era tanta la carne a su alrededor que no tenía espacio para trabajar, diciéndole a su compañero que empaquete dos cajas por vez, pero era lento en su trabajo y el  bárbaro se estaba impacientando más y más, de tal forma que agarró varias cajas y las llenó en pocos segundos. Cada una de sus manos podía sostener una caja entera de carne y huesos y sobre sus hombros equilibraba hasta cuatro, cargando todo el contenido en el almacén, mostrando la experiencia que le había conseguido el título de El Vikingo, El Bárbaro, Thor, entre otros.

    Cuando su labor había finalizado, Grulo le echó un vistazo al reloj, apenas habían dado las doce y al asomarse por la ventana vio la luna y notó que estaba llena. Entonces, el olor a sangre despertó una extraña sensación dentro de su cuerpo. Su corazón comenzaba a latir fuerte y algo en la oscuridad lo calmaba y llenaba de energía a la vez, mirando el mundo desde una perspectiva nueva y poderosa. Habría los ojos tanto como era posible y sus músculos se entiesaban. En seguida, su cabeza giró hacia su compañero quien estaba paralizado ante la figura imponente de Grulo y su gesto maníaco, como un ratón arrinconado por un gato.

    Sin dejar de ver al pequeño hombrecillo que permanecía temblando en un rincón, Grulo marchó como un robot hacia la mesa donde estaba su cuchillo y sierra favoritos, tomando uno con cada mano. Después de afilarlos, pasando los filos entre sí un par de veces, fue directo a su presa. De su boca salía una espuma espesa y su mirada estaba perdida, agitaba la cabeza erráticamente y sin pensarlo ni si quiera un instante, cuando estuvo tan cerca como para que sus brazos alcanzaran al pobre hombre, dio varios sablazos rápidos, partiéndolo en pedazos y luego cortó estos pedazos en trozos más pequeños y estos en retazos. Los empaquetó en una caja, guardó en el almacén y cerró. En la mañana, al día siguiente, encontraron el cuerpo del gigante petrificado en el congelador.


FIN