lunes, 12 de diciembre de 2011

12 - El miedo que acecha


    La tarde se ocultaba detrás de las copas de los árboles, dejando un manto estrellado en el cielo sobre la ciudad. La gente regresaba del trabajo a sus casas, ya pensando en las vacaciones. Era el último martes laboral del año y se percibía un ambiente de optimismo en los hogares. Los hornos y estufas calentaban lo que sería la cena de esa noche en las cocinas, mientras que los niños se entretenían viendo la televisión, pues hacía fresco como para salir a jugar. Una de estas casas tenía algo que ninguna de las otras.

    La familia que vivía en la casa con el número 13 de la calle 7 poniente, como era costumbre, se preparaba a cenar. La comida estaba servida en la mesa y los padres llamaban a sus hijos a comer, pero a los niños les interesaban más lo que pasaba en la televisión que cualquier otra cosa. Tras unos minutos sin respuesta, el papá decidió ir por ellos y cuando llegó a la habitación, abrió la puerta y ellos estaban sentados muy cerca de la pantalla. La sola presencia del señor hizo que los jóvenes apagaran la televisión y bajaran las escaleras para comer.

    Los niños llegaron corriendo a sentarse en la mesa, seguidos del papá y esperaron a que su mamá llegara para empezar a cenar. Los platillos de esa noche consistían en una sopa tibia de fideos, seguida de carne asada con puré de papa y ensalada. Y jugo de limón, para beber.  Todo transcurría con normalidad, pero de repente se oyó un golpe en la puerta. Como si alguien tocara a la puerta de la casa. Todos en ese comedor se preguntaban quién podría ser, quizá algún visitante sorpresa o algo menos benigno.

    El papá entonces miró a su esposa a los ojos y se levantó para dirigirse a la puerta. Deteniéndose en el espejo en el corredor y observando rápidamente sus dientes. Al ver que todo estaba normal, quitó las cerraduras y se dio cuenta de quién era, pues ya había visto antes a esa persona y era irregular verlo en su casa, a esas horas. Después de intercambiar unas palabras, el hombre entró a la casa y el padre de la familia caminó despacio hasta la cocina y permaneció ahí apenas dos minutos cuando salió con una bolsa en la mano. Se la dio al hombre que esperaba y se fue.

    Al momento en que el papá regresó a la mesa, les informó de lo que había pasado. Resulta que su vecino estaba cocinando unos postres pero se había quedado sin azúcar, entonces le pidió una taza y accedió a dárselo. Pero se la puso en una bolsa hermética porque no encontró una tapa para el contenedor que había elegido primero. Así pues, todos siguieron con su cena. Los niños ya casi acababan y los padres se veían a los ojos cada vez más seguido, comiendo tranquilamente, sin prisa, disfrutando de los alimentos, como analizando la situación fríamente, notando la alegría de sus hijos mientras devoraban los últimos pedazos de carne, sintiendo nostalgia por un brillo en los ojos de los niños que ellos habían perdido tiempo atrás.

    Los pequeños tuvieron la educación de pedir permiso antes de levantarse de la mesa, para después llevarlos al lavaplatos. Entonces los niños se quedaron solos en la cocina, mientras marido y mujer terminaban su puré de papa, mirándose a los ojos, sin decir palabra alguna, sólo observándose, comunicándose sin emitir ningún sonido, como telepáticamente, sin dejar de masticar la carne y saborear el puré, un cable imaginario podría conectar ambas mentes  pero un estruendo cortó ese hilo de golpe y sacó a los padres completamente de concentración. Sabían de qué se trataba, pues después escucharon dos gritos y un llanto.

    Al llegar a la cocina, lo primero que notaron los padres fue la sangre de su hijo que se esparcía por todo su dedo índice, pues había tirado su vaso de vidrio y al caer, uno de los fragmentos voló directamente hacia su mano,  causándole la cortadura. Su hermano estaba igual de asustado, pero rápidamente el padre fue por un curita, mientras la mamá calmó al hijo, abrazándolo y calmándolo con palabras reconfortantes. Al llegar el papá, la herida ya había parado de sangrar, pero aun así le puso el curita en el dedo. La mamá miró a su marido y este le asintió con la cabeza. Entonces, ella acompañó a los niños arriba, a sus habitaciones, mientras que el padre permaneció abajo.

    Pasaron un par de minutos desde que la mamá subió las escaleras con sus hijos cuando un grito al unísono se escuchó hasta el piso de abajo. Segundos después, la mamá bajó hasta la cocina, miró al padre directo a la cara y lo abrazó, derramando una lágrima mientras enredaba sus brazos alrededor de su cuello. Después del abrazo, ella le explicó que los niños gritaron pues al salir ella olvidó encender la pequeña lámpara junto a sus camas, pero regresó para hacerlo y los niños durmieron plácidamente. Ella le dijo que estaba contenta de que su hijo no su hubiera lastimado y agradecida por la cena.
FIN

domingo, 11 de diciembre de 2011

11 - Ira



    La luna todavía parecía completa esa noche de diciembre, pero la luna llena había sido dos días atrás. El reloj del abuelo marcaba las diez de la noche en punto. Dentro de la casa, la electricidad se había ido y sólo un sirio iluminaba la sala, donde un padre leía rezos para un arcángel que debía protegerlos contra el mal y alejar a los seres obscuros de la casa. Mientras esto pasaba, los dueños de la casa, una pareja recién casada, permanecían expectantes, cuando de repente la casa empezó a sacudirse, como en un temblor. Las ventanas  se abrieron de golpe y ráfagas tormentosas azotaron todo lo que no estuviera pegado al suelo.

    El padre enfocaba todos sus esfuerzos para leer los rezos que ya sabía de memoria, pero se aferraba a leerlos directamente de las hojas de su libro que le eran arrebatadas de las manos por las feroces ráfagas de viento que lo empujaban. La llama del sirio resistió unos azotes del viento, pero finalmente se apagó y la habitación quedó a oscuras, realzando el ruido que hacían los libros y retratos familiares que se caían y volaban, lanzando fragmentos de vidrio como balas hacia todas partes. Entonces el padre sacó una botella de cristal y empezó a rociar el agua que contenía frenéticamente, tapándose la cara con su otro brazo que se aferraba al libro.

    Mientras tanto, la pareja de recién casados, se refugiaba de los proyectiles detrás de un colchón, abrazados en la impotencia. Tratando de observar al padre luchar contra un enemigo invisible en las tinieblas, hasta que, repentinamente, los vientos cesaron. La calma llenó la habitación por un instante y lo primero que hizo la pareja fue prender las luces. Pudiendo observar el daño producido en la casa, especialmente el tiradero de cosas, básicamente nada quedó en su lugar, incluso los libreros más pesados se habían movido unos centímetros y una silla yacía destruida varios metros de su sitio original.

    El lugar era un desorden pero, dentro de este caos, se escuchó un quejido. De un montón de tablas que antes formaban una silla, hojas de libros arrancados, retratos, cristales rotos y polvo, surgió la voz del padre, tosiendo y sacando su brazo del tiradero. Rápidamente, la pareja lo ayudó a salir de ahí y cuando él se incorporó, y después de que se sacudiera el polvo de su sotana, los abrazó, aliviado, insistiendo en que el mal se había ido finalmente de esa casa, gracias al poder de su libro. Agradeciendo que todo haya terminado. Pero, apenas terminó de decir esto y las luces se apagaron.

    En ese momento, un frío anormal llenó la habitación, seguido de un fuerte golpe en toda la casa, como si algo gigantesco hubiera chocado contra los meros cimientos del edificio. Causando cuarteaduras en varias paredes, tirando el resto de las cosas que no se encontraban en el suelo, incluyendo a la pareja y al padre que tenía un aspecto deplorable. De entre el estruendo del viento gélido, una voz profunda y misteriosa, salida de ninguna parte, exclamó unas palabras en un idioma ancestral. Los ojos del padre, entonces, se abrieron completamente, junto con su boca y sus manos comenzaron a temblar. Como un gato, y como si su edad avanzada no importase, dio un salto y se puso de pie y salió corriendo por la puerta principal, huyendo por la calle sin exclamar palabra alguna.

    La pareja se encontraba desolada y los vientos volvieron a arremeter contra todo adentro, cuando, de repente, la puerta principal se partió en dos. Un hacha la había atravesado de un golpe y esta era sostenida por un brazo cubierto de una cota de malla y unos guantes de cuero. Luego, una patada terminó de romper y tirar al suelo los restos y un ser fornido hizo su aparición. Sosteniendo un escudo redondo de madera, recubierto de hierro y una armadura del mismo material, exceptuando por el cuello y los brazos donde se apreciaba la cota de malla que llevaba en todo el cuerpo. Su cabeza ostentaba un casco con cuernos de carnero con un agujero a la altura de los ojos.

    La mirada del guerrero era impresionante y su figura frente al portón, imponente. Al quitarse el casco exclamó a la nada — Yo soy Magnus, el decapitador, antiguo descendiente de los Básaros, cazadores de demonios. Mi linaje se extiende desde el gran Broyir, el recolector de cuernos, hasta Tesalonio, quien cerró las puertas del infierno en el siglo XIV, después de la batalla en Áscadi, donde fueron masacrados mil engendros. Demando que pregones tu nombre, pues he arribado siguiendo la pista de otro maligno, pero te he encontrado y ahora mi hacha implora por tu cuello. Acepta el duelo y muere en batalla o recházalo y regrésate por donde viniste y diles a tus camaradas que le tuviste miedo a un simple mortal como yo—

    Como si se hubiera presionado un interruptor, los vientos, el frío y los tronidos de la casa se detuvieron. Pero de la chimenea, empezaron a surgir llamaradas que ascendían hasta el techo y de estas flamas un par de cuernos negros, seguidos de una criatura como humana, pero con colmillos tan grandes como los de un león, orejas de conejo, ojos como de lince y un dorso musculoso sobre unas patas de chivo, cubiertas de un pelo negro con pesuñas del mismo color. La piel era rojiza y de las puntas de sus dedos salían una garras como las de un oso, que sostenían una espada casi tan grande como él, que tenía que agacharse para no topar contra el techo. Ante esto, el guerrero corrió hasta este ser y empezaron a batallar.

    El demonio impactaba al guerrero con espadazos continuos, pero el guerrero se defendía con su escudo, aunque cada golpe le hacía dar un paso atrás y cuando su espalda se encontró con la pared, giró hacia un costado y se ubicó detrás del ser maligno, dándole una patada con su bota que lo impulsó hacia el frente topando con el muro. Pero este último arremetió con su arma hacia el guerrero una vez más, quien esquivó el filo por poco agachándose y tratando de derribarlo con sus piernas, pero la criatura vil era muy fuerte y lo tomó de su armadura levantándolo para enterrarle su espada y las miradas de ambos quedaron a pocos centímetros de distancia. Entonces, el cazador, lo golpeó en la barbilla  con la culata de su hacha y después arremetió con el mango para rematar con un empujón.

    El demonio estaba tirado en el suelo contra la pared. En el momento en que se levantó, un líquido verdoso escurría de sus colmillos y su postura era más encorvada. Sujetaba su espada del mango, pero no la podía levantar. El guerrero no titubeó y asumió una posición de combate, acercándose paso a paso, sin modificar su estrategia, pero se detuvo antes de llegar al demonio, pues, este último, comenzó a reír y profirió unas palabras en su lenguaje desconocido. El guerrero entonces sujetó su hacha con ambas manos y, de un corte limpio, separó la cabeza del demonio de su cuerpo, envolviendo estas partes, junto con la espada, en flamas que se extinguieron en un parpadeo, dejando sólo un olor a azufre y carbón.

    Así pues, el guerrero sacó una navaja de su bota e hizo otro corte en el mango de su hacha. Entonces, se dirigió a la pareja y pronunció — Aquello que habitaba esta caza era un engendro de nombre Ira, un soldado de las fuerzas infernales. Antes de morir advirtió que las puertas del infierno se abrirían otra vez, en pocos días y sus tropas marcharían por las ciudades. Deben tener cuidado, estar armados y enfrentarlos, pues no pueden rechazar un duelo a muerte, mas les advierto que no hay canto ni magia que reemplacen el poder del filo de un hacha o una espada.— Proclamado esto, el guerrero salió de la casa y continuó su búsqueda.


FIN

sábado, 10 de diciembre de 2011

10 - El demonio de las sombras



    La luna llena se elevaba, ese día de diciembre, sobre las casas de las personas. Era sábado y aquellos que tenían el día libre aprovechaban para descansar o relajarse de la agitada semana de compras y arreglos para las festividades de año nuevo. Algunos de ellos preparándose para la gran fiesta que tendría lugar en una mansión a las afueras, de la que todos hablaban, pero sólo pocos podrían asistir. Una de las invitadas atravesaba la avenida principal en su automóvil de lujo. Mientras manejaba, buscaba una estación de radio con alguna noticia que no tenga que ver con villancicos y fiestas cristianas o compras, pero todos hablaban de rebajas en juguetes y accidentes viales.

    En esta ciudad nunca caía nieve, pero el invierno era severo por la letal mezcla entre el frío y la humedad, hacían que estar afuera sin ningún tipo de abrigo ante el sereno fuera similar a ser sumergido o permanecer bajo la lluvia. Con cada respirar, podía sentirse el agua en el aire y los pulmones se helaban. Mas, dentro del vehículo, la calefacción hacía un excelente esfuerzo por mantener el gélido aire fuera del automóvil el cual se detuvo repentinamente, haciendo que las llantas derrapen en el piso un metro, para luego estacionarse con más cuidado frente a una casa.

    Después de que la joven bajó del vehículo, percibió algo en su piel, como un escalofrío y, confiando en sus sentidos, volteó a su alrededor en busca de peligro. El viento soplaba en medio de la calle y agitaba la copa de los árboles. Sus piernas, cubiertas por unas medias, se exponían al frío y sus zapatos altos la alejaban del suelo. Sin dejar de escudriñar el paisaje, caminó hasta la puerta de la casa. Girando su cabeza de un lado a otro mientras buscaba las  llaves de la puerta, dentro de su bolso que hacía juego con su vestido, pero no las encontraba, escuchaba que sonaban en alguna parte, pero se perdían entre la cantidad de objetos y la falta de iluminación.

     Cuando tuvo las llaves en sus manos, metió una de ellas en el cerrojo de la puerta y volteó a un pasillo entre dos edificios de enfrente, donde, por un instante, algo se movió. Fue tan rápido que pudo haber sido un parpadeo o al girar la cabeza, algún reflejo de otra cosa o quizá una amenaza. Le costaba trabajo quitar el seguro y se desesperaba, entonces intentaba con más fuerza y velocidad, pero se le dificultaba aún más. En ese momento observó nuevamente a su alrededor, preocupada, mientras trataba de meter la segunda llave en la cerradura y entonces lo volvió a ver, algo que se movía por el callejón de enfrente, pero, esta vez, más cerca.

    Con sus manos temblorosas, hacía un intento tras otro de meter la otra llave en la segunda cerradura. Espiando sobre su hombre, segura de que en cualquier momento aquello que venía mostraría su rostro. Después de todo, podría ser cualquier cosa, un animal, algún vecino inofensivo, una basura que volaba con el viento o quizá sólo sea su imaginación, pues a su alrededor todo se movía, pero por causa de las ráfagas frías que aún congelaban sus piernas, no escuchaba pasos u otra pista de algo que la acechara. Suspiró profundamente cuando la llave pudo girar completa y la puerta se abrió.
   
    Observaba la oscuridad de la entrada, sólo la iluminación de la calle se colaba por el portón abierto, tapado por su silueta que se derramaba por la alfombra y detrás de ella, otra sombra en forma humana comenzó a adentrarse en la casa. Su corazón se paralizó y volteó de un brinco, pero nada había detrás de ella ni alrededor. Cerró la puerta de su casa de un golpe y prendió las luces del recibidor y la sala. La quietud dentro de su casa era confortable. La luz amarilla de la sala era tenue e impregnaba tranquilidad que se mezclaba con la suavidad de los sillones de tela acolchada.

    En seguida prendió la radio en una estación donde la música relajante era la única regla. Dio un gran suspiro y dejó que su cuerpo se sumergiera en la suavidad del sofá, sus ojos se cerraban del cansancio pero no quería dormirse ahí, prefería tomar una taza de té y descansar en su alcoba, con ropa cómoda, después de un baño. Su cuerpo ya no le respondía como en el día, parecía dopada por la falta de energía y el cansancio. Pero con un último esfuerzo, se decidió por ir a la cocina, a preparar se bebida noctámbula.

    Al dirigirse a la cocina, cada vez que se alejaba de cada foco y lámpara que encendía en su camino, una sombra como humana se proyectaba por delante de ella, pero al encender el siguiente foco o lámpara, la silueta se esfumaba, hasta que volvía a dar unos pasos dentro de la oscuridad que regresaba y desaparecía. Cuando finalmente llegó a la estufa y puso algo de agua para calentar, se fijó en el piso a su alrededor, la luz de la cocina no permitía que obscuridad alguna la rodeara, mas aquella del suelo debajo de sus pies y la que se escondía en las gavetas.

    El té caliente la dejó lista para dormir, pero insistía en tomarse un baño y con un poco más de ánimos se dirigió a su habitación donde se desvistió y entró al baño despreocupada. Prendió la luz de la regadera, pero se apagó antes de que ella terminara de dar un paso, por lo que regresó y activó el interruptor otra vez, junto con la lámpara del lavabo. Entonces, abrió la llave del agua caliente y esta la recordaba al té que acababa de beber. Tallaba su cabello con acondicionador y cerró sus ojos para que no se irritaran.

    Cuando se enjuagó la espuma de la cabeza y pudo ver, notó que la iluminación del baño era un tanto más tenue, arriba de ella, el foco de la regadera estaba apagado y sólo la luz del lavabo estaba prendida. Ella corrió la cortina de baño para ponerse una toalla en el cabello, pero la luz que tenía enfrente proyectaba en el suelo, detrás de ella, una sombra que se escurría hasta llegar a la pared y esta sombra tomó la forma de una silueta humana que extendía sus brazos hacia la joven, quien dio un par de pasos hacia el apagador, rodeando el foco que ahora estaba a su izquierda, mientras la sombra avanzaba sobre la pared.

    Al momento en que la sombra estuvo a menos de un metro de la joven, esta última volteó y pudo verla, tenía cuernos en la cabeza y patas de chivo, su cuerpo era fornido y alto y tenía los ojos como los de un demonio. Entonces la sombra la tomó del cuello y, sin piedad, apretó hasta que la joven se quedó sin aire. Los periódicos del día 11 de diciembre en la mañana, tenían noticias pues esa noche hubo más de un asesinato misterioso, caracterizado porque el homicida no deja pista alguna ni una huella o un pelo. Sólo una puerta o ventana abierta, para escapar y seguir esparciendo la muerte a donde vaya.
    FIN
   

viernes, 9 de diciembre de 2011

09 - Grulo, El Carnicero del Altar Pagano.


    Faltaban veinte minutos para la media noche y sólo un día para la luna llena. En las afueras de la ciudad, la gente trabajaba  a deshoras, tratando de terminar y dejar todo listo para sus vacaciones. En tiendas de paquetería y embotelladoras, las máquinas operaban al unísono con los empleados que marchaban, a paso apresurado, pensando en sus hogares y amigos. Alrededor, camiones descargaban cajas de frutas, verduras, aparatos electrónicos y animales muertos. Los cadáveres de cerdos y reses iban a parar a la carnicería donde eran procesados para su traslado a las tiendas.

    Cuando los animales recién matados arribaban, eran colgados en ganchos en un congelador donde se mantenían frescos hasta que era momento de pasar al despiece y después ser empaquetados y transportados de nuevo. El Altar Pagano era la carnicería más famosa de esta zona, pues sus trabajadores eran especialmente habilidosos para cortar, destazar, picar y amasar la carne, siendo la que más animales procesaba al día. Un río de sangre de diferentes animales fluía todo el tiempo en un canal de agua construido rústicamente sólo para ese propósito.

    Estos brutos cortaban los animales con sus cuchillos y sierras para los huesos. Nada que entraba ahí salía en una pieza. Sus delantales siempre estaban empapados de rojo y entre los carniceros, Grulo era quien se llevaba las palmas, pues podía destazar animales tan rápido que le tomaba más tiempo la espera que debía hacer para que alguien pusiera un nuevo animal en su mesa, cruzado de brazos, con la mirada firme hasta que otro animal sacado del congelador era depositado frente a él, entonces alzaba sus cuchillos y daba golpes por todas partes, cortando al animal en segundos.

    Grulo trabajaba esa noche con un colega suyo, quien cargaba las carnes del congelador a la mesa para ser cortado por el barbárico pero habilidoso carnicero. A este último, le molestaba que su compañero tardara tanto tiempo en cargar las carnes, le insistía que trajera 2 reses por vez, pero no tenía el mismo tamaño que el bruto y tosco Grulo. Por lo que hicieron un cambio de papeles y, haciendo alarde de su poder físico, Grulo empezó a traer cuatro reses por vez, tomando con cada mano las patas de dos animales y azotándolos en su mesa de despiece.

    En poco tiempo, Grulo ya había sacado todas las reses del congelador y estaban apiladas en una montaña junto a la mesa de metal que tronaba y parecía retorcerse por el peso. El pequeño carnicero hacía su mayor esfuerzo por cortar los animales, pero era imposible y comenzaba a impacientar al grandulón, al grado que volvió a tomar su puesto cortando. Tomando una res del cuello mientras con su otra mano hacía cortes rápidos por todas partes, haciendo pilas de carne y huesos separados con destreza, mientras que su colega recogía la carne y la metía en cajas, sin embargo, Grulo era demasiado veloz y los pedazos de carne y hueso se acumulaban conforme la pila de cadáveres iba disminuyendo y aquella de los restos cortados aumentaba.

    Grulo debía detenerse pues era tanta la carne a su alrededor que no tenía espacio para trabajar, diciéndole a su compañero que empaquete dos cajas por vez, pero era lento en su trabajo y el  bárbaro se estaba impacientando más y más, de tal forma que agarró varias cajas y las llenó en pocos segundos. Cada una de sus manos podía sostener una caja entera de carne y huesos y sobre sus hombros equilibraba hasta cuatro, cargando todo el contenido en el almacén, mostrando la experiencia que le había conseguido el título de El Vikingo, El Bárbaro, Thor, entre otros.

    Cuando su labor había finalizado, Grulo le echó un vistazo al reloj, apenas habían dado las doce y al asomarse por la ventana vio la luna y notó que estaba llena. Entonces, el olor a sangre despertó una extraña sensación dentro de su cuerpo. Su corazón comenzaba a latir fuerte y algo en la oscuridad lo calmaba y llenaba de energía a la vez, mirando el mundo desde una perspectiva nueva y poderosa. Habría los ojos tanto como era posible y sus músculos se entiesaban. En seguida, su cabeza giró hacia su compañero quien estaba paralizado ante la figura imponente de Grulo y su gesto maníaco, como un ratón arrinconado por un gato.

    Sin dejar de ver al pequeño hombrecillo que permanecía temblando en un rincón, Grulo marchó como un robot hacia la mesa donde estaba su cuchillo y sierra favoritos, tomando uno con cada mano. Después de afilarlos, pasando los filos entre sí un par de veces, fue directo a su presa. De su boca salía una espuma espesa y su mirada estaba perdida, agitaba la cabeza erráticamente y sin pensarlo ni si quiera un instante, cuando estuvo tan cerca como para que sus brazos alcanzaran al pobre hombre, dio varios sablazos rápidos, partiéndolo en pedazos y luego cortó estos pedazos en trozos más pequeños y estos en retazos. Los empaquetó en una caja, guardó en el almacén y cerró. En la mañana, al día siguiente, encontraron el cuerpo del gigante petrificado en el congelador.


FIN

jueves, 8 de diciembre de 2011

08 - Los dados de la desesperanza



    Es viernes, en la ciudad, la gente ya espera salir de sus trabajos para poder divertirse toda la noche y el fin de semana. Los autos atiborran de ruidos mecánicos el ambiente entre los rascacielos cuyos vidrios resplandecen a la luz del sol que desciende hacia el horizonte.  Los papeles entran y salen de las oficinas de un cubículo a otro y las impresoras y fotocopiadoras no dejan de trabajar. Desde cualquier ángulo, se podía ver un par de manos que cerraban un trato, vehículos esperando en un semáforo, cocinas y restaurantes de comida rápida trabajando a su máxima capacidad y gente cargando bolsas con regalos.

    Es en uno de estos edificios, que un hombre observa la ciudad en movimiento. Sujeta con su mano derecha una hoja de papel bond blanca que se arrugaba de tan fuerte que la tenía agarrada. Su corbata le apretaba el cuello por encima de su camisa blanca, así que usó el dedo índice de su mano izquierda para aflojarla ligeramente. Observaba cada piso, cada ventana, mientras escuchaba las noticias locales. Las luces de ese piso estaban apagadas y sólo aquella que entraba por sus persianas se colaba dentro de las oficinas. En el escritorio más cercano a esta persona, un pequeño monitor mostraba unas listas de números  verdes y cálculos matemáticos avanzados.

    La radio hablaba de temas de política local, cosas relativas a la ciudad, datos de nuevas especies descubiertas en selvas de Borneo y celebraban que habían pasado al menos 100 días sin un  sólo reporte de suicidio en el mundo, cosa rara en diciembre. También hablaban de la navidad que se acercaba, la manía con las compras navideñas y los adornos de navidad, como pinos, luces y otros más extravagantes con instalaciones llenas de figuras robóticas que se movían y cantaban, iluminados por foquitos danzando al unísono con la música, entre otras cosas locas.

    El hombre, rascaba su cabeza calva y se tallaba sus ojos con las manos, pasando los dedos bajo los lentes. Echó un vistazo abajo y notaba el tráfico normal, a algún caballero se le rompía su maletín y los papeles salían volando, alrededor de un carro había un grupo de gente empujándose tratando de observar lo que sucedía dentro del vehículo que parecía un convertible, un policía ponían conos de tránsito en un tramo de la avenida, mientras que otro dirigía a los autos embotellados por la hora pico. Fue en ese entonces que un estruendo producido por cristales rompiéndose rompió la supuesta calma.

    Al momento de oír el estallido de vidrios, el matemático pegó sus palmas a su propio cristal, giraba los ojos como un camaleón, tratando de encontrar la ubicación, pero había pasado a un par de oficinas de la suya y no tardó mucho tiempo en oírse otro estruendo similar, esta vez más cerca, casi al lado de su oficina. Mientras observaba, se dio cuenta que el edificio de enfrente ya tenía ventanas rotas y, justo en ese instante, vio como estallaba en mil pedazos otra más y la figura de un ser humano que la atravesaba para caer directo al concreto en la base del edificio, donde comenzaban a acumularse los cuerpos incrustados de pedazos puntiagudos de cristal.

    La gente seguía saltando de los edificios, no sólo en esa calle, sino en toda la ciudad y alrededor del mundo, donde se escuchaban noticias de homicidas suicidas, personas saltando a las vías del tren o frente a camiones. Choques de vehículos y ataques de violencia e ira. Mientras que el matemático apretaba cada vez más fuerte el papel con números impresos. Su frustración no podía ser mayor, tenía la información y pudo prevenir el desastre. Sabía que las probabilidades algún día tendrían que activar sus mecanismos y el balance debía ser restaurado. Había deducido que la mayoría de la gente no lo entendería, sus supersticiones los llevarían a mal interpretar la situación y entrarían en pánico.

    No dejaba de maldecir dentro de sí, cerraba los ojos y apretaba la mandíbula con tanta fuerza que parecería que sus dientes se quebrarían o su quijada quedaría trabada en esa mueca para siempre. Le echó un último vistazo al papel que sostenía en sus manos, que calculaba el número de suicidios que no habían sucedido y los que estarían por suceder en días próximos, pero los consideró demasiado absurdos, las probabilidades eran demasiado incoherentes y sin embargo sucedió, tan incoherente y terminó siendo una realidad. Partió el papel a la mitad con sus dos manos, luego rompió los dos pedazos a la mitad y así hasta hacer pequeños pedazos que arrojó al aire mientras caía de su edificio, tras haber saltado, no sin antes de volverse a ajustar la corbata.
FIN

miércoles, 7 de diciembre de 2011

07 - El Amuleto Mágico



    El Lago Lotuka era conocido por dos cosas: Los campamentos de invierno y las leyendas en la fogata. Alejado de la civilización, el lago estaba rodeado de un bosque en medio de un valle envuelto por un perímetro de montañas. En esta temporada, se formaba una capa de hielo en el piso húmedo. Pero las cabañas y el fuego de las fogatas eran suficiente protección para los jóvenes que acampaban ahí año con año.

    De día, se disfrutaba plenamente de los juegos y actividades. Los asistentes se dividían en grupos de diez jóvenes y dos guardias, a quienes llamaban profesores, pues les enseñaban todo tipo de tácticas de supervivencia y datos interesantes sobre la historia y biología del lugar. Pero al caer la noche, los profesores prendían fogatas y contaban historias de terror. Algunas de niños que alguna vez se perdieron por separarse del grupo y cuyas almas aún siguen vagando los alrededores del lago en esas fechas.

    La luna no estaba llena aún y una neblina cercaba el campamento como un ejército fantasmal sitiando un bastión protegido únicamente por el fuego de las antorchas que defendían las cabañas y las fogatas sobre las cuales los niños se sentaban en círculos para escuchar los cuentos que los profesores contaban. Esa noche, advertían a los niños que si escuchaban a alguien pidiendo ayuda en el bosque en la noche, deberían de tener cuidado, pues depredador rondaba el lago buscando una víctima de la cual alimentarse.

    “Pero este depredador— continuaba contando uno de los profesores, los jóvenes escuchaban atentamente, menos uno que se movía en su asiento inquietamente— no es cualquier bestia, es un ser sobrenatural que se alimenta de almas, las colecciona. Es tan grande como un oso y ágil como un lince, se mueve en la oscuridad como un pez en el agua, pasa de sombra en sombra hasta que está lo suficientemente cerca de ti, entonces te atrapa con sus dos garras y no hay nada que puedas hacer, una vez que sus ojos hacen contacto con los tuyos. Una vez que chupa tu alma, deja tu cuerpo como alimento a los carroñeros y posiblemente no se vuelva a saber de ti, nunca más”.

    “Los nativos locales tenían un truco para alejar a los malos espíritus que rondaban en las sombras, para salvar sus almas, se ataban un collar hecho de la flor morada de la montaña— Y sacó de una bolsa un ramillete, de un color morado intenso y alargadas, todos prestaban atención menos el niño que se veía inquieto—. Esta flor era utilizada para sus rituales más sagrados, pues ponían a los chamanes que las usaban en contacto con los espíritus de sus antepasados. Claro que, hoy en día, sabemos que el modo de preparación que utilizaban…”.
    Mientras hablaba el profesor, el niño que se veía inquieto interrumpió para pedir permiso de ir al baño. Al habérsele concedido, corrió hasta su cabaña para usar el baño, sumergiéndose por ratos en la neblina, que seguía conquistando terreno conforme las antorchas se debilitaban, para resurgir ante la luz y calidez del fuego. Antes de darse cuenta ya había llegado al baño y fue un gran alivio para él. Ahora, sin prisa, se dirigió de vuelta a su grupo, caminando, tomándose su tiempo para escuchar el ruido de la naturaleza, para dejarse acariciar por el frío de la noche.

    A lo lejos, el niño sintió un aroma dulce, como a pan recién salido del horno. Inmediatamente su nariz volteó hacia la dirección adecuada y caminó hasta encontrarse con el borde entre el claro del campamento y la arboleda. Sólo los troncos más cercanos eran visibles, entre ellos, oscuridad y  nada más. Atraído por el olor, se aventuró a dar un paso en el territorio de la naturaleza. Con cada centímetro que avanzaba, juraba estar más cerca de la esencia azucarada, pero detrás de él, algo se movía.

    Con rápidos saltos, una silueta ennegrecida pasaba de sombra en sombra, en menos de un parpadeo, haciendo un ligero ruido al estremecerse las ramas. Esto alertó al joven que, al voltear atrás, notó que el campamento ya no estaba. Rodeado de árboles y plantas, se encontraba a expensas del bosque, no tenía caso pedir ayuda pues, los demás pensarían que se trataba del engaño de algún espíritu maligno que quiere atraerlos para capturarlos. Debía salir de ahí cuanto antes, pero no reconocía nada a su alrededor, pues apenas podía ver entre tanta penumbra. Sin embargo, un brillo morado destacó entre el suelo humedecido por la niebla.

    El niño se percató de que un par de flores moradas de la montaña crecían en la base de un árbol. Sin pensarlo dos veces, las tomó y se las ató al cuello, pensando que esto sería buena protección contra aquello que podría ocultarse en las sombras. Su corazón latía fuerte, sus ojos estaban abiertos de par en par y su respiración era pesada, el frío le calaba los huesos y erizaba su piel, temblaban sus manos y sus piernas no respondían, cuando, de repente, vio a la silueta que se desplazaba en la oscuridad, moverse al tercer árbol más cercano, su corazón latió dos veces y la bestia brincó, volvió a latir otras dos veces y de nuevo, en cada momento más cerca.

    Cuando pudo verlo frente a él, estaba completamente paralizado, confiaba en las flores moradas de la montaña, pero el ser sobrenatural puso sus garras alrededor del cuello del pequeño, aplastando el collar que había improvisado, y lo levantó un metro del suelo hasta la altura de su cara, sus ojos se abrieron y pudo ver que era parecidos a los suyos. Pero sería  lo último que vería, pues la bestia se alimentó de su alma esa noche, para dejarle el cadáver a los carroñeros.

FIN

   

martes, 6 de diciembre de 2011

06 - Géminis


    El edificio más alto de la ciudad era un rascacielos repleto de almacenes, oficinas y centros de entretenimiento. Miles de personas entraban y salían por la puerta principal, todos los días del año. Gente de tal variedad que quienes frecuentaban este lugar ya no se sorprendían por ver el desfile de colores, formas, tamaños, voces y sonidos en la mañana, tarde y noche y ya sea por una visita rápida a un conocido, para mirar el paisaje desde el piso más alto, hasta hacer compras navideñas o cerrar un negocio, todos debían tomar el elevador.

    Había ocho elevadores principales. Cada par de ellos llevaba ocupaba un rango del edificio, así, dos subían sólo hasta las primeras plantas, otros llegaban hasta la mitad, donde había almacenes y tiendas, unos más casi hasta la cima, dedicados a los pisos de oficina, y sólo los últimos alcanzaban los pisos superiores. Por estas fechas, no era raro encontrar a más de un Santa Claus dentro del mismo o ascendiendo con todos sus duendes, enloqueciendo a los niños que los veían.

    Un día seis de diciembre, el elevador abrió sus puertas en la planta baja y no se cerraron hasta que entraron siete personas en total, de los cuales, tres hombres vestían traje negro, bien peinados y con una afeitada perfecta, cargando maletines y sólo se diferenciaban por las corbatas, una roja con un conejo blanco pintado en el centro, otra a rayas blancas y negras y otra de un tono gris apagado.

    Otras personas que subieron el ascensor era una señora, cargando un bolso y con un sombrero del mismo color que su vestido morado, ornamentado con piezas de bisutería barata. También estaba un hombre delgado con poco cabello en la cabeza, que usaba lentes gruesos, una camisa blanca fajada, con tres bolígrafos en su bolsa, zapatos negros bien boleados y su pantalón hasta la cintura, también tenía un moño rojo discreto debajo de su cuello, pero su pose encorvada lo ocultaba.

    Los últimos dos pasajeros llamaban la atención, pues se trataba de un hombre corpulento y su mujer. Ambos vestidos de negro, usando chaquetas de cuero y botas. También sus cinturones eran de cuero negro y tenían estoperoles, al igual que las pulseras  que ambos llevaban. Unas cadenas salían del bolsillo izquierdo del pantalón del hombre y terminaba en un aro que tenía en su nariz. La dama tenía varias arracadas en la cara, no se podían contar con sólo echar un vistazo, así como tampoco nadie podía saber qué negocio los llevó a tal ascensor.
    Nadie se hablaba entre sí. Mas, de alguna forma, todos pensaban en los otros, sin decir palabra alguna. La señora estaba horrorizada por la apariencia de la pareja y volteaba a ver a uno de los hombres de traje, el de corbata a rayas, buscando aprobación a su desdén, pero este joven empresario le sonrió y levantó los hombros, procurando cautela de forma que nadie más lo notara. Pero cada movimiento que alguien hacía dentro de ese ascensor era inevitablemente notado por el resto.

    Otro de los caballeros vestidos de traje, aquel la corbata gris, se le notaba serio. Posiblemente haría algo que le cambiaría la vida o debía tomar una decisión difícil. Hablaría con alguien poderoso o enriquecido o quizá para salvar su pellejo. Pero no se movía, parecía una estatua sumida en sus pensamientos y que, sin darse cuenta, expresaba todo en su cara. El tercer señor con vestimenta formal, parecía más cansado que el resto, quizá regresaba de un largo viaje de negocios o había pasado toda la noche planeando movimientos estratégicos para su empresa, vitales para su supervivencia.

    El señor de lentes sostenía en su mano uno de sus bolígrafos y hablaba en voz tan baja, que más bien lo hacía para sí mismo, por la velocidad con lo que hacía y porque siempre fruncía el ceño cuando se detenía, podía sospecharse que estaba haciendo algún tipo de cálculos o razonamientos. Golpeaba su pie en el piso rápidamente pero callado, sin hacer ruido. No miraba a nadie y su vista apuntaba al vacío. Mientras, el hombre corpulento estaba inclinado, susurrándole a su pareja y mirando de reojo a  la señora, sin duda, había entendido el mal gesto que esta le había puesto.

    Cuando el hombre corpulento se volvió a incorporar, el señor de lentes le enterró un lapicero en un costado de su cabeza, luego enterró otro al caballero de corbata a rayas y un tercero al de corbata gris. La señora echó un grito espantoso y no podía creer lo que estaba pasando, la sangre le había pringado en la cara y el hombre de corbata de conejo miraba estupefacto al de lentes, mientras quitaba los lapiceros de las cabezas de los cuerpos tirados en el piso con frialdad y de un tirón. Luego se dirigió hacia él y le aplicó la misma estrategia, después hizo lo mismo a la pareja del hombre corpulento, que lloraba y le gritaba a su cuerpo tratando de hacer que reaccione, y finalmente a la señora quien no opuso la más mínima resistencia.

    Cuando terminó de recolectar los bolígrafos, se escuchó un tono y las puertas del elevador se abrieron, justo a tiempo, como lo había planeado. Luego salió caminando por la puerta, bajó por otro ascensor y salió del edificio, tranquilamente, por la entrada principal.
 
FIN

lunes, 5 de diciembre de 2011

05 - Las Llamaradas del infierno


    Del choque de los metales, surgieron chismas que volaron por el aire calentando los gases alrededor, incinerando la punta del cigarro que Norberto fumaba, en la quietud de su oficina. Estaba retrasado en terminar la revisión y transcripción de un artículo científico para una revista y decidió quedarse hasta terminar. El humo se arremolinaba con el girar del ventilador, que estaba en la mínima velocidad pero trabajaba tan lento que parecía estar a punto de detenerse, en cualquier momento, pero seguía. El teclear de su máquina de escribir hacía eco junto algunas goteras, el roce de su ropa con la tela del respaldo y el rechinido de la silla al apoyar su peso en ella.

    Escribía el nuevo artículo corregido mientras que fumaba su cigarrillo, afortunadamente sólo tenía algunas faltas gramaticales, nada complicado, le tomarían sólo un rato, pero su cansancio lo estaba derrotando. Apagó su cigarro en el cenicero, que apenas se habían consumido dos tercios de este antes de llegar al filtro y este siguió echando humo segundos después de que él se levantó de su silla por otra taza de café. Al regresar, dio un sorbo, prendió otro cigarro y continuó escribiendo. Todo iba de acuerdo a lo planeado y terminaría en una hora si seguía a ese ritmo. Pero el reloj no paraba y cada golpe del segundero le arrebataba energía a lo que quedaba de su espíritu.

    Cuando llegó hasta el final de otra hoja, repitió su rutina: Apagar el cigarrillo, levantarse e ir por café, regresar, volver a encender otro y seguir escribiendo, con el cigarro en la boca y cada que este se consumía, prendía uno más, aunque poco del humo de esos cigarros lograba inhalar pues los dejaba en su boca para ocupar sus manos en teclear las complicadas palabras del artículo, que debía presionar cada letra y símbolo con precisión. Pero la noche se hacía más y más profunda y el tiempo corría más lento.

    Pasó una hora más y Norberto miraba la pila de hojas, que debía revisar y transcribir, intacta, como si nada de lo que hubiera hecho redujera el montón. Pero sus ojos ya le fallaban y el cenicero se estaba llenando de cigarros a medio terminar, todo su pantalón estaba lleno de cenizas que caían de repente, algunas de estas dejando pequeños agujeros de quemadura en la tela. Su espalda se encorvaba, sus hombros caían, y, con el andar del reloj, su cabeza se precipitaba hacia abajo, casi hasta golpear con la máquina de escribir, pero luego recuperaba el sentido y se reincorporaba.

    Al terminar de escribir la hoja en la que trabaja, volteó a la cafetera y recordó que, con la última taza, el café se había acabado. Fijando ahora su atención a la cajetilla de cigarros, pudo ver el último que le quedaba, solitario y escondido en esa caja oscura y con olor a tabaco, como él mismo. Se lo llevó a la boca y, después de varios intentos con su encendedor, logró prenderlo. Dio un respiro profundo, dejándose llenar sus pulmones con el humo. Luego, lo exhaló suavemente y sus ojos se cerraron. Cuando abrieron la oficina, ese martes en la mañana, descubrieron con horror unos zapatos que aún tenían un par de pies adentro, pegados a unos huesos chamuscados y las cenizas que quedaron del cuerpo de Norberto sobre el asiento.

FIN
   

domingo, 4 de diciembre de 2011

04 - La Pata de Venado


    Este era un vagabundo que rondaba las calles empujando un carro de supermercado lleno de basura, chatarra y uno que otro tesoro que recogía de la calle. Sin más por qué vivir que el día a día, su única ocupación era caminar de un lado a otro recogiendo todo aquello que le pareciera interesante. Comida, pedazos de cobre y cosas que no sabía qué eran pero, pensaba, tendrían algún valor.

    Una tarde, el vagabundo cruzaba por una zona en construcción, cuando repentinamente  se oyó un grito y algo le pegó en la cabeza. Volteó por todo el suelo, buscando rápido al culpable y vio una pata de venado, pero más personas asustadas empezaron a hablar y murmurar, pues un trabajador de la construcción había caído del tercer piso hasta el sólido cimiento de concreto y todo este tumulto lo alertó. No quería ser visto por la policía, así que se fue tan veloz como pudo.

    Al día siguiente, el vago regresó a esa calle, y, para su sorpresa, la pata de venado no estaba, y al descartar que la pata hubiera cobrado vida y caminara por sí sola, dedujo que alguien la había tomado, era importante para una persona y por lo tanto, sí tenía un valor al que sacarle provecho. Pero la pata, ahora, ya no estaba. Alguien más la tenía, así que pensar en ella sólo sería pérdida de tiempo que podría utilizar para buscar más objetos. Siguió su camino y se olvidó de la pata.

    Una práctica común entre los vagos es la de reunirse en sitios marginados de los suburbios. A calentarse con la confortable basura quemada en un bote de basura, a veces alimentada con gasolina. Para su sorpresa, al llegar bajo el puente que habituaba no había fuego en ningún bote, tampoco veía gente deambulando en la oscuridad y el olor a muerte llenaba el ambiente. Avanzó lentamente por la calle, extrañándole el vacío y el silencio, que sólo era interrumpido por algún papel que chocaba en el suelo.

    Cuando el vago estuvo lo suficientemente cerca del olor y vio una figura en una de las columnas, cubierta de ropas sucias y rotas, pudo percatarse de la situación. Uno de sus colegas había fallecido en ese lugar y, antes de que llegara la policía, todos los demás escaparon. Ahora tenía que salir de ahí pero apenas aceleró su marcha se tuvo que detener, pues colgado del cuello del cadáver se encontraba, amarrado con una cuerda simple, la pata de venado.

    Admiraba con urgencia la pata, era un amuleto, pensaba. Debía tenerlo. Pero en ese instante, el sonido de una ambulancia surgió del silencio y unas luces rojas y azules brillaron en un charco a una calle de ahí. Sin pensarlo dos veces, aceleró con su carro de supermercado. Escapando del lugar, sin la pata de venado. Mientras que a dos calles, una patrulla de juguete era conducida a control remoto por un niño que regresa con sus padres del supermercado. El olor a muerte fue percibido por estos últimos y siguieron su camino sin detenerse, mientras que el niño presionaba un botón y hacía sonar la sirena de su carrito.

    El vago no había vuelto a pensar en la pata y tampoco regresó al puente donde la vio por última vez. Había que dejar pasar un tiempo, cuando un vago moría, antes de volver a tomar un lugar. Por esta razón, el vago caminó días hasta otro sitio de vagabundos. Al llegar, vio a las personas de siempre, los mismos locos y enfermos marginados del mundo, esperando día a día para morir. Empujó su carrito mirando a los demás, acostados en la suciedad, sin nada en la vida más que lo que podían cargar. Pero uno de ellos tenía algo que él quería: Sostenía en su mano el collar, hecho con una soga, con la pata de venado.

    Ambos vagos miraban la pata de venado, ninguno de los dos sabía cuánto valía, pero dado que uno lo quería más que el otro, le ofreció comprársela, a cambio de algo que tuviese en su carrito. Al echar un vistazo en este, casi sumergiéndose hasta el fondo, encontró una botella de vidrio de cerveza. A regañadientes del dueño de la botella, se hizo el intercambio. Pero ya nada importaba, pues tenía su pata de venado. Se perdió sin decir gracias, ni adiós a su colega. Solo empujando su mercancía hasta perderse en la penumbra de un callejón, donde pudo atorar su carrito entre dos paredes y acostarse enfrente de él, para que nadie pudiera tomarlo sin que se diera cuenta.

    Antes de dormir, le echó un último vistazo a la pata de venado. Tenía un buen presentimiento respecto a ella, quizá su vida mejoraría de ahora en adelante, encontrarse una moneda de vez en cuando o hasta algún billete. Se colgó la pata de venado al cuello, acomodó unos cartones en el suelo y se cubrió con periódicos, hasta quedar completamente dormido. Al llegar la media noche, el vago se despertó de un golpe, pues sintió que se asfixiaba. Miraba alrededor inútilmente para ver quién lo sujetaba o con qué se estaba ahogando, pero no veía la pata de venado debajo de su barbilla que, con sus dos pesuñas, sujetaba fuertemente el cuello y no lo soltó hasta que su corazón dejó de latir.


FIN

sábado, 3 de diciembre de 2011

03 - Nwamakak



           En lo profundo de una selva húmeda, cinco excursionistas foráneos seguían en fila india a dos guías que se abrían paso entre la maleza a machetazos. Era el medio día, pero las copas de los árboles y enredaderas cubrían todo el techo, suelo y por todos lados, impidiendo el paso de la luz más allá de tenues claros, pequeños rayos que lograban escabullirse entre las hojas y las ramas. El calor y la humedad estaba acabando con los viajeros, pero su espíritu aventurero les hacía continuar adelante.

    Los guías, más acostumbrados al clima local, seguían creándole un sendero al grupo con sus machetes, cortando todo lo que estuviera a en su camino. Les contaban de la fauna local, una de las más ricas del mundo y advertían de plantas o animales de los cuales había que tener cuidado. Entre ellos, uno que seguían llamando simplemente el “Nwamakak”. Los excursionistas no entendían bien de qué hablaba y por lo que entendían del pésimo acento inglés del guía, parecía que se trataba de una especie de mono o un gorila que fue avistado por los alrededores. Era muy territorial y debía tenerse cuidado cuando escucharan su grito.

    Un aullido poderoso los estremeció repentinamente. La selva amplificaba el sonido en un eco, causando en los aventureros pánico y desesperación. El ruido pareció durar horas, como una tortura basada tanto en el miedo, como en el dolor. Y cuando el sonido se detuvo, la luz regresó, el tiempo volvió a andar, los aventureros salieron del oscuro mundo de pesadilla en el que ese rugido los había sumergido. Uno de los guías le sonreía al otro, que tenía sus manos en la boca y sus labios haciendo una mueca. Los extranjeros estaban aterrorizados, pero fueron advertidos que el verdadero Nwamakak hace un grito todavía peor y que si lo llegan a escuchar, ya será demasiado tarde.

    El sol seguía su curso mientras todos caminaban. Los mosquitos empezaron a salir de las sombras y la selva cobró vida con ruidos, chirridos, cantos, aullidos, golpeteos, crujidos. Todo parecía irradiar energía y movimiento, dándoles ánimo a los viajeros y, cuando las sombras los rodearon por completo y cayó la noche, decidieron acampar. Sus guías nativos rápidamente abrieron un claro en el bosque y donde antes había enredaderas, plantas, arbustos y hojas por doquier, ahora se encontraba un círculo bien delineado suficientemente grande como para tender 3 tiendas, en una estarían los 2 guardias y en las otras el resto de la expedición.

    La caída del sol fue como un golpe de adrenalina para los viajeros, sus ojos se abrían a más no poder, pero todo estaba hundido en una densa penumbra. No podían ver nada con los ojos, pero a su alrededor todo emitía sonidos. Por doquier, plantas se movían, una rama era pisada, chillidos y otros cantos nunca paraban, más parecido al estrés y ruido de una gran ciudad, en la hora pico de la tarde, que a un día de campo. Por supuesto que, nadie podía dormir. Algunos no toleraban tanto escándalo, otros sufrían de las picaduras de mosquitos y el resto estaba agotado por el viaje.

    De entre los árboles salían rayos de luz plateada que iluminaban todo su camino hasta el suelo, para luego desaparecer en la noche, pues con el soplido del viento, en ocasiones la luna dejaba entrar su brillo e iluminaba la neblina fina de la selva que empapaba todo con su humedad. Todos debían dormir acurrucados y cubiertos de pies a cabeza pues podrían sufrir hipotermia y morir. Aun así, siempre uno de los guía hacía guardia y se turnaban por ratos de una hora, durante los cuales podían observar la luz de la luna entrando de las copas de los árboles y uno que otro brillo de una luciérnaga que deambulaba en la madrugada buscando su pareja.

    Cuando todos despertaron, lo único que sentían era miedo. Pues la noche aún los rodeaba, pero ya no había más crujidos ni chillidos o sonidos de las hojas de los árboles o el viento. Sólo un aullido profundo cuyo eco llegaba hasta sus cuerpos haciéndolos resonar con tal ferocidad que los paralizaba por completo. Cuando el aullido se detuvo, sus corazones volvieron a latir una vez, pero no tuvieron tiempo de volver a respirar, pues regresó resonante el eco y esta vez con tal intensidad que el puro ruido les hacía sentir el pesar de la muerte.

    El Aullido se detuvo una vez más y la selva en ese momento podría haber pasado en el olvido, sin luz, sin sonido ni movimiento. Un segundo donde el tiempo no pasaba, suficiente para que uno de los guías gritara ¡Nwama…! Y cuando el grito regresó, el guía fue tomado del cuello y arrojado contra el tronco de un árbol a, por lo menos 20 metros de distancia. Luego un brazo peludo se extendió hacia el otro guardia y de un zarpazo le arrancó la cara con todo y mandíbula, luego fue golpeado hasta azotar contra el piso y quedarse ahí completamente inmóvil.

    Al uno de los turistas el Nwamakak le arrancó ambos brazos, a otro le aplastó la cabeza con sus poderosos brazos, otro murió con los huesos rotos después de ser aventado contra una roca y el último fue mordido en el cuello y su cabeza separada de su cuerpo, siendo el último sonido que escucharan el grito del Nwamakak, que aún sigue rondando en su selva y nadie debe meterse en ella sin su permiso, pues de hacerlo, no podrán salir jamás. 


FIN

viernes, 2 de diciembre de 2011

02 - El castillo de Hielo



    Era el segundo día de diciembre. Y un cazador seguía el rastro de un ciervo que se adentraba en la espesura del bosque de pinos. La noche caía, pero el cazador estaba seguro de que encontraría a su presa en seguida y podría regresar sano y salvo para cenar esa noche su carne. Escuchaba atentamente, podía sentir el viento gélido rozando las copas de los árboles y como éstos se estremecían con su fuerza. Oía el latido de su corazón, pero nada más y poca pista ya quedaba del ciervo que seguía.
   
    Prendió su lámpara, pues el sol se ocultaba cada vez más rápido. Había perdido el rastro que seguía y la nieve empezaba a caer, primero como suaves copos y después en ráfagas que azotaban como un látigo, para después calmarse y volver a los suaves copos que lentamente tocan el suelo. Sin darse cuenta, la noche ya había caído y la nieve había borrado cualquier rastro del sendero por el que había venido. Todo a su alrededor parecía algo diferente a lo que había sido hacía unos minutos, algo más aterrador, más siniestro. La oscuridad era densa y su lámpara no avanzaba a más de un metro de distancia. Era una decisión aventurada pero comenzó a avanzar en la nieve que ya cubría el piso de forma que sus piernas se enterraban casi hasta las rodillas con cada paso que daba, dificultándole más el camino.

    A pesar de estar cubierto de ropas pesadas de piel de oso y lobo, adecuadas el frío de invierno, no estaban preparadas para una tormenta de tal magnitud, ni un lobo o un oso hubieran sobrevivido a tal nevada. Sus pulmones se congelaban cada vez que respiraba y su corazón y sus piernas flaqueaban. La nieve se iluminaba amarilla con su lámpara y los troncos de árboles que lo rodeaban formaban un laberinto cuyas raíces, enterradas en la nieve, eran obstáculos invisibles a los pies del cazador que lo hacían tropezar y sepultarse en la nieve y, cada vez que caía, le costaba más trabajo levantarse.

    Un destello en la oscuridad comenzó a guiar su camino.  Como una línea de luz horizontal que destacaba en la tormenta de nieve. Luego a su lado surgió otra y de repente desapareció. Conforme apuntaba su lámpara a todos lados, veía luces, una detrás de la otra, que surgían y desaparecían. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pudo ver que se trataba de una reja metálica pintada de negro y la luz que veía era el brillo de su propia lámpara, reflejada en los barrotes congelados. Siguió el camino de la reja hasta llegar a un portón del mismo metal pintado de negro que las rejas.

    El cazador se asomaba al interior del lugar, pero nada más que la nieve aparecía ante sus ojos, entonces decidió empujar el portón con todas sus fuerzas para intentar al abrirlo y al hacer esto cayó al suelo cubierto de nieve y se enterró en ella. Como si estuviera perfectamente aceitado. Se levantó rápidamente y se adentró, siguiendo un camino, apenas visible, pues era el único sendero sin lo que parecía un laberinto de árboles a los lados.

    La tormenta arreciaba con cada segundo, la temperatura seguía bajando y los pies del cazador estaban congelados hasta los tobillos y este frío comenzaba a subir hasta sus pantorrillas. Pronto no podría caminar y sería su fin, en esa tormenta de nieve. Pero por más que avanzaba, no encontraba casa o alguna otra estructura en dónde resguardarse, así que decidió buscar refugio en los costados del sendero.

    Cuando el cazador se salió del camino y apuntó su lámpara a aquello que parecían troncos de árboles, su corazón se detuvo y no volvió a latir nunca más. Sus ojos estaban abiertos tanto como podía y su cuerpo se había petrificado, con su brazo levantando su lámpara hacia uno de los aparentes árboles, dándole suficiente luz para develar que era una especie de estatua congelada, de un aventurero de otro tiempo y detrás de esta otra y a su lado había más y por todo el camino lo único que había, aparte de nieve, eran estatuas de montañistas congelados, todos atrapados y devorados por el castillo de hielo.

FIN

jueves, 1 de diciembre de 2011

01 - La doncella escondida



La pintura escondida.

    —En este momento comienzo a grabar, estoy entrando en la vieja casona abandonada, sobre la calle roble #19— Decía una investigadora para una revista de escépticos, a una grabadora de bolsillo que sostenía en su mano— La casa ha estado abandonada por, increíbles, 100 años y hoy, 2 de diciembre del 2011, la puerta se abre por primera vez en, al menos, 40 años. Nadie quiere venderla, Nadie se atreve a entrar —Continúa hablando mientras llega al portal de la entrada — La leyenda cuenta que ninguna persona que haya entrado en la casa se le ha visto salir, por supuesto hoy comprobaremos lo contrario—.

    La joven investigadora sacó de una mochila que tenía en su espalda una rígida barra de acero y la utilizó para hacer palanca en la cerradura— Ahora veremos si esta casa es tan especial como las demás o si la única diferencia es que tiene una historia detrás de ella…— Al momento de aplicarle fuerza, la puerta se abrió de par en par, pero nada se rompió y la cerradura no fue forzada—. Parece ser que la puerta estuvo entre abierta todo este tiempo, veamos qué misterios encontramos entre tanta polvareda— continuó grabando cada palabra para su revista.

    Una luz irrumpió la oscuridad dentro de la casa. Lo primero que se veía era una escalera central que llevaba al piso superior y el polvo elevándose como una neblina fantasmal — Todo está empolvado y hay telarañas… ¡Hermoso! — Decía irónicamente—  El detalle de las cortinas blancas rotas es notable. Puedo ver una manta justo en la pared de enfrente, subiendo por la escalera. Debo suponer que hay algo “paranormal” va a suceder allá arriba—Entonces ella decidió explorar la planta baja.
    
    —El comedor se ve arreglado— continuaba hablando irónicamente — Los platos están en la mesa con los cubiertos en perfecto orden pero, por supuesto, todo está cubierto de telarañas y tiene una capa de polvo. No veo huellas de humanos, pisadas, manos o alguna pista de que una persona estuvo aquí. Quienes crearon la leyenda de la casa se esforzaron bastante por mantener la fantasía. Prosigo a pasar a la cocina—.

    —La cocina está justo como esperaba: desordenada. Hay platos sucios en el lavabo, la puerta del horno bajo la estufa está abierta, además de que algunas gavetas están abiertas de par en par y hay fragmentos de platos rotos en el suelo. Nada creativo, esto lo he visto miles de veces, es el estereotipo clásico de una casa embrujada de película de Hollywood— y caminó de regreso a la entrada, con la seguridad de quien está en su hogar.
    —Ahora subiré por la escalera, espero que en el piso superior al menos suceda algo más allá de una escenografía prediseñada... Conforme voy subiendo los escalones, noto varios objetos al azar tirados en ella. Veo un bastón, un sombrero, un maletín de esos que usan los doctores, unos zapatos de tela que bien pudo haber usado un vagabundo y…— Se detuvo un segundo y se inclinó para mirar bien el objeto que estaba tirado en el suelo. Se trataba de una diadema con flores que destacaba por su belleza—… Y uno que otro objeto interesante— La investigadora tomó la pieza y siguió subiendo hasta topar con la pared frente a ella, que dividía la escalera en 2 más pequeñas que llevaban a las alas principales del piso superior.

    Frente a ella, se encontraba un cuadro de al menos 2 metros de altura que llegaba casi al techo y ocupaba un metro y medio de ancho, todo cubierto por una sábana blanca agujereada, que se mecía con el viento — Prepárense para oírme gritar, porque cuando jale esta manta, algo me va a saltar encima— dijo burlonamente, tomó la manda con ambas manos y dio un tirón para quitar la tela, pero esta no se cayó. Estaba un tanto atorada en una orilla del cuadro. Así que intentó una segunda vez, pero jalando en otra dirección y la delgada sábana cayó suavemente al piso.

    La investigadora se quedó quieta unos segundos viendo la pintura, esperando que en cualquier momento algo brincara sobre ella y la asustara para salir corriendo de ahí y decirle a todo el mundo que en realidad la casa sí estaba embrujada. Su corazón latía fuerte y sus ojos estaban bien abiertos, sus piernas se paralizaron. Pero nada pasó. Conforme su cuerpo se fue relajando, pudo observar mejor el cuadro — E-El cuadro… aparece una, uh, mujer, un retrato de una mujer, de ropajes finos. Tiene un par de collares de oro con piedras preciosas, un tocado ornamentado…— Decía temblorosa, pero, conforme describía lo que veía, su seguridad iba aumentando.

    —Si bien el retrato concuerda con la edad de la casa y la leyenda, su buena condición hace sospechar de que es de fabricación más actual. Las manos de la duquesa, desde este ángulo, se ven aterradores, como si quisiera agarrar a la persona que estuviera enfrente— y dio un paso adelante hacia el cuadro— Si me acerco, el efecto es mayor, de hecho, a sólo 3 pasos de que mi nariz toque la pared, las manos parecen salir del lienzo, el detalle es exquisito— Entonces dio un paso más y las manos tomaron de la ropa y la jalaron dentro del cuadro. Desapareciendo por completo y antes de que el polvo se volviera a asentar, la sábana que la cubría se elevó por los aires, hasta regresar a su lugar original, dejando la pintura escondida y quietud en la casa, haciendo perdurar su historia por muchos años más.

FIN

martes, 15 de noviembre de 2011


Diciembre es el mes del terror según http://PouKii.com/
Por esta razón, se publicará una historia de terror y de locura cada día.

A partir del día 1 al 31 de diciembre, el mes del terror.

Esperen cada historia, pasada la media noche.

lunes, 17 de octubre de 2011

La Luz



    Un día, temprano en la mañana, Roberto sintió un calor intenso en su cuerpo que sin abrir los ojos, pudo saber que se trataba de los rayos del sol, entrando por su ventana. Estaba amaneciendo y una de sus cortinas estaba ligeramente corrida. Por esa abertura, apenas del tamaño de un pulgar, entraba la radiación solar con tal intensidad que Roberto no podía mirar directamente, para caminar hasta la ventana y cerrarla. Al taparse con su mano no podía ver nada, pero al quitarla, a través de sus párpados cerrados alcanzaba a ver borrosamente la fuente de luz blanca e intensa y esto le permitió acercarse a su objetivo.
    A unos pasos antes de que su brazo pudiera alcanzar la oscura y gruesa cortina, Roberto miró el sol por detrás de sus párpados una última vez, pues le pareció percibir algo extraño. Como si todo alrededor estuviera oscurecido y a lo lejos, hasta el horizonte, alguien prendiera una antorcha o algo se estuviera quemando. Este fuego amarillo y rojo iba aumentando de tamaño y un ruido estremecedor de metales golpeándose y gritos de furia, dolor, agonía y desesperación llegaron a su mente. La visión de fuego fue acercándose hacia él, en esa oscuridad detrás de sus párpados cerrados, como una nube de fuego y ceniza que lo arrollarían, hasta que lo rodeó por completo y, al darse cuenta, de repente se encontró a sí mismo en medio del campo de batalla de un lugar desconocido.
    Una guerra sanguinaria era librada por dos ejércitos. Algunos soldados portaban armaduras y espadas de hierro, con escudos de madera y bronce, y otros simplemente con ropas de piel de animales y garrotes, lanzas de madera, piedras y sus manos desnudas. No había caballos ni flechas y las fijas de ambos chocaban en un frente de batalla donde se aniquilaban unos a otros, pero hordas y hordas de soldados seguían llegando sin parar. Roberto era un hombre de estatura media y delgado, pero los soldados de ese lugar eran al menos una vez y medio su altura, de torso el doble de ancho y sus cabezas cubiertas por cascos o máscaras de madera, pintura y telas, que de repente dejaban ver unos colmillos como los de un león adulto.
    Se encontraba en un valle rodeado de montañas. El cielo estaba enrojecido y todo estaba iluminado de carmesí, además, ríos de lava se deslizaban de las laderas hacia el fondo del valle llegando al campo de batalla. Incendiando todo lo que tocaba, las burbujas de la lava explotaban y salpicaban roca fundida a los soldados próximos a ella vaporizando al instante la parte del cuerpo que tocaba. No había árboles y se respiraba el olor del azufre. Un grito, de entre el caos de sonidos, llamó la atención de Roberto, pues se dirigía hacia él. Al voltear a su derecha, vio a uno de estos seres corriendo con un pedazo de hierro retorcido y roto. La primera reacción de Roberto fue abrir los ojos y, cuando hizo esto, las visiones desaparecieron, el ruido se silenció. Se encontraba en su cuarto, frente a su ventana, extendiendo el brazo para alcanzar su cortina. Pero la luz del sol ya no le daba directo, había pasado al menos una hora. Se sentía cansado y estaba acalorado, por lo que cayó al suelo, rendido, e intentó descansar los ojos.
    Su ritmo cardíaco disminuía, sus músculos cansados se relajaban y el toque suave de la oscuridad lo llenaba con su fría tranquilidad, hasta que vislumbró en el fondo de aquello negrura, un brillo de luz, como el de una estrella roja, que cada vez se hacía más grande, como brazas de fuego que iban consumiendo el aire a su alrededor y, de repente, el ruido caótico de espadas golpeándose, madera rompiéndose y gritos de batalla, furia y agonía lo rodearon. Conforme el paisaje se hacía más claro, pudo ver la lava recorriendo el campo de batalla, sentir el olor a huevos podridos del azufre y las chispas que salían del choque del metal de las armaduras cuando eran atravesadas. El azote de dos sables, en un choque frontal entre guerreros cercano, casi le desgarra la ropa y, de un brinco, abrió sus ojos y cayó sobre la alfombra oscura y tibia de su dormitorio.
    Roberto estaba cada vez más confundido, temeroso, volteaba a todos lados con miedo de cerrar sus ojos. Estaba agitado y no sabía qué hacer. Su cabeza se llenaba de dudas sobre su cordura, sobre la magia y la hechicería y otros tratados olvidados. Se imaginaba el mal de ojo al que habría sido condenado y una solución  a su problema en estanterías tan grandes como una casa, llenas de libros que nadie ha leído en centurias. De la oscuridad de esos pensamientos, de lo fondo más profundo de su mente, empezó a emerger una luz amarillenta que se le hacía conocida.
    La luz amarillenta empezó a rodearlo hasta convertirse en fuego y un cielo rojo, rodeado de ríos de lava ardiente que incineraban al instante todo lo que tocaban. Rodeado de cadáveres de soldados caídos, sentía el calor del suelo en sus pies descalzos que tocaban la tierra seca y pedregosa, con fragmentos metálicos filosos tirados en el suelo, pedazos de armaduras y espadas destruidas. Sobre su cabeza, una criatura, sin pelo ni plumas, que iba montada por un jinete de armadura pesada, armado con una lanza, comenzó a volar en picada hacia donde él estaba. El susto le hizo dar un paso atrás y regresar a su alcoba. Ya habían pasado dos horas.
    Conforme transcurría el tiempo, Roberto se desesperaba más y más, estaba a punto de perder el control, no quería parpadear, no deseaba parpadear, pero con cada segundo, la necesidad era más grande, el instinto era más poderoso. Su visión se empezaba a nublar y veía la luz del fuego de fondo, parpadeaba rápidamente, rodeándose del campo de batalla al instante, pero volvía a abrir los párpados y regresaba su casa, fresca y cómoda. No sabía a quién llamar, si estaría volviéndose loco o si era parte de una maldición, si lo recluirían toda su vida o si sufriría eternamente.
    Se sentía cada vez más cansado, cada parpadeo, cada salto al campo de batalla y regreso a su casa lo agotaba más y más y el tiempo seguía pasando rápidamente. Anticipaba su fatal destino, cayendo completamente abatido, sin poder levantar un párpado, sin poder despertar de su sueño, de vuelta en ese campo de la muerte, completamente expuesto a las pesadillas de ese mundo infernal. A las criaturas sin forma y aterrorizadoras, de los seres que luchaban entre sí, mientras Roberto estaba desarmado y vulnerable. Indefenso contra tales bestias. Sus ideas lo llevaban al campo de batalla, pero agitaba su cabeza hasta regresar al rincón de su alcoba, donde cayó la última vez y del que, desde entonces, no volvió a ponerse de pie.
    Cabeceaba, estaba más dormido que consciente, hacía todo lo posible por no cerrar los ojos, pero cuando lo hacía y se veía rodeado de esa luz amarillenta y rojiza, que lo llevaba al campo de batalla infernal, abría rápidamente sus párpados, mas su visión ya era borrosa y sus pensamientos dudosos. Su atención, entonces,  viró hacia el mueble próxima a la cama, una pieza elegante de madera, con una lámpara y un libro a medio terminar. Se arrastraba hacia este último con las fuerzas que podía, alcanzando a tomar el viejo libro, forrado de piel, en un último tirón. Las hojas estaban tan secas que se desmoronaban a la menor fuerza, muchas estaban desaparecidas y otras habían sido tan maltratadas que era imposible leer su contenido.
    Buscando entre sus páginas, arrancando las hojas por su tosco movimiento, intentando leer con sus últimos suspiros, alguna palabra de ese libro. Pero no estaba escrito en lengua conocida, era algo más antiguo al latín o el hebreo. Perdido entre sus páginas, Roberto cayó como un costal de papas al suelo, dormido y de lo profundo de su mente salió esa luz amarillenta, que se acercaba hasta rodearlo por completo y situarlo en medio de un campo de batalla infernal. Alrededor de él, más y más cadáveres desmembrados y destripados de soldados se acumulaban, pero no eran soldados ordinarios, pues tenían cuernos, colmillos y su cuerpo era más fornido que cualquier atleta o soldado que conozca y el color de su piel tenía un tono verdoso.
    El olor a azufre lo asqueaba, el calor de la lava, que incendiaba todo a su paso, lo abochornaba. Sus pies sentían las astillas de metal y el suelo pedregoso y gritos y choques de espadas orquestaban un caos de ruidos que lo aturdían. De entre el caos, surgió un ser diferente a los demás. Cubierto únicamente de telas de color morado, de complexión casi esquelética, pero alto como un caballo, con el porte de un hechicero,  caminó directamente hacia Roberto, con calma, mientras atravesaba las hordas de soldados que batallaban a su alrededor, ninguno de ellos parecía rozarlo o tocarlo. Cuando estuvo a menos de un metro de Roberto, tomó un bastón con una roca del mismo color que su holgada vestimenta y la roca comenzó a brillar.
    Sin saber qué hacer, Roberto agitaba su cabeza, tratando de despertarse, sabiendo que era inútil, pero en esos pobres intentos confiaba la poca esperanza que le quedaba. Pronto, sus ojos quedaron hipnotizados por la roca en la punta del bastón ornamentado. Que parecía sacar una especie de humo morado de los ojos de Roberto. Después, la oscuridad comenzó a rodearlo, la luz y el campo de batalla se perdían en el horizonte hasta que él mismo desapareció en la negrura. Su cuerpo, en la alcoba de su casa, quedó tendido sobre el libro escrito en una lengua antigua y en la portada de ese libro había un símbolo como una estrella en un círculo, flanqueada por un sol y una luna y unos ojos al centro.
    Su cuerpo se empezó a mover, junto con toda su habitación, pues la casa entera temblaba. Debajo de la cama, se había pintado el símbolo de la estrella y había sangre derramada alrededor. El temblor empezó a  derribar los libros de magia y hechicería de sus estantes, algunos tan viejos que se deshojaban al caer. Y del símbolo que estaba pintado en su habitación empezó a salir una luz morada, que se transformaba en humo y luego el humo se arremolinaba hasta tomar la forma del hechicero antiguo. Otra nube de humo formó su bastón justo  en la palma de su mano y toda la luz que aún salía del círculo, se transformó en una nube intensa que formó un remolino alrededor de la punta del bastón, hasta convertirse en una roca del mismo color que los holgados ropajes del hechicero quien miraba a su alrededor, tratando de comprender en qué dimensión se encontraba, cuál sería el mundo que ahora destruiría y cómo enviar a otro mundo las instrucciones para invocarlo, de forma que un ingenuo las lea pensando que le darán poderes especiales y así expandir el mal por todo el multiverso.
FIN.

martes, 22 de marzo de 2011

La última noche de invierno.

    Se cuenta que la última noche de invierno suceden cosas extrañas en las ciudades… Hay historias de seres que salen de sus tumbas o que aparecen de otras dimensiones. Es una noche extraña donde cosas inesperadas tienen lugar.

    Una vez, a altas horas, un hombre esperaba un taxi en la esquina de una avenida que solía estar concurrida. Pero era la última noche de invierno y todos estaban bajo el resguardo de sus casas. Apenas pasaba un auto cada diez o quince minutos y ningún taxi. Curiosamente, los pocos vehículos que pasaban parecían chatarra y era difícil ver quién los conducía. Finalmente, un viejo taxi se detuvo, su operador era un hombre regordete de uniforme que tenía bigote y lentes en su cara. Escuchaba en la radio música antigua, de uno 10 o 20 años atrás. El pasajero se sentó en la parte de atrás y se recostó en el asiento pues estaba cansado. Después de preguntarle a dónde lo llevaría, con una voz cansada, como si estuviera a punto de irse a dormir, el taxista empezó a hacerle plática. Justamente le decía que sería su último cliente, pues ya era hora de volver a su hogar a tomar una merecida siesta, había trabajado mucho y ya no podía más, pero su casa estaba lejos y no quería quedarse dormido escuchando la música pasada de moda.

    El taxista le preguntó a su pasajero que si no sabía que era la última noche de invierno a lo que este respondió que si sabía. Luego le preguntó que a qué se dedicaba y le respondió que era abogado y tenía su despacho justo donde lo había recogido. Se quedó a altas horas trabajando en un caso que debía tener listo para el día siguiente y se le fue el tiempo, apenas se dio cuenta de cuánto había pasado y por fin salió de su oficina a su departamento, pero sucedió que su auto no estaba estacionado donde lo dejó y no tenía idea por qué no estaba, suponía que lo habían robado pero existía una mínima posibilidad de que la policía se lo haya llevado pues siempre lo estacionaba al margen de una zona de prohibida, pero estaba demasiado cansado para pensar en esas cosas.

    El taxista empezó a contarle sobre su familia, mientras la música pasada de moda seguía sonando en el fondo, junto con otras partes mecánicas del carro que sonaban al golpearse unas con otras pues al taxi le urgía un mantenimiento. Decía que sus hijos ya estaban grandes y que estaban casados, que ya tenía nietos. Por otra parte el abogado sentado atrás estaba divorciado dos veces y dos veces en banca rota. No tenía mucho que contarle, su vida se había ido trabajando y era raro que se pusiera a pensar en otras cosas. Mientras le contaba esto, el taxi frenó por completo. El semáforo había cambiado a rojo y esperaba a que se pusiera en verde para seguir avanzando. En ese momento, pasó una luz blanca que deslumbró al taxista y al abogado… Un camión que dio una vuelta apuntó sus faros de alógeno al girar, pero los lentes del taxista se oscurecieron y, al pasar la luz, volvieron a la normalidad, su pasajero ahora estaba más despierto que antes, tanto que se fijó nuevamente en los carros antiguos que pasaban  de vez en vez.

    Al cruzar el siguiente semáforo y doblar a la derecha en una calle, que parecía el fondo de un cañón ante los edificios departamentales que se extendían hacia los lados como montañas,  el taxi por fin se detuvo, pues llegó a su destino. El taxista prendió la luz de la cabina y giró su cabeza para ver al pasajero. Con la luz se pudieron ver unos colmillos afilados y ojos como de un gato en la cara del pasajero, además de unas garras afiladas, el cual hizo un chirrido horrible para después salir de un brinco por la ventana y correr ágilmente hasta perderse en la última noche de invierno.

    Esa misma última noche de invierno, pero en otra ciudad, se cuenta de una mujer que iba caminando por la calle sola de regreso a su casa y llegado cierto punto empezó a escuchar pasos detrás de ella. Se detuvo y volteó con valor, pero su expresión cambió totalmente cuando no vio nadie ni nada detrás de ella. Extrañada, siguió caminando, pero al primer paso que dio volvió a escuchar las pisadas detrás de ella, así que esta vez tardó menos en detenerse y voltear a ver, pero se quedó más tiempo mirando la calle vacía y oscura haciéndose preguntas que no tenían sentido. Siguió su camino, mas los pasos regresaron, detrás de ella. Como unas botas o un tacón con algo metálico pegado a la suela o en alguna parte que con cada paso provocaba un tintineo. Esta vez ella voltearía sin dejar de caminar y al hacerlo los pasos dejaron de escucharse pero por caminar sin ver su camino chocó con alguien de traje gris que estaba de espaldas parado en la calle. Este personaje giró su cabeza completamente hacia atrás y era como la de una lechuza, en un traje gris, que abrió su pico afilado y estaba apunto de emitir un grito, pero sus pupilas se dilataron al instante y salió volando de ahí pues la cara de la mujer se había arrugado completamente y su boca tenía unos colmillos más grandes que el pico de la lechuza y sus ojos eran como los de un gato, que de un salto se perdió en una calle oscura esa última noche de invierno.

    Otra historia sobre la última noche de invierno cuenta de un hombre que se encontraba en su casa viendo la televisión. No muy tarde por la noche, hasta que tocaron a su casa. Al abrir la puerta, vio a un hombre anciano con la piel arrugada, vistiendo ropa étnica, que sostenía una bolsa de piel. Le dio las buenas noches con un acento apenas entendible y le mostró la bolsa que traía. Al abrirla, el hombre encontró animales, piedras y pedazos de madera. Había dos iguanas carbonizadas y clavadas en una vara, además de unas plumas de un metro de largo, colmillos de algún depredador de la selva, que en total eran cuatro, piedras de jade, ámbar y obsidiana. Revisaba la bolsa interesado, pensando que encontraría algo de valor o quizá un objeto interesante. Pero al voltear al frente, vio su televisor prendido, sólo que el programa que veía terminó horas atrás, la puerta estaba cerrada y en sus manos tenía una bolsa de piel, completamente vacía.

    Y hay muchas otras historias que se cuentan sobre sitios públicos, como aquel que entró al metro en la última parada y los vagones parecían vacíos, pero a cada rato el tren paraba, abría sus puertas unos segundos, luego se cerraban y seguía su camino. Después de un rato empezó a ver estaciones del metro que jamás había escuchado como “Calavera”, “El río negro” o “el pozo” y no sabía en qué estación se encontraba pues la voz que anunciaba cada parada hablaba en un lenguaje oscuro. Cuando el metro por fin se detuvo en la última estación, esta se llamaba “El infierno” y de esta persona no se supo nada más hasta entonces.

    Las historias sobre la última noche de invierno nunca acaban, en ciudades grandes son miles o cientos de personas que sufren de las consecuencias de esta noche con tan mal augurio, cuando los espíritus, las criaturas de la noche y lo demonios salen a las calles donde las dimensiones se tuercen y se mezclan. Es una extraña noche, la última de invierno, si haces memoria, seguramente a ti también te pasaron cosas raras, inexplicables, que sólo tienen sentido, esa última noche de invierno.