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sábado, 1 de diciembre de 2012

01 - La doncella en discordia




           La luz de las velas en un candelabro iluminaba una mesa con dos personas, en el restaurante más lujoso de toda la ciudad, la tarde caía pero las nubes daban la impresión de que ya era de noche. En una de las sillas se encontraba un caballero de traje y corbata, su cabello era castaño oscuro y estaba peinado todo hacia atrás casi a la perfección. Sus zapatos estaban boleados y brillaban y sus dientes eran blancos como el marfil. Este caballero acompañaba a una dama, con un vestido rojo de seda y un collar de oro con un zafiro hexagonal en el centro. La dama era hermosa y refinada, con el porte de una doncella o una princesa. Ambos bebían vino y comían pasta mientras platicaban.
Con voz calma y sin que sus ojos se alejaran de los de ella en ningún momento, el caballero le comentaba a la dama—Mis abuelos vinieron a Vallecalmo con mi padre, eso ya hace 40 años. En aquel entonces, Vallecalmo era un pueblo pequeño, casi todo el mundo se conocía y sólo había una estación de bomberos, otra de policía y un hospital. Pero en menos de 10 años, ya había hoteles, plazas, cinemas. Cuando yo nací, ya todo eso estaba, pero tengo una idea de cómo  se veía antes por fotos que me ha mostrado mi abuelo— Decía.
Después de tomar un trago de vino tinto, la mujer le respondió, viendo al vacío—Mucha gente piensa así, y puede ser cierto… Pero, en realidad, el pueblo sigue igual, es decir, la misma gente sigue viviendo en el lugar de siempre, como tú y yo. La estación de bomberos, el hospital, el lago, el bosque, las montañas… todo sigue ahí, sólo hay más edificios y gente, pero la ciudad aún conserva el aire de pueblo pequeño de siempre—.
A esto, él respondió — Aún hay lugares que me hacen recordar el pasado, como el lago o la montaña al oeste, y sí se conservan igual, pero por el centro de la ciudad, donde he vivido toda mi vida, las cosas sí han cambiado bastante. Quizá desde el balcón de tu torre en medio del bosque no parece que haya cambiado mucho, princesa— y puso un gesto severo y tan serio como pudo.
Ella le miró el ceño fruncido y parpadeó un par de veces hasta que ambos rieron calladamente. Siguieron comiendo y la velada continuó…
—¿Hace cuánto que hemos salido? ¿Cuántas veces ya nos hemos visto?— Preguntaba ella y continuó—… Siempre parece como si nos conociéramos desde siempre, pero al mismo tiempo, es como si nos viéramos por primera vez—.
—Te conocí en otoño… ¡Casi muero ese día! Si la flecha se hubiera desviado unos centímetros hubiera pegado directo a mi estómago y habría sufrido una muerte lenta y dolorosa— Dijo el caballero.
—Mi padre y mi abuelo me entrenaron con el arco y otras armas mortales, no iba a fallar. Además, era eso o dejar que el jabalí salvaje te envistiera. No es astuto deambular solo por el bosque en esas fechas, está oscuro y hace frío, las criaturas están inquietas y todo tipo de bestias merodean por ahí…— respondió la dama.
—“No es prudente que un hombre deambule solo” pero una dama en apuros sí…—dijo sarcásticamente él.
—Tenía suficientes armas y entrenamiento para combatir un pequeño ejército— se quejó ella y ambos rieron.
Después de limpiarse la boca con la servilleta, él se refirió a ella —Nunca me dijiste qué hacías en el bosque con tantas armas y no volveré a preguntar, pero… cuando te conocí, en el suelo se acumulaban las hojas secas. Esta noche hay una capa de nieve cubriendo los tejados y los árboles, ya habrán pasado tres meses—.
— Hablando del tiempo… Es temprano aún ¿Quisieras conocer mi casa?— le preguntó ella.
— ¿Alcanzará el resto de la tarde para conocerla toda o es un paseo de varios días?— preguntó bromeando.
— No tiene tantas habitaciones, además, en la mayoría sólo hay muebles empolvados— dijo con una sonrisa. Pero al instante, cambió su voz a un tono solemne y firme— Te mostraré el retrato de mi abuelo y de mi padre que tanto te he hablado…—
La cara de la mujer asombró al caballero, entendía que esto era algo importante. Una dama como ella no llevaría a cualquier hombre a su casa y menos a presentarle a su familia, aunque sea en retratos. Así que, con una sonrisa honesta y sencilla le respondió únicamente —Me encantaría—.
          El chofer ya los esperaba afuera del restaurante al terminar la velada y todos se subieron al vehículo rumbo a la mansión de la dama, una antigua propiedad familiar escondida en el bosque en las periferias de la ciudad. Alejada del ruido y el barullo de una urbe dinámica, parecía que el tiempo no había pasado ahí. La mansión tendría, al menos, doscientos años. Rodeada de una reja metálica decorada naturalmente por enredaderas muertas, la única entrada era un portón de hierro que se abrió automáticamente cuando ellos se acercaron. Si bien, la casa era vieja, las comodidades de la modernidad convivían sigilosamente en un estilo clásico.
     La noche ya había caído cuando llegaron al recibidor de la mansión. El aire frío de diciembre que bajaba de las montañas no penetraba el avanzado sistema de calefacción de la casona. Los candelabros se iluminaban con electricidad. La mujer dio  órdenes a su mayordomo de que comenzara a preparar la cena, así estaría lista cuando tuvieran hambre. Mientras ella invitó a su huésped a dar un paseo por la casa.
       Él miraba por todas partes y por donde sea que veía encontraba artículos lujosos o de valor histórico. Todo se conservaba justo como había sido diseñado originalmente y en las paredes colgaban retratos, cabezas de animales, armas punzocortantes y de fuego de diversos los lugares alrededor del mundo y épocas ancestrales, además de pabellones enteros con estatuas de generales romanos y dioses griegos y cuartos con armaduras, algunas de guerreros poco vistos por los mortales y de formas y tamaños que superaban el límite humano.
        La luz de la mansión parecía estar apagada siempre, pero en el momento que alguien entraba a una habitación, esta se iluminaba al instante. Al final del pasillo principal, que daba a todas las habitaciones con trofeos de casa, armas, armaduras y estatuas, se encontraba una puerta de madera gruesa como un cráneo. Al acercarse ambos, la puerta se abrió y todo se iluminó adentro. Se trataba de otro pasillo, sin embargo, este no tenía puertas en los costados, sino que retratos, más grandes que el tamaño real de una persona, colgaban de las paredes. Todos hombres, vistiendo ropas de aspecto militar, con medallas e insignias de oro, plata, bronce y hierro. Portando espadas, ballestas, mosquetes, rifles, arcos, cuchillos, lanzas, escudos y uno de ellos sostenía un bastón del cual salían llamaradas.
          Antes de que el caballero pudiera preguntar respecto a alguno de los cuadros, ella llamó su atención, tocando su hombro con suavidad. Miraba dos retratos en particular, ambos se veían más cercanos en tiempo que el resto. Uno de ellos era un hombre joven sosteniendo un rifle de la segunda guerra mundial, pero portando una espada plateada que colgaba de su cinturón. El otro era un hombre adulto, pero este sostenía una espada tan larga como para derribar a un caballero de su montura. Ambos tenían el collar dorado con un zafiro hexagonal, idénticos al que usaba la anfitriona y eran obras de una maestría sólo vista en las mejores colecciones privadas. Parecían vivos y casi como si tuvieran movimiento, el fondo se veía tan lejano y los ojos de los soldados brillaban como llamaradas, su espíritu vivía a través de estos cuadros y de la leyenda de sus nombres.
       Sin dejar de ver el retrato del hombre con el rifle, ella comenzó a explicarle sobre su familia —Como te he dicho antes, vengo de una antigua familia militar. Mi padre, mi abuelo,  mi bisabuelo, tatarabuelo y todos los hombres en mi familia han sido poderosos guerreros. Soldados de élite para proteger a las personas que aman y las ideas que representan. Todos y cada uno de ellos han muerto en batalla, pero con su sacrificio lograron salvar la vida de muchos más, sin ellos, la gente de este pueblo habría caído desde hace tiempo ante el mal. Son héroes y mártires, no lo olvides—.
         Él estaba impresionado, desde el momento en que empezaron a frecuentarse, pasó poco tiempo antes de que él se diera cuenta de los conocimientos de la dama sobre la guerra e historia, sin embargo, ante la presencia de tan magnificentes obras, tal era el porte de estos hombres y su historia de valor y amor por el prójimo, que no podía sentir más que admiración y respeto por sus nombres y su apellido. También entendía cómo habría obtenido esa mansión con todas las posesiones, pues generaciones de soldados traían a casa botines de guerra, de todas partes del mundo y épocas de la historia. Seguramente tendrían una caja fuerte llena de joyas, monedas, perlas y otros tesoros de valor inimaginable.
             Una ligera cena estaba servida en la mesa cuando llegaron al comedor, la cual consumieron con celeridad y, dado que la media noche se acercaba y ambos se sentían cansados, satisfechos y un poco intoxicados por el alcohol del vino.
              —El mayordomo se fue a dormir hace una hora y conducir por el bosque con la ventisca y con todo el vino que tomaste no sería prudente. Además hace frío, sería conveniente tener algo de calor extra en mi cama— le dijo ella, sin pensarlo mucho.
Sin dudarlo, él aceptó pasar la noche con ella y ambos se movieron a su alcoba.
Mientras él se quitaba los zapatos, ella pasó a un vestidor contiguo a la habitación. Él puso el contenido de las bolsas de su pantalón sobre una mesa pequeña de madera y sus zapatos a un costado de la cama, pegados a la pared. La luz de la habitación estaba completamente prendida, por lo que era difícil apreciar el exterior, sin embargo, ella entró a la habitación vistiendo lencería negra y los candelabros se apagaron, dejando entrar la luz de las estrellas que se colaban a través de las copas de los árboles que rodeaban la mansión. Él se quedó estupefacto al verla, mientras atravesaba la habitación y se subía a la cama, para terminar metiéndose debajo de las colchas. Él fue directo a la cama, debajo de las sábanas y pudo sentir el calor del cuerpo de ella en la tela. Al acercarse un poco más, sintió su piel y ella sintió la de él.
Ella lo miraba a los ojos y sus mejillas estaban enrojecidas — ¿Me amas?— le preguntó a él.
Él le respondió mirándola a los ojos unos segundos y sólo dijo — Sí—.
Aún no convencida por esa respuesta, ella insistió— ¿Es verdad que me amas, no me mientes?—
Él la miró bien, veía su rostro y la forma de su cuerpo. Luego vio la cama, lo finas de sus telas y la madera de la que estaba hecha, pensaba en la lujosa mansión y en todos sus tesoros.  Esta vez, le respondió con más seguridad — Sí, es verdad, de verdad Te Amo—.
Ella siguió viéndolo unos segundos y, cuando entendió la respuesta, cerró los ojos y lo besó. Él le respondió el beso y pasó sus brazos alrededor de su cintura y ambos se dejaron llevar por sus instintos como animales salvajes, hasta quedarse dormidos por el cansancio.
La mañana siguiente, él despertó desnudo y esperaba encontrarla al lado de la cama, sin embargo, ella estaba parada junto a la ventana y portaba una espada grande de plata. Cuando él la vio, se extrañó y se asustó un poco.
—¿Qué haces con esa espada, linda?— le preguntó él, titubeante y somnoliento.
—Verás, hay algo que no te conté sobre mi familia…— dijo ella, viéndolo como un tigre mira a su presa— su única misión, librar del mal a la tierra, es literal. Verás, Dios no existe o, en su defecto, su existencia no influye en nuestro mundo. Pero La Maldad es real. Existen seres demoniacos que buscan corromper a la humanidad para sus fines perversos y los únicos que podemos hacer algo al respecto somos nosotros—.
Él tenía jaqueca, seguía adormilado y la luz del sol le pegaba en la cara, las palabras que ella decía lo confundían más —¿Por qué me dices esto?—.
Con fiereza, ella respondió —Mi padre, que en paz descanse, luchó contra este poderoso demonio llamado Baliel, que lo maldijo. Antes de morir, el demonio juró que reencarnaría en su próximo hijo y que tomaría posesión de su alma, acabando así con nuestra familia. Pero el demonio no predijo que el primogénito de mi padre nacería mujer. De haber nacido hombre, hubiera tenido una oportunidad de luchar contra el demonio en mis sueños y acabar con la maldición, pero dado que nací mujer, la única forma de ser libre es encontrando al verdadero amor—.
La historia que ella contaba era fantástica y él apenas podía creerlo. Sin tomarlo con seriedad y un tanto nervioso, él le preguntó — Entonces ¿Te he librado de la maldición—.
Después de echar una pequeña risa de ironía y apretando el mango de su espada le respondió — ¿Ves a algún demonio por aquí?—.
El hombre volteó por la habitación y su corazón se paralizó, pues, junto a la cama, estaba parado un ser de la altura de un basquetbolista, pero tan fornido como un levantador de pesas. Su piel era roja, sus uñas negras, tenía unos colmillos que salían de su boca y ojos como el fuego.
—No me libraste de la maldición, porque no me amas. Amas mi dinero, mis posesiones y mi cuerpo, mas no mi alma. Pero no te preocupes, mi corazón permanecerá puro, mientras alimente a este demonio con el alma de los mentirosos, los perversos y los codiciosos. Así que, gracias a ti, podré ser libre unos meses más, mientras sigo buscando al verdadero amor que me libere para siempre— le dijo ella y al terminar, él no tuvo tiempo de decir palabra alguna, pues su pecho fue atravesado por la espada de plata y el demonio se apresuró a comer su corazón sangriento mientras aún latía, devorando así su alma para siempre.


FIN

lunes, 26 de diciembre de 2011

25 - Avaricia



    Las nubes grises opacaban las paredes de los edificios en la gran ciudad. Las luces de las ventanas iluminaban tanto como podían, pero era evidente que una tormenta ya estaba próxima a iniciarse. La gente hacía lo posible por regresar a sus casas y otros buscaban pronto refugio ante la lluvia que cada segundo era más inminente. Sin embargo, dentro de un departamento las luces estaban apagadas y la única iluminación que había era aquella de varias veladoras y velas colocadas en diferentes puntos de la sala.

    Los sillones, la mesa para café y la carpeta habían sido arrimados hacia las paredes para dejar espacio al símbolo pintado con gis en el centro. Una estrella de cinco picos encerrada dentro de dos círculos con palabras escritas en un idioma obsoleto. Cinco personas, tres hombres y dos mujeres, vestían túnicas negras y sostenían en sus manos diferentes de objetos. Uno de los hombres tenía una copa con su propia sangre y un cuchillo, con el que se había cortado; Otro sostenía un libro abierto con una mano y, con la otra, una veladora que usaba para leer el libro en la oscuridad.

    La mujer más joven sostenía en sus manos un collar con un colgante y una piedra negra en ella, parecía obsidiana. La otra mujer cargaba un incensario de serafines que colgaba de dos cadenas casi rozando el piso y llenaba de humo la habitación. El último de los hombres sostenía con ambos brazos un tridente casi tan alto como el departamento y de un brillo fantasmal, parecía hecho de plata o algún hierro pulido o cromado. Además, esta magnífica arma estaba ornamentada con simbología mítica de pueblos ancestrales.

    Conforme la tormenta avanzaba dentro de la ciudad, el agua y los vientos se colaban por la única ventana abierta de la habitación. Se sentía una electricidad en el aire y las velas se agitaban amenazando con extinguirse, pero resistían el embate de las ráfagas de aire. El círculo en el piso, que originalmente era blanco, se tornaba de un color rojizo y empezó a salir del centro una luz que se arremolinaba y se transformaba en un humo carmesí que se comprimía y adquiría una forma humanoide.

    Cuando la luz dejó de salir del centro del círculo, una figura demoníaca se reveló ante los cinco. Sus cuernos chocaban con el techo, a pesar de estar encorvado. Tenía patas de chivo, garras como de águila y el dorso, los brazos y el cuello de un humano. Su cabeza parecía a la de un león y poseía una cola con una punta como de flecha. Una poderosa hacha era blandida por el ser infernal y la hoja era tan ancha como una persona promedio.

    Al instante que el ser puso la mirada en el hombre del libro y este último le hizo una señal a aquel del tridente, quien rápidamente respondió dando una estocada directo al pecho del demonio. Pero este tomó el tridente con una mano y se lo arrebató de un tirón, como quien le quita un dulce a un bebé y terminó volando hasta estrellarse contra la pared y caer el suelo inerte. Todos los demás dieron un paso atrás, pero no corrieron, pues estaban petrificados ante el tamaño y poder del ser que tenían frente a ellos.

    De un solo tajo, cortó la cabeza del hombre que sostenía el libro y de la joven. Luego miró el tridente que sostenía y pareció reconocer su origen. Entonces tiró su hacha, y atravesó al hombre y mujeres faltantes como un palillo a través de una salchicha. De entre la sangre y pedazos humanos, el demonio agarró el collar que sostenía la joven y se lo colgó al cuello. En seguida, sus ojos se tornaron negros. Finalmente, salió por la ventana, trepó por la pared hasta subir al techo del edificio y fue saltando de azotea en azotea hasta perderse en medio de la tormenta.
 
FIN

lunes, 19 de diciembre de 2011

19 - REQUIEM


    Esta es la historia de un viejo músico que trabajaba como maestro en una conocida academia de música dando clases de Piano a alumnos jóvenes. El maestro había pasado por mejores tiempos décadas atrás y ahora su habilidad estaba en decadencia. A sus 50 años, no había tenido un solo éxito, no era querido por sus alumnos y carecía de amigos. Debía cuidarse a sí mismo con el poco salario que ganaba y ya nadie lo contrataba para dar conciertos, pues decían que su habilidad se había extinto, lo consideraban obsoleto.

    La vida del maestro era deprimente, dedicaba el tiempo libre a beber vino y escuchar sus obras favoritas en el tocadiscos, mientras descansaba todo su cuerpo en un sofá cubierto de piel agrietada y endurecida, fumando habanos como si fuera inmune a su tóxico humo, mientras el piano se cubría de polvo y el suelo se iba llenando de partituras rotas y pisoteadas. Nada en la casa estaba en su lugar, como si un huracán hubiera arrasado sólo dentro de su hogar y las botellas de vino rotas se acumulaban en cada rincón, junto con las copas a medio acabar sobre casi todos los muebles.

    Era diciembre y el músico estaba más deprimido que nunca, cansado de una vida sin sentido, decidió darle a la humanidad una última obra maestra, una pieza que haría temblar a la ciudad entera, sería algo que recordarían toda su vida y sólo lo tocaría una vez. Sus planes iban más allá de dar un simple concierto, había calculado todo. No durmió en noches enteras terminando su obra magnífica, pero no la tocaría aún, sólo escribía, pues una pieza tan magnífica sólo debía ser tocada una vez y nunca más.

    Se anunció así, el concierto del maestro. Sin mucho interés por parte de la sociedad, casi a regañadientes tuvieron que asistir algunos de los participantes, pues eran pocas las personas en esta ciudad que aún disfrutaban de la música producida por un instrumento acústico en vivo en un auditorio, tocado por un maestro entrenado a la vieja usanza. Pero la noche del concierto llegó y los reflectores apuntaron a un piano de cola blanco de fabricación japonesa y, después de ser anunciado, el maestro entró acompañado de unos breves aplausos desairados.

    El maestro se sentó frente al piano esperando que los aplausos cesaran. Entonces, con un silencio prolongado como inicio, comenzó a tocar. Pasaba sus dedos suavemente sobre las teclas, tocando unos acordes apenas audibles, subiendo poco a poco el volumen hasta que un tono solemne fue reconocible, no era una alabanza a la nobleza, pues tenía un ritmo bélico, de marcha de guerra, con cierta tristeza y nostalgia, pero con orgullo, sin flaquear, como el entierro de un héroe caído en el campo de batalla. Alguien que luchó y dio la vida por los demás y su última recompensa sería una última marcha gloriosa hasta su sitio de descanso.

    Al terminar la primera parte, hizo una pausa y entonces los aplausos estallaron. El polvo en la vieja casa de la ópera se estremecía como en sus mejores tiempos y el polvo en los rincones más escondidos se elevaba con el viento, como si la vida que irradiaban las palmadas al maestro purificara la mugre que se había acumulado por el abandono, restaurando el auditorio a su auge original. El maestro apenas podía contener las lágrimas, pero su rostro estaba rígido, endurecido por años de amargura.

    Con su espíritu renacido, el maestro regresó al piano y esta vez no esperó a que los aplausos silenciaran para empezar a tocar, pero el público calló de inmediato en el momento en que se sentó en el banquillo. Nuevamente, empezó a tocar suave, apenas rozando las yemas de sus dedos con sus dedos, pero de un segundo a otro, sus manos tomaron la forma de una garra y empezó a tocar con la fuerza de un maníaco, siempre con el mismo tono solemne de marcha de guerra de la primera parte. 

Virtuoso, brillante, conmovedor, agresivo y hasta arrogante, toda su técnica, todos sus estudios y entrenamiento estaban siendo puestos a prueba esa noche, en ese momento. El cabello del maestro se revolvía y adquiría el aspecto de la melodía que tocaba, haciéndolo ver como un demente fuera de control. Su expresión se endureció todavía más y cada vez que azotaba el piano, con toda su fuerza, el corazón del público se detenía y algunos daban un brinco en sus asientos y esto lo hacía una y otra y otra y otra vez. Cada vez con más intensidad, como quien mata a otro ser humano a puñaladas, queriendo desquitar su odio, disfrutándolo.

La música que salía del piano tenía al auditorio hipnotizado, nadie estornudaba, nadie tosía y los ojos de todos apuntaban al gran maestro. Al terminar su segundo acto, los aplausos fueron mayores. Los flashes de las cámaras opacaban los reflectores del escenario y los gritos viajaban más allá de los muros de la casa de la ópera, extendiéndose por toda la ciudad. Era notable que un suceso inédito tenía lugar allá y aún faltaba un último acto. El público no quería de aplaudir, como si no hubiera aplausos suficientes para hacerle honor a la interpretación de tal  pieza, única en su tipo, pero el deseo de escuchar el final los invadió al unísono. Como si hubiera dejado de llover de repente y la existencia se resumiera a un lienzo en blanco que estaba a punto de convertirse en una obra maestra, todos expectantes, curiosos.

El maestro, entonces, se sentó frente a su instrumento, apretó sus puños un par de veces y movió sus dedos en el aire, dio un suspiro tan profundo que parecía ser el último que daría en su vida y cuando exhaló, volvió a tocar. La marcha heroica que antes tocó con tanto vigor, se convirtió en un cortejo fúnebre, retomando el ritmo calmo de la primera parte, aún bélica, poderosa, pero más solemne, casi como un vals, juguetona, hipnótica. Las teclas eran presionadas con dulzura, pero siempre un tono oscuro resonaba de fondo, atrapando este otro tono más dulce, que se desesperaba y quería gritar pero cuando lo intentaba ¡Bum! Regresaba el acorde tenebroso y lo callaba.

La muerte estaba al lado del Maestro, escuchando su última obra, una que no había sido escuchada por ningún ser humano o inmortal. La melodía que salía del piano creaba la sensación de un espacio profundo, de un lugar eterno del que no podría volverse nunca más, alcanzando un pico de intensidad para de ahí ir cayendo, poco a poco, de la forma más sutil, nota por nota, alcanzando a extender este último camino tanto como podía, tan suave como copos de nieve en una noche de invierno.

Y justo cuando el tocar de las notas era tan débil que ya no producía sonido alguno, el maestro aporreó sus dedos contra el piano y el alma de todos casi se sale al instante. Sus dedos se movían con la velocidad de una tormenta, con una furia interminable. Tal era la potencia de su interpretación que derribó el banquillo con sus piernas, pero siguió tocando de pie, lo que aumentó todavía más su ímpetu. El piano se rompería en mil pedazos en cualquier momento, pero la música seguía saliendo, golpe tras golpe, sin perder la melodía o la tonada original, subiendo y bajando hasta ya no poder más.

Con toda la fuerza de su cuerpo, dio los últimos zarpazos al piano y cuando terminó, cayó muerto. Su cabeza golpeó las teclas antes de tocar el suelo, pero nadie lo rescató. No hubo aplausos, ni gritos. Tampoco los flashes de las cámaras se dispararon. El maestro pudo soportar el poder de su propia obra, pues se preparó varias noches para esto, pero ni el resto del auditorio ni nadie estaban listos para una pieza tan magnífica, no había un corazón capaz de sobrevivir el odio, la locura y la genialidad del último réquiem del maestro pianista.
FIN

 

lunes, 12 de diciembre de 2011

12 - El miedo que acecha


    La tarde se ocultaba detrás de las copas de los árboles, dejando un manto estrellado en el cielo sobre la ciudad. La gente regresaba del trabajo a sus casas, ya pensando en las vacaciones. Era el último martes laboral del año y se percibía un ambiente de optimismo en los hogares. Los hornos y estufas calentaban lo que sería la cena de esa noche en las cocinas, mientras que los niños se entretenían viendo la televisión, pues hacía fresco como para salir a jugar. Una de estas casas tenía algo que ninguna de las otras.

    La familia que vivía en la casa con el número 13 de la calle 7 poniente, como era costumbre, se preparaba a cenar. La comida estaba servida en la mesa y los padres llamaban a sus hijos a comer, pero a los niños les interesaban más lo que pasaba en la televisión que cualquier otra cosa. Tras unos minutos sin respuesta, el papá decidió ir por ellos y cuando llegó a la habitación, abrió la puerta y ellos estaban sentados muy cerca de la pantalla. La sola presencia del señor hizo que los jóvenes apagaran la televisión y bajaran las escaleras para comer.

    Los niños llegaron corriendo a sentarse en la mesa, seguidos del papá y esperaron a que su mamá llegara para empezar a cenar. Los platillos de esa noche consistían en una sopa tibia de fideos, seguida de carne asada con puré de papa y ensalada. Y jugo de limón, para beber.  Todo transcurría con normalidad, pero de repente se oyó un golpe en la puerta. Como si alguien tocara a la puerta de la casa. Todos en ese comedor se preguntaban quién podría ser, quizá algún visitante sorpresa o algo menos benigno.

    El papá entonces miró a su esposa a los ojos y se levantó para dirigirse a la puerta. Deteniéndose en el espejo en el corredor y observando rápidamente sus dientes. Al ver que todo estaba normal, quitó las cerraduras y se dio cuenta de quién era, pues ya había visto antes a esa persona y era irregular verlo en su casa, a esas horas. Después de intercambiar unas palabras, el hombre entró a la casa y el padre de la familia caminó despacio hasta la cocina y permaneció ahí apenas dos minutos cuando salió con una bolsa en la mano. Se la dio al hombre que esperaba y se fue.

    Al momento en que el papá regresó a la mesa, les informó de lo que había pasado. Resulta que su vecino estaba cocinando unos postres pero se había quedado sin azúcar, entonces le pidió una taza y accedió a dárselo. Pero se la puso en una bolsa hermética porque no encontró una tapa para el contenedor que había elegido primero. Así pues, todos siguieron con su cena. Los niños ya casi acababan y los padres se veían a los ojos cada vez más seguido, comiendo tranquilamente, sin prisa, disfrutando de los alimentos, como analizando la situación fríamente, notando la alegría de sus hijos mientras devoraban los últimos pedazos de carne, sintiendo nostalgia por un brillo en los ojos de los niños que ellos habían perdido tiempo atrás.

    Los pequeños tuvieron la educación de pedir permiso antes de levantarse de la mesa, para después llevarlos al lavaplatos. Entonces los niños se quedaron solos en la cocina, mientras marido y mujer terminaban su puré de papa, mirándose a los ojos, sin decir palabra alguna, sólo observándose, comunicándose sin emitir ningún sonido, como telepáticamente, sin dejar de masticar la carne y saborear el puré, un cable imaginario podría conectar ambas mentes  pero un estruendo cortó ese hilo de golpe y sacó a los padres completamente de concentración. Sabían de qué se trataba, pues después escucharon dos gritos y un llanto.

    Al llegar a la cocina, lo primero que notaron los padres fue la sangre de su hijo que se esparcía por todo su dedo índice, pues había tirado su vaso de vidrio y al caer, uno de los fragmentos voló directamente hacia su mano,  causándole la cortadura. Su hermano estaba igual de asustado, pero rápidamente el padre fue por un curita, mientras la mamá calmó al hijo, abrazándolo y calmándolo con palabras reconfortantes. Al llegar el papá, la herida ya había parado de sangrar, pero aun así le puso el curita en el dedo. La mamá miró a su marido y este le asintió con la cabeza. Entonces, ella acompañó a los niños arriba, a sus habitaciones, mientras que el padre permaneció abajo.

    Pasaron un par de minutos desde que la mamá subió las escaleras con sus hijos cuando un grito al unísono se escuchó hasta el piso de abajo. Segundos después, la mamá bajó hasta la cocina, miró al padre directo a la cara y lo abrazó, derramando una lágrima mientras enredaba sus brazos alrededor de su cuello. Después del abrazo, ella le explicó que los niños gritaron pues al salir ella olvidó encender la pequeña lámpara junto a sus camas, pero regresó para hacerlo y los niños durmieron plácidamente. Ella le dijo que estaba contenta de que su hijo no su hubiera lastimado y agradecida por la cena.
FIN

domingo, 11 de diciembre de 2011

11 - Ira



    La luna todavía parecía completa esa noche de diciembre, pero la luna llena había sido dos días atrás. El reloj del abuelo marcaba las diez de la noche en punto. Dentro de la casa, la electricidad se había ido y sólo un sirio iluminaba la sala, donde un padre leía rezos para un arcángel que debía protegerlos contra el mal y alejar a los seres obscuros de la casa. Mientras esto pasaba, los dueños de la casa, una pareja recién casada, permanecían expectantes, cuando de repente la casa empezó a sacudirse, como en un temblor. Las ventanas  se abrieron de golpe y ráfagas tormentosas azotaron todo lo que no estuviera pegado al suelo.

    El padre enfocaba todos sus esfuerzos para leer los rezos que ya sabía de memoria, pero se aferraba a leerlos directamente de las hojas de su libro que le eran arrebatadas de las manos por las feroces ráfagas de viento que lo empujaban. La llama del sirio resistió unos azotes del viento, pero finalmente se apagó y la habitación quedó a oscuras, realzando el ruido que hacían los libros y retratos familiares que se caían y volaban, lanzando fragmentos de vidrio como balas hacia todas partes. Entonces el padre sacó una botella de cristal y empezó a rociar el agua que contenía frenéticamente, tapándose la cara con su otro brazo que se aferraba al libro.

    Mientras tanto, la pareja de recién casados, se refugiaba de los proyectiles detrás de un colchón, abrazados en la impotencia. Tratando de observar al padre luchar contra un enemigo invisible en las tinieblas, hasta que, repentinamente, los vientos cesaron. La calma llenó la habitación por un instante y lo primero que hizo la pareja fue prender las luces. Pudiendo observar el daño producido en la casa, especialmente el tiradero de cosas, básicamente nada quedó en su lugar, incluso los libreros más pesados se habían movido unos centímetros y una silla yacía destruida varios metros de su sitio original.

    El lugar era un desorden pero, dentro de este caos, se escuchó un quejido. De un montón de tablas que antes formaban una silla, hojas de libros arrancados, retratos, cristales rotos y polvo, surgió la voz del padre, tosiendo y sacando su brazo del tiradero. Rápidamente, la pareja lo ayudó a salir de ahí y cuando él se incorporó, y después de que se sacudiera el polvo de su sotana, los abrazó, aliviado, insistiendo en que el mal se había ido finalmente de esa casa, gracias al poder de su libro. Agradeciendo que todo haya terminado. Pero, apenas terminó de decir esto y las luces se apagaron.

    En ese momento, un frío anormal llenó la habitación, seguido de un fuerte golpe en toda la casa, como si algo gigantesco hubiera chocado contra los meros cimientos del edificio. Causando cuarteaduras en varias paredes, tirando el resto de las cosas que no se encontraban en el suelo, incluyendo a la pareja y al padre que tenía un aspecto deplorable. De entre el estruendo del viento gélido, una voz profunda y misteriosa, salida de ninguna parte, exclamó unas palabras en un idioma ancestral. Los ojos del padre, entonces, se abrieron completamente, junto con su boca y sus manos comenzaron a temblar. Como un gato, y como si su edad avanzada no importase, dio un salto y se puso de pie y salió corriendo por la puerta principal, huyendo por la calle sin exclamar palabra alguna.

    La pareja se encontraba desolada y los vientos volvieron a arremeter contra todo adentro, cuando, de repente, la puerta principal se partió en dos. Un hacha la había atravesado de un golpe y esta era sostenida por un brazo cubierto de una cota de malla y unos guantes de cuero. Luego, una patada terminó de romper y tirar al suelo los restos y un ser fornido hizo su aparición. Sosteniendo un escudo redondo de madera, recubierto de hierro y una armadura del mismo material, exceptuando por el cuello y los brazos donde se apreciaba la cota de malla que llevaba en todo el cuerpo. Su cabeza ostentaba un casco con cuernos de carnero con un agujero a la altura de los ojos.

    La mirada del guerrero era impresionante y su figura frente al portón, imponente. Al quitarse el casco exclamó a la nada — Yo soy Magnus, el decapitador, antiguo descendiente de los Básaros, cazadores de demonios. Mi linaje se extiende desde el gran Broyir, el recolector de cuernos, hasta Tesalonio, quien cerró las puertas del infierno en el siglo XIV, después de la batalla en Áscadi, donde fueron masacrados mil engendros. Demando que pregones tu nombre, pues he arribado siguiendo la pista de otro maligno, pero te he encontrado y ahora mi hacha implora por tu cuello. Acepta el duelo y muere en batalla o recházalo y regrésate por donde viniste y diles a tus camaradas que le tuviste miedo a un simple mortal como yo—

    Como si se hubiera presionado un interruptor, los vientos, el frío y los tronidos de la casa se detuvieron. Pero de la chimenea, empezaron a surgir llamaradas que ascendían hasta el techo y de estas flamas un par de cuernos negros, seguidos de una criatura como humana, pero con colmillos tan grandes como los de un león, orejas de conejo, ojos como de lince y un dorso musculoso sobre unas patas de chivo, cubiertas de un pelo negro con pesuñas del mismo color. La piel era rojiza y de las puntas de sus dedos salían una garras como las de un oso, que sostenían una espada casi tan grande como él, que tenía que agacharse para no topar contra el techo. Ante esto, el guerrero corrió hasta este ser y empezaron a batallar.

    El demonio impactaba al guerrero con espadazos continuos, pero el guerrero se defendía con su escudo, aunque cada golpe le hacía dar un paso atrás y cuando su espalda se encontró con la pared, giró hacia un costado y se ubicó detrás del ser maligno, dándole una patada con su bota que lo impulsó hacia el frente topando con el muro. Pero este último arremetió con su arma hacia el guerrero una vez más, quien esquivó el filo por poco agachándose y tratando de derribarlo con sus piernas, pero la criatura vil era muy fuerte y lo tomó de su armadura levantándolo para enterrarle su espada y las miradas de ambos quedaron a pocos centímetros de distancia. Entonces, el cazador, lo golpeó en la barbilla  con la culata de su hacha y después arremetió con el mango para rematar con un empujón.

    El demonio estaba tirado en el suelo contra la pared. En el momento en que se levantó, un líquido verdoso escurría de sus colmillos y su postura era más encorvada. Sujetaba su espada del mango, pero no la podía levantar. El guerrero no titubeó y asumió una posición de combate, acercándose paso a paso, sin modificar su estrategia, pero se detuvo antes de llegar al demonio, pues, este último, comenzó a reír y profirió unas palabras en su lenguaje desconocido. El guerrero entonces sujetó su hacha con ambas manos y, de un corte limpio, separó la cabeza del demonio de su cuerpo, envolviendo estas partes, junto con la espada, en flamas que se extinguieron en un parpadeo, dejando sólo un olor a azufre y carbón.

    Así pues, el guerrero sacó una navaja de su bota e hizo otro corte en el mango de su hacha. Entonces, se dirigió a la pareja y pronunció — Aquello que habitaba esta caza era un engendro de nombre Ira, un soldado de las fuerzas infernales. Antes de morir advirtió que las puertas del infierno se abrirían otra vez, en pocos días y sus tropas marcharían por las ciudades. Deben tener cuidado, estar armados y enfrentarlos, pues no pueden rechazar un duelo a muerte, mas les advierto que no hay canto ni magia que reemplacen el poder del filo de un hacha o una espada.— Proclamado esto, el guerrero salió de la casa y continuó su búsqueda.


FIN

sábado, 10 de diciembre de 2011

10 - El demonio de las sombras



    La luna llena se elevaba, ese día de diciembre, sobre las casas de las personas. Era sábado y aquellos que tenían el día libre aprovechaban para descansar o relajarse de la agitada semana de compras y arreglos para las festividades de año nuevo. Algunos de ellos preparándose para la gran fiesta que tendría lugar en una mansión a las afueras, de la que todos hablaban, pero sólo pocos podrían asistir. Una de las invitadas atravesaba la avenida principal en su automóvil de lujo. Mientras manejaba, buscaba una estación de radio con alguna noticia que no tenga que ver con villancicos y fiestas cristianas o compras, pero todos hablaban de rebajas en juguetes y accidentes viales.

    En esta ciudad nunca caía nieve, pero el invierno era severo por la letal mezcla entre el frío y la humedad, hacían que estar afuera sin ningún tipo de abrigo ante el sereno fuera similar a ser sumergido o permanecer bajo la lluvia. Con cada respirar, podía sentirse el agua en el aire y los pulmones se helaban. Mas, dentro del vehículo, la calefacción hacía un excelente esfuerzo por mantener el gélido aire fuera del automóvil el cual se detuvo repentinamente, haciendo que las llantas derrapen en el piso un metro, para luego estacionarse con más cuidado frente a una casa.

    Después de que la joven bajó del vehículo, percibió algo en su piel, como un escalofrío y, confiando en sus sentidos, volteó a su alrededor en busca de peligro. El viento soplaba en medio de la calle y agitaba la copa de los árboles. Sus piernas, cubiertas por unas medias, se exponían al frío y sus zapatos altos la alejaban del suelo. Sin dejar de escudriñar el paisaje, caminó hasta la puerta de la casa. Girando su cabeza de un lado a otro mientras buscaba las  llaves de la puerta, dentro de su bolso que hacía juego con su vestido, pero no las encontraba, escuchaba que sonaban en alguna parte, pero se perdían entre la cantidad de objetos y la falta de iluminación.

     Cuando tuvo las llaves en sus manos, metió una de ellas en el cerrojo de la puerta y volteó a un pasillo entre dos edificios de enfrente, donde, por un instante, algo se movió. Fue tan rápido que pudo haber sido un parpadeo o al girar la cabeza, algún reflejo de otra cosa o quizá una amenaza. Le costaba trabajo quitar el seguro y se desesperaba, entonces intentaba con más fuerza y velocidad, pero se le dificultaba aún más. En ese momento observó nuevamente a su alrededor, preocupada, mientras trataba de meter la segunda llave en la cerradura y entonces lo volvió a ver, algo que se movía por el callejón de enfrente, pero, esta vez, más cerca.

    Con sus manos temblorosas, hacía un intento tras otro de meter la otra llave en la segunda cerradura. Espiando sobre su hombre, segura de que en cualquier momento aquello que venía mostraría su rostro. Después de todo, podría ser cualquier cosa, un animal, algún vecino inofensivo, una basura que volaba con el viento o quizá sólo sea su imaginación, pues a su alrededor todo se movía, pero por causa de las ráfagas frías que aún congelaban sus piernas, no escuchaba pasos u otra pista de algo que la acechara. Suspiró profundamente cuando la llave pudo girar completa y la puerta se abrió.
   
    Observaba la oscuridad de la entrada, sólo la iluminación de la calle se colaba por el portón abierto, tapado por su silueta que se derramaba por la alfombra y detrás de ella, otra sombra en forma humana comenzó a adentrarse en la casa. Su corazón se paralizó y volteó de un brinco, pero nada había detrás de ella ni alrededor. Cerró la puerta de su casa de un golpe y prendió las luces del recibidor y la sala. La quietud dentro de su casa era confortable. La luz amarilla de la sala era tenue e impregnaba tranquilidad que se mezclaba con la suavidad de los sillones de tela acolchada.

    En seguida prendió la radio en una estación donde la música relajante era la única regla. Dio un gran suspiro y dejó que su cuerpo se sumergiera en la suavidad del sofá, sus ojos se cerraban del cansancio pero no quería dormirse ahí, prefería tomar una taza de té y descansar en su alcoba, con ropa cómoda, después de un baño. Su cuerpo ya no le respondía como en el día, parecía dopada por la falta de energía y el cansancio. Pero con un último esfuerzo, se decidió por ir a la cocina, a preparar se bebida noctámbula.

    Al dirigirse a la cocina, cada vez que se alejaba de cada foco y lámpara que encendía en su camino, una sombra como humana se proyectaba por delante de ella, pero al encender el siguiente foco o lámpara, la silueta se esfumaba, hasta que volvía a dar unos pasos dentro de la oscuridad que regresaba y desaparecía. Cuando finalmente llegó a la estufa y puso algo de agua para calentar, se fijó en el piso a su alrededor, la luz de la cocina no permitía que obscuridad alguna la rodeara, mas aquella del suelo debajo de sus pies y la que se escondía en las gavetas.

    El té caliente la dejó lista para dormir, pero insistía en tomarse un baño y con un poco más de ánimos se dirigió a su habitación donde se desvistió y entró al baño despreocupada. Prendió la luz de la regadera, pero se apagó antes de que ella terminara de dar un paso, por lo que regresó y activó el interruptor otra vez, junto con la lámpara del lavabo. Entonces, abrió la llave del agua caliente y esta la recordaba al té que acababa de beber. Tallaba su cabello con acondicionador y cerró sus ojos para que no se irritaran.

    Cuando se enjuagó la espuma de la cabeza y pudo ver, notó que la iluminación del baño era un tanto más tenue, arriba de ella, el foco de la regadera estaba apagado y sólo la luz del lavabo estaba prendida. Ella corrió la cortina de baño para ponerse una toalla en el cabello, pero la luz que tenía enfrente proyectaba en el suelo, detrás de ella, una sombra que se escurría hasta llegar a la pared y esta sombra tomó la forma de una silueta humana que extendía sus brazos hacia la joven, quien dio un par de pasos hacia el apagador, rodeando el foco que ahora estaba a su izquierda, mientras la sombra avanzaba sobre la pared.

    Al momento en que la sombra estuvo a menos de un metro de la joven, esta última volteó y pudo verla, tenía cuernos en la cabeza y patas de chivo, su cuerpo era fornido y alto y tenía los ojos como los de un demonio. Entonces la sombra la tomó del cuello y, sin piedad, apretó hasta que la joven se quedó sin aire. Los periódicos del día 11 de diciembre en la mañana, tenían noticias pues esa noche hubo más de un asesinato misterioso, caracterizado porque el homicida no deja pista alguna ni una huella o un pelo. Sólo una puerta o ventana abierta, para escapar y seguir esparciendo la muerte a donde vaya.
    FIN
   

jueves, 1 de diciembre de 2011

01 - La doncella escondida



La pintura escondida.

    —En este momento comienzo a grabar, estoy entrando en la vieja casona abandonada, sobre la calle roble #19— Decía una investigadora para una revista de escépticos, a una grabadora de bolsillo que sostenía en su mano— La casa ha estado abandonada por, increíbles, 100 años y hoy, 2 de diciembre del 2011, la puerta se abre por primera vez en, al menos, 40 años. Nadie quiere venderla, Nadie se atreve a entrar —Continúa hablando mientras llega al portal de la entrada — La leyenda cuenta que ninguna persona que haya entrado en la casa se le ha visto salir, por supuesto hoy comprobaremos lo contrario—.

    La joven investigadora sacó de una mochila que tenía en su espalda una rígida barra de acero y la utilizó para hacer palanca en la cerradura— Ahora veremos si esta casa es tan especial como las demás o si la única diferencia es que tiene una historia detrás de ella…— Al momento de aplicarle fuerza, la puerta se abrió de par en par, pero nada se rompió y la cerradura no fue forzada—. Parece ser que la puerta estuvo entre abierta todo este tiempo, veamos qué misterios encontramos entre tanta polvareda— continuó grabando cada palabra para su revista.

    Una luz irrumpió la oscuridad dentro de la casa. Lo primero que se veía era una escalera central que llevaba al piso superior y el polvo elevándose como una neblina fantasmal — Todo está empolvado y hay telarañas… ¡Hermoso! — Decía irónicamente—  El detalle de las cortinas blancas rotas es notable. Puedo ver una manta justo en la pared de enfrente, subiendo por la escalera. Debo suponer que hay algo “paranormal” va a suceder allá arriba—Entonces ella decidió explorar la planta baja.
    
    —El comedor se ve arreglado— continuaba hablando irónicamente — Los platos están en la mesa con los cubiertos en perfecto orden pero, por supuesto, todo está cubierto de telarañas y tiene una capa de polvo. No veo huellas de humanos, pisadas, manos o alguna pista de que una persona estuvo aquí. Quienes crearon la leyenda de la casa se esforzaron bastante por mantener la fantasía. Prosigo a pasar a la cocina—.

    —La cocina está justo como esperaba: desordenada. Hay platos sucios en el lavabo, la puerta del horno bajo la estufa está abierta, además de que algunas gavetas están abiertas de par en par y hay fragmentos de platos rotos en el suelo. Nada creativo, esto lo he visto miles de veces, es el estereotipo clásico de una casa embrujada de película de Hollywood— y caminó de regreso a la entrada, con la seguridad de quien está en su hogar.
    —Ahora subiré por la escalera, espero que en el piso superior al menos suceda algo más allá de una escenografía prediseñada... Conforme voy subiendo los escalones, noto varios objetos al azar tirados en ella. Veo un bastón, un sombrero, un maletín de esos que usan los doctores, unos zapatos de tela que bien pudo haber usado un vagabundo y…— Se detuvo un segundo y se inclinó para mirar bien el objeto que estaba tirado en el suelo. Se trataba de una diadema con flores que destacaba por su belleza—… Y uno que otro objeto interesante— La investigadora tomó la pieza y siguió subiendo hasta topar con la pared frente a ella, que dividía la escalera en 2 más pequeñas que llevaban a las alas principales del piso superior.

    Frente a ella, se encontraba un cuadro de al menos 2 metros de altura que llegaba casi al techo y ocupaba un metro y medio de ancho, todo cubierto por una sábana blanca agujereada, que se mecía con el viento — Prepárense para oírme gritar, porque cuando jale esta manta, algo me va a saltar encima— dijo burlonamente, tomó la manda con ambas manos y dio un tirón para quitar la tela, pero esta no se cayó. Estaba un tanto atorada en una orilla del cuadro. Así que intentó una segunda vez, pero jalando en otra dirección y la delgada sábana cayó suavemente al piso.

    La investigadora se quedó quieta unos segundos viendo la pintura, esperando que en cualquier momento algo brincara sobre ella y la asustara para salir corriendo de ahí y decirle a todo el mundo que en realidad la casa sí estaba embrujada. Su corazón latía fuerte y sus ojos estaban bien abiertos, sus piernas se paralizaron. Pero nada pasó. Conforme su cuerpo se fue relajando, pudo observar mejor el cuadro — E-El cuadro… aparece una, uh, mujer, un retrato de una mujer, de ropajes finos. Tiene un par de collares de oro con piedras preciosas, un tocado ornamentado…— Decía temblorosa, pero, conforme describía lo que veía, su seguridad iba aumentando.

    —Si bien el retrato concuerda con la edad de la casa y la leyenda, su buena condición hace sospechar de que es de fabricación más actual. Las manos de la duquesa, desde este ángulo, se ven aterradores, como si quisiera agarrar a la persona que estuviera enfrente— y dio un paso adelante hacia el cuadro— Si me acerco, el efecto es mayor, de hecho, a sólo 3 pasos de que mi nariz toque la pared, las manos parecen salir del lienzo, el detalle es exquisito— Entonces dio un paso más y las manos tomaron de la ropa y la jalaron dentro del cuadro. Desapareciendo por completo y antes de que el polvo se volviera a asentar, la sábana que la cubría se elevó por los aires, hasta regresar a su lugar original, dejando la pintura escondida y quietud en la casa, haciendo perdurar su historia por muchos años más.

FIN