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viernes, 30 de diciembre de 2011

30 - Al borde de la muerte



    Un hombre estaba sentado sobre una cama. Sus ojos se entrecerraban y sus movimientos eran torpes, mientras ajustaba un mecanismo con un revólver y un silenciador adosado a este. Con el girar de unos engranes, el arma se movía unos pocos milímetros y podía ajustarse con una precisión letal. Cuando el arma apuntaba cerca de donde estaría su cabeza, el hombre se acostó, tomó un dispositivo con un botón que activaba el gatillo, cerró los ojos, lo accionó y, entonces, el arma se disparó.

    El  sonido, aun cuando era silenciado, era ensordecedor. Pero el hombre se quitó unos tapones para los oídos y se levantó. La bala había rozado su cabeza por encima de la oreja, justo como lo había calculado. Ahora, su ánimo cobraba bríos. Entonces, con una sonrisa en la cara, salió corriendo de su departamento hasta las escaleras que subió con igual apuro, sin embargo, al ascender tres pisos, su energía se desplomó y su cara retomó la seriedad de una estatua. Dando cada paso en cada escalón con pesadez hasta alcanzar la azotea del edificio.

    Miraba con melancolía el paisaje citadino. La noche impregnaba de negro los edificios y de estos salían millones de puntos de luz que imitaban a un lago que refleja el firmamento nocturno, pero no había una sola estrella en el cielo, tampoco nube alguna, sólo una capa de contaminación lumínica que opacaba el techo nocturno. Parado al borde del precipicio, balanceaba su cuerpo, una y otra vez. Algunas veces, él se empujaba hacia el abismo, y en otras, el viento lo empujaba, como si le jugara una mala broma.

    Sus zapatos resbalaban con el frío y húmedo concreto del borde del edificio, pero la sensación de estar al borde de la muerte lo reanimaba. Entonces, sin pensarlo dos veces, saltó. Caía libremente y esos segundos para él fueron eternos, pero se tuvo que detener, pues al accionar el paracaídas su cuerpo se frenó de golpe. Aún bajaba rápidamente, pero al poner sus pies en el suelo, sólo sintió un pequeño golpe en sus rodillas y corrió del lugar, dejando la mochila con el paracaídas atrás.

    Cuando llegó al estacionamiento, ya tenía en sus manos las llaves de su vehículo, un poderoso automóvil deportivo. Suspiró cuando arrancó el vehículo, olvidando completamente el salto de altura que había hecho minutos atrás. Pensando sólo en la desesperanza del futuro. Tal era su pena que le costaba trabajo manejar o, tan si quiera, concentrarse en encontrar la salida del estacionamiento. Así condujo varias calles, hasta dar con una larga avenida, amplia y con poco tráfico. Entonces, pisó el acelerador a fondo.

    Era un goce total para él rebasar un auto, pasarse un alto. Cada vez que un camión estaba a punto de chocarlo de frente, por andar en sentido contrario, su corazón se detenía un segundo y al momento de evadirlo volvía a latir, esta vez con más pujanza. Apresuraba su paso y cuando faltaban pocos metros para topar contra un muro o un árbol, él frenaba y las llantas derrapaban por el pavimento, pero su vehículo alcanzaba a detenerse. Hizo esto un par de veces más y después bajó de su vehículo, abrió la cajuela y sacó una bolsa grande que pesaba casi tanto como una persona.

    Caminaba con la bolsa en mano, buscando, analizando el lugar a su alrededor. Cuando encontró un buen lugar donde situarse, vació el contenido de la bolsa en el suelo y varias armas, granadas y balas salieron de ella. Varias pistolas, un par de fusiles automáticos, un rifle largo de grueso calibre que sólo cargaba una bala por vez y una ametralladora con una cinta de balas. Tomó esta última y comenzó a dispararle a la gente que pasaba, a los vehículos, a las ventanas en los edificios. Todo aquello que se moviera, y lo que no, era blanco para el maníaco.

    Después de acabarse todas las balas para la ametralladora sacó uno de los fusiles automáticos. Un policía que se encontraba cerca que acudió, armado con una pistola, a responder los disparos, fue su primera víctima. El fusil del hombre era preciso y letal, las balas del policía impactaron a metros de distancia. En seguida, llegaron refuerzos. Una patrulla se estacionó cerrando el paso y dos policías, armados también con pistolas, se posicionaron detrás de las puertas del vehículo apuntando sus armas.

    El hombre que se ocultaba detrás de un pequeño muro de tabiques, entonces, tomó una granada y le quitó el seguro. La sostuvo en su mano y no la soltaba, sabiendo que en cualquier momento explotaría. Sin soltarla, escuchaba a los policías que intentaban hacer que saliera con sus manos levantadas, pero, a último momento, aventó la granada hacia la patrulla y explotó en el aire. Las esquirlas hirieron a ambos policías, junto con pedazos de vidrio.

    El corazón del sujeto palpitaba al máximo. Para él, cada segundo que pasaba era como un minuto y cada minuto era como una hora. Sin embargo, al asomarse ya no veía a nadie con vida en la calle, puros vehículos llenos de balas y cuerpos de personas desangradas hasta la muerte. Tomó, entonces, su rifle y escudriñó el horizonte a lo lejos. Así pudo ver gente que corría o se escondían en la oscuridad, a quienes empezó a disparar también, ya sin mucha precisión, sólo disparando por el puro placer de sentir la explosión de su rifle diseñado para perforar blindajes de tanques.

    Pasaron varios minutos, hasta que llegó una camioneta blindada y de ella descendieron policías con armaduras pesadas y armas automáticas, un poco más anticuadas que las que poseía el hombre. Estos fueron recibidos con dos granadas, que incapacitaron a la mitad de los policías. Entonces, el hombre cargó sus fusiles y empezó a disparar sin ver, sólo asomaba el arma por el borde superior del muro y la accionaba. No le daba a nadie, pero esto le proveía tiempo para asomar su cabeza unos instantes y analizar la situación.

    Lanzó más granadas hacia el vehículo blindado y hacia los policías que se escondían detrás de autos. Las explosiones hacían que todo temblara y venían una después de la otra. Al instante llegó otra patrulla con más policías armados y también fueron recibidos con granadas y más balazos del hombre detrás del muro, quien parecía tener parque ilimitado pues no dejaba de disparar. Una capa de casquillos vacíos y calientes inundaba el suelo. El hombre casi se podía sumergir en estos, pero más seguían llegando del mismo lugar.

    Conforme se acababa un cartucho, volvía a lanzar otra granada y esto le daba tiempo para tomar su otro fusil, cargarlo y seguir disparando, en lo que el otro se enfriaba. Luego tomaba una pistola en cada mano y disparaba enloquecido. Los policías estaban más interesados en buscar cobertura de las explosiones que en responder al fuego. Pero, tarde o temprano, se quedaría sin municiones y estaría vulnerable a su equipo organizado. Esperaron así, unos pocos minutos, hasta que al final hubo silencio.

    Acercándose furtivamente, con sus armas cargadas, apuntando hacia el frente y con el dedo en el gatillo, los policías avanzaron hasta donde el hombre se escondía. Y entonces lo encontraron, recostado en la pared, rodeado de un mar de casquillos, y en su mano sostenía una granada, la última que le quedaba, y esta no tenía el seguro puesto.  De inmediato, los policías emprendieron la retirada pero la granada explotó y del cuerpo del hombre sólo quedó una mancha de sangre chamuscada, impregnada en el muro, en el piso, en el techo y algunos pedazos llegaron a volar tan lejos como una cuadra entera.

FIN

martes, 27 de diciembre de 2011

26 - El Francotirador


    Había miedo en la calle esa tarde de Diciembre. La gente hablaba de un asesino, un francotirador, que mataba personas al azar, al caer la noche. Nadie sabía quién podría ser la víctima, pero por cinco días seguidos, el tirador aterrorizó la ciudad con sus impredecibles ataques. No había un solo patrón a la hora de elegir a sus víctimas, mujeres, ancianos, hombres adultos e incluso niños habían caído presa de este psicópata.

    La policía estaba completamente confundida y pidió ayuda al ejército, pero no había forma de saber cuándo o dónde iba a atacar, quién moriría esa tarde. Nadie quería salir de su casa y si lo hacían, debían moverse con cuidado, de columna en columna o en un vehículo en movimiento, a toda velocidad, saltándose semáforos, altos y cualquier señalización. Las televisiones estaban prendidas todas en los noticieros, esperando información sobre el asesino.

    Mientras tanto, en uno de los edificios más altos de la ciudad, el francotirador subía las escaleras hasta uno de los últimos pisos donde alquiló una habitación con una falsa identidad. Cargaba con un maletín donde guardaba todo su equipo. Sin prisa ni apuro, subía los escalones con una canción en el corazón que a veces silbaba y a veces tatareaba, como quien da un paseo por el parque. Vestía un sombrero y una gabardina que ocultaban el resto de su cuerpo, excepto por unos zapatos elegantes.

    Cuando el francotirador llegó a su habitación, lo primero que hizo fue echar un vistazo al armario, al baño, la cama. Prendió la televisión y hablaban de él en las noticias, no había una sola pista de él y el ejército no quería hablar al respecto.  La policía afirmaba tener un plan, pero aparentaba ser un intento desesperado de tranquilizar a la población. El Francotirador se sentía como en su casa, se quitó la chaqueta y el sombrero, se sentó en la cama y abrió su maletín.

    El rifle que poseía el francotirador era de última generación. Ligero como si fuera de utilería, pero largo y preciso, con un silenciador que servía de poco y una mira que permitía ver la cara de una persona a un kilómetro de distancia. Ensambló cada pieza en su lugar y cuando todo estaba listo cargó el arma y se dirigió a la ventana. Tenía unos binoculares con los que podía buscar un buen sitio para practicar su tiro al blanco, pero las calles estaban cada día más vacías. La gente pasaba corriendo o en sus autos, nadie esperaba sentado mientras comía un postre, tampoco había personas en la parada del camión.

    En uno de los edificios, un hombre que trabajaba en un ducto de aire. Estaba de espaldas y de rodillas, metiendo su brazo en una ranura de ventilación. Ante esto, el francotirador tomó su rifle y apuntó hacia ese hombre. Tomándose unos segundos para calcular el tiro, sincronizando su respiración con los latidos de su corazón y, cuando lo tuvo justo en la mira, disparó. El hombre cayó en el suelo inmóvil y un charco de sangre comenzó a formarse alrededor de él. El Francotirador no podía ocultar su sonrisa perversa, entonces volvió a tomar sus binoculares.

    En la base de un edificio, otro hombre esperaba dentro de su vehículo. Miraba por todas partes con nerviosismo. Por segunda ocasión, el francotirador tomó su arma y disparó. La cabeza del hombre en el vehículo explotó al recibir el impacto de la bala de gran calibre y su cerebro se esparció  por el interior del carro. El francotirador recargó su arma y la soltó por unos segundos, pues comenzaba a calentarse. Su cara tenía una expresión severa todo el tiempo, pero una sonrisa se dibujaba en su rostro cada vez que acertaba al blanco. Tomó, otra vez, sus prismáticos.

    Cerca del parque, alcanzó a ver a otro hombre, vestido con un traje y sombrero, que cargaba un maletín. Sería un objetivo difícil pues no estaba quieto, sin embargo, daba vueltas una y otra vez, como esperando a que pasaran por él. El Francotirador tomó su arma y apuntó. Le costaba un poco de trabajo seguir al hombre y su mano temblaba levemente por la emoción de acertar ya dos blancos. Calmó su respiración e intentó tranquilizarse, cerrando los ojos un segundo. Se tomaba todo el tiempo del mundo, pues dudaba que lo fueran a atrapar.

    Después de observar por un minuto al hombre, pudo anticipar sus movimientos y cuando calculó que su cabeza estaría justo en su mira, disparó por tercera vez. El hombre de traje cayó al piso y su maletín se estrelló en el suelo y se abrió, pero estaba vacío. Su sombrero fue arrebatado por la bala y al escuchar el silbido de esta pasar sobre su cabellera, olvidó su maletín y sus modales y corrió  a ocultarse detrás de un árbol. El Francotirador estaba furioso de haber fallado, pero el hombre ahora estaba quieto y sería un blanco más fácil. Apuntó su arma hacia donde el pobre hombre se escondía, pero sólo se veía parte de su cuerpo. Cuando lo tuvo en la mira, volvió a disparar, pero falló su cuarta bala.

    Aún le quedaba una bala en su cargador, estaba completamente frustrado por fallar dos tiros. Esta vez, no fallaría. Apuntó su mira hacia el hombre que se escondía detrás del árbol y no se movía de ahí. Respiró profundamente, cerró los ojos y trató de calmarse. Ajustó la mira para verlo tan cerca como fuese posible, debía darle en el corazón o en la cabeza, pues no se conformaría con atinarle en un brazo o en una pierna. Observaba como el hombre hacía algo detrás de árbol, pero no podía identificarlo.
    Toda su atención estaba puesta en cada movimiento del hombre de traje, el centro de la mira estaba en su hombro que sobresalía por detrás del árbol en el que se escondía, tampoco podía ocultar su zapato y de vez en cuando asomaba un poco la cabeza. Estaba sentando y si quería moverse de allá tendría que ponerse de pie, tarde o temprano. El francotirador observó, esperó inmóvil, respirando despacio, sin quitar la mira de su objetivo. El hombre de traje, entonces se escondió completamente detrás del árbol y en ese momento, el lente del rifle explotó y los vidrios y pedazos de metal se incrustaron en su cara.

    Una segunda bala impactó en la cara del francotirador y atravesó su cráneo. En su cuerpo se observaban varios puntos rojos, miras de francotiradores de élite que el ejército había preparado para cuando el asesino atacara. Pusieron diferentes señuelos, como el hombre de traje que comunicó a la central sobre la posición del homicida y otros más que observaban atentos escondidos detrás de arbustos y ventanas de otros edificios, pero lo que delató finalmente al asesino fue el brillo de su mira que anunciaba a todo el mundo su posición.

FIN

miércoles, 21 de diciembre de 2011

21 - El bello jardín



    Raro es, ver en la ciudad, jardines al aire libre. Aparte de algunos parques, las áreas verdes han cedido su territorio al pavimento y el concreto. Sin embargo, una nueva moda ha brotado de entre los ladrillos y las vigas: Jardines sobre los techos de los edificios. Como el moho que crece sobre rocas húmedas, los techos de varios edificios comenzaban a teñirse de verde. Es en el techo de uno de estos edificios donde tiene lugar esta historia que comienza una noche de diciembre.

    El reloj ya marcaba las 12 en la cocina de Marta, una señora de gusto por lo tranquilo y la decoración, cuando ella se despertó de un sueño especial. Hacía un esfuerzo, sentada al borde de su cama, por recordar lo que soñaba y venían imágenes de ella subiendo al techo y encontrando una planta extraña en una maceta pequeña. La planta era diminuta y hermosa, se movía con el viento, pero no como si la empujaran, parecía que bailaba y se mecía con el viento y, al hacer esto, liberaba un aroma dulce como el merengue de limón.

    La señora Marta estaba más que encantada por su sueño y, sin creerlo mucho, se puso sus pantuflas, un suéter y una bufanda y subió al techo para echarle un vistazo al jardín que cuidaba día a día. Con una lámpara en mano, subió los 3 pisos por la escalera y cuando llegó a la azotea, abrió la puerta con expectación. Apuntando su lámpara hacia la oscuridad de su bello jardín, que de noche se convertía en un bosque de pesadillas, pero lo único que podía ver era pasto, algunas enredaderas y flores durmiendo plácidamente.

    No estaba del todo decepcionada pues ni ella misma lo creía, pero la ilusión que la hizo subir fue un golpe duro a sus ánimos. En esto cavilaba ella cuando sintió un aroma dulce como el merengue de limón. Ella pensaba que estaba soñando despierta pero, esta vez, el olor era inconfundible. Cegada por la armoniosa esencia, empezó a caminar hacia ella. Sentía calor, como si su cuerpo le exigiera sumergirse en un baño de agua fría y, cuando se dio cuenta, no escuchaba nada a su alrededor.

    Marta estaba confundida, veía un bello jardín a su alrededor, pero no era verde sino morado. Todo estaba iluminado, como si fuera de día, pero no había un foco a su alrededor. Sin embargo, el olor dulce de merengue de limón continuaba y la obligó a avanzar en la maleza que asemejaba a la de una casa abandonada. Algunas de las plantas que rozaban sus pantorrillas descalzas la arañaban pero no le hacían daño. Pocos metros adelante, se encontró con una mesa de madera azul.
    La mesa tenía sobre de sí, la planta pequeña y danzante que había visto en su sueño, además de ser el origen del dulce aroma. Dio los últimos dos pasos de distancia y todo se aceleró de repente. El viento la golpeaba en la cara y la congelaba, pero esto no duró más que un instante pues murió al momento de estrellarse contra el pavimento. En el techo de su casa, la pequeña planta en la maceta pareció estremecerse con la muerte de la señora y cuando su éxtasis terminó, un cristal la envolvió, junto con una luz y desapareció en lo profundo del espacio.

 
FIN

viernes, 9 de diciembre de 2011

09 - Grulo, El Carnicero del Altar Pagano.


    Faltaban veinte minutos para la media noche y sólo un día para la luna llena. En las afueras de la ciudad, la gente trabajaba  a deshoras, tratando de terminar y dejar todo listo para sus vacaciones. En tiendas de paquetería y embotelladoras, las máquinas operaban al unísono con los empleados que marchaban, a paso apresurado, pensando en sus hogares y amigos. Alrededor, camiones descargaban cajas de frutas, verduras, aparatos electrónicos y animales muertos. Los cadáveres de cerdos y reses iban a parar a la carnicería donde eran procesados para su traslado a las tiendas.

    Cuando los animales recién matados arribaban, eran colgados en ganchos en un congelador donde se mantenían frescos hasta que era momento de pasar al despiece y después ser empaquetados y transportados de nuevo. El Altar Pagano era la carnicería más famosa de esta zona, pues sus trabajadores eran especialmente habilidosos para cortar, destazar, picar y amasar la carne, siendo la que más animales procesaba al día. Un río de sangre de diferentes animales fluía todo el tiempo en un canal de agua construido rústicamente sólo para ese propósito.

    Estos brutos cortaban los animales con sus cuchillos y sierras para los huesos. Nada que entraba ahí salía en una pieza. Sus delantales siempre estaban empapados de rojo y entre los carniceros, Grulo era quien se llevaba las palmas, pues podía destazar animales tan rápido que le tomaba más tiempo la espera que debía hacer para que alguien pusiera un nuevo animal en su mesa, cruzado de brazos, con la mirada firme hasta que otro animal sacado del congelador era depositado frente a él, entonces alzaba sus cuchillos y daba golpes por todas partes, cortando al animal en segundos.

    Grulo trabajaba esa noche con un colega suyo, quien cargaba las carnes del congelador a la mesa para ser cortado por el barbárico pero habilidoso carnicero. A este último, le molestaba que su compañero tardara tanto tiempo en cargar las carnes, le insistía que trajera 2 reses por vez, pero no tenía el mismo tamaño que el bruto y tosco Grulo. Por lo que hicieron un cambio de papeles y, haciendo alarde de su poder físico, Grulo empezó a traer cuatro reses por vez, tomando con cada mano las patas de dos animales y azotándolos en su mesa de despiece.

    En poco tiempo, Grulo ya había sacado todas las reses del congelador y estaban apiladas en una montaña junto a la mesa de metal que tronaba y parecía retorcerse por el peso. El pequeño carnicero hacía su mayor esfuerzo por cortar los animales, pero era imposible y comenzaba a impacientar al grandulón, al grado que volvió a tomar su puesto cortando. Tomando una res del cuello mientras con su otra mano hacía cortes rápidos por todas partes, haciendo pilas de carne y huesos separados con destreza, mientras que su colega recogía la carne y la metía en cajas, sin embargo, Grulo era demasiado veloz y los pedazos de carne y hueso se acumulaban conforme la pila de cadáveres iba disminuyendo y aquella de los restos cortados aumentaba.

    Grulo debía detenerse pues era tanta la carne a su alrededor que no tenía espacio para trabajar, diciéndole a su compañero que empaquete dos cajas por vez, pero era lento en su trabajo y el  bárbaro se estaba impacientando más y más, de tal forma que agarró varias cajas y las llenó en pocos segundos. Cada una de sus manos podía sostener una caja entera de carne y huesos y sobre sus hombros equilibraba hasta cuatro, cargando todo el contenido en el almacén, mostrando la experiencia que le había conseguido el título de El Vikingo, El Bárbaro, Thor, entre otros.

    Cuando su labor había finalizado, Grulo le echó un vistazo al reloj, apenas habían dado las doce y al asomarse por la ventana vio la luna y notó que estaba llena. Entonces, el olor a sangre despertó una extraña sensación dentro de su cuerpo. Su corazón comenzaba a latir fuerte y algo en la oscuridad lo calmaba y llenaba de energía a la vez, mirando el mundo desde una perspectiva nueva y poderosa. Habría los ojos tanto como era posible y sus músculos se entiesaban. En seguida, su cabeza giró hacia su compañero quien estaba paralizado ante la figura imponente de Grulo y su gesto maníaco, como un ratón arrinconado por un gato.

    Sin dejar de ver al pequeño hombrecillo que permanecía temblando en un rincón, Grulo marchó como un robot hacia la mesa donde estaba su cuchillo y sierra favoritos, tomando uno con cada mano. Después de afilarlos, pasando los filos entre sí un par de veces, fue directo a su presa. De su boca salía una espuma espesa y su mirada estaba perdida, agitaba la cabeza erráticamente y sin pensarlo ni si quiera un instante, cuando estuvo tan cerca como para que sus brazos alcanzaran al pobre hombre, dio varios sablazos rápidos, partiéndolo en pedazos y luego cortó estos pedazos en trozos más pequeños y estos en retazos. Los empaquetó en una caja, guardó en el almacén y cerró. En la mañana, al día siguiente, encontraron el cuerpo del gigante petrificado en el congelador.


FIN

martes, 6 de diciembre de 2011

06 - Géminis


    El edificio más alto de la ciudad era un rascacielos repleto de almacenes, oficinas y centros de entretenimiento. Miles de personas entraban y salían por la puerta principal, todos los días del año. Gente de tal variedad que quienes frecuentaban este lugar ya no se sorprendían por ver el desfile de colores, formas, tamaños, voces y sonidos en la mañana, tarde y noche y ya sea por una visita rápida a un conocido, para mirar el paisaje desde el piso más alto, hasta hacer compras navideñas o cerrar un negocio, todos debían tomar el elevador.

    Había ocho elevadores principales. Cada par de ellos llevaba ocupaba un rango del edificio, así, dos subían sólo hasta las primeras plantas, otros llegaban hasta la mitad, donde había almacenes y tiendas, unos más casi hasta la cima, dedicados a los pisos de oficina, y sólo los últimos alcanzaban los pisos superiores. Por estas fechas, no era raro encontrar a más de un Santa Claus dentro del mismo o ascendiendo con todos sus duendes, enloqueciendo a los niños que los veían.

    Un día seis de diciembre, el elevador abrió sus puertas en la planta baja y no se cerraron hasta que entraron siete personas en total, de los cuales, tres hombres vestían traje negro, bien peinados y con una afeitada perfecta, cargando maletines y sólo se diferenciaban por las corbatas, una roja con un conejo blanco pintado en el centro, otra a rayas blancas y negras y otra de un tono gris apagado.

    Otras personas que subieron el ascensor era una señora, cargando un bolso y con un sombrero del mismo color que su vestido morado, ornamentado con piezas de bisutería barata. También estaba un hombre delgado con poco cabello en la cabeza, que usaba lentes gruesos, una camisa blanca fajada, con tres bolígrafos en su bolsa, zapatos negros bien boleados y su pantalón hasta la cintura, también tenía un moño rojo discreto debajo de su cuello, pero su pose encorvada lo ocultaba.

    Los últimos dos pasajeros llamaban la atención, pues se trataba de un hombre corpulento y su mujer. Ambos vestidos de negro, usando chaquetas de cuero y botas. También sus cinturones eran de cuero negro y tenían estoperoles, al igual que las pulseras  que ambos llevaban. Unas cadenas salían del bolsillo izquierdo del pantalón del hombre y terminaba en un aro que tenía en su nariz. La dama tenía varias arracadas en la cara, no se podían contar con sólo echar un vistazo, así como tampoco nadie podía saber qué negocio los llevó a tal ascensor.
    Nadie se hablaba entre sí. Mas, de alguna forma, todos pensaban en los otros, sin decir palabra alguna. La señora estaba horrorizada por la apariencia de la pareja y volteaba a ver a uno de los hombres de traje, el de corbata a rayas, buscando aprobación a su desdén, pero este joven empresario le sonrió y levantó los hombros, procurando cautela de forma que nadie más lo notara. Pero cada movimiento que alguien hacía dentro de ese ascensor era inevitablemente notado por el resto.

    Otro de los caballeros vestidos de traje, aquel la corbata gris, se le notaba serio. Posiblemente haría algo que le cambiaría la vida o debía tomar una decisión difícil. Hablaría con alguien poderoso o enriquecido o quizá para salvar su pellejo. Pero no se movía, parecía una estatua sumida en sus pensamientos y que, sin darse cuenta, expresaba todo en su cara. El tercer señor con vestimenta formal, parecía más cansado que el resto, quizá regresaba de un largo viaje de negocios o había pasado toda la noche planeando movimientos estratégicos para su empresa, vitales para su supervivencia.

    El señor de lentes sostenía en su mano uno de sus bolígrafos y hablaba en voz tan baja, que más bien lo hacía para sí mismo, por la velocidad con lo que hacía y porque siempre fruncía el ceño cuando se detenía, podía sospecharse que estaba haciendo algún tipo de cálculos o razonamientos. Golpeaba su pie en el piso rápidamente pero callado, sin hacer ruido. No miraba a nadie y su vista apuntaba al vacío. Mientras, el hombre corpulento estaba inclinado, susurrándole a su pareja y mirando de reojo a  la señora, sin duda, había entendido el mal gesto que esta le había puesto.

    Cuando el hombre corpulento se volvió a incorporar, el señor de lentes le enterró un lapicero en un costado de su cabeza, luego enterró otro al caballero de corbata a rayas y un tercero al de corbata gris. La señora echó un grito espantoso y no podía creer lo que estaba pasando, la sangre le había pringado en la cara y el hombre de corbata de conejo miraba estupefacto al de lentes, mientras quitaba los lapiceros de las cabezas de los cuerpos tirados en el piso con frialdad y de un tirón. Luego se dirigió hacia él y le aplicó la misma estrategia, después hizo lo mismo a la pareja del hombre corpulento, que lloraba y le gritaba a su cuerpo tratando de hacer que reaccione, y finalmente a la señora quien no opuso la más mínima resistencia.

    Cuando terminó de recolectar los bolígrafos, se escuchó un tono y las puertas del elevador se abrieron, justo a tiempo, como lo había planeado. Luego salió caminando por la puerta, bajó por otro ascensor y salió del edificio, tranquilamente, por la entrada principal.
 
FIN