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martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

lunes, 23 de septiembre de 2013

22 - Parásitos.


                  El sol se ocultaba detrás del horizonte. El pueblo de Vallecalmo estaba alborotado como un hormiguero, pues la gente salía de sus trabajos y las calles se llenaban de vehículos que dirigían a las personas a sus casas. Entre trenes, camiones, monorrieles, taxis y demás, el suelo vibraba de la conmoción y algunos podían sentir esta resonancia en el las suelas de sus zapatos.

                Sin embargo, en el cielo, todo este movimiento no afectaba. Las estrellas se iban prendiendo como las luces de los edificios, al caer la noche, y se desplazaban a su propio ritmo, tal como han hecho por milenios, con la calma de quién vivirá por toda la eternidad. Sin embargo, del espacio y a través de la atmósfera, otros objetos invisibles entran todo el tiempo a la tierra. Invisibles, pues su tamaño es tan pequeño que parecen insignificantes, sin ser transparentes, simplemente pasan desapercibidos, ya sea por suerte o evolución.

                Cuando la noche cayó, todos aquellos que podían disfrutar de una cena caliente en su hogar, se encontraban sentados en su mesa saboreando el aroma que llegaba a sus narices. Matt, sin embargo, escuchaba las noticias desde una vieja radio de baterías, mientras comía una insípida sopa instantánea, sobre el techo del edificio de departamentos donde vivía. Su habitación no tenía sala ni cocina. Sólo una cortina separaba su cama del baño. En una pared existía una ventana, de un metro de alto, por la cual apenas pasaba el aire, pues estaba separada por unos centímetros de un muro de ladrillos, perteneciente al edificio contiguo que era una fábrica.

                Matt prefería cenar en el techo, particularmente las noches después de llover, cuando el aire se refrescaba y limpiaba del smog. Escuchaba las noticias en su radio, pero la interferencia producía ruido que distorsionaba el sonido de forma que por veces era imposible entender lo que se decía. Pero era su único entretenimiento, aparte de mirar en el cielo.

                Arriba de él, mucho más arriba, una espora blanca y microscópica se adentraba en la tierra. Imperceptible, tan ligera que flotaría en la más tenue atmósfera, pero que se deslizaba a través del aire como si no existiera arriba o abajo. Acercándose a la tierra, cambiando de dirección cuando los vientos la empujaban, propulsándose por fuerzas invisibles, acelerando a gran velocidad para luego detenerse y volver a cambiar su trayectoria. Atraída por la luz, esta espora tenía grabado en sus genes el impulso de buscar vida inteligente capaz de crear tecnología eléctrica y de ondas de radio.

Al flotar sobre los edificios, el ruido de una radio guió a la espora hacia donde estaba matt. Para la espora, el calor de su cuerpo en la fría noche era como el brillo de magma ardiente en una cueva oscura. En seguida, la sopa caliente que sostenía en sus manos fue como un imán que atrajo a la espora directa en el caldo. Justo a tiempo para ser ingerida por Matt quien la tragó sin si quiera notar su presencia. Y este último, al dar el último sorbo en su taza, la arrojó por la orilla del techo hacia el basurero de la calle y le dio un vistazo final al cielo. Se habría quedado otra hora más ahí, pero, tras unos minutos, su estómago comenzó a rugir. Y con los ruidos vino una molestia leve. Lo cual tomó como señal que era hora de descansar para el día siguiente.

Ya en su cama, cubierto por la única sábana que tenía, sus tripas se retorcían, su panza estaba inflada y no dejaba de expulsar gases. Comenzaba a sudar y sentía calor, pero estaba acostumbrado a esto por la falta de ventilación. Se levantó al baño dando traspiés, sujetándose de la pared y, después de bajarse sus pantalones y su trusa, se sentó en la taza del baño, esperando que pudiera sacar aquello que le ocasionaba malestar. Pero, tras varios minutos, su voluntad no tenía éxito y comenzaba a sentir que algo dentro de él se movía. Como si tuviera mariposas en el estómago. Y notaba su panza que había crecido aún más. A su cerebro venían imágenes de constelaciones y galaxias que jamás había visto y escupía saliva por boca.

Sus brazos flaqueaban, luchaba por sostenerse sentado, sobre la taza del baño, pero por su garganta algo subía. Sin poder contenerlo, vomitó sobre el piso de su baño, manchando a su alrededor. Y de los restos embarrados por el piso, cientos de gusanos blancos, tan pequeños como una semilla de alpiste, se retorcían descontroladas. Sin entender lo que estaba pasando, volvió a vomitar y más de estos gusanos salieron de su interior. Esto continuó así, hasta que cayó inconsciente en el piso, para morir minutos después. Los gusanos, al sentir el aire en su piel, se endurecían y una capa oscura los cubrió por completo.

El cuerpo de Matt yacía en el suelo. Aún después de muerto, los gusanos conseguían abrirse paso a través de su cuerpo para alcanzar la superficie. Algunos sólo tuvieron que arrastrarse a través de su garganta, otros se aventuraron a cruzar los intestinos y los últimos, más desesperados, debieron perforar la piel para descubrir el aire.

En el tiempo que les tomó a estos últimos gusanos sentir el aire, aquellos que salieron primero y  habían sido cubiertos por una capa dura y negra, ya estaban cambiando de nuevo. Del caparazón duro surgieron seres alados, como polillas, del tamaño de una mosca. Estos seres, poseían el impulso de alejarse de cualquier planeta con vida inteligente capaz de generar electricidad y ondas de radio. Por lo que volaron por la ventana y subieron la atmósfera de la tierra, como propulsados por fuerzas invisibles, a veces acelerando y evadiendo corrientes de aire. Para perderse entre las estrellas de la galaxia.



FIN