jueves, 6 de diciembre de 2012

06 - Polvo de hormigas.



  La primera semana de festividades estaba llegando a su fin, en el pueblo de Vallecalmo. Se trató de una semana tempestuosa pues fue marcada por diversos incidentes de violencia y sucesos extraños. La mayoría de las personas no podía explicar estos fenómenos y los consideraban eventos aislados que rara vez volverían a repetirse. Sin embargo, un grupo de jóvenes sospechaba cuál sería la causa.
  Gerardo tenía veinte años, Sarahí y Arturo veintiuno. Los tres vestían playeras de un color diferente. Gerardo usaba un pantalón de mezclilla, Sarahí tenía una falda blanca y Arturo unos bermudas de camuflaje militar selvático. Hacía días que estaban de vacaciones y en el ambiente clandestino y noctámbulo de Vallecalmo, aquel que rodeaba los clubes nocturnos del centro, se hablaba de una nueva droga llamada Polvo de Hormigas. Era así conocida pues rumoraba que el componente psicoactivo provenía de una especie de hormiga recién descubierta que era cocida y machacada para crear un polvo fino que debía echarse en una bebida alcohólica y tomarse. Los efectos de esta nueva droga no eran bien conocidos, simplemente corrían los rumores rápido y había interés en experimentarla.
  Los tres jóvenes recurrieron a una persona que se hacía llamar Fénix. Un Rastafari que rentaba botes en el muelle junto al lago para vivir, pero que siempre tenía música y buena vibra para compartir. Fénix los guió con un amigo suyo que no les quiso dar su nombre y finalmente, después de una hora de dar vueltas por todo el centro, consiguieron una caja de cartón con un gramo de un polvo color vino fino. Parecía tener cristales pues brillaba. Fénix aseguraba que se trababa de cien porciento polvo de hormigas. Una vez que su misión fue exitosa, se dirigieron al departamento de Arturo a disfrutar del producto de su travesía.
  Tras hacer una escala al minisúper más cercano para comprar alcohol, finalmente arribaron al departamento de Arturo. Fénix les dijo que debían diluir el polvo de hormigas en dos litros de bebida con al menos cincuenta por ciento de alcohol. Así que prepararon un brebaje con un fuerte alcohol y una bebida de cola, hielos y vertieron el polvo de hormigas. De inmediato, el polvo empezó a hacer espuma mientras se hundía en el fondo del brebaje oscuro y pareció diluirse a los pocos segundos.
  Gerardo fue el primero en aventurarse a probar la bebida. Se sirvió generosamente en un vaso y lo bebió. El sabor al polvo de hormigas era salado y ácido, un tanto picante, pero el sabor del alcohol y el azúcar de la gaseosa destacaban y tomaban el control de la lengua y garganta del comensal. Se quedó viendo a Sarahí y Arturo, y estos lo miraban de regreso. Como esperando sentir algún efecto. Dado que era bebido y no inyectado o inhalado, pensaron que tomaría unos minutos en hacer efecto.
  Gerardo sentía el alcohol pasando a través de su sangre y se limitó a bromear con el buen sabor de la bebida. Esto animó a sus compañeros quienes se sirvieron y comenzaron a beber. Ninguno de los 3 sentía efecto alguno, así que ingirieron una segunda y una tercera dosis hasta acabar con los 2 litros de bebida.
  Pasados unos quince minutos, todos estaban alcoholizados y Gerardo empezó a sentirse extraño. Su memoria vagaba con el alcohol, pero recordó el polvo de hormigas y de inmediato sintió su cuerpo más caliente de lo normal. Como si hubiera comido picante, su respiración se hizo más pesada y empezó a sacar la lengua que sentía seca. De repente, se dio cuenta que estaba mareado y no podía comprender lo que sus compañeros le decían. Dedujo que el polvo de hormigas empezaba a hacerle efecto. Aunque desconocía los síntomas, para él estaba claro que la droga ya alcanzó su sistema nervioso y sus intentos por ponerse de pie o comunicarse con sus colegas eran fallidos.
  Arturo y Sarahí veían a Gerardo intentando levantarse de su asiento sin éxito. Por cada vez que lo hacía, poniendo sus manos en el apoya brazos del sillón y empujándose hacia arriba, terminaba resbalándose y hundiéndose en el colchón. Les tomó unos segundos pensarlo, pero concluyeron que el polvo de hormigas comenzaba a hacer efecto y si ya estaba haciendo efecto en él, pronto sufrirían las mismas consecuencias.
  Incapaces de pararse, Arturo y Sarahí comenzaban a tener problemas para comunicarse también. Gerardo movía su mano frente a sí, con su brazo casi extendido. Arturo y Sarahí  trataban de hablar, pero no podían y se empezaron a reír sin control. Gerardo encontró hilarante que sus compañeros riesen sin parar, así que él se les unió. Y ahí estaban los tres, sin poder controlar sus acciones, riendo y llorando al mismo tiempo, por el dolor en todos los músculos que se cansaban  y por la impotencia de poder moverse.
  De tanto reír, llegó un punto en el que Gerardo vomitó en el suelo, apenas tuvo tiempo para voltearse de costado, sin mancharse completamente. Sarahí se tapó los ojos con la mano para no ver la escena, pero a Arturo, al ver el producto sin digerir que salió del estómago de su amigo, le fue imposible sentir náuseas y vomitar también. El ruido que hizo fue suficiente para provocar en Sarahí también el vómito y esta se manchó toda su blusa con su propia repugnancia.
  Gerardo estaba peor que todos. Asustado, mareado, vomitado. Se convencía a sí mismo de que había perdido todo control sobre su cuerpo y su mente. Pensó en suicidarse para acabar el tormento. La ventana no estaba lejos y los cinco pisos de altura que separaban su departamento del suelo aseguraban una salida rápida e indolora de la locura. Arturo y Sarahí no entendían qué tanto veía Gerardo en la ventana, aunque, en realidad, poco entendían de lo que estaba pasando a su alrededor.
  Súbitamente, Gerardo se puso de pie, como si estuviera sobrio, y, sin meditarlo un segundo, corrió hacia la ventana y saltó al vacío. Llevaba tanto impulso que su cuerpo se impactó contra un árbol a un par de metros del edificio y su caída se amortiguó por las ramas que le rasgaron la ropa y la piel. Al impactar el suelo, Gerardo no había muerto. Sufría de dolor, pero estaba confundido y semiinconsciente.
  Arturo y Sarahí, desde el departamento, le costó un rato entender qué había pasado,     pensando en el polvo de hormigas, en el fuerte efecto que este tuvo sobre ellos y en su amigo. Tenían que hacer algo por él, así que, con un esfuerzo exuberante, se las arreglaron para llegar al elevador, bajar y salir a la calle. Ahí, encontraron a su amigo agonizante. Su piel estaba abierta, cortada por las ramas afiladas, tenía los huesos de sus brazos y hombros fracturados. Sus órganos internos habían sido afectados por el impacto. Sin embargo, algo vieron sus dos compañeros en él. Algo que no habían sentido antes.
  Arturo y Sarahí se vieron a los ojos, parecía como si la misma idea hubiera pasado por su cabeza. Con el cuerpo de su compañero que temblaba y gemía, escupiendo sangre. Su piel tenía un color tan vivo y la sangre les pareció apetecible. Entonces, como si no hubieran comido nada en meses, como si su supervivencia estuviera en riesgo y dependieran de la carne para sobrevivir, empezaron a comerse a su compañero. Arturo se fue por el brazo izquierdo, estaba suave porque los huesos se habían fracturado. Gerardo quería gritar, pero estaba demasiado alcoholizado como para defenderse. Además, sus extremidades no le respondían, había pedido demasiada sangre. Sarahí mordisqueaba los dedos de la mano pero no comía la carne, sólo masticaba los dedos como un perro mordiendo un hueso.
  Era de noche y la calle se encontraba calma. Pasaban vehículos por la calle pero, tan rápido como su luz se asomaba por la esquina, desaparecían del otro lado. Uno que otro peatón caminaba por ahí, pero ninguno tenía la mala fortuna de pasar del mismo lado de la calle y, por la oscuridad de la noche, nadie los avistaba.
  Arturo y Sarahí seguían mordiendo y arrancando la piel de su amigo, el cual hizo el inconfundible sonido gutural de quien relaja completamente todos sus músculos. Su corazón dejó de latir y él murió. Entonces, al ver que su amigo ya no reaccionaba, Arturo y Sarahí empezaron a comerse a sí mismos. Mordiéndose en la cara, arrancándose la nariz, luego arrancando pedazos de ropa, piel, carne. Desparramando su sangre por todos lados, matándose poco a poco.
  La mañana siguiente, la policía encontró la caja con “polvo de hormigas” y sospecharon que la nueva droga había clamado otra víctima. Sin embargo, los estudios forenses determinaron que en el cuerpo de los 3 muchachos no había más que alcohol, pues, el dichoso “polvo de hormigas” consistía en una mezcla de chiles, sal y bicarbonato de sodio, vendido a un precio astronómico.

FIN


   

miércoles, 5 de diciembre de 2012

05 - El Día de caza.


    Vallecalmo estaba rodeado por varias montañas. Al Oeste estaba un cerro y al Este dos montañas se alzaban una junto a la otra, entre estas dos montañas y la más grande, que se encontraba al sur, crecía un bosque que se cubría de nieve en invierno. Las hojas de los árboles se caían en otoño y en invierno sólo quedaban las ramas negras y congeladas. Era en este bosque donde un grupo de cazadores fue citado para la cacería más peligrosa de sus vidas.
    Uniformado cada quien a su estilo. Cinco cazadores venían armados hasta los dientes, sentados alrededor de una fogata. El caballero que estaba más cerca de la fogata vestía ropa militar moderna de camuflaje gris y portaba un rifle automático, una pistola, pintura de guerra en la cara, un cuchillo, un encendedor y un casco que incluía unas gafas protectoras para la nieve y orejeras. Su cabello era claro y sus ojos oscuros. Junto a él se encontraba un cazador sentado sobre la nieve con sus piernas y brazos cruzados. Su cuerpo estaba envuelto en telas blancas que lo cubrían de pies a cabeza, dejando sólo un espacio para los ojos que se ocultaban en la profundidad de ese traje. Colgado en su espalda, sobresalía una espada japonesa del mismo color y no parecía cargar con nada más.
    Apoyado sobre un árbol, un joven armado con una ballesta, jugaba con ella apuntándola hacia diferentes objetivos y jalando del gatillo, sin ninguna flecha cargada. Venía cubierto por un abrigo gris y ropa de invierno. A su lado, una mujer joven que vestía ropas similares, pero venía armada con un arco moderno y un par de cuchillos pequeños pero afilados de ambos lados del cinturón. Los dos cargaban mochilas de color café idénticas a sus espaldas.
    Alejado del resto del grupo, estaba parado un hombre casi tan alto como un caballo, cubierto de pieles de osos y zapatos hechos de piel de lobo, cargaba un hacha de hierro sólida con ambas manos y sus brazos parecían troncos.
    Estaba a punto de caer la noche cuando una motonieve se detuvo a pocos metros de ellos. Los más jóvenes del grupo se alertaron cuando la moto arribó, pero los otros 3 cazadores habían prestado atención al ruido del motor hacía minutos. De la motonieve bajó un caballero de traje, con un saco y un casco para la nieve que le cubría toda la cabeza. Cargaba consigo un maletín negro. Este señor, se acercó a los cazadores y, sin quitarse su casco les dijo:
    “La criatura que están buscando vive entre el límite del bosque y la cima de esta montaña. Se espera una fuerte nevada y sobrevivir la noche será su primer reto. Cazar a la bestia será su objetivo, pero no será tarea fácil. Se trata de un ser que ha matado a cientos de cazadores, es listo y piensa, pero es inhumano y despiadado. Mata no por hambre sino por placer y su táctica es el miedo. Infundir el miedo en el más poderoso guerrero lo convertirá en el ser más indefenso. Quien tenga su piel mañana al amanecer será el ganador. Les recuerdo que sólo puede haber un ganador. A partir de ahora, comienza la cacería…”
    Este personaje de casco regresó a su motonieve y desapareció por el mismo camino por donde surgió. Cuando el ruido del motor se perdió en el bosque hubo unos segundos de calma. Sin embargo, Zagal, el hombre de las pieles de oso, cargó su hacha por encima de su cabeza y gritó al grupo — ¡Ya oyeron al hombre, sólo Zagal cazará a la bestia! ¡Que nadie se interponga en mi camino!— Al instante, todos cargaron sus armas y apuntaron hacia el gigante. Todos, excepto el cazador de ropa blanca, quien permaneció sentado y se limitó a preguntar — ¿Y si nos interponemos, qué harás?— Ante esto, Zagal puso el  rostro como el de una fiera al atacar y parecía un oso por las pieles que vestía mientras corría hacia el cazador de ropa blanca. Pero, en menos de un segundo y tan rápido como un trueno, este último rodeó a Zagal y le atravesó el cuerpo con su espada.
    Las ropas blancas no se mancharon cuando, de un golpe, sacó la espada del cuerpo del gigante y la agitó para quitarle la sangre. Posteriormente sacó un pañuelo de su ropa, limpió la hoja, guardó el pañuelo y envainó. —Mi nombre es Khalai. Si tienen honor, se concentrarán en cazar a la bestia, de lo contrario, se enfrentarán contra mi espada — Entonces golpeó la nieve con la funda de su espada, lanzándola por todas partes, y cuando esta cayó al suelo, el guerrero ya había desaparecido, sin dejar huellas en la nieve. 
    El joven de la ballesta tenía su dedo en el gatillo, al igual que el soldado del rifle de asalto. La joven había destensado su arco, pero no soltaba la flecha, lista para disparar en cualquier momento. Pero al momento que el soldado bajó su rifle, todos se relajaron. Entendieron que ambos debían concentrarse en buscar a la criatura. Los tres comenzaron a subir la montaña, alejándose poco a poco. Siempre con un ojo por encima del hombro.
    La nieve no sólo no paraba de caer, sino que arreciaba con cada minuto. Cada paso que daban los hundía un poco más y costaba un mayor esfuerzo avanzar. El soldado y la pareja de jóvenes con flechas estaban alejados unos veinte metros cuando de repente escucharon un gruñido. Algo que ninguno de los 3 había escuchado antes. Sonaba como un oso, pero más feroz, más infernal. Este gruñido volvió a resonar cerca de la cima de la montaña y los 3 cazadores corrieron tan rápido como la nieve les permitía.
    Después de unos minutos de correr sobre la nieve, al terminar la línea de árboles del bosque, divisaron una mancha roja que destacaba sobre el color blanco. Se acercaron sigilosos. Desconfiando uno del otro, pero atentos a cualquier signo de la criatura. Cuando llegaron a un par de metros de distancia, les fue difícil descifrar la escena, pero los 3 dieron un paso atrás cuando comprendieron que esa mancha de sangre, tripas y pedazos de hueso regados por todas partes, junto con una espada y ropas blancas rotas y manchadas de rojo, se trataba del poderoso guerrero Khalai.
    La hoja de la espada estaba limpia. Luchó contra la criatura, pero no tuvo oportunidad de herirlo. El soldado miró a ambos jóvenes y les ordenó — Vayan adelante y yo los observaré desde la mira de mi rifle. Que uno de ustedes voltee hacia atrás todo el tiempo —. Ambos jóvenes estaban nerviosos y su instinto les decía que debían salir de ahí cuanto antes. Pero confiando en la profesionalidad del soldado y en su puntería, avanzaron, como señuelo para la criatura.
    El soldado puso su ojo en la mira, alrededor de la pareja de jóvenes, pero sólo veía nieve. Los árboles se habían quedado atrás y era un tiro claro, pero nada cruzaba su mira. A lo lejos, los jóvenes avanzaban paso a paso, mientras el viento los empujaba. De repente, la nieve junto a ellos explotó y volaron pedazos de la piedra y tierra que se encontraban abajo, resultado de varios disparos. Al voltear atrás, pudieron observar a la criatura, del tamaño de un hombre adulto, con su pelaje completamente blanco, parado sobre el soldado quien yacía en el suelo muerto, pues la criatura había abierto su piel y sacado sus órganos de unos pocos rasguños.
    Dos flechas salieron volando hacia la criatura, pero una pegó en un árbol más atrás y el otro impactó en la nieve, cerca del cuerpo del soldado. La criatura se enterró en la nieve de inmediato y desapareció de su vista. — ¡Tenemos que salir de aquí! — Le gritó el joven a su pareja. Entonces comenzaron a correr, pero no dieron más de dos pasos cuando él cayó al suelo — ¡Corre, corre! — Le gritó y posteriormente se escuchó un tronido y él emitió un sonido de agonía. La sangre se esparció a varios metros, impregnando a la chica en toda su ropa.
    Ella sacó sus cuchillos, pero la criatura salió detrás de ella, la empujó, tirándola a la nieve, se lanzó sobre ella y, sin importar cuántos intentos hizo de atravesar su pelaje con los cuchillos, este ser la partió en 2 y extirpó sus órganos.
    Cuando la criatura terminó de despedazar ambos cuerpos, se calmó. Dio un suspiro largo y caminó erguido hasta unos arbustos detrás de los cuales se escondía una motonieve y un casco. El hombre se quitó la máscara de monstruo y el disfraz peludo, dejó a un lado los guantes con garras de hierro y guardó todo en un compartimiento de la moto. Se puso el casco y antes de encender el vehículo y desaparecer dijo — Cada año es más fácil…—.

FIN

martes, 4 de diciembre de 2012

04 - Explosión mental.




    En el pueblo de Vallecalmo tenía lugar una feria para honrar las festividades decembrinas. Por la noche se llevaría a cabo un concierto donde participarían músicos locales y otros artistas invitados de varios lugares del mundo, en ese mismo orden, para finalizar con una súper estrella del Jazz que todos conocían como Raynor o “El Ray”. Un aclamado bajista virtuoso que enloquecía a las masas con sus complicados solos que pocas personas podían tocar y quizá nadie, más que él, interpretar de esa forma.
    La noche ya caía y desde los camerinos, Raynor afinaba su bajo eléctrico de acuerdo a sus especificaciones personales para esa noche. El Ray era delgado y vestía siempre holgada ropa hippie, su piel era morena y portaba un afro descuidado. Todo el tiempo había un surtido de drogas junto a él, que él consumía con celeridad y aseguraba eran parte de su inspiración. Esa noche, El Ray tenía el presentimiento de que algo extraordinario sucedería, pero no podía explicar por qué o qué sería.
    A través de las paredes llegaba el sonido de las otras bandas que tocaban y la gente que aplaudía. El Ray tocaba su bajo mientras el humo de su pipa salía lentamente por el ducto de ventilación. El alcohol y otras drogas llenaban su mente de alucinaciones, pero, tantas eran las horas que había practicado, tanto era el tiempo que sus oídos y su cerebro concentraban toda su atención en la música, que las alucinaciones venían en forma de notas musicales, escalas y acordes.
    La visión de Raynor estaba borrosa, las imágenes se movían lento. Veía el reloj, pero las manecillas no tenían sentido para él. Esperaba que alguien fuera a tocar la puerta para avisarle que era su turno, pero los minutos seguían pasando y las sustancias alucinógenas se acumulaban más y más en su sangre, mientras él seguía intoxicándose del surtido de drogas al que tenía acceso y practicando con su instrumento.
  Su mente viajaba por otro mundo, pero todo se interrumpió abruptamente por el tocar de la puerta. Como si las alucinaciones hubieran cesado, El Ray miró la puerta y el sonido de las bandas que tocaban en el exterior volvió a ser perceptible a sus oídos, mezclado con la gente que iba de un lado a otro en los camerinos.
  —¡¿Quién és?!— Preguntó El Ray.
  — Es Alex, viejo, Empezamos en 5 minutos ¡Apúrate! — Dicho esto, Alex golpeó la puerta una vez más y se retiró.
  Raynor hizo un esfuerzo monumental para levantarse de su asiento. Como si hubiera estado sentado ahí por horas. Su espalda tronó cuando pudo erguir su cuerpo, su visión estaba borrosa y seguía con las alucinaciones auditivas que llegaban por todos lados en forma de acordes y notas. Caminaba cargando su bajo con una mano, a pocos centímetros de arrastrarlo en el suelo, lo sostenía del mástil y su peso era como un ancla que lo frenaba, pero con esfuerzo y experiencia en ese tipo de situaciones, el músico llegó a la puerta y giró la perilla.
  Al momento en que abrió la puerta, un torrente de ruido y caos lo invadió, casi echándolo para atrás. La gente iba y venía de todos lados, cargando instrumentos, hablando por sus celulares, corriendo sobre una estructura metálica que hacía resonar cada paso. Esto, orquestando la principal fuente de ruido: Un equipo de sonido de tal magnitud que las ondas rebotaban en las montañas del otro lado de la ciudad y se amplificaban como en una casa de la ópera.
  El Ray estaba desorientado, no podía concentrarse en un objetivo claro, no sabía dónde estaba, sólo las imágenes y los sonidos iban y venían. Entonces, una oleada de aplausos llegó desde el exterior y la banda que estaba en el escenario dejó de tocar. Los aplausos duraron unos segundos más y después, el líder de la banda empezó a dedicarle algunas palabras al público. Cuando terminó, nuevamente hubo aplausos y la banda se despidió por fin, el golpeteo de sus pasos contra el metal del suelo resonó cuando salieron corriendo.
  Los aplausos se silenciaron con expectativa, los latidos de los corazones del público se agitaron pues sospechaban que en cualquier momento saldría el grupo y el músico por el cual estuvieron esperando todo ese tiempo. Entonces, por el altavoz se escuchó “¡EL RAY!” y los demás músicos entraron al escenario. Estas palabras, junto con el público, le dieron una descarga de adrenalina directa a Raynor, así que cargó su bajo con ambas manos y se dirigió al centro del escenario, con su instrumento por encima de su cabeza, enloqueciendo al público.
  Los gritos, aplausos, chiflidos y la locura que venía de los espectadores sacudieron a Raynor como un temblor y pidió silencio al público, poniendo su dedo índice frente a sus labios. Cuando la multitud se calmó, colgó su bajo en su cuerpo y empezó a tocar, sin avisarle a nadie. Tocaba sólo unas notas, improvisando, sonaba como aquello que estuvo practicando todo el día, era la idea que venía fabricando para este concierto. Sonaba bien y el público sólo no aplaudió para no interrumpir al músico. Pero Raynor no se sentía satisfecho del todo con el sonido que salía de sus dedos.
  La banda de El Ray intentaba seguirlo con sus instrumentos, buscaban todos armonizar con él y después de unos intentos lo lograron. Todo el grupo empezó a continuar la improvisación de El Ray y el resultado era una obra maestra como nunca habían tocado. Sin embargo, el bajista no estaba contento. Se aburría. Esa música ya no le satisfacía. En la profundidad de su mente, los sonidos tomaban formas de nubes y truenos en un cielo nocturno, como una tormenta y conforme tenía estas alucinaciones su música se volvió más oscura, incluso… malvada.
  El ritmo al que todos tocaban cambió repentinamente, se aceleró con una fuerza descomunal. El baterista tenía problemas para hacer con sus brazos y piernas lo que El Ray hacía con sus dedos. El público enloqueció y comenzó a ovacionarlos, especialmente a Raynor pues no dejaban de gritar “¡Ray, Ray, Ray, Ray…!”. Las nubes de tormenta en la cabeza del músico se arremolinaban alrededor de un agujero negro y eran absorbidas por este. En su lugar, quedó un enorme vacío, profundo y oscuro, que el músico interpretaba como un silencio y, del fondo de ese silencio, surgió una luz. Primero como un punto tenue y luego como un círculo que iba creciendo y creciendo. Y conforme este círculo crecía, el músico tocaba únicamente una nota sostenida.
  Conforme el círculo crecía, la nota iba bajando su tono y, cuando el círculo ocupó toda la mente del músico, explotó. Un despliegue de rayos, chispas y formas salían del fondo del agujero negro, como si fuera agua que sale de una manguera y El Ray sentía que viajaba contra la corriente. Sus dedos se movían virtuosamente. No siempre rápido, a veces simples cambios creaban el efecto de velocidad. Al resto de los músicos les era imposible continuar tocando a su ritmo y simplemente pararon. Después de todo, El bajo de El Ray cantaba como una orquesta completa.
  La mente de Raynor se desplazaba a través de un túnel infinito. Alrededor de él pasaban formas y colores al azar. Sentía su cuerpo sin peso, como si sólo fuera sólo una imagen digital. En el escenario, El Ray tenía estupefacto al público, nadie nunca antes había escuchado un solo o una improvisación como esa. Mientras, su mente se perdía más y más en la profundidad del túnel y su cuerpo parecía estirarse y a partirse en pedazos y esos pedazos se convertían en fragmentos más pequeños que comenzaron a iluminarse como chispas que chocaban entre sí. Al impactar una con la otra, liberaban más destellos provocando una reacción en cadena de luces hasta que la cabeza de El Ray explotó. Su cráneo había volado en pedazos, junto con sus sesos. Los ojos cayeron a unos metros de su cuerpo, que se derrumbó como un costal en medio de un charco de sangre. Su bajo hizo un tremendo estruendo cuando cayó al suelo.
  Nadie supo qué fue lo que pasó con el Ray, algunos dicen que murió de un disparo, otros que hizo tanta fuerza con sus músculos que su presión hizo explotar su cerebro. Otros aseguraban que consumió una nueva droga la cual tuvo el fatal resultado. También corría el rumor de que su mente se perdió en otra dimensión, que alcanzó un nivel superior de existencia, que se convirtió en un dios y ahora su espíritu observa al mundo desde el más allá.
FIN

lunes, 3 de diciembre de 2012

03 - La fe en el destino.



    El pueblo de Vallecalmo se encontraba en medio de una semana de celebración. Entre los muchos festejos se había establecido una feria medieval, a las faldas del cerro al oeste. Una de las carpas era de Madame Izsha, una mujer de origen Gitano que aseguraba tener el poder de predecir el futuro.
    Jim, un comerciante local exitoso, pero solitario, andaba por la feria y notó la carpa de Madame Izsha y decidió asomarse para echar un vistazo al interior. Al acercarse, pudo apreciar la decoración exótica de adentro. Inciensos, veladoras, vasijas con pociones y objetos ornamentados de culturas tan lejanas como el otro lado del mundo, todo sobre mesas y estantes de adornos exuberantes.
    —Jim…— se escuchó una voz vieja desde la oscuridad de la carpa— ¿Tú crees en el destino?— dijo Madame Izsha desde el fondo, que vestía una bata larga con un intrincado diseño y al menos cinco collares de plata y oro con jade y otras piedras— Responde antes de que te preguntes cómo es que supe tu nombre. Este pueblo oculta muchos secretos, algunos prohibidos, otros olvidados. Yo he vivido aquí toda mi vida y conozco tu tienda, tu fama y tu fortuna. También conozco ese auto de lujo que tienes estacionado afuera de la feria—.
    Impactado, pero escéptico, Jim terminó de meter su cuerpo dentro de la carpa y miró a Madame Izsha con una sonrisa sarcástica — No, no creo en el destino. Así que no gastaré ni un centavo en tu carpa, a no ser que quieras venderme la figurilla en forma de tortuga de ese estante— Y señaló a una figura de bronce de una tortuga con una decoración hindú.
    —¿Y qué tal si te dijera que se cuándo y cómo vas a morir? ¿Estarías dispuesto entonces a donar algunas monedas?— le preguntó Madame Izsha, mientras acomodó sus lentes redondos sobre su nariz y Jim se dio cuenta que todos los dedos de sus manos tenían diferentes anillos
    — Para cuando ese día llegue, tú ya te habrás ido lejos con mi dinero— respondió Jim, sin quitar la sonrisa burlona de su rostro— En caso de cualquier reclamación,  será imposible encontrarte y yo no podré buscarte pues ya estaré muerto—.
    Madame Izsha puso un gesto de enojo ante esta contestación — No es sabio ofender a un Gitano, tu desconfianza y falta de respeto me deshonran a mi familia y su historia— caminó alrededor de una mesa redonda de madera que se encontraba en medio de la carpa— Por leer tus cartas te habría cobrado unas monedas, pero te daré un servicio en el cual no tendrás que sacar tu cartera—.
    Jim no podía creer que le dieran algo gratis por Madame Izsha, estaba convencido de que era una charlatana y que trataría de convencerlo eventualmente de darle dinero por inventar alguna historia sobre su trágica muerte — ¿De qué se trata ese servicio?— preguntó.
    Madame Izsha se dirigió hacia un estante con dagas, un cráneo humano realista, un cuervo disecado, veladoras, cuarzos y otros objetos exóticos, entre ellos, uno que se encontraba tapado por un pañuelo de seda — Esta bola de cristal nunca se equivoca, puede ver con claridad hacia el futuro, pero es malvada, no le gusta ser usada, sólo predice tragedias. Si dices no creer en mi magia, no temerás acercarte a la bola y dejar que te diga cuándo y cómo vas a morir...— y su ceja izquierda se levantó tanto como pudo, mientras rascaba su arrugada cara con su mano.
    Jim dudó por unos segundos, pero su escepticismo era mayor, simplemente no podía creer que una bruja le adivinara su futuro, para él, todo eso eran tonterías y, ya sin titubeos, se acercó a Madame Izsha y la bola de cristal.
    Madame Izsha cerró los ojos y puso ambas manos sobre la bola, que era transparente pero dentro de ella, sombras y nubes se arremolinaban y formaban objetos — El ser que vive dentro de la bola está enojado…— Dijo Madame Izsha, sin abrir los ojos —No le gusta ser despertado y ahora desea tu muerte— y siguió frotando la bola — Dice que vas a morir hoy, poco tiempo después de que salgas de esta tienda—.
    Jim seguía sin creerle. No estaba impresionado.
    —La bola dice que cuando salgas de esta tienda, te subirás a tu auto y tendrás un horrible accidente de camino a casa. El auto arderá en llamas antes de que alguien pueda sacarte con vida y será tu fin— le dijo Madame Izsha con una voz tenebrosa. Entonces, dejó de frotar la bola y abrió sus ojos. Con un rápido movimiento, tapó la bola de cristal con el mismo pañuelo que la cubría antes y se dio la media vuelta para retirarse al fondo oscuro de la carpa.
    Jim estaba confundido por la conducta de Madame Izsha, pero pensó que estaba loca y que no lo engañaría — Es una lástima que no traiga mi chequera, pero te prometo que mañana, si sigues aquí, volveré con efectivo para pagar sus valiosos servicios— le dijo sarcásticamente.
    Madame Izsha se detuvo y, sin dejar de darle la espalda, agregó — ¡Ah! Una cosa más… El ser de la bola dijo que morirías en tu auto hoy, así que si evitas conducirlo antes de la media noche, quizá te salves de la profecía maldita…—.
    — ¿Y si le doy las llaves a alguien más y esa persona maneja el vehículo? ¿Esa persona morirá y yo viviré un día más? — le preguntó en tono burlón.
    —Su muerte, entonces, será tu responsabilidad. Sálvate tú, sin matar a nadie más. — Dicho esto, Madame Izsha desapareció por completo en el fondo oscuro de la carpa.
    Jim salió de la carpa extrañado, pensaba que la mujer estaba loca y que nada le pasaría. Sin embargo, decidió poner a prueba al destino…
    Merodeaba por la feria, buscando el camino a la salida hasta que un hombre conocido se acercó a Jim. Se trataba de Matías, un marinero que solía navegar ebrio por el lago. Era un milagro que hubiera sobrevivido tanto tiempo sin ahogarse. Su tambaleante andar sembraba la sospecha de que ya había tomado suficiente por el día. A Jim se le ocurrió que si él moría, pocos lo extrañarían y quizá habría menos problemas en Vallecalmo.
    —¡Capitán!— Le gritó Jim a Matías— Buen día, capitán Matías. Sabe… La mujer que lee el futuro me dijo que tendría buena fortuna si dejaba que alguien condujera mi auto solo y pues, no pude pensar en alguien más confiable para prestarle mi lujoso vehículo deportivo que a usted, señor—.
    — ¡Basta de tonterías, Jim!  ¿Cuál es el truco?—
    —No hay ningún truco, Capitán. En verdad deseo tener buena fortuna y que alguien conduzca mi  automóvil, pero si usted no lo desea o no está dispuesto, pues no lo molestaré más y le daré las llaves a alguien más…—.
    —¿Y cuándo tendría que devolvértelo o hasta dónde podría ir?— Preguntó Matías y Jim le respondió —La dama dijo que hasta la media noche vería recompensada mi generosidad, así que, puede devolverlo a partir de esa hora—.
    Matías estaba alcoholizado y le extrañaba la oferta de Jim, quien era más conocido por ser codicioso, pero lo acompañó, tambaleándose, hasta el estacionamiento.
    Al ver el vehículo deportivo de Jim, Matías aceptó de inmediato y, sin si quiera despedirse, tomó las llaves, subió al automóvil y salió del estacionamiento a toda velocidad. Jim sólo veía al capitán manejando su valioso auto a través de las curvas del cerro, pensando qué le diría a su aseguradora.
    Matías seguía subiendo el cerro tan rápido como podía. Estaba enloquecido por la potencia y el lujo de ese automóvil, pensaba que sería la última vez que manejaría una máquina tan fina. Pero la última curva era demasiado cerrada, aún para la tecnología avanzada de  las llantas, y el vehículo, junto con Matías, salieron volando de la carretera, como si fuera un cohete que acabaran de disparar, atravesó el aire por encima de la feria y aterrizó cerca del estacionamiento, aplastando a Jim y matando a ambos al instante.
    FIN

domingo, 2 de diciembre de 2012

02 - El sonámbulo.



    El sol ya se había ocultado tras las montañas, pero su luz todavía iluminaba el cielo de color naranja. Aunque este naranja lucía un tanto diferente, como si por partes fuera rosado como una toronja. Los pájaros no cantaban, los aviones no volaban, no había una sola nube ni estrella. Yo me encontraba parado en la acera de una calle atiborrada de gente. El ruido era incomprensible y el caos reinaba. No me sentía a gusto entre tantas personas, tenía que buscar aire fresco en algún lugar y justo cuando pensaba en esto, a mi nariz llegó un hilo delgado de aire húmedo. Era el inconfundible olor al lago. Casi podía ver el muelle y sus barcos flotando y la humedad de la madera.
    Mientras anhelaba por un espacio entre la gente que me permitiera escapar, un niño jaló la manga de mi saco — Señor, por aquí hay un atajo—dijo y señaló a un callejón sucio, pero ignorado. Sin pensarlo dos veces, seguí el consejo del niño y me adentré en el callejón, abriéndome paso a la fuerza entre la corriente de gente. Parecía que alguien hubiera bajado el volumen, pues al dar un paso dentro del callejón, todo se silenció. Quizá no era un silencio cómodo o tranquilizador, más bien era como el frío vacío de la noche, inhumano y escalofriante. Algo me recordaba a un lugar donde había estado antes, pero no terminaba de entender qué era.
    Era casi seguro que me encontraba en el área turística del pueblo, mi única pista era que estaba cerca de los muelles. Para llegar a mi departamento y descansar, terminar ese día, debía llegar al muelle y buscar un autobús que cruce Vallecalmo. Ese era mi plan. Pero al dejar de pensar y observar a mi alrededor, había llegado a otra calle atiborrada de gente y música ruidosa. Pero ahora era de noche y la gente portaba lámparas y objetos brillantes en sus atuendos que parecían salidos de un carnaval.
    Mis esfuerzos por recordar cómo llegué hasta donde estaba eran inútiles. Había bebido un poco, quizá, en el bar El castillo, pero no tanto como para perder la consciencia. Algo sucedió entre ese momento y ahora que no logro entender. Quizá lo más sensato sería apegarse al plan de buscar un autobús y regresar a casa. Pero no había pasado ni un segundo de que esta idea vino a mi mente, cuando fuegos artificiales comenzaron a explotar en el cielo. Rojos, amarillos, blancos, azules… Algunos explotaban en una maraña de luces y otros chisporroteaban y hacían un escándalo tremendo. Cuando terminaron, un sonido como el de una larga explosión o el de las olas del mar, llegó hasta mí. Aviones volaban por el cielo y hacían piruetas, parecían sacados de una guerra antigua, como fantasmas que seguían luchando después de la muerte y por toda la eternidad.
    No tenía forma de explicar lo que estaba pasando ¿Estaría quedando loco? ¿Acaso estoy intoxicado con algún alucinógeno? Sólo otra explicación me era racional, que esto se tratase de un sueño. Que yo me encuentre dormido sobre mi cama, con la televisión prendida seguramente, completamente dormido, viviendo en un sueño hasta que despierte y pueda seguir con mi vida. Estas cavilaciones se detuvieron al instante, pues mis ojos avistaron una criatura horripilante cuyos colmillos se dirigían hacia mí.
    Algo como un dragón, más alto que una persona, tenía sus ojos bien fijos en los míos y se dirigía hacia donde yo estaba. Nadie parecía prestarle atención, como si estuviéramos solos. Un dragón, aviones de guerras pasadas, de repente era de día y luego de noche y todo tiene esa sensación de extrañez. No me cabía la mínima duda de que esto se trataba de un sueño. Y de ser esto cierto, no debía temer, pues nada podría pasarme pues contaba con la ventaja de que era MI sueño.
    A un metro de mí, un policía festejaba con el resto de las personas, su pistola estaba al alcance de mi brazo y no fue difícil quitársela sin que se diera cuenta. Cargue el arma y disparé hacia el dragón. Pero la bala, que impacto directo en medio de su cuerpo, no lo detuvo. Entonces disparé una segunda vez y una tercera vez. Sin resultados, seguía avanzando hacia mí, paso a paso. Entonces descargué todas las balas de la pistola sobre él y finalmente el dragón se cayó al suelo. Sin embargo, en mi pecho sentí un dolor y un calor tan intensos que pensé que me despertarían al instante. Pero no fue así. La música ruidosa se detuvo y la gente curiosa empezó a atiborrarse alrededor de la escena.
    Mi cuerpo se desplomó en el piso inerte. Mi corazón había sido destrozada por rifle de alto calibre. Uno de los francotiradores, encargados de cuidar al gobernador en el desfile de ese día, escuchó el primer disparo y volteó. Cuando vio los segundos disparos, supo que yo estaba armado y al observar por su mira telescópica, entendió que yo le disparaba a la gente y jaló el gatillo, dándome la muerte.

FIN

sábado, 1 de diciembre de 2012

01 - La doncella en discordia




           La luz de las velas en un candelabro iluminaba una mesa con dos personas, en el restaurante más lujoso de toda la ciudad, la tarde caía pero las nubes daban la impresión de que ya era de noche. En una de las sillas se encontraba un caballero de traje y corbata, su cabello era castaño oscuro y estaba peinado todo hacia atrás casi a la perfección. Sus zapatos estaban boleados y brillaban y sus dientes eran blancos como el marfil. Este caballero acompañaba a una dama, con un vestido rojo de seda y un collar de oro con un zafiro hexagonal en el centro. La dama era hermosa y refinada, con el porte de una doncella o una princesa. Ambos bebían vino y comían pasta mientras platicaban.
Con voz calma y sin que sus ojos se alejaran de los de ella en ningún momento, el caballero le comentaba a la dama—Mis abuelos vinieron a Vallecalmo con mi padre, eso ya hace 40 años. En aquel entonces, Vallecalmo era un pueblo pequeño, casi todo el mundo se conocía y sólo había una estación de bomberos, otra de policía y un hospital. Pero en menos de 10 años, ya había hoteles, plazas, cinemas. Cuando yo nací, ya todo eso estaba, pero tengo una idea de cómo  se veía antes por fotos que me ha mostrado mi abuelo— Decía.
Después de tomar un trago de vino tinto, la mujer le respondió, viendo al vacío—Mucha gente piensa así, y puede ser cierto… Pero, en realidad, el pueblo sigue igual, es decir, la misma gente sigue viviendo en el lugar de siempre, como tú y yo. La estación de bomberos, el hospital, el lago, el bosque, las montañas… todo sigue ahí, sólo hay más edificios y gente, pero la ciudad aún conserva el aire de pueblo pequeño de siempre—.
A esto, él respondió — Aún hay lugares que me hacen recordar el pasado, como el lago o la montaña al oeste, y sí se conservan igual, pero por el centro de la ciudad, donde he vivido toda mi vida, las cosas sí han cambiado bastante. Quizá desde el balcón de tu torre en medio del bosque no parece que haya cambiado mucho, princesa— y puso un gesto severo y tan serio como pudo.
Ella le miró el ceño fruncido y parpadeó un par de veces hasta que ambos rieron calladamente. Siguieron comiendo y la velada continuó…
—¿Hace cuánto que hemos salido? ¿Cuántas veces ya nos hemos visto?— Preguntaba ella y continuó—… Siempre parece como si nos conociéramos desde siempre, pero al mismo tiempo, es como si nos viéramos por primera vez—.
—Te conocí en otoño… ¡Casi muero ese día! Si la flecha se hubiera desviado unos centímetros hubiera pegado directo a mi estómago y habría sufrido una muerte lenta y dolorosa— Dijo el caballero.
—Mi padre y mi abuelo me entrenaron con el arco y otras armas mortales, no iba a fallar. Además, era eso o dejar que el jabalí salvaje te envistiera. No es astuto deambular solo por el bosque en esas fechas, está oscuro y hace frío, las criaturas están inquietas y todo tipo de bestias merodean por ahí…— respondió la dama.
—“No es prudente que un hombre deambule solo” pero una dama en apuros sí…—dijo sarcásticamente él.
—Tenía suficientes armas y entrenamiento para combatir un pequeño ejército— se quejó ella y ambos rieron.
Después de limpiarse la boca con la servilleta, él se refirió a ella —Nunca me dijiste qué hacías en el bosque con tantas armas y no volveré a preguntar, pero… cuando te conocí, en el suelo se acumulaban las hojas secas. Esta noche hay una capa de nieve cubriendo los tejados y los árboles, ya habrán pasado tres meses—.
— Hablando del tiempo… Es temprano aún ¿Quisieras conocer mi casa?— le preguntó ella.
— ¿Alcanzará el resto de la tarde para conocerla toda o es un paseo de varios días?— preguntó bromeando.
— No tiene tantas habitaciones, además, en la mayoría sólo hay muebles empolvados— dijo con una sonrisa. Pero al instante, cambió su voz a un tono solemne y firme— Te mostraré el retrato de mi abuelo y de mi padre que tanto te he hablado…—
La cara de la mujer asombró al caballero, entendía que esto era algo importante. Una dama como ella no llevaría a cualquier hombre a su casa y menos a presentarle a su familia, aunque sea en retratos. Así que, con una sonrisa honesta y sencilla le respondió únicamente —Me encantaría—.
          El chofer ya los esperaba afuera del restaurante al terminar la velada y todos se subieron al vehículo rumbo a la mansión de la dama, una antigua propiedad familiar escondida en el bosque en las periferias de la ciudad. Alejada del ruido y el barullo de una urbe dinámica, parecía que el tiempo no había pasado ahí. La mansión tendría, al menos, doscientos años. Rodeada de una reja metálica decorada naturalmente por enredaderas muertas, la única entrada era un portón de hierro que se abrió automáticamente cuando ellos se acercaron. Si bien, la casa era vieja, las comodidades de la modernidad convivían sigilosamente en un estilo clásico.
     La noche ya había caído cuando llegaron al recibidor de la mansión. El aire frío de diciembre que bajaba de las montañas no penetraba el avanzado sistema de calefacción de la casona. Los candelabros se iluminaban con electricidad. La mujer dio  órdenes a su mayordomo de que comenzara a preparar la cena, así estaría lista cuando tuvieran hambre. Mientras ella invitó a su huésped a dar un paseo por la casa.
       Él miraba por todas partes y por donde sea que veía encontraba artículos lujosos o de valor histórico. Todo se conservaba justo como había sido diseñado originalmente y en las paredes colgaban retratos, cabezas de animales, armas punzocortantes y de fuego de diversos los lugares alrededor del mundo y épocas ancestrales, además de pabellones enteros con estatuas de generales romanos y dioses griegos y cuartos con armaduras, algunas de guerreros poco vistos por los mortales y de formas y tamaños que superaban el límite humano.
        La luz de la mansión parecía estar apagada siempre, pero en el momento que alguien entraba a una habitación, esta se iluminaba al instante. Al final del pasillo principal, que daba a todas las habitaciones con trofeos de casa, armas, armaduras y estatuas, se encontraba una puerta de madera gruesa como un cráneo. Al acercarse ambos, la puerta se abrió y todo se iluminó adentro. Se trataba de otro pasillo, sin embargo, este no tenía puertas en los costados, sino que retratos, más grandes que el tamaño real de una persona, colgaban de las paredes. Todos hombres, vistiendo ropas de aspecto militar, con medallas e insignias de oro, plata, bronce y hierro. Portando espadas, ballestas, mosquetes, rifles, arcos, cuchillos, lanzas, escudos y uno de ellos sostenía un bastón del cual salían llamaradas.
          Antes de que el caballero pudiera preguntar respecto a alguno de los cuadros, ella llamó su atención, tocando su hombro con suavidad. Miraba dos retratos en particular, ambos se veían más cercanos en tiempo que el resto. Uno de ellos era un hombre joven sosteniendo un rifle de la segunda guerra mundial, pero portando una espada plateada que colgaba de su cinturón. El otro era un hombre adulto, pero este sostenía una espada tan larga como para derribar a un caballero de su montura. Ambos tenían el collar dorado con un zafiro hexagonal, idénticos al que usaba la anfitriona y eran obras de una maestría sólo vista en las mejores colecciones privadas. Parecían vivos y casi como si tuvieran movimiento, el fondo se veía tan lejano y los ojos de los soldados brillaban como llamaradas, su espíritu vivía a través de estos cuadros y de la leyenda de sus nombres.
       Sin dejar de ver el retrato del hombre con el rifle, ella comenzó a explicarle sobre su familia —Como te he dicho antes, vengo de una antigua familia militar. Mi padre, mi abuelo,  mi bisabuelo, tatarabuelo y todos los hombres en mi familia han sido poderosos guerreros. Soldados de élite para proteger a las personas que aman y las ideas que representan. Todos y cada uno de ellos han muerto en batalla, pero con su sacrificio lograron salvar la vida de muchos más, sin ellos, la gente de este pueblo habría caído desde hace tiempo ante el mal. Son héroes y mártires, no lo olvides—.
         Él estaba impresionado, desde el momento en que empezaron a frecuentarse, pasó poco tiempo antes de que él se diera cuenta de los conocimientos de la dama sobre la guerra e historia, sin embargo, ante la presencia de tan magnificentes obras, tal era el porte de estos hombres y su historia de valor y amor por el prójimo, que no podía sentir más que admiración y respeto por sus nombres y su apellido. También entendía cómo habría obtenido esa mansión con todas las posesiones, pues generaciones de soldados traían a casa botines de guerra, de todas partes del mundo y épocas de la historia. Seguramente tendrían una caja fuerte llena de joyas, monedas, perlas y otros tesoros de valor inimaginable.
             Una ligera cena estaba servida en la mesa cuando llegaron al comedor, la cual consumieron con celeridad y, dado que la media noche se acercaba y ambos se sentían cansados, satisfechos y un poco intoxicados por el alcohol del vino.
              —El mayordomo se fue a dormir hace una hora y conducir por el bosque con la ventisca y con todo el vino que tomaste no sería prudente. Además hace frío, sería conveniente tener algo de calor extra en mi cama— le dijo ella, sin pensarlo mucho.
Sin dudarlo, él aceptó pasar la noche con ella y ambos se movieron a su alcoba.
Mientras él se quitaba los zapatos, ella pasó a un vestidor contiguo a la habitación. Él puso el contenido de las bolsas de su pantalón sobre una mesa pequeña de madera y sus zapatos a un costado de la cama, pegados a la pared. La luz de la habitación estaba completamente prendida, por lo que era difícil apreciar el exterior, sin embargo, ella entró a la habitación vistiendo lencería negra y los candelabros se apagaron, dejando entrar la luz de las estrellas que se colaban a través de las copas de los árboles que rodeaban la mansión. Él se quedó estupefacto al verla, mientras atravesaba la habitación y se subía a la cama, para terminar metiéndose debajo de las colchas. Él fue directo a la cama, debajo de las sábanas y pudo sentir el calor del cuerpo de ella en la tela. Al acercarse un poco más, sintió su piel y ella sintió la de él.
Ella lo miraba a los ojos y sus mejillas estaban enrojecidas — ¿Me amas?— le preguntó a él.
Él le respondió mirándola a los ojos unos segundos y sólo dijo — Sí—.
Aún no convencida por esa respuesta, ella insistió— ¿Es verdad que me amas, no me mientes?—
Él la miró bien, veía su rostro y la forma de su cuerpo. Luego vio la cama, lo finas de sus telas y la madera de la que estaba hecha, pensaba en la lujosa mansión y en todos sus tesoros.  Esta vez, le respondió con más seguridad — Sí, es verdad, de verdad Te Amo—.
Ella siguió viéndolo unos segundos y, cuando entendió la respuesta, cerró los ojos y lo besó. Él le respondió el beso y pasó sus brazos alrededor de su cintura y ambos se dejaron llevar por sus instintos como animales salvajes, hasta quedarse dormidos por el cansancio.
La mañana siguiente, él despertó desnudo y esperaba encontrarla al lado de la cama, sin embargo, ella estaba parada junto a la ventana y portaba una espada grande de plata. Cuando él la vio, se extrañó y se asustó un poco.
—¿Qué haces con esa espada, linda?— le preguntó él, titubeante y somnoliento.
—Verás, hay algo que no te conté sobre mi familia…— dijo ella, viéndolo como un tigre mira a su presa— su única misión, librar del mal a la tierra, es literal. Verás, Dios no existe o, en su defecto, su existencia no influye en nuestro mundo. Pero La Maldad es real. Existen seres demoniacos que buscan corromper a la humanidad para sus fines perversos y los únicos que podemos hacer algo al respecto somos nosotros—.
Él tenía jaqueca, seguía adormilado y la luz del sol le pegaba en la cara, las palabras que ella decía lo confundían más —¿Por qué me dices esto?—.
Con fiereza, ella respondió —Mi padre, que en paz descanse, luchó contra este poderoso demonio llamado Baliel, que lo maldijo. Antes de morir, el demonio juró que reencarnaría en su próximo hijo y que tomaría posesión de su alma, acabando así con nuestra familia. Pero el demonio no predijo que el primogénito de mi padre nacería mujer. De haber nacido hombre, hubiera tenido una oportunidad de luchar contra el demonio en mis sueños y acabar con la maldición, pero dado que nací mujer, la única forma de ser libre es encontrando al verdadero amor—.
La historia que ella contaba era fantástica y él apenas podía creerlo. Sin tomarlo con seriedad y un tanto nervioso, él le preguntó — Entonces ¿Te he librado de la maldición—.
Después de echar una pequeña risa de ironía y apretando el mango de su espada le respondió — ¿Ves a algún demonio por aquí?—.
El hombre volteó por la habitación y su corazón se paralizó, pues, junto a la cama, estaba parado un ser de la altura de un basquetbolista, pero tan fornido como un levantador de pesas. Su piel era roja, sus uñas negras, tenía unos colmillos que salían de su boca y ojos como el fuego.
—No me libraste de la maldición, porque no me amas. Amas mi dinero, mis posesiones y mi cuerpo, mas no mi alma. Pero no te preocupes, mi corazón permanecerá puro, mientras alimente a este demonio con el alma de los mentirosos, los perversos y los codiciosos. Así que, gracias a ti, podré ser libre unos meses más, mientras sigo buscando al verdadero amor que me libere para siempre— le dijo ella y al terminar, él no tuvo tiempo de decir palabra alguna, pues su pecho fue atravesado por la espada de plata y el demonio se apresuró a comer su corazón sangriento mientras aún latía, devorando así su alma para siempre.


FIN

Maratón de Terror de Diciembre, el mes del terror


Para El Oscuro Mundo de PouKii, Diciembre es el mes del terror, es por esto que habrá una historia de terror y de locura CADA DIA del mes.

lunes, 27 de agosto de 2012

El Piso 11



                En una isla perdida en el Océano Pacífico, El Dr. Alan se encontraba inconsciente en un elevador dentro de un edificio de oficinas. El agotamiento extremo lo llevó a esta condición pues tuvo que huir por su vida y no fue hasta que encontró un refugio que su cuerpo pudo descansar. Pasaron horas hasta que abrió los ojos, pero a su alrededor sólo había oscuridad. El eco del movimiento de su cuerpo contra el aluminio del piso y las paredes del elevador y una ráfaga de viento en el exterior repentina eran los únicos sonidos que podía escuchar. Pero no gritaría, ni se movería mucho. Su intención era pasar desapercibido. No quería que sus perseguidores supieran de su presencia. Su cabeza le dolía un poco.

                Sin luz o electricidad, estaba atrapado en la negrura y sus ideas lo acosaban, perdiendo la cordura por momentos y regresando a la sanidad después. Pensaba que era su fin e imágenes aparecían lúcidas frente a él. De su esposa con el vestido que tanto le gustaba, su mejor amigo con su bola y zapatos de boliche, lugares donde había estado antes y a los que, si no salía de ahí, no vería jamás. Entonces su ánimo cobraba bríos y, con quietud, comenzó a investigar los alrededores con las manos. Tocando las paredes con las yemas de sus dedos para hacerse una perspectiva del elevador, notaba que era un espacio pequeño donde cabrían, máximo, 6 o 7 personas.

                Del techo se filtraba aire, por lo que el elevador estaba bien ventilado, pero la brisa fresca arrastraba algo más tenebroso que no se podía ver. El Dr. Alan sentía el hedor nauseabundo de carne descompuesta y no tenía duda de que era de los cadáveres de sus compañeros menos afortunados, que no habían podido escapar del horror. Aún si lograba salir del elevador ¿Cómo regresaría a su casa? ¿Habría algún bote capaz de navegar hasta una isla próxima? Rodeado de oscuridad, pensaba… Pensaba  en un plan para salir de ahí, cuando de repente, se prendió un foco arriba de él.

                La música empezó a sonar dentro del elevador y las paredes, que ahora eran visibles por el único foco prendido que no estaba roto, estaban pringadas de sangre, como si fuera una violenta escena del crimen. Se revelaron abolladuras en el aluminio, varios focos rotos y pequeños fragmentos de vidrio tirados en el suelo. De repente, se escuchó una nota dulce salir del altavoz y los mecanismos se activaron, todo empezó a moverse. Al momento, se fijó en qué piso se encontraba y distinguió el número ocho prendido arriba de la puerta y que, después de moverse, rápidamente pasó hasta el número siete.

                La música del elevador seguía sonando, era calmada pero un tanto festiva, anticuada pero sonaba populachera, como algo agradable y tranquilo que le gustaría a cualquier persona, sin importar su edad. Cuando el elevador paró, la tonada siguió, pero al tocarse la nota dulce que se escuchó cuando el mecanismo se activó, el elevador se detuvo. El número siete estaba prendido arriba de las puertas y cuando se abrieron de par en par el doctor se paralizó. Sus ojos se abrieron como si acabara de ver a la muerte misma a la cara. Estuvo quieto, mirando a través de la puerta abierta frente a él.

                La iluminación de ese pasillo estaba destruida. Del exterior, un zumbido eléctrico tensaba el ambiente como el vuelo de un abejorro o como una vieja lámpara de un almacén que se prende y apaga. Algo se movía en ese pasillo, dos pares de ojos brillaban verdes en la oscuridad, apuntando directamente a los ojos del doctor. De inmediato, soltaron un graznido como el de un ave de rapiña y las figuras empezaron a moverse, cada vez más rápido. En segundos estarían dentro del elevador. Pero el doctor presionó de un salto el primer botón que encontró. Las puertas apenas se alcanzaron a cerrar cuando, justo en ese instante, algo golpeó el metal detrás de ellas, aquello que perseguía al doctor se había estrellado contra el aluminio.

                Alan estaba agitado, sudando frío, su corazón casi salía de su pecho, pues había estado tan cerca de la muerte como nunca. La música alegre y tonta del elevador seguía sonando y la luz detrás del número siete subió al ocho, nueve, diez y así siguió hasta detenerse en el piso 11. Después, el altavoz tocó la nota dulce y las puertas se abrieron, nuevamente. El doctor veía aterrorizado el pasillo frente a él. Esta vez, con la suficiente luz para vislumbrar los alrededores, pero peor que si tuviera a dos de esas criaturas frente a él, esta vez no podía ver a ninguna. Creía que estarían escondidas, preparando una emboscada. Un letrero que decía “salida de emergencia” resaltaba en rojo al final del pasillo y fue lo último que pudo ver hasta que las puertas se cerraron y tuvo tiempo para pensar.

                Recordaba que cuando despertó se encontraba en el piso 8 y que no era seguro, tampoco el siete y este piso once no le daba confianza. No podía quedarse en el elevador para siempre, tenía que escapar de ahí, del edificio y de la isla. Si podía encerrarse en algún lugar, sería en los pisos superiores, pues cada piso, escalera y puerta serían obstáculos naturales para esas criaturas. Pero de repente, la sangre tibia que escurría de su pierna le recordó que estaba herido, su pierna le dolía  y sangraba a la altura de la espinilla. Quizá sólo era una cortada pequeña, producto de los vidrios de los focos rotos, pero le incomodaba.

                La música del elevador seguía sonando, era la misma melodía que se repetía una y otra vez. Decidido a escapar, presionó el botón del último piso: El número 18. Al instante, los mecanismos se accionaron y el ascensor comenzó a moverse. Mientras los altavoces continuaban tocando aquella melodía, los números del ascensor iban subiendo del 11 al 12, luego al 13, seguido del 14 y al llegar al piso 15 todo se detuvo. Las luces se apagaron, la música se silenció, los mecanismos dejaron de andar. El doctor se quedó en el silencio y la oscuridad unos segundos y lo único que rompía la quietud era el olor a muerte y la tormenta que azotaba con fuerza el exterior. Entonces, el estruendo atrasado, producido por un relámpago, llenó el elevador como una explosión e impulsó al doctor hasta una esquina, como si lo hubieran golpeado por un gigante.

                Ensordecido por el trueno, atrapado en la oscuridad de ese elevador, el Dr. Alan comenzaba a desesperarse. Se frustraba por no poder gritar por ayuda y por más que abría sus ojos, sólo podía ver oscuridad a su alrededor y en esa oscuridad recordaba a las criaturas y el miedo comenzaba a fluir por sus venas. Lentamente, el sonido de las gotas de la lluvia brotaba de esa negrura y arreciaba. Como una imagen vívida en su mente, podía sentir cada gota de lluvia que se estrellaba con el edificio, el suelo y las plantas,  y los vientos agitando las palmeras en el exterior. En este momento de calma, pudo deducir que un rayo había causado el apagón y que estaría a la merced de la noche, atrapado en ese elevador, hasta entonces.

                Recordó las cortaduras en su pierna, ya habían dejado de sangrar, pero, en el silencio, su atención se centró en ellas, quizá le sería más difícil caminar o correr. Pensaba que su final podría llegar en ese elevador en cualquier momento hasta que, repentinamente, una nota dulce se escuchó y la luz regresó. Todo se iluminó y fue como si el doctor también hubiera recibido electricidad, pues se paró de un brinco. La música del elevador siguió justo donde se había quedado, juguetona, festiva y tonta, y los mecanismos del ascensor empezaron a andar otra vez. Subiendo al piso 16, luego al 17, hasta el 18 que se detuvo para abrir las puertas.

                El piso 18 era diferente a la mayoría, parecía el estacionamiento de un centro comercial, un espacio amplio, lleno de columnas y con tuberías en los techos. La mayor parte de la iluminación no funcionaba y parecía un bosque oscuro con claros que eran las pocas lámparas aún encendidas que se mecían con el edificio y el viento y las columnas como troncos de árboles. Había goteras, charcos y el viento parecía filtrarse por todas partes, pero hasta el fondo, como a cincuenta metros de distancia, podía apreciarse en un rojo resplandeciente el inconfundible letrero que marcaba la salida de emergencia.

Las puertas se cerraron al pasar unos segundos y el Doctor trató de calmarse para poder decidir. La música del elevador lo distraía, pero hacía un esfuerzo por pensar… Si algo estaba escondido en ese estacionamiento, él no podría verlo. Podía intentar correr tanto como le fuera posible, exponiéndose a hacer mucho ruido, llamar la atención de lo que sea que se escondiera ahí. Pero con su pierna lastimada, no lograría llegar muy lejos. Si intentaba ir cuidadosamente y algo lo atrapara en el camino, regresarse y esperar a que las puertas del elevador se volvieran a abrir le tomaría un tiempo letal. Quizá en otros pisos tendría una mejor oportunidad.

Presionó el botón para abrir las puertas y escudriñó el estacionamiento. Puso sus manos detrás de sus orejas, amplificando la cantidad de sonido que recibía, pero el ruido de la lluvia, los vientos y uno que otro trueno que caía ocasionalmente le impedían adentrarse más en la espesura. De todas las opciones, esperar su muerte en el elevador no era su favorita, pero tampoco era la peor. Decidido, asomó su cabeza fuera del ascensor, tratando de ver tanto como pudiera, sin quitar su mano de la puerta para evitar que esta se cerrara. Dio un paso afuera, luego otro, pero nunca quitaba su mano de la puerta del ascensor. Lentamente, empezó a caminar, adentrándose en la oscuridad, atento de cualquier cosa que podría esconderse entre las sombras.

Sus ojos estaban tan abiertos como los de un gato, pero apenas podía ver más allá de los claros de luz iluminados por lámparas que no apartaban la sombra a más de un metro de donde estaban. El doctor procuraba calcular cada paso, siempre oculto, siempre vigilante, le tomó pocos segundos llegar a la primera columna, apoyándose de espaldas a esta. Volteó a la derecha, a la izquierda y no vio nada, pero al momento en que suspiró sonó con fuerza el mecanismo que activaba las puertas del elevador y estas se cerraron. Casi se le para el corazón, pero sentía alivio de ya no escuchar esa boba música de ascensor. Se quedó ahí esperando, pensando que el elevador podría irse en cualquier momento, pero no se fue, estuvo junto a él como un amigo que le cuidaba la espalda si algo pasaba.

Con más confianza, avanzó a la siguiente columna. Cuidando cada paso, siempre atento y vigilante, pero con más energía.  Dando unos pocos pasos, que hacían tanto ruido como una gota de agua que toca el piso seco, alcanzó la siguiente columna rectangular.  Cada vez más cerca de la salida de emergencia, pero más lejos del elevador, el único lugar que, hasta entonces, había demostrado que era seguro. Rodeado de un bosque de columnas, trataba de prestar atención a los ruidos que lo rodeaban, pero le era imposible. Entre las goteras, el viento, el zumbido de las lámparas y otros ruidos generados por motores que encendían y se apagaban de repente y repetían esto en ciclos.

Allan continuó abriéndose paso en la oscuridad, sobre los charcos, cada vez con menos cuidado, cada vez haciendo más ruido. Llegó a la tercer columna, luego a la cuarta y finalmente hasta la quinta, que se encontraba justo a la mitad. En ese momento, miró las puertas cerradas del elevador detrás de sí y los botones que lo activaban. Al avanzar más allá de esa quinta columna, él estaría más lejos del elevador que del letrero de salida de emergencia. Su pierna le incomodaba al andar, sabía que no podría correr, así que la distancia lo sería todo.

Al momento en que avanzó hacia la siguiente columna, escuchó un ruido que no había oído antes. Entre el caos de sonidos de la tormenta, una salpicadura en un charco sonó como algo más fuerte que una gota de agua. Algo había golpeado un charco con fuerza, quizá una de las criaturas. Se sintió estúpido en ese momento, se vio a sí mismo, rodeado de oscuridad y decenas de lugares donde esconderse, con su pierna herida, en un lugar expuesto y ningún tipo de ayuda. Es justo ese momento el que usaría cualquier depredador para cazar a su presa, pero no atacarían justo al verlo, no… Un verdadero cazador es paciente, espera a que su presa se siente confiada, lo deja avanzar hasta una trampa. Pero ya no había vuelta atrás, pues, para el doctor la salida más cercana era aquella puerta de emergencia.

Al llegar a la sexta columna ya había escuchado algo caer en los charcos más de dos veces. No se detuvo en la sexta, avanzó, ya sin ver a su alrededor. Llegó a la séptima columna cojeando, su respiración se aceleraba y el dolor en su pierna aumentaba. Las tuberías que goteaban arriba de él, empapaban su camisa y cada vez que las gotas rozaban su ropa, pensaba que era el fin. Llegó a la octava columna y ahora lo escuchó con claridad, no tenía duda de que no estaba solo, el inconfundible llamado de un depredador al ataque. En ese momento, el dolor de su pierna le desapareció y una energía llenó su cuerpo que le permitió correr. De pocas zancadas, llegó a la novena columna y siguió corriendo, pasando la décima, cuando volvió a escuchar el chillido de guerra.

El piso estaba mojado, sus zapatos resbalaban y tropezaba con cada zancada que daba. Pero milagrosamente pudo mantener el equilibrio hasta estrellarse contra la pared junto a la puerta con el letrero rojo de salida de emergencia. Miró la puerta y su mirada pasó directamente a un letrero pegado en la puerta. Los sonidos de las criaturas, que destacaban de la tormenta que soplaba y mojaba todo, le hicieron dar un brinco y ponerse frente a la puerta. La empujó, pero esta no se abrió. Tiró de ella, pero por más que intentaba no se movía. La golpeó con sus puños con desesperación pero nada de lo que hacía tenía efecto. Cuando volteó, lo último que vio fueron unos ojos verdes, brillantes, como los de un gato, al menos 3 pares de ellos. Completamente atrapado, no hubo nada que pudiera hacer para escapar de los velocirraptores que arrancaron la carne de sus huesos con los dientes con precisión quirúrgica.  Y la sangre del cuerpo del doctor se esparció por todos lados, sobre el piso, sobre la pared, en la puerta y sobre el letrero que decía “Salida de emergencia clausurada, pase al piso 11”.

FIN