jueves, 12 de junio de 2014

306 - El Lago





                Debajo de la metrópolis llamada Ciudad Beta existía un laberinto de túneles y tuberías que se extendían como una telaraña. Era el sistema de drenaje de la ciudad, uno de los sitios más oscuros, fríos, malolientes y peligrosos. Y de todas las zonas de riesgo de este laberinto, una era peculiarmente más mortal que otras: Este título le correspondía al drenaje situado bajo la zona industrial, donde químicos y residuos tóxicos creaban uno de los fluidos más letales que el hombre haya visto. Por supuesto que, todos estos desechos eran procesados por ingeniería de avanzada, que purificaban el agua antes de que esta llegara al mar.
                Antonio, conocido como “La cucaracha” por su habilidad tanto como para escabullirse en los rincones más apretados donde parecería imposible que una persona pudiera pasar hasta escalar las torres más empinadas con tan sólo sus manos y algo de suerte, miraba su reloj que marcaba la once y media, pero si era de día o de noche, allá abajo, en el drenaje, no importaba, pues sólo tenía su lámpara de batería para iluminar el camino. Armado con herramientas de espeleología, un kit para tomar muestras estériles y un casco que tenía incorporados una cámara y una lámpara, se deslizaba por las alcantarillas como una ardilla por los árboles, como si la gravedad no existiera, ágil y sin si quiera mojar sus pies con las aguas putrefactas que corrían por cada túnel.
                Su misión era tomar una muestra de una zona tan peligrosa que nadie estaba tan loco como para intentarlo, exceptuándolo a él. Las autoridades conocían los números a la perfección. Sabían que era un peligro para la vida y que al finalizar los procesos de purificación terminaba segura incluso para el consumo humano. Pero en sí, nadie sabía lo que pasaba allá abajo. Sus guías eran su reloj y una brújula. Medía cuánto tiempo avanzaba en qué dirección y así calculaba la distancia recorrida y su ubicación, según su propio mapa mental de la zona. Sin embargo, su instinto y su experiencia se juntaban en un solo sentido que daba las indicaciones finales sobre dónde voltear, cuándo seguir, cuándo parar y si debía escapar y aventurarse más. Por ahora, este sentido le  indicaba aventurarse más en lo profundo.
                Conforme el hedor aumentaba su poder la consciencia de Antonio se quebraba, sólo un cubre bocas y una pañoleta, encima del primero, era lo que lo protegía de aspirar la miasma de la ciudad. Todos los gases que su podredumbre exhalaba. Pero su entrenamiento mental era tal que podía permanecer consciente sin dormir, en la oscuridad, con poco alimento y en las condiciones más extremas, justo como la que enfrentaba en ese momento.
                Las primeras señales que lo alertaron fueron los cadáveres de animales. Ratas, murciélagos, serpientes, peces, gusanos e insectos eran arrastrados por el río burbujeante y Antonio debía seguir este torrente corriente arriba si quería llegar al origen de esa masacre. Estos cuerpos flotaban en la superficie, pero su color original se había opacado y reemplazado por un monótono gris. Estos seres parecían estatuas de sal, era como un desfile alegórico de la muerte, poco pintoresco.
                Penetrando con esfuerzo en las grutas abismales que formaba el drenaje, el familiar rugido del agua le recordaba que podría morir ahogado en cualquier momento, pues el nivel del agua, si es que así pudiera llamarse a esa sustancia espesa y nauseabunda, subía y bajaba repentinamente. Su mayor miedo no era que su vida se acabara por falta de oxígeno, sino el verse cubierto de este líquido maloliente y tóxico y sufrir horribles quemaduras o convulsiones antes de sucumbir sin aire en sus pulmones.
                Cuando el agua pasaba por tuberías cercanas, emitía una resonancia que agitaba el cuerpo de Antonio como un si fuera un trueno que comienza despacio y, cuando llega a su clímax, permanece estremeciendo  todo como el gruñir de una bestia enfadada y sedienta de sangre. Pero Antonio no temía al sonido, el sonido no le haría daño, y estaba convencido de que las bestias no moraran esos espacios donde sólo la muerte es evidencia alguna de vida. Por ahora, su único enemigo era un despiste, una falta de concentración, un descuido. Un suceso tan sencillo como resbalarse ligeramente sería fatal.
                La profundidad inutilizaba su comunicación con el exterior, pues ninguna señal podía atravesar tantas capas de concreto, cables, túneles y tierra que lo separaba de la superficie. Insistía en ver su reloj recurrentemente, contaba sus pasos, pero debía estar muy pendiente de no golpear su cabeza con alguna tubería o cualquier cosa que podría surgir de la oscuridad cuando volteara ligeramente hacia abajo para ver su reloj. Su instinto indicaba que estaba cerca de la fuente del río de cadáveres y el eco de sus pasos, seguido por una corriente de aire pestilente, lo golpearon en la cara. Fue entonces que llegó al final de una tubería, sellada por duros barrotes de acero, inflados por la oxidación y con una masa acumulada de basura del otro lado, sobre la cual, algunos cuerpos de animales se colaban de vez en vez.
                Antonio miró los barrotes un segundo, para él era un reto pasar a través de tan estrecho pasadizo, pero no sólo era el esfuerzo de estrujarse por los fríos y sucios barrotes, sino que su técnica le requería despojarse de todo su equipo y su ropa, dejándolo vulnerable durante el tiempo que le tome esta proceso. Tomó una medida usando sus dedos y lo comparó con su cabeza para deducir si entraría en ese hueco. Entonces se quitó su mochila, su casco y los demás aditamentos, incluyendo su ropa, quedando completamente desnudo. Primero pasó uno de sus brazos y palpó el exterior buscando algo de dónde impulsarse.
                Metió la mitad de su cuerpo, incluyendo una pierna, y con su otro brazo sujetaba su mochila, entonces comenzó a tirar para hacer pasar su cráneo por el espacio. El lodo del que se impregnaba y con el que todo estaba infestado le ayudaba a que resbalara a través de los barrotes, pero el óxido se desmoronaba como arena dura y raspaba su rostro. Tras un último empujón, su cabeza se halló del otro lado del túnel, junto con el resto de su cuerpo.
                Antonio se vistió y equipó nuevamente. Se sentó a los barrotes y limpió su cara con el agua limpia de una cantimplora. Tenía un raspón en su mejilla que ya debía estar infectado. Ahora era una necesidad salir del lugar, pero atravesar esos barrotes de nuevo no sonaba como una opción práctica. Seguro alguna de las tuberías tendría sus barrotes rotos por los tóxicos hacia otra salida.
Después de suspirar, se levantó y aumentó la intensidad de su lámpara para observar su nuevo entorno. Este tenía diferencias con el largo y estrecho sistema de túneles y canales que había explorado. Parecía más bien una caverna subterránea, quizá la más grande que haya visto jamás. Tan alta que su lámpara, aun cuando tenía la capacidad de adentrarse en la neblina y en el agua, no tenía la potencia para iluminar el techo de la bóveda, ni las paredes más alejadas. En el centro, un lago negro que irradiaba ligeramente, como un destello de luz morada leve, burbujeante, surtido por cascadas que caían decenas de metros desde la oscuridad. Le era imposible a Antonio el calcular la profundidad de un pozo cuya superficie estaba cubierta de una capa de desechos que un arqueólogo encontraría de lo más interesantes, pero que al ojo común no eran más que basura proveniente de todos lados.
Antonio no se arriesgaría a sumergirse en esas aguas, mucho menos ahora que tenía una herida, por lo que se trepó a una de las paredes de ladrillos para acercarse tanto como pudiera al centro. Y con cada par de metros que avanzaba, tomaba una muestra con una de sus probetas, sacándola de su mochila, destapándola, recolectando el líquido con una sola mano y tapándola de vuelta, para etiquetarla con un plumón que sostenía con la boca. Así siguió hasta que llegó al centro del lago, donde caían todas las aguas pútridas de la zona industrial de arriba.
Tras sumergir la última probeta y taparla, escuchó algo que él reconoció como un tosido. La tapó y etiquetó con la boca mirando por sobre su hombro. Entonces, de la misma pared de enfrente donde vino el tosido, surgió un sonido gutural escalofriante, como alguien agonizando de asfixia. Apuntó su lámpara en esa dirección, pero nuevamente la penumbra era fuerte en ese lugar y su lámpara no se adentraba en tal negrura. Subió la pared un tanto para acercarse a las alturas de donde el ruido provenía. Y conforme subía, notaba que un tono grisáceo, como ceniza, reclamaba su dominio sobre todo.
Al principio, parecían gotas que pringaron las paredes y las mancharon de un tono más claro que el negro, pero conforme ascendía, este tono se volvía cada vez más pálido hasta mancharlo todo con una capa de opacidad. Apuntando siempre su lámpara hacia el otro lado, no se dio cuenta de lo que colgaba sobre de sí, sino hasta toparse con el cuerpo de un ser humano, petrificado, como una estatua de sal y la expresión en su rostro era la de un grito. De un costado de su abdomen, tenía un agujero en el por el cual se veía que su cuerpo estaba vacío y el exterior sólo era una especie de cascarón de lo que antes fue.
Alrededor de este, otros cuerpos pegados a las paredes por una sustancia gris se extendían más allá de lo que sus ojos podían ver. Extendió su brazo para tocar la sustancia gris, parecía sal pero poseía una propiedad extra que la hacía particularmente pegajosa, se adhirió a sus dedos y fue ensuciándolos de este tono casi hasta extenderse por toda su mano tan sólo con esa pisca que rozó con sus dedos. Como explorador, recolector y aventurero, no podía desperdiciar una oportunidad de capturar esta sustancia, quizá desconocida por la ciencia.
Tomó una botella de plástico y vació el resto del agua que contenía, la cual ya era poca y le advertía del peligro de permanecer más tiempo en tal lugar, y raspó la pared con la botella, haciendo caer algo de esta sustancia en ella. Entonces, su cuerpo se alejó de la pared, volando por el aire y fue sumergido en el lago oscuro. Una criatura como un mosquito, tan grande como un auto, sujetaba el cuerpo de Antonio que se petrificaba instantáneamente dentro del agua tóxica. Segundos después, el mosquito gigante elevó el cuerpo de Antonio y lo hizo impactar contra la parte alta de la pared, junto al resto de los cuerpos, y al hacer esto salpicó de las aguas sucias todo el lugar, pero el cadáver de Antonio se pegó de inmediato.
El ser monstruoso extendió un pico que atravesó la dura capa exterior del cuerpo de Antonio y succionó su interior con voracidad. Entonces, el ruido de un chapoteo llamó la atención de la criatura. Sacó su pico de golpe  y rápidamente voló tras la última presa que cayó víctima de El Lago.


FIN

martes, 10 de junio de 2014

305 – La Nave.





                Ciudad Beta, una de las megalópolis más avanzadas del planeta, contaba con un sistema de comunicaciones de punta. Así como era raro encontrar un punto de la ciudad que no estuviese iluminado, exceptuando aquellos que fueron apagados a propósito, cada edificio, departamento, parque y centro comercial poseía conexión a la red y, ya sea celular, televisor, telefonía, internet o radio, todos eventualmente se conectaban a satélites orbitando el mundo desde el cielo.
                Arriba en las estrellas, la estación espacial Beta 4, diseñada y construida en su mayor parte en esta ciudad, era el puerto de conexión entre el suelo y algunos satélites artificiales que proveían de servicios a los habitantes, así como a otras estaciones espaciales. Las naves y transbordadores iban y venían para traer provisiones y suministros tanto para la estación, como para los satélites que necesitaban constante mantenimiento.
                Abordo, el comandante era quién daba las órdenes. Tenía tanto la obligación de dirigir a la tripulación, como de manejar la estación y mantenerla siempre en su curso. La estación daba cupo a un personal fijo de alrededor de diez personas, más un número de gente que arribaba semanalmente y sólo permanecía unas horas.
Después de finalizar las labores programadas para esa fecha, ya todos se preparaban para tomar un merecido descanso. El comandante se quitaba su calzado espacial cuando su subalterno se acercó, somnoliento, para informarle que una nave no identificada se acercaba a la estación, solicitando permiso para acoplarse. Extrañado, pero sin muchos ánimos, el comandante dio la orden para recibir a esta nave misteriosa.
Con su traje bien portado, el comandante y tres tripulantes se aproximaron a las compuertas. Las computadoras abordo le permitieron al vehículo conectarse a la estación con la precisión milimétrica requerida. Tras intentar comunicarse con el otro lado en varios idiomas y con varios medios, sin recibir respuesta alguna, El comandante giró la escotilla y al instante sus pupilas se dilataron, junto con la de toda su tripulación.
La oscuridad de la nave les recordaba al espacio profundo. Algunos instrumentos parpadeaban como estrellas y, de vez en vez, chispas eran despedidas de los paneles de instrumentación dañados. Las lámparas que llevaban consigo estaban diseñadas para iluminar las herramientas con que el astronauta estuviera trabajando con sus manos a centímetros de él, no para adentrarse en la negrura  de una nave con las luces apagadas.
El poco efecto de la gravedad de la tierra no era suficiente para mantener los objetos pegados al suelo y una variedad de cosas flotaban alrededor de ellos. Desde cables, tuercas, y tornillos hasta piezas de metal y plástico. Un teclado había sido destruido y sus teclas se desplazaban por la nave como un enjambre de insectos.
El frío dentro de la nave era inusual, sin calefacción abordo, los astronautas dependían de los sistemas de aislamiento de sus trajes, los cuales les permitían trabajar en el exterior sin notar la diferencia. Sin embargo, adentro el frío era tal, que una capa de hielo se formaba alrededor de los cascos. Afortunadamente, venían diseñados con un sistema para corregir este efecto.
Los astronautas estaban tensos. No sabían de dónde era esta nave, cuál era su carga, cuál su destino y el paradero de la tripulación. Pero todos eran científicos y su curiosidad era más fuerte que su miedo. Avanzaban lentamente en la penumbra, palpando con sus manos todo lo que tenían enfrente, para evitar golpearse con la innumerable cantidad de objetos que se estrellaban unos con otros, rebotando, rompiéndose y soltando más fragmentos.
Tenue, pero constante, un destello rojizo apenas pintaba de este tono a su alrededor, que brotaba de un sector de la nave, a la derecha del comandante y su tripulación, quienes se propulsaron con sus piernas para flotar hasta esa zona. Frente a ellos, las puertas que comunicaban el pasillo principal de la nave con ese módulo estaban entre abiertas. Un espacio del ancho de un dedo humano permitía ver el interior del módulo pero, tras echar un primer vistazo, los pies del comandante se movieron en el aire como si hubiera dado un paso hacia atrás, pero sin tocar el suelo, por lo que su cuerpo permaneció en el mismo lugar. Su tripulación lo miró extrañado, pero él volvió a inspeccionar el interior.
No estaba seguro de lo que veía, pero si sus ojos no lo engañaban, se trataban de velas encendidas con fuego, en el vacío. Él sabía que esto era imposible y pidió a sus hombres que forzaran las compuertas, para lo cual no se requirió de gran esfuerzo. Entonces, el interior del módulo quedó expuesto para el horror de los astronautas, pues el cadáver de un hombre destripado y ensangrentado yacía inmóvil dentro de un círculo de hechicería.
Quizá lo que más asustaba a los astronautas eran las velas encendidas con fuego para el ritual, era inconcebible tal fenómeno, al menos sin oxígeno. Uno de los astronautas dijo unas palabras en su lengua madre, que los demás no supieron si fueron rezos o blasfemias, y salió del lugar dando tumbos. Los otros dos miraban al comandante en socorro, pero, este último, estaba tan pasmado como ellos.
Los esfuerzos del comandante por comunicarse con la tripulación del Beta 4 resultaron infructuosos. Aún así, la idea de que alguien podría seguir herido y necesitara atención médica urgente era suficiente para motivarlo a adentrarse más en La Nave. Evadiendo el cuerpo sangriento y las vísceras que flotaban por doquier, el Comandante y sus dos colegas flotaron hasta el final del pasillo principal donde se bifurcaba en dos módulos, uno a cada lado.
Del lado izquierdo se encontraba la zona de control y comando de la nave. Del lado derecho, estaba un módulo con las compuertas cerradas. Las puertas de acceso a la zona de control flotaban alrededor de ellos, torcidas y con ralladuras que evidenciaban el uso de herramientas pesadas al momento de arrancarlas de su lugar. Armándose de valor, el Comandante se impulsó hacia las compuertas cerradas del módulo derecho. Mientras él tiraba hacia un lado, los otros dos astronautas que lo acompañaban jalaban hacia el otro. Pero sus intentos fueron inútiles.
Una ruidosa transmisión, tan vaga como si llegara de otra galaxia, repentinamente sonaba en los audífonos de los astronautas como voces electrónicas, a veces sólo zumbidos apenas audibles. Así como venía, se iba y a los pocos segundos regresaba. El comandante pensó que había algún problema con el transmisor de su nave y que no recibían correctamente las señales.
Sin signos de vida ni éxito en su intención de abrir las compuertas, emprendieron su camino de vuelta a Beta 4. Pero la puerta que conectaba la nave con la estación espacial no respondía. Por más que El comandante presionaba los botones, nada sucedía. Uno de los astronautas, un astrofísico de renombre, se asomaba por una rendija de observación. Pero por más que buscaba la tierra o la luna o alguna constelación conocida, ninguno de los astros que lo rodeaban le eran familiares, de hecho, extrañas formaciones de energía y colores de tamaños inimaginables se desplazaban a velocidades que desafiaban toda lógica allá afuera.
Tras voltear hacia atrás, El comandante notó al astrofísico en la ventana. Su mirada estaba perdida a través de esa rendija y agitaba repetidas veces su cabeza en señal de negativa, sus manos estaban trabadas en un movimiento que cambiaba de decisión a cada momento, como si se fuera a rascar, pero decidiera arreglar sus lentes y luego recordara que le era imposible con el traje puesto, entonces quería quitarse los guantes, pero no podía quedarse sin oxígeno, entonces pensaba en rascar su cabeza, pero tampoco podía y así seguía sin parar.
El otro astronauta se hallaba de espaldas al comandante. Su columna se curveaba en una joroba, su cabeza estaba tan baja que su casco apenas sobresalía de esta joroba, sus brazos caían casi hasta que sus guantes tocaran el suelo, pero no lo hacían, tampoco sus botas. Flotaba tan despacio que apenas parecía que se movía.
Ninguno de sus dos subalternos respondía, fue entonces, cuando El comandante pudo entender la voz. La señal que llegaba a sus oídos empezaba a clarificarse. De entre la interferencia y los datos corrompidos surgían: “Ta… los… ma… ta… los… mátalos…”. Entonces, todo su cuerpo se convulsionó. Apretaba los dientes, como si algo se moviera dentro de sí y lo lastimara ligeramente en su interior, no era un dolor insoportable, pero nada podía hacer para calmarlo.
Los ojos del comandante estaban en la nave, pero su mente caminaba en un ambiente aún más hostil. Sus pies se sumergían en roca fundida, que era tan transparente y ligera que fluía como el agua en un río y de este río surgían vapores tóxicos que lo enervaban. Apenas consciente y sin poder dar un paso, una criatura demoníaca voló hacia él. Sólo poseía un ojo gigante y sus garras eran tan gruesas como la rama de un árbol. Pero el comandante sumergió su mano en el río de roca fundida hasta sacar una piedra sólida.  Con su puño bien apretado, tomó esta roca y arremetió contra la criatura. Alcanzó a pegarle justo en el pico, y esta salió disparada. Luego, otro ser parecido lo miraba. Sólo que este tenía muchas patas peludas como las de una araña y ojos por todo su cuerpo.
La criatura peluda lo observaba con todos sus ojos, era claro que apuntaban hacia él pues seguían hasta el mínimo movimiento. Entonces, de entre los ojos surgió una apertura que se fue abriendo horizontalmente primero, hasta abarcar todo el ancho del ser demoniaco y luego verticalmente, revelando varias hileras de dientes como de un tiburón. Del centro de esta boca, un agujero oscuro, se deslizaba un pedazo de carne similar a una lengua pero tan gruesa como el brazo de una persona y se fue estirando hasta estar lo suficientemente cerca del comandante como para notar que en la punta poseía una especie de mano humana.
El astronauta no reaccionaba, su cerebro estaba demolido intentando procesar la información que estaba recibiendo, pero la mano se aferró a su cuello desnudo y comenzó a apretarlo. El comandante se asfixiaba, sentía esa mano húmeda y pálida enrollarse en su cuello y privarlo poco a poco del aire que tanto necesitaba. La lengua tentáculo que lo sujetaba no permitía que se agachara para buscar otra piedra para usar como arma.
Su visión se desvanecía, junto con la alucinación demoniaca. Y en sus últimos segundos de lucidez, vio el cuerpo de uno de sus hombres flotando frente a él y sangre que salía de su cabeza se esparcía por toda la nave como si un globo lleno de esta sustancia hubiera estallado. Junto a él, su otro colega extendía su brazo hasta alcanzarlo, su mano atravesaba su traje y sujetaba el cuello del comandante. Su colega se había quitado el casco y su cuerpo estaba inmóvil, frío y desprovisto de vida. Aún así, el rigor mortis le imposibilitaba relajar la mano para dejar pasar el oxígeno al cerebro del comandante, matándolo a los pocos minutos de que perdiera definitivamente la consciencia.

FIN

sábado, 28 de diciembre de 2013

304 – El Depredador.




                El orfanato infantil #0293 de Ciudad Beta solía ser una escuela religiosa para monjas. Sin embargo, con el desarrollo tecnológico de la megalópolis, las creencias de fé cayeron en desuso entre la mayor parte de los ciudadanos. A pesar de esto, este instituto seguía recibiendo jóvenes huérfanos  bajo el amparo del Padre Aldebardo, un hombre cuya castidad y entrega al cuidado de los más vulnerables se corroboraba por los múltiples premios y reconocimiento por sus servicios de parte de instituciones internacionales y locales.
                El edificio era una antigua construcción de ladrillos. Se veía insignificante en comparación con los rascacielos de un color azul marino oscuro, cuyas ventanas iluminaban el paisaje a kilómetros a la redonda como si fueran faros, que lo rodeaban. Consistía en un área común, un comedor para 20 personas, una habitación y, finalmente, se encontraba la biblioteca y un estudio que servía de dormitorio para el Padre Aldebardo.
                Esa tarde, El Padre estaba encerrado en el baño de su estudio. Vestía la misma sotana que usaba diario y que sólo se quitaba para dormir y para asearla. En estas dos situaciones anteriores, él solía ponerse un pantalón y una camisa de algodón que usaba de pijama. Sus pies descalzos tocaban el piso húmedo y helado. Una ventanilla se abría directo a la calle y el frío aire congelaba el interior. A pesar de esto, Aldebardo sudaba.
                Después de llenar un vaso con agua del lavabo, abrió el botiquín que se ocultaba detrás del espejo cuarteado para tomar un bote de plástico con píldoras en él. Con sus manos temblorosas, puso una de las píldoras en su boca y arrugó su cara cuando esta tocó su lengua. Luego de tragar el agua, la píldora no se iba. Tuvo que realizar varios intentos hasta que, por fin, pasó por su garganta. Aún así, el amargo sabor del medicamento permaneció en su boca, incluso después de hacer gárgaras con el resto del agua.
                Concentraba su mente en el mal gusto del antibiótico, mientras una gota de sangre con pus escurría por entre su muslo, tratando de no recordar la misa de esa mañana. Pero el recuerdo de la vergüenza y el miedo que le produjo eran como la sirena de una ambulancia sonando en su memoria. Una parte de sí mismo le insistía que nadie supo lo que sucedió, pero por otro lado, probablemente todos habrán notado que algo pasó. No sólo no era la primera vez, sino ocurría con más frecuencia.
                Apretó el cilicio en su pierna, intentando causarse más dolor. Y, al tirar del cinturón de cuero,  las agujas de hierro se clavaron más en las heridas abiertas e infectadas que dejaron caer unas gotas de sangre con pus que salpicaron hasta su mano. A su mente venían imágenes pecaminosas de deseos carnales que trastornaban su mente. Escenas de frenesí sexual y brutalidad sólo pensadas por unos pocos perversos en la historia. Con su propio sufrimiento, procuraba borrar estas heridas.
                Aldebardo salió del baño y se tiró sobre su cama, tratando vaciar de pensamientos impúdicos a su cabeza. En este instante de cavilación, hizo memoria de una tarde, hacía ya años, cuando un amable hombre donó diferentes cajas de libros para la biblioteca del orfanato. Los textos iban desde poesía hasta obras literarias clásicas y cuentos para niños. Sin embargo, dentro de una de las cajas, un libro destacaba al instante.
                Cuando Aldebardo abrió una de las cajas de libros que habían sido donadas, encontró un volumen cuya portada era de cuero negro, sin título. Al abrirlo y hojearlo, descubrió aterrorizado, que se trataba de un tratado de artes oscuras. Hechicería, ritos satánicos, invocaciones demoniacas, rituales prohibidos de orgías y misas negras. Los dibujos de tortura, sometimiento y profanación en esas páginas, le provocaron náuseas al Padre. Tal era su repudio que lo arrojó detrás del librero más cercano e intentó olvidarlo.
                Al menos hasta ese día, Aldebardo fue capaz de ignorar tal anécdota. Sin embargo, al contemplar su Biblia en la mesa de noche, cuyas páginas fueron leídas cientos de veces, sin encontrar una solución definitiva para su problema, tuvo la idea de buscar una respuesta en otro lado. Quizá ese libro, si es que aún estaba detrás del librero, podría ayudarlo con su dilema.
                Tras el ocaso, el Padre se escurrió a la biblioteca con lámpara en mano. Su pierna le punzaba tras cada paso y, con cada vez que las afiladas púas se enterraban en su carne, juraba que se desmayaría por el dolor. Su corazón se agitaba ante la expectativa de volver a tener ese libro en sus manos pues, mientras más cerca lo tenía, más frescos eran los recuerdos sobre su primer encuentro con ese ejemplar. Había algo en esas letras y grabados,  que despertaba en él violentos y sanguinarios deseos de corrupción y depravación. Y ese algo, él sólo podía entenderlo como LIBERTAD.
                Alumbró detrás del dichoso mueble. Si no fuera por telarañas que habían acumulado el polvo después de su abandono, parecería que el tiempo no pasó en ese rincón. El libro aún seguía ahí, tirado, parcialmente abierto  y con algunas hojas dobladas. Aldebardo estiró su brazo y, al rozar las yemas de sus dedos con el cuero oscuro, voces tenebrosas resonaron en su cabeza. Se alejó un instante, pero el dolor producido por el cilicio que lo hería con cada movimiento lo motivaron a estirarse y jalar el libro para consigo.
Una vez con el libro, Aldebardo se enclaustró en su dormitorio y pasó la noche en vela. Temprano, con las primeras luces del día, se le vio salir del orfanato, tomar un taxi e irse cojeando sin dar ninguna explicación. No fue sino hasta la tarde, que regresó cargando cajas y bolsas con compras, que resguardó en su estudio y encerró celosamente con llave. La incógnita de su comportamiento mantenía las bocas de las niñas intercambiando rumores y dudas, con la única certeza de que en la cena, si es que se presentaba el Padre, podrían preguntarle y así resolver el misterio.
Al caer la noche, las jóvenes, las monjas y el padre se sentaron en la mesa para cenar una sopa caliente. Aldebardo, sin embargo, sólo se sirvió una copa de vino y su semblante era rígido, mientras los observaba devorar las sopas y se acaba esa única copa, dando sorbos sólo para humedecer levemente su lengua y saborear su bebida. El cilicio en su pierna estaba clavado a su piel como una uña y el dolor punzante casi no le permitían percibir con claridad el aroma y textura del licor.
Los niños se preguntaban cuál era la razón de tal gesto. Aldebardo, cuya amabilidad era característica, siempre inspiraba paz en quienes lo rodeaban. Pero, poco a poco, su personalidad cambió hasta que ese día, ya nadie se atrevía a dirigirle la palabra. Era como una bomba que no se sabía cuándo o cómo se detonaría. Como un perro gigante durmiendo, con sueño ligero. Tragaban su sopa tan rápido como podían, evitaban murmurar por el miedo, pero el caldo tenía un sabor amargo. Nadie se quejó, pues Aldebardo había preparado él mismo los alimentos para esa noche con especial interés y, en intento de apaciguar la furia evidente de Aldebardo, fingían que les gustaba. Las monjas, acostumbradas a la comida fría e insípida habían perdido el gusto años atrás.
A los pocos minutos, las niñas empezaron a sentirse mal, como mareadas. Una de ellas estrelló la cara contra su plato, pero el resto no reaccionó a este evento repentino pues, poco a poco, todas fueron quedándose dormidas. Tanto las jóvenes como las monjas cayeron ante el poder del somnífero que Aldebardo agregó a las viandas nocturnas. Este último, espero hasta acabarse por completo su copa, para levantarse de su asiento.
La luna surgió del horizonte, junto con las estrellas y cruzó el cielo de lado a lado hasta que la primera de las jóvenes despertara de su sueño involuntario. Aún aturdida por el somnífero, su visión borrosa la impulsó a tallar sus párpados con las manos pero, al estirar su brazo para alcanzar su rostro, sintió un tirón que la frenó de inmediato. Lo mismo percibió en su otro brazo y en sus piernas. Le tomó varios segundos darse cuenta que se encontraba esposada y encadenada en una especie de camastro. Se movía y retorcía tanto como el narcótico le permitía. Quiso gritar, pero su boca no salió más que un sonido enmudecido por una mordaza de telas.
Una tras una, fueron abriendo los ojos, siguiendo el mismo ritual que su instinto le sugería. Con su brazo siendo detenido al intentar tallar sus párpados, su cuerpo retorciéndose inútilmente y sus gritos ahogados por las telas. Boca arriba, su campo visual se encontraba en el techo, el cual reconocieron todas como la biblioteca. Se hallaba tan oscura como de costumbre, pero la poca luz que lograba adentrarse en esa penumbra no era del tono blanco y estable que el foco económico de la mesa del centro emitía, sino, más bien, como de un tono cálido, entre rojizo y amarillento, a veces se desvanecía y otras aumentaba.
Aldebardo no durmió en toda esa noche. Le tomó horas y un esfuerzo sobrenatural el mover, con su pierna herida, a las jóvenes a la biblioteca, quitar los libreros del camino, encadenar a las niñas y degollar a las dos monjas sin ningún remordimiento. Aparte de colocar y prender velas por doquier y usar la sangre de las monjas para trazar un círculo en el centro, con un símbolo que no había sido escrito nunca desde que se inscribió en ese libro de cuero negro. Una vez que terminó todos los preparativos, se sentó a observar a sus presas, paciente, esperando el momento para atacar.
Aún cuando el efecto del somnífero ya había pasado. Los esfuerzos de las chicas por zafarse las debilitaron de forma tal que ahora estaban aún más inmóviles. Fue entonces cuando Aldebardo se levantó de su mullido sofá y el punzante cilicio se le enterró más en su pierna, la cual era un milagro que aún sintiera dolor, pues se había tornado de un color negro verdoso. Se liberó del amarre del cilicio y tuvo que arrancarlo de su piel, para que este cayera al suelo.
Al instante, Aldebardo se sintió liberado. Todos esos años de dolor y sufrimiento se habían terminado por fin. Pues, no necesitaba exculpar sus propios pecados si tenía mártires en los cuales depositar su maldad. O al menos tal era su pensamiento cuando se dirigió a la primera joven, que lloraba asustada y confundida. Esto último no le importó y sacó un afilado cuchillo de cacería con la sangre coagulada de las monjas aún en él y cortó sus ropas, mientras la joven se esforzaba por patalear lo cual sólo logró que el filo del cuchillo le abriera ligeras heridas en su piel. Este acto fue repetido con cada una de las jóvenes.
Después de este primer acto, el padre tomó El libro y hojeó algunas de sus páginas. Al momento, las ideas de perversión y depredación llegaron a su mente, de una crueldad inconcebible para quien fuera llamarse un ser humano. Un texto así sólo pudo haber sido escrito por el demonio. Pero, por primera vez desde que abrió ese tomo, ya no había cilicio en su pierna que lo contuviera. Esa noche no existía poder alguno que aplacara la maleficencia que lo invadía.
El tiempo dejó de pasar en la biblioteca, mientras Aldebardo cometía los desenfrenos libertinos del libro sobre cada una de las chicas, depositando en ellas todo el vigor que acumuló por decenas de años, satisfaciendo su hambre con voraz brutalidad, corrompiendo la virtud y el alma de cada una de ellas hasta destruirla por la completo. Incluso, de algunas de ellas sólo quedaron pedazos de carne y huesos con vísceras esparcidas por todas partes.
Al terminar, el cuerpo de Aldebardo estaba frío y de su pierna escurría sangre y pus a borbotones. Su extremidad ya no le respondía y el ardor insoportable de su herida ahora se generalizaba en su cuerpo. Cayó, inevitablemente, al suelo, y se convulsionó de agonía. Pasaba de sentir el frío de su piel, con el calor en el interior de su cuerpo a tener alucinaciones escalofriantes de criaturas demoníacas y estos seres demoniacos lo poseían a él, corroían su piel y licuaban sus órganos, se comían su carne y rompían sus huesos que estaban frágiles como mondadientes.
Aldebardo estuvo vivo por horas, pereciendo lentamente. En su espalda surgían heridas producto del calor de su cuerpo que se intensificaba e incendiaba aquello que tocara. La alfombra ahuecada en el suelo de esa biblioteca ardió con el cuerpo del padre y los libreros le siguieron. Para cuando los bomberos pudieron apagar el fuego, el orfanato y  los restos de aquellos que ahí vivieron se habían reducido a cenizas y carbón.

FIN


jueves, 12 de diciembre de 2013

303 - El Esclavo.




            Las ventanas de los rascacielos de Ciudad Beta vibraban agitadas por una fuerza misteriosa. Un gruñido producido por el aire que se colaba entre espacio de los edificios, como tambores de guerra que anunciaban una catástrofe. La noche había caído horas atrás. Aunque la luz del sol no llegaba hasta el nivel de las calles durante el día, abajo estaba alumbrado por el poder de la electricidad. Se trataba de una penumbra iluminada. Vivían en las sombras, sobreviviendo de los focos y las lámparas, convirtiendo al sol irrelevante.

                Aún con esta luminosidad, sumada a aquella que salía de las incontables ventanas de vidrio, algunos callejones eran territorio de la oscuridad. Las personas los frecuentaban como atajos pero, a veces, desafortunados se perdían y terminaban atrapados por el laberinto de callejuelas y rincones, como si de un bosque se tratara. Tal era el caso de Anabel. Quien fue engañada por la noche para girar en una calle equivocada, desubicándola y desviándola de su camino a casa.

                Sólo fue a la lavandería, que abría las 24 horas, como muchos otros servicios en Ciudad Beta. Estaba a unas cuadras de su departamento.  Tantas veces acudió a ese lugar que su cuerpo simplemente se dirigía a su hogar, sin detenerse a pensar en el camino de vuelta. Así fue que el tremor, producido por las ráfagas de aire, distrajo su atención un segundo, tiempo más que suficiente para avanzar una avenida donde no debía.

Esa área de la ciudad se poblaba de rascacielos con departamentos y residenciales que iban del suelo hasta las nubes y todos los edificios eran idénticos uno de otro. Anabel no notó cuando se perdió hasta que un olor putrefacto llegó a su nariz. Era el olor a la muerte que estaba cada vez más cerca. Una mezcla de comida descompuesta, ácido, sangre y gases. Junto con este, un eructo sonó en el fondo.

Por más que las pupilas de Anabel se dilataban y su visión se adentraba en la oscuridad, le era imposible notar algo más que un vacío y frío color negro.  Pero, los ecos de unos pasos resonaron en el suelo como un temblor. Aproximándose poco a poco, la vibración que llegaba hasta las plantas de los pies de Anabel la paralizaba y sólo podía observar una silueta que surgía de las tinieblas.

Cuando la poca luz que se colaba de los pisos más altos llegó hasta el ser cuyo andar provocaba tremores, se reveló como un hombre sin cabello, de al menos dos metro de alto y cuya masa muscular era más similar a la de un elefante. El hombre pesaría más de media tonelada y, aún tras estar rodeado de grasa, poseía el músculo suficiente para mantener en pie a este espécimen.

Su cara estaba teñida de sangre que escurría hasta un babero en su pecho. Y su cuello estaba oprimido por un collar de hierro, con un dispositivo electrónico, que no le permitía espacio para moverlo. Las manos de esta criatura apretaban sus puños ensangrentados y sus dientes con una furia letal. Se movía con la velocidad de una neblina que desciende y devora todo a su paso. Las piernas de Anabel no respondían. Su corazón latía tan fuerte como nunca y no respiraba.

Al posarse frente a ella, el gigante viró su mirada hacia un lado, donde otra figura se escondía en la negrura. Anabel puso sus ojos en la sombra detrás del monstruo. Una niña, de no más de 10 años, con un vestido rosado y coletas doradas, con un control remoto en su mano. Pero en el rostro de esta niña no existía la inocencia. Una maldad indescriptible se esculpía en su cara. La expresión de perversidad máxima. El villano más cruel no se comparaba con el ceño fruncido y la sonrisa enfermiza  de esta pequeña.

—¡¿Qué esperas?!— regañó la niñita al gigante, para después presionar el único botón que tenía el control en sus manos.  De inmediato, el hombre enorme se convulsionó y emitió gemidos de dolor y sufrimiento —¡Mátala, esclavo!— le insistió la niña y soltó el botón. El monstruo miró a Anabel a los ojos e imaginaba que ella era la niñita que lo controlaba. Entonces, puso una mano sobre la cabeza de Anabel y aplastó su cráneo en un instante, como si fuera un huevo de gallina. El cerebro y la sangre pringaron por todas partes y el gigante usó su otra mano para llevarse el cuerpo a la boca y tragarlo de unas cuantas mordidas, con todo y ropa.

Tras el acto brutal, la niñita presionó el botón que electrocutaba al gigante una vez más y, al soltarlo, el gigante se movió mientras gruñía y apretaba sus puños con sangre fresca, para perderse ambos en las tinieblas de los callejones en la megalópolis de Ciudad Beta.

FIN