jueves, 29 de julio de 2010

El corruptor de Almas

La vida en la ciudad es agitada y dinámica. Cartas, autos, paquetes, personas y productos de una diversidad jamás antes vista, todo en movimiento, evolucionando, sofisticándose, desarrollando nuevas formas y abandonando los métodos antiguos y obsoletos. En la calle apenas hay lugar para un vago, sentado en la basura con la mirada perdida y su barba gris crecida. En su cabeza, unos pocos cabellos blancuzcos se extendían hasta sus hombros, cubiertos por una camisa humedecida y maloliente. Sin zapatos, tirado entre desperdicios, sus ojos opacos miraban a la nada. Gente más afortunada pasaba frente a él, ignorando su incómoda presencia, sin detenerte a mirarlo y sin dejar de caminar, decenas de personas aparecían de un lado de la calle y se perdían del otro, vestidos en trajes y camisas limpias, con vestidos coloridos y playeras estampadas, zapatos boleados y tenis blancos nuevos. Era un despliegue de color contrastando con la gris decadencia del pobre vago que veía pasar el tiempo con la calma de quien no tiene nada que perder o ganar, alguien que espera la muerte yaciendo acostado en el suelo y quien su único compañero era una criatura extraña como una rata grande y deforme. Los ojos oscuros del engendro brillaban de un rojo intenso a la luz de los faroles de la calle. Su pelaje negro y tieso, humedecido por la lluvia fría, se erizaba y parecía formar puntiagudas lanzas intimidantes y sus colmillos, más parecidos a los de un gato o un perro, eran visibles fuera de su boca pues son tan grandes que sobresalen en su cara.

Sin saber porque, un hombre que pasaba caminando como miles, que otras decenas de veces había pasado por esa misma calle, voltea a la criatura e Intrigado por el misterio decide investigar más a fondo y acercarse al vago maloliente. Su curiosidad lo llevó a explorar un lado de su ciudad que siempre veía, pero nunca antes se había atrevido a acercarse. Sus ojos y los de la criatura se entre cruzaron y el silencio llenó el aire de intriga por un instante, hasta que el vago, como si fueran sus últimas energías, abrió los ojos y observó, cansadamente y con visión borrosa, la incómoda escena, como esforzándose por entender qué pasaba, sin poder saber quién era o dónde estaba. Fijó su mirada en el individuo de corbata y portafolio, luego en su criatura y al fin entendió lo que pasaba. Se dirigió al hombre, pero seguía a su criatura con la vista, con una voz ronca, airada y grave dijo:

—¿Quieres saber qué es esto, verdad? Jamás habías visto algo como esto pues es único en el mundo. Su nombre, señor, es tan extraño que no puede ser pronunciado por un ser humano y quién me lo vendió me dijo que me traería fortuna, pero, como bien puede observar, el destino ha sido cruel conmigo y sólo penas he acumulado en mi alma, el júbilo se ha apartado de mi corazón y la gloria de mejores tiempos se ha perdido en el olvido. Pero no siempre fue así — El viejo vagabundo hizo una pausa y se levantó del suelo, sólo para sentarse nuevamente en él, cruzando las piernas y encorvando la espalda, con la cabeza baja, como si no viera nada y estuviera trasportándose a otro lugar o entrando en un trance místico, continuó relatando su historia.

—Me gradué con honores y tuve los mejores estudios durante mi juventud, me convertí en un paleontólogo de renombre, muchos de mis descubrimientos aún no tienen igual por la ciencia moderna, otros se siguen estudiando y el resto continúan asombrando a los escépticos con su solemnidad. Exploré en búsqueda de fósiles por todo el mundo, desde la montaña más alta o en el desierto más árido. Donde sea que mi experiencia y mis instintos me guiaran. Así pues, llegué a encontrarme en situaciones peligrosas de vida o muerte y a sobrevivir accidentes en ríos y junglas, en aviones y barcos, caí de una montaña y aquí me tienes, contando lo que pasó, como si nada de eso hubiera sucedido. Pero es real, pues cuando joven, mi cuerpo era fuerte y vigoroso, soportaba cualquier golpe de espada o de bala y mi corazón siempre se curó cuando estaba roto. Altos eran los riesgos y los costos que tenía que pagar por mis aventuras, pero al final del día todo valía la pena, pues las recompensas eran inimaginables. No sólo huesos polvorientos de bestias muertas se desenterraban en las profundidades de una cueva, aun cuando estos ya son valiosos por sí mismos, otros tesoros aguardaban escondidos en la oscuridad. Reliquias de tiempos remotos, artefactos y papiros de conocimiento ancestral, obras de magnificencia imperial esperando por ser descubiertas, en los extremos de la civilización y más allá—.

—Cuando viajas por todo el mundo, conoces gente de todo tipo. Agradables viajeros, cobardes ladrones y misteriosos personajes de los que sólo se oye hablar en las leyendas míticas. Algunas veces trabajando para gente peligrosa, tomando riesgos comprometedores, sin pensar en las consecuencias. Fue así que conseguí a esta criatura, de las manos de una persona extraña, ahora no estoy seguro si era persona o demonio, si era de este mundo o del más allá, pero definitivamente esta criatura no pertenece a esta era, un ser con cualidades únicas, de un antiguo linaje, más antiguo que la humanidad…— La lluvia interrumpió el relato y empapó a ambos de pies a cabeza. Aún con el frío del agua, la cual no paraba de caer, el sol ocultándose tras nubes negras amenazando con arreciar la tormenta, su ropa y su cabello mojados y sus zapatos negros enlodados, el buen señor jaló una caja y se sentó, para seguir escuchando la historia del vagabundo.

Con la voz aún más cansada, siguió:
—Esta criatura posee poderes sobrenaturales. Para empezar, se alimenta de la maldad de otras personas y créame que, por esta razón, nunca ha pasado hambre. Seguirá a su amo, lo protegerá contra cualquier amenaza, pero nunca le hará daño alguno. Además, quien me lo vendió dijo que conseguiría una pepita de oro al día y así fue. Quizá se preguntará: Cómo es posible que alguien que obtiene una pepita de oro cada día, siga viviendo en la basura como yo. Le contaré si es que decide seguir escuchando. —Después de una breve pausa, al ver que el hombre no se movería de su caja, siguió con una voz más grave que antes— Bien. Pues, como le dije, este ser me dio grandes riquezas en aquellos tiempos, con el oro que me daba podía comprar ropa aún más fina que la que usted lleva puesta, cenaba en restaurantes de primera y tenía el dinero suficiente para viajar a cualquier parte del mundo. Nunca más trabajé para extraños o para alguien más. Mi vida, desde que conseguí a este ser, había sido fortuna y diversión, aventura y dicha. Las pesadas jornadas de trabajo que soportaba en tiempos de mayor actividad eran encargadas a otros menos afortunados, mientras yo aguardaba a que se desenterrara un tesoro o una reliquia de la antigüedad. Como le dije, con la experiencia adquirida en los viajes, combinada con mi astucia y ahora mi poder económico, pude hallar joyas y fósiles de valores incalculables, incrementando mi riqueza y mi poder. De un tiempo a otro, en parte gracias a esta criatura, pude hacerme tan acaudalado que me vi rodeado de joyas, ropas y palacios. Sin embargo, el oro dejó de importarme, el dinero empezó a perder su valor y la vida dejó de tener sentido—.

—Veía los lingotes de oro, postrados sobre mesas del mismo material, en cofres con incrustaciones de diamantes y piedras preciosas, los muros de mármol en mis mansiones, las pieles ostentosas, los candelabros de cristal. Se había extinguido todo lustre en el metal y el brillo de las piedras había desaparecido. Las fragancias eran secas y el gris contaminaba los colores de opacidad. La gloria prometida se convirtió en una mísera condena— El vagabundo se detuvo un segundo, pues un relámpago iluminó el callejón y fue precedido de un tronido. Luego otro relámpago cayó a lo lejos y más truenos le siguieron a este. El viento hizo volar la sombrilla del buen señor, exponiéndolo completamente a la tempestad, su cabello revoloteaba y volaba por el viento, comenzando a agazaparse por el frío de la tormenta. Pero no se movió de ahí, atraído por el misterio de la tragedia, siguió sentado sobre la caja escuchando el relato del viejo. Tenía la impresión de que algo pasaría o se enteraría de una gran verdad al finalizar la historia, pero ignoraba su destino final, callado, mirando al vago a los ojos, no se levantó y escuchó el resto de la historia del vago.

—Con la sonrisa en el olvido y los días felices como borrosas memorias del pasado, el goce se separó de mi alma para siempre y caí perdido en la tristeza sin esperanza alguna, lo dejé todo un día y esta cosa me siguió. Vagué por todo el continente, durmiendo en el suelo y comiendo de la basura, esperando a que llegue mi muerte en la soledad— Sin pensarlo, puso su mano alrededor del ser espeluznante y lo levantó suavemente hasta sujetarlo con las dos manos y darle una mordida justo a la altura del cuello. La criatura se retorció de dolor, pero no se defendió. Permitió que su amo siguiera comiéndoselo hasta el último bocado, sin dejar el pelo o las garras, de unas mordidas el vago devoró a su mascota dejando caer sangre y tripas de su boca con pocos dientes—.

—Mi historia es falsa, así como tú. Pasas por esta calle cada mañana, con tu futuro asegurado, sin voltear a verme o saludarme, sin ningún interés por el sufrimiento ajeno, pensando sólo en ti mismo. Aún sabiendo lo trágica de mi historia, escuchaste con atención y morbo, pues para ti no es más que un cuento, algo que nunca te pasará. Pensaste que podrías venir, divertirte escuchando el dolor de alguien más y luego irte y contarles a tus amigos una anécdota interesante, sin hacer nada por ayudar. No intentes hablar, engendro del mal, pues no eres más que una criatura vil, de pelo negro y mojado, ojos de sangre y colmillos puntiagudos. Así que ven a mi lado y no te vayas, pues me alimentaré de ti cuando sea necesario, te devoraré cuando otro ingenuo se quedé a escuchar mi historia, así podré sacar el mal que existe en su interior, devorarlo y corromper su alma—.

FIN

jueves, 1 de julio de 2010

Callejón sin salida

Eran ya las tres de la mañana, todo el día estuvo lloviendo y la noche era fría y húmeda cuando desperté de una horrible pesadilla. Mi corazón latía acelerado y mi respiración era pesada, sudaba pero no tenía calor, era el inconfundible sudor frío producto del miedo. Ya ni recuerdo qué estaba soñando…
Me dirigí a la ventana para fumar un cigarro, pero en la cajetilla ya sólo quedaba uno —No duraré toda la noche con sólo uno—. Prendí mi último cigarro y observé la lluvia que arreciaba y se calmaba por ratos. La luna llena iluminaba las calles y se reflejaba en cada charco como un hechizo plateado. El cielo estaba lleno de estrellas y por la ventana se deslizaba un aroma espectral…
Cuando el último pedazo de ceniza cayó al suelo, supe que tenía que comprar más. Había una farmacia aquí cerca que más de una noche había sido mi salvación. Dicho esto, me vestí, tomé una sombrilla, mi cartera y salí de mi departamento. No había despertado del todo, la somnolencia era algo frecuente en mi vida cotidiana.
Bajé las escaleras más recordando mi sueño que estando consciente de los escalones. El frío no servía para despertarme, me hacía sentir como en esa pesadilla, era algo muy incómodo. Cuando abrí los ojos estaba ya en la calle y caminaba a la farmacia.
No tenía prisa y mi paso era lento, el paraguas me protegía de la lluvia que no dejaba de caer, pero mis pies se mojaban con los charcos de la calle y tenía que esquivarlos con todo y la somnolencia. Las calles estaban vacías, sólo unos cuantos carros estacionados, y el único sonido era el de la lluvia. Un carro muy antiguo llamó mi atención, pues parecía sacado de otra época.
Al final de la calle pude ver la farmacia y fue un alivio, parecía la única luz encendida alrededor, la mayoría de los edificios eran comerciales y no dejaban prendidas sus luces por la noche. Caminé con más confianza a través de la lluvia, saltando los charcos que encontraba en mi camino y cayendo de vez en vez en uno y al dar la vuelta en el último local pude ver la farmacia y en la puerta el letrero de “cerrado”.
Mi corazón se detuvo un instante, jamás me había fallado esta farmacia y ahora parecía que todo conspiraba en mi contra. El dilema de regresar con el fracaso entre las manos era tan intolerable como el pasar la noche a base de café, sin nicotina. No podía esperar hasta la mañana, porque ni si quiera sabía qué hora era.
Permanecí un rato frente a la puerta, mi silueta reflejaba una figura extraña en la noche, con el paraguas iluminado y mi cuerpo oscurecido, más parecido a un fantasma que a un ser humano y más aterrador.
La lluvia seguía cayendo, no tenía intenciones de parar y la llegada del sol se veía lejana, no podía quedarme ahí para siempre. Además, pensándolo bien, tal vez encuentre una tienda, aquellas que abren las 24 horas, en algún lado de la calle, si seguía caminando…
Decidí continuar por la avenida, la tienda más cercana que recuerdo estaba ahí, dos tiendas no pueden estar cerradas la misma noche. Pero conforme seguía caminando, el recorrido parecía hacerse más largo—¿Cuánto tiempo llevo en la calle?— Me preguntaba a mí mismo. Extrañamente, no reconocía los edificios, ni sabía dónde estaba. Pero todo tenía un aire de nostalgia, como si ya hubiera estado en ese lugar, alguna vez o muchas veces, sólo no los recordaba.
No sabía dónde estaba ahora, definitivamente me encontraba en un lugar desconocido para mí, todo a mi alrededor parecía extraño, me angustiaba estar lejos de mi ciudad y el miedo comenzó a invadirme, la desesperación de haberme perdido por un barrio extraño, sin saber cuánto había caminado o hacia dónde me dirigía.
Maldecía a la lluvia, que me atormentaba, dificultaba mi camino, y al sol que no salía. El frío comenzaba a llegarme hasta los huesos y poco a poco fui cayendo en desesperanza. Ya no recordaba porque estaba fuera, sólo pensaba en que tenía que encontrar un lugar seguro y seco, donde pueda descansar de las pesadillas, un lugar alejado de mis peores miedos. Ahora creo que ese lugar no existe ni existirá…
Al llegar a un cruce, me pareció escuchar el correr de alguien por la lluvia, pero sólo alcancé a ver una sombra girar en la esquina y luego los pasos pesados se alejaron hasta perderse con la lluvia. Pudo ser alguien que pasó corriendo, buscando refugio del frío y el agua, pero no vi bien. Ya no tenía sentido caminar o tratar de reconocer algo, estaba completamente perdid..
Mirando a mí alrededor, buscaba alguna pista reconocible, algo que me indicara dónde podría estar o cómo llegar a mi departamento. No podía creer cuan familiar se me hacía todo, pero era incapaz de recordarlo, como si fuera un castigo que estuviera pagando por un pecado cometido. De repente, al pensar en mi hogar, ninguna imagen venía a mi mente. Al tratar de acordarme de mis amigos o mi familia o quién era yo, era como mirar en un baúl vacío o adentrarse a un abismo sin fondo. Mis recuerdos, incluso mis propias creencias se habían desvanecido. Como si hubiera nacido en ese momento y estuviera en un completo desamparo.
A unos metros de mí escuché una voz extraña, no entendía que decía, pero podía escucharla cada vez más próxima. Desconozco si era yo quien se acercaba o la calle se estrechaba bajo mis pies, mas al llegar a la esquina pude escuchar con claridad que no era una voz, sino dos, hablando un idioma desconocido. Era la voz de dos hombres, hablando calmadamente, tal vez demasiado despacio, como midiendo sus palabras, cuidando la cortesía, pero sin ser sumisos uno del otro, retadores y controlados. No podía dar la vuelta y aparecer así nada más, no sabía de dónde venían ni qué querían. Tal vez sólo estaba siendo paranoico, pero su voz me causaba malestar y una sensación de desconfianza. En mis adentros pensaba que debía alejarme de ahí lo más rápido y discretamente posible.
Pero no había a donde huir, no había a quién pedir auxilio. La noche estaba sumida en una penumbra intensa y la única luz visible era de los charcos que reflejaban las estrellas, como espejos a un mundo que no veré jamás. No había salvación para un destino tan sombrío ni un momento de quietud, todo era preocupación ahora.
No supe cuándo desaparecieron las voces, pero no volví a oírlas jamás y nunca supe que idioma hablaban o si era alguno de este mundo. Confiando en mis sentidos, escuchando atentamente por cualquier movimiento, buscando un ruido diferente a las gotas de agua estrellándose contra todas las cosas, algo más humano o tal vez otra cosa. Y en la noche, pude escuchar una respiración densa, como un suspiro pesado o el último aliento de un cuerpo sin vida.
Al final de la calle pude alertar una silueta humanoide, deforme y ennegrecida, parada en la calle inmóvil. Su rostro estaba lleno de misterio, pero su cabeza apuntaba hacia mí. Su cuerpo parecía estar cubierto de un manto grueso, un saco de piel de ñú o de llama y sus piernas estaban deformes. Su cuerpo se estremeció con el siguiente suspiro, que sonó más como un rugido, inhumano. Hizo un movimiento esporádico, sin sentido, y siguió parado en la lluvia, viéndome. Llenándome de terrores que jamás había sentido. Mi corazón comenzó a agitarse con todas sus fuerzas, al ver sus manos desfiguradas, como garras. Su respiración hacía eco en mi cabeza y me perturbaba por dentro.
La figura comenzó a acercarse con un paso firme, a través de la noche. Gruñía y emanaba un ruido extraño, definitivamente no era de este mundo. Su grito era como el de muchas bestias diferentes, reunidas todas en un solo rugido infernal y su silueta era como la de un demonio negro, que se apoderaba de mi alma conforme invadía cada rincón de mi ser.
Corrí de regreso entre las sombras y el frío hasta que mi paso se vio frustrado al encontrarme en un callejón, metáfora de mi vida, sin salida. El respirar de la criatura resonaba a mis espaldas, temía voltear, mi cuerpo estaba paralizado, mis ojos tan cerrados como pude y mis esperanzas enterradas en un panteón.
No había a donde escapar, no había donde correr, sólo se podía esperar la muerte, a manos de una bestia deforme, perversa de sangre y corrompida por el odio de la maldad. La luna y las estrellas no podían salvarme, cuando estuvo frente a mí, pues su cuerpo era inmenso y cubría todo. Con un último vistazo pude ver sus colmillos y sus ojos diabólicos, acercándose, para condenarme al infierno…
El techo de mi habitación fue lo primero que vi cuando abrí los ojos, luego, el despertador que marcaba las tres de la mañana. La lluvia mojaba los cristales de la ventana. —No recuerdo que estaba soñando, pero creo que ya no tengo cigarrillos…—.

FIN

miércoles, 13 de enero de 2010

Infeliz navidad

Pasaba la media noche de la víspera de navidad, todos los niños dormían y soñaban ya con los regalos que encontrarían bajo el árbol de navidad al amanecer. La noche era oscura y fría, demasiado tenebrosa para una navidad. Una helada azotaba gran parte del continente y una capa de nieve cubría los techos de las casas y las copas de los árboles, que se agitaban y tiraban la nieve por los vientos tormentosos.

La sala estaba iluminada por diferentes colores, todos provenientes de los focos del árbol de navidad, que parpadean al ritmo de una desentonada melodía, que se repetía una y otra vez, la monotonía de esa canción podría volver loco a cualquiera. La chimenea estaba apagada y algo del viento frío que se colaba por las ventanas entraba como hilos afilados y cristalinos que llenaban la sala de escalofríos. La alfombra roja había sido ensuciada por la nieve de afuera y carbón y cenizas de la chimenea. Las pisadas dejaban un rastro dentro de la oscura casa y se perdían en las sombras.

Un gato negro se deslizaba a través de la casa, cruzando la sala hasta una escalera, sus ojos brillaban como dos espectros verdes que bailan al ritmo de un lúgubre vals, sus patas pueden sentir los rastros de humedad y suciedad en la alfombra, formando un camino hacia arriba. La noche era tan sombría que se tragaba cualquier ruido y dejaba las escaleras con un silencio mórbido.

La tensión se sentía en el aire del piso superior. Los objetos en la oscuridad se confundían con siluetas de fantasmas y se escuchaban gemidos lejanos y risas llenas de locura. El tiempo pareció detenerse, cuando una puerta se abrió lentamente e hizo un chirrido infernal que se prolongó como un grito de dolor o de horror.

Esta habitación era tan oscura como el resto de la casa, era imposible reconocer algo entre tanto caos, excepto por el llanto de una niña. No era escandaloso, sino perturbador. Como un suspiro eterno, a veces más parecido a una pequeña risa. Era el sonido de una locura asesina.

La niña lloraba sentada en su cama, se limpiaba las lágrimas con una mano, pero su cara estaba manchada y por su brazo se escurrían unas lágrimas que bajaban hasta su codo, oscurecidas y más espesas, para luego caer sobre su vestido blanco y deslizarse hacia un gran charco en el suelo. Pero este charco no era de lágrimas, era más parecido al vino y fluían de una gotera debajo de la cama, de una gran mancha oscura que atravesaba la colcha y que se había extendido por las sábanas y las almohadas.

Con el amanecer, un olor fétido comenzó a llenar la habitación, los llantos cesaron y la niña, que había permanecido inmóvil toda la noche, se levantó de la cama. Sus pantuflas de conejo se mancharon y dejaba marcadas sus pisadas en la alfombra. Las pisadas seguían su camino de regreso a la sala ya que a lo lejos se podía escuchar el sonido de cascabeles y, asomándose por la ventana, la niña juraba haber visto algo irse volando en el cielo.

La niña no podía dejar de llorar y sonreír a la vez, ya que lloraba de felicidad, en su mano sostenía una hoja de papel que con crayones tenía escrito “Querido santa, esta navidad mata a mi padrastro”.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Pesadillas en la oscuridad


En algún lugar del planeta, a varios metros bajo el suelo, un explorador quedó atrapado bajo una gran roca. Su compañero había salido por ayuda, pero habían pasado horas. Afortunadamente tenía un equipo de supervivencia al alcance, un poco de agua y comida, pero no más que suficiente para un día o dos. Sabía que si su compañero no regresaba, moriría en esa cueva, posiblemente de sed. La pantalla de su reloj se había dañado y no podía ver los minutos ni los segundos, sólo las horas. Su torso estaba atascado entre una roca que se deslizó del techo. Le costaba respirar, pero en general tenía buena movilidad en sus brazos, sus piernas estaban atascadas. Tenía que tomar todas las precauciones necesarias, amarró su equipo de emergencia en un lugar seguro y trató de tranquilizarse.

Respirando más tranquilamente, comenzó a ver las formaciones rocosas que tenía a su alrededor, algunas paredes resplandecían de varios colores por los minerales. También pudo observar grietas cuyos fondos no eran visibles con la poca potencia que le quedaba a su lámpara. Y así acabó su felicidad, una última vista a una cueva fría, ya que la batería de su lámpara se quedó sin energía y la cueva le recordó que a esas profundidades no llegaba la luz o el calor del sol.

En la oscuridad, su mente le jugaba malas pasadas. Como si hubiera olvidado el paisaje, empezaba a creer que estaba encerrado en un ataúd, se podía imaginar a si mismo encerrado, apenas podía respirar, como si se acabara el oxígeno, trataba de moverse desesperadamente pero estaba atascado, pensaba en lo profundo que estaba enterrado y lo poco probable era que alguien lo escuchara. Podía sentir la asfixia, estaba seguro que la muerte le llegaría pronto, pero su reloj sonaba y lo despertaba de una terrible pesadilla. Apenas había pasado una hora desde que se quedó sin batería. Recapacitó de repente, recordó lo delicado de su situación y trató de buscar algo para entretenerse, tomó un poco de agua y luego tiró otro poco sobre su rostro. Hacía frío pero él sudaba intensamente, podía sentir como la temperatura de su cuerpo iba bajando lentamente y pasar de una fresca brisa a un glacial helado. La humedad era intensa. Si se quedaba completamente quieto, podía escuchar gotas de agua muy a los lejos y el eco de su propia respiración.

Puso atención a todo lo que escuchaba, ya que le pareció escuchar movimiento. Era optimista, estaba seguro de que su mente le jugaría bromas o que tendría alucinaciones, pero no descartaba la idea de que fuera rescatado. El movimiento que escuchó posiblemente fue el eco de una gota que cayó en un charco, amplificado por la acústica de la cueva. Pero volvió a escucharlo y estaba seguro de que eran pisadas en un charco. Gritó —¡Holaaa!— Esperó a que el eco se terminara pero no oyó nada. Comenzaba a sentirse inseguro, cansado y decepcionado. Lo más probable era que moriría en ese lugar y que tal vez su cuerpo no sea encontrado nunca. Estando tan cerca del infierno, nadie podría oír sus gritos. Divagaba al respecto, nadie lo podía escuchar, tal vez ni el mismo. Escuchaba sus pensamientos, pero no podía hablar, movía sus labios, sentía el aire salir por su boca, pero no salía ningún sonido. Su corazón se agitó. Su respiración se aceleró. Insistía, abría su boca, pensaba en una palabra y soplaba, pero sólo sacaba más aire de su pecho aplastado por una roca.

En la desesperación, comenzó a llorar. Todo había acabado, su muerte llegaría pronto, todos sus planes a futuro quedarán inconclusos, jamás volvería a ver a sus amigos, a su familia, a su compañero. Jamás volvería ver la luz del día o escuchar la música que tanto le gustaba. Su vida se había acabado. Pero escuchó un sonido en la oscuridad. El eco de su propio sollozar, un sonido que él había producido con su boca. No se sabe cuánto pasó pero reaccionó súbitamente al escuchar su último lamento. Su respiración era más calmada, su mente lo torturaba y los momentos de lucidez se hacían cada vez más extraños. La oscuridad tomaba todas las formas posibles, su cerebro no estaba acostumbrado a tanta oscuridad, no era posible que no hubiera nada frente a sus ojos, siempre hay algo. De repente, venían los delirios. Ya no estaba en una cueva, ahora su cuerpo se encontraba rodeado de agua gélida. El azul marino oscuro lo rodeaba, una luz tenue que venía de la superficie le indicaba cuán lejos estaba del aire fresco, del oxígeno. Sin mascarilla, sin aletas, no podía patalear para llegar a la superficie, atraería depredadores y acabaría el oxígeno de sus pulmones más rápidamente. No podía hacer nada más que esperar su muerte por asfixia. Sentía la presión en su pecho, como si tuviera un auto encima o más, lo aplastaba y comenzaba a sentir un dolor en sus huesos, su cabeza se llenaba de sangre y sus ojos comenzaban a salirse de sus órbitas. El tronido de sus huesos lo obligaron a abrir la boca y de inmediato sus pulmones se llenaron de aire porque no era el fin, puesto que él seguía en la cueva, atrapado bajo una roca, rodeado de una oscuridad aún más profunda.

Su reloj estaba ahora inservible y el tiempo ya no existía, los minutos y las horas se fundían con los segundos. La roca que aplastaba su pecho se había comenzado a deslizar, cada vez lo aplastaba más, pero no lo suficiente como matarlo, sólo le dificultaba la respiración y le causaba un dolor punzante en la espalda. Pensaba en su familia, no había diferencia entre tener los ojos abiertos y tenerlos cerrados. Las imágenes de su padre y de su madre en una reunión familiar, con todos sus primos y sus abuelos, le traía dulces recuerdos, que se desvanecían con cada milímetro que la roca se deslizaba sobre su espalda. Sus logros no valían de nada en ese momento, sus títulos eran papeles inservibles en un archivero, su única esperanza era saber que esa roca lo seguiría aplastando hasta matarlo y no pasaría días atrapado hasta morir por deshidratación. Pero era un geólogo experimentado y sabía que ni si quiera eso era una posibilidad. Las roca seguramente iría cayendo más y más lento hasta quedar atorada con las otras rocas. Además de que, en una situación como la suya el cuerpo humano reduce su metabolismo para aprovechar los nutrientes al máximo. Pasaría varios días atrapado bajo la roca hasta morir de sed, a menos que algo lo mate primero.

La cueva era silenciosa, sólo unas pocas gotas que caían de vez en cuando hacían un sonido, el más minúsculo posible. Pero ese goteo desencadenaba una nueva alucinación, una nueva pesadilla empezaba a tener lugar en su mente, como si fuera una película. Se ve a si mismo tirado en el desierto, miles de estrellas brillan en el cielo, pero algo más lúgubre llama su atención. Una araña que reconoció como viuda negra se encontraba sobre su pie. El estaba tirado en el suelo, pero apenas podía moverse, el veneno de la araña ya había actuado y lo hacía rápidamente. Podía ver los ojos de la araña, ella también lo veía a él, esperaba su muerte. Podía sentir como su corazón se esforzaba por trabajar, mientras sus pulmones jalaban cada vez menos aire. Su vista se nubló, la oscuridad. el frío y la soledad lo rodearon nuevamente, pero no había muerto. Seguía atrapado en una cueva, bajo una roca. ¿Habían pasado días? ¿Apenas unas horas? A este punto, un rescate era imposible. Seguramente despertaría en la cueva nuevamente. Como si estuviera condenado a vivir pesadillas para siempre, como si la idea de morir y dejar de sufrir ya no existiera, era el peor tipo de inmortalidad. Tenía que acabar con su vida él mismo.

A su alrededor no había nada que pudiera detener su agonía. No podría asfixiarse a si mismo, ese destino era ya casi un hecho y era justo la peor de sus preocupaciones, el miedo a morir asfixiado, en la soledad y oscuridad absoluta. No había nada más insoportable y era el único posible destino. La desesperación lo invadió, quería abrirse una herida y así morir desangrado, pasarían unos minutos pero morirían sin mucho dolor. Era la idea perfecta. Puso su muñeca entre sus dientes, como para probar y empezó a morder suave y luego un poco más fuerte. Dio otra mordida más fuerte para probar, pero no alcanzaba su objetivo. No pudo abrir ni una pequeña herida. Quería evitarse el sufrimiento, no causarse más. Pero ese destino parecía inminente.

A lo lejos vio pasar una luz, como una ráfaga amarilla que iluminó todo el cuarto de repente. Pero así como llegó se desvaneció y el silencio y la oscuridad llenaron la cueva otra vez. No podía explicar qué era, pero hizo todo lo que pudo para gritar, fallando rotundamente. De nuevo, abría la boca y soplaba, pero no salía sonido alguno. Un posible rescate estaba a metros de distancia y él no podía comunicarse. Estaba mudo y lloraba, quería desahogar su ira, pero no podía gritar, apenas podía. Definitivamente no había esperanzas para él.

El llanto trajo consigo los sollozos y el recuerdo de que existen los sonidos, que él podía emitirlos y lo hizo. Ahora gritó, con el resto de sus fuerzas, primero afónicamente, pero después pudo gritar para salvar su vida, de que lo encontraran antes de morir aplastado o asfixiado dependería su destino y si había alguien en esa cueva, con sus gritos seguramente lo escucharían.

Sus ecos de desesperación lo confundían, sus gritos de ayuda se transformaban en muchas voces, como el grito agonía de miles de espectros moribundos reflejados en el suelo de la cueva.

No podía saber cuánto tiempo había pasado desde que gritó, pero el silencio y la soledad lo controlaron nuevamente. La desesperación llegó a un límite. Sujetaba su cabeza con las manos y respiraba pesadamente, como si hubiera corrido un maratón. Agitaba su cabeza para golpearla con el suelo rocoso, pero no cuello no alcanzaba, apenas rozaba su cabello, lo mismo con la pared de la roca. Agarró un puñado de su cabello y lo arrancó de un tirón, luego siguió y arrancó otro puñado, el dolor lo enloqueció y siguió arrancándose el cabello y gritando y gruñendo descontrolado. El silencio de la cueva se llenó del escándalo que él hacía con su propia tortura. Golpeaba sus manos con el piso de la cueva, lastimándolas hasta dejarlas inutilizables y sangrantes, el mismo vio las heridas, se sentía inseguro, dudaba si sus heridas eran suficientemente profundas para matarlo.

Puso su dedo pulgar entre sus dientes, lo sujetó con toda la fuerza de su mandíbula y al tirar de sus brazos comenzó a forcejear con su propia mano. Jalando y sintiendo sus dientes enterrándose en la carne ya lastimada, con cada tirón sus colmillos se incrustaban más y más en su piel hasta llegar al hueso. Al no poder arrancarlo y al estar medio cortado decidió terminar por masticarlo hasta que se corte. El sufrimiento era indescriptible, gritaba salvajemente y con locura. Agitaba su cabeza mientras masticaba y daba tirones con su otro brazo.
La sangre brotaba de su pulgar arrancado a su boca y se deslizaba por su cara hasta el suelo que se llenaba de los chorros que salían de su mano. Escupió su dedo y tuvo una visión de su mano sangrante, con el pulgar arrancado, ya no brotaba más sangre, ya no había más, toda estaba en el suelo de la cueva, pero la luz que iluminaba su mano venía de los cascos de los exploradores al otro lado. Habían escuchado sus gritos y acudido a su rescate pero él no pudo escuchar su respuesta porque sus propios gritos lo ensordecieron. Pudo mirar a los ojos a un explorador pero todo se oscureció a su alrededor, la respiración se detuvo y el sufrimiento se detuvo para siempre.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Visitante nocturna

La tarde había pasado tranquila en mi mansión de invierno. Me disponía a disfrutar de una deliciosa cena cuando tocaron a la puerta, era un poco tarde y se me hizo extraño que alguien llamara, me acerqué a la entrada y pude ver a una persona de apariencia oscura ante la puerta de mi mansión que con voz pausada y ronca me dijo —La Condesa ha sufrido un percance en la carretera, justo a la vuelta de la vereda, necesita asilo y está dispuesto a pagar por él si es bien recibida— Dicho esto, metió una mano en la gruesa piel de animal que lo tapaba del frío y la helada que estaba haciendo afuera y sacó un pequeño bolso de cuero que, por el sonido que hacía al agitarse, asumí eran monedas de alguna denominación.

Muy cordialmente, pero con una sospecha natural, le respondí—Si su señora necesita asilo, está bienvenida a mi casa para cuando desee venir, no se preocupe por el dinero que en esta casa abunda, llame a su señora La Condesa y dígale que aquí hay cama y comida, también dispongo de caballos y carruaje personal—. No estaba seguro si lo había tomado con descortesía, si en realidad él era grosero o si lo ofendí de alguna manera, pero dejó caer la bolsa de monedas al piso dejando su mano al aire, enseñando sus largas uñas, serrando sus dedos en un puño que volvió a desaparecer entre las pieles. Yo me sentía seguro, ya que en cualquier momento podría llamar a los sirvientes y con la colección de armas que poseo podría defenderme de cualquier demonio.

Poco a poco, la figura se perdió entre la oscuridad del camino. Mi cena ya se había congelado (literalmente), pero le pedí a los sirvientes que no la calentarán aún, esperaría a que llegara La Condesa. Me senté en mi sala a esperarla. Todo era tranquilo, la chimenea ardía suavemente, como si fuera carbón encendido, me hundía cada vez más en la seda morada de mi asiento y ante el espectáculo de los copos de nieve que caían fuera de mi ventana mi cuerpo se sintió relajado, mis ojos empezaron a cerrarse. Intenté leer el viejo libro de ciencias que tenía al alcance, pero mis ojos se fueron cerrando lentamente hasta que, cabeceando, me quedé dormido.

Soñé que estaba en mi alcoba, sentado en un cómodo asiento y que alguien golpeaba fuertemente la puerta de mi cuarto, como si estuviera enfurecido, pero la fuerza de sus golpes era sobre humana. Fui a mi armario, tomé un cuchillo, un fusil y una espada oriental afilada. Me acerqué con cautela a la puerta, la tormenta había empeorado y granizo, rayos, truenos y fuertes vientos agitaban la mansión de madera, los cansados tablones rechinaban y los golpes en la puerta de mi cuarto continuaban, a punto de abrirla con el próximo golpe, pero sin ser exitoso. De la nada, una rama de árbol hizo un hueco a través de la ventana y destruyendo un hermoso piano, haciendo un ruido horrible, dejando entrar el viento y el granizo. A los pocos segundos la tormenta se detuvo, todo parecía estar en calma, sostenía fuertemente la espada con una mano y el fusil con la otra, pero me relajé y bajé la guardia. Al voltear a la puerta noté que se había abierto. Todo estaba oscuro pero pude ver unos ojos rojos llenos de odio encandeciendo en la noche. Unas garras salieron de la oscuridad y antes de que pudiera reaccionar un toquido en la puerta de mi mansión me despertaron.

Enseguida me levanté, un poco sudoroso y fui a recibir a quien pensaba sería La Condesa. Al abrir la puerta observé a una joven de belleza espectral, tenía un aire angelical y a la vez despiadado, como de alguien puro que ha tenido que cometer muchos errores. Su vestido rojo con bordados de oro y sus collares de piedras preciosos hacían notar de inmediato su nobleza. Entró a la casa sin decir una palabra y sin preguntar, parecía sentirse como en casa. Y la guié hasta el comedor. Noté que sus ropajes no eran adecuados para el frío que estaba haciendo, era indudable que se dirigía a una cena de gala o alguna corte muy fina. Yo me sentía un poco avergonzado, un Señor no puede ostentar los lujos que una Condesa pudiera necesitar, pero no pareció importarle lo humilde de mi casa. Le señalé la entrada al comedor pero no quiso, en lugar de eso se acercó a una sala oscura donde tenía un piano empolvado por falta de uso, se sentó, levantó la tapa y empezó a tocar.

Las cuerdas del piano vibraban a un ritmo decadente, una melodía siniestra que me apuñalaba directo al corazón. Pero, de alguna manera, esa emoción que sentía me gustaba. Estaba convencido de que la condesa había estudiado y practicado con este magnífico instrumento durante toda su vida y era una maestra. Al terminar quedé totalmente impactado. Era casi la una de la mañana, no había pasado una hora de conocer a la Condesa y mi corazón palpitaba lleno de pasión. La Condesa se levantó del asiento y con delicadeza bostezó, en su mano un anillo con una esmeralda de muchos kilates llamó mi atención por su excentricidad. —Tal vez desee descansar, mi Condesa— Le dije haciéndole una reverencia. —La tormenta es fuerte y tengo una alcoba abrigada que mandé arreglar para cuando usted llegara. Su sirviente puede tomar mi transporte para usarlo a sus órdenes por la mañana, se lo obsequio, pero ahora debe descansar—. Su piel era pálida, sus labios estaban un poco morados y sus movimientos eran lentos. Debió haber pasado un largo rato en la helada. La acompañé al primer piso, donde mis sirvientes habían preparado la alcoba con perfumes y mis mantas más finas.

Al entrar a la alcoba, mi visitante nocturna se dirigió a la ventana y trató de abrirla. De un brinco, me dirigí hacia ella y la abrí yo mismo. La tormenta ya se había calmado, pero una brisa llenó toda la habitación con un aire denso y tenebroso, como aquel de mi sueño. De entre las nubes, la luna lucía pequeña, casi podía uno percibir lo lejos que estaba, daba un sentimiento de vacío y nostalgia, como la que se siente estando fuera de casa. Tenía frío, mis manos estaban heladas y mi cuerpo se entumecía con el fresco, pero pude sentir su mano sujetando a la mía, congelada, pálida. La Condesa me miraba con fascinación, como se miraba a una estrella. A la luz de la luna, volví a tener ese sentimiento intenso y oscuro que atravesó mi corazón como una daga, aquel malvado impulso que surge de las entrañas del infierno, era la luz de la luna y su melodía los que me enloquecían.

Sin dudarlo un instante más, tomé su cintura y su cuello y la besé, ella me respondió me abrazó mientras me devolvía el beso, yo la besé en la frente, luego en la cien, mientras ella besaba mi mejilla y suavemente mordía mi oreja, bajando por mi cuello. Fue ahí cuando un dolor intenso me dejó inmóvil y con la boca abierta. Pude sentir la sangre que fluía de mi cuello y cómo la Condesa enterraba sus colmillos en él. Sufría pero no podía defenderme, había algo malvado que llenaba mi alma y deseaba seguir. Cerraba mis ojos y apretaba mis dientes, mientras mi respiración se hacía más profunda y más profunda. Sujeté mis brazos a su espalda y su cintura. Ella seguía bebiendo y yo cada vez me sentía más débil. Cansado. Mi energía se iba perdiendo lentamente. Mi vista se nublaba. Estaba a punto de desmayarme.

Desperté en la mañana, La Condesa se había ido. Durante en el desayuno mi sirviente me informó que cerca de las 5 de la mañana un carruaje se había detenido en la puerta y juraba que vio a alguien salir de la casa, subirse en él y perderse en el amanecer. Supuso que era la Condesa y no me despertó al momento. Y fue lo último que supe de la Condesa y de esa extraña noche. Pero jamás olvidé la sonata que cautivó mi corazón y su extraña mordida a la luz de la luna. De la Condesa ahora sólo tengo las cicatrices de sus dos colmillos en mi cuello.

viernes, 6 de noviembre de 2009

La última noche del vampiro

Era de noche en la ciudad. En una casa, un hombre yace en su cama con las luces apagadas. Su rostro era pálido y sus ojeras hacían notar que no había dormido en mucho tiempo, su cuerpo estaba hecho un esqueleto, su cabello era largo pero sucio y empolvado. Su mirada estaba perdida en sus pensamientos, movía la boca pero no decía nada, respiraba pesado, como un animal viejo esperando la muerte. Giró su cabeza hacia la ventana y luego hacia el reloj en la pared. Las telarañas en la habitación hacían difícil distinguir las manecillas, sumadas a la oscuridad y al cansancio, pero en la cara del hombre se retrató una extraña sonrisa. Lúgubre como aquella de la parca, pero con poca esperanza. Pareciera que sonreía a pesar de saber que su felicidad no duraría suficiente para disfrutarla.
Después de un suspiro lento y profundo, levantó su cuerpo de la cama, su ropa parecía desprenderse de las sábanas y una nube de polvo se levantó cuando sus botas tocaron el suelo. Permaneció sentado en la cama unos momentos. Lo que fuera que susurrara no se entendía y era un sonido tan bajo que sólo él mismo lo podía escuchar. Parecía que repitiese lo mismo una y otra vez, como si quisiera convencerse de algo.
Con pesadez, se paró de la cama, caminó hacia la ventana y tiró de una cuerda para jalar las cortinas. Pudo ver el exterior, una capa de nieve cubría los techos de las casas y los árboles, las calles estaban vacías. Su cara era seria, pero un poco triste, sin esperanzas. No sabía que hacer, estaba confundido, sentía culpa. Su existencia misma era dolorosa, sufría al conservar su cuerpo de pie, su mente estaba cansada, aquello que lo mantenía con vida era misterio.
La luz de la calle se colaba por la ventana del cuarto, su sombra cruzaba la habitación, sus dedos largos con uñas crecidas se proyectaban por todo el piso hasta la pared. Pudo ver el reloj, había pasado una hora de tristes reflexiones. Regresó a su cama y eso le tomó una eternidad, volvió a reposar boca arriba sobre su cama, con la ropa puesta y la mirada perdida. Las capas de polvo que levantó al tirarse sobre las sábanas ya se habían acumulado sobre él y todo parecía muerto. Se respiraba un ambiente de tristeza.
Las horas siguieron pasando y empezó a amanecer. Los rayos de luz se colaron por la ventana, la cortina no estaba cerrada. Al instante, la piel del vampiro empezó a arder. No se movió, no hizo un intento por cubrirse, ya nada le importaba. Miraba su techo cubierto de retratos y postres del amor de su vida, que se ennegrecían rápidamente a medida que las llamas iban devorando la habitación. Un estante lleno de discos prendió instantáneamente y ardió con tal fuerza que pedazos de madera y plástico encendidos volaron por todas partes. Finalmente, el fuego llegó a una pila de periódicos y revistas en una esquina de la habitación, todos hablaban sobre la misma actriz, sus fotos y recortes se convertían en cenizas, uno por uno. Desde aquel que hablaba de su glorioso ascenso, hasta el último, que describía el último día de su vida y la tragedia de su muerte.

El oscuro mundo de PouKii

¿Quieres leer una historia de terror antes de dormir?
¿Una que nunca hayas escuchado?
¿Aquella que podría ser tu historia?

El oscuro mundo de PouKii será el último destino para las almas vagabundas.

Dicen que antes de morir, PouKii te cuenta una historia de terror y si duermes esa noche, tendrá una pesadilla y ese último sueño borrará cualquier recuerdo alegre sobre la vida y te hará aceptar con más decepción la muerte.

En la oscuridad no hay nada. Todo está en tu mente.

Si mueres en tu mente, tu cuerpo deja de funcionar.

¿Qué se siente morir?... (duele mucho…)

Nunca estás sol...

...Fin