viernes, 27 de marzo de 2015

312 – El vórtice.






                Ciudad Beta, una hermosa metrópolis como el mundo nunca había visto. Sus rascacielos se elevaban por encima de montañas. De día, el calor tornaba al asfalto y al concreto de pálido gris. En algunas zonas la luz del sol no alcanzaba a tocar el suelo, pero sus brasas quemaban los techos de los edificios, sobre algunos de los cuales fueron plantados jardines verdes. Las paredes dominaban el paisaje como un laberinto. Allá abajo, sobre el suelo, la gente caminaba a las sombras de las construcciones y el ambiente olía a aire acondicionado que refrescaba los pulmones de una insípida sensación que al exhalarse desaparecía y generaba un efecto de vacío que regresaba al inhalar de nuevo.
                La ciudad no sucumbía al pesar de la noche sino que se alimentaba de ella, cobraba vida y brillaba aún más por de millones de ventanas que pintaban las texturas de un tenue color azul marino oscuro, apenas perceptible. En el suelo, las calles poseían la misma cantidad de iluminación, pero los poderes nocturnos teñían el gris opaco del día por ese tono cerúleo de la profundidad de los océanos.
                Ciudad Beta fue devorando pueblos y ciudades en su expansión. Las pequeñas escuelas de estas poblaciones fueron demolidas para construir grandes instituciones educativas en los alrededores de la ciudad, pero la metrópolis nunca dejó de crecer y aún esos edificios más modernos parecían agujeros oscuros pues su altura no competía con los rascacielos inmensos que lucían como titanes inmortales, algunos de los cuales sobrepasaban los cien pisos.
                Los miles de focos de las escuelas estaban encendidos día y noche. El cielo estrellado rara vez era visible desde esa altura; Esto es debido a los titanes de concreto que rodeaban la institución y por la intensa contaminación lumínica que generaban. Por esto, los estudiantes poco habituados estaban a levantar sus cabezas, pues, sobre ellos, sólo existía la vista pálida y monótona de un cielo sin estrellas. El sutil ruido de las hojas rascándose unas contra las otras al empuje de las brisas que llegaban hasta esas alturas a veces llamaba la atención del oído de los estudiantes y maestros que pasaban cerca de los árboles plantados en perfecto orden en los jardines de las escuelas, sin que estos dieran uso de su cuello o sus ojos para voltear en búsqueda del origen de tal sonido.
                Esa tarde, el viento no soplaba y el  rasguño de las hojas al rosarse sus bordes entre sí sonó a un ritmo más descontrolado de lo usual. Esto llamó la atención de dos alumnos que cruzaban cerca de ese lugar, virando sus miradas ligeramente más alto que la línea del horizonte hacia la copa uno de los 5 árboles que se enfilaban junto al muro de la escuela, tan altos que daban sombra a los primeros cinco pisos de los edificios en la manzana continua. Algo hacía que se agitaran las ramas de aquel que se encontraba en medio de esa hilera.
                Diana y German, de tercer grado de primaria, curioseaban para resolver el enigma de qué podría estar moviendo a esa planta de tal forma. Sus zapatos negros eran del mismo color que sus cabellos; corto de él y largo el de ella. Las mochilas que cargaban eran idénticas excepto porque una era rosa y la otra azul y por los dibujos de un poni, en la primera, y un soldado, en la segunda. Sin embargo, los intentos de ambos resultaron infructuosos en averiguar qué sucedía entre la vegetación. A pesar de esto, lograron llamar la atención de otros alumnos que, extrañados de verlos con la cabeza apuntando hacia arriba, se acercaban y giraban sus sentidos hacia las hojas en movimiento.
Intrigados todos, a algunos de ellos comenzó a entrarles el miedo y preferían no ver, pero la curiosidad siempre les ganaba y volvían a mirar. El resto se acercaba tanto como podía o rodeaban el tronco para observar el fenómeno desde otros ángulos. Por momentos, el movimiento se detenía y las hojas volvían a bailar al compás del viento, pero luego se agitaban arrítmicamente. Arturo, un niño de sexto, se situó junto al tronco e intentó treparlo, pero sólo logró ensuciar sus ropas. Otro consiguió hacerse de un palo de escoba y se lo pasó a Arturo, que era el más alto de ellos, para que intentara abrir un espacio en el follaje que permitiera inspeccionar con más claridad, pero era inútil pues el palo, de apenas metro y medio, ni si quiera llegaba a las primeras ramas, a tres metros de distancia del pasto.
Tras el paso de varios minutos, la escena de decenas de niños volviendo sus cabezas hacia el árbol, atrajo a adultos cercanos: Un par de maestros y el conserje; Algunos infantes les informaron que “había algo” y este rumor se expandió entre los demás. En breve, ya cada uno tenía en sus cabezas historias de qué era lo que había y cómo llegó hasta ahí, siendo el cuento de que un gato estaba atrapado el más popular, pues la mayoría escuchó del conserje salir esa palabra, y aquel de que un extraterrestre se ocultaba para espiarlos y robarles sus dulces la que gustaba a menos. Esta última historia enunciada por un niño regordete que se quejaba y preocupaba constantemente de la desaparición de sus meriendas. También, la idea de que un pájaro tenía ahí su nido fue suficiente para  aburrir a un puñado de estudiantes que se alejaron y siguieron con lo suyo.
El grupo se hizo más grande cuando, por órdenes del director de la escuela, que ya se encontraba en el lugar con su secretaria y un grupo de maestros aduladores que lo seguían a todos lados, siempre asintiendo tras cada orden que él les daba en un intento de ganarse su afecto y un puesto mejor pagado y que requiera menos vocación que dar clases a los alumnos, el conserje trajo una escalera y la clavó al pie del árbol, en la tierra fresca debajo del pasto verde, apoyándolo en el tronco. Con un par de guantes de Kevlar, William trepó pensando que rescataría a un felino que se subió y no supo cómo bajar. Por esto, pidió amablemente a los niños que se hicieran a un lado, por si el animal caía de repente. Conforme ascendía, su cuerpo se fue sumergiendo en la espesura hasta que sólo sus botas enlodadas eran visibles y, mientras lo hacía, la zona donde las hojas se agitaban se convulsionó aún con más intensidad.
Repentinamente, un rugido grave como el croar de un sapo alcanzó a oírse a varios metros a la redonda, seguido por un doloroso y seco quejido de William quien bajó de inmediato, tapándose uno de sus ojos con la mano: De su cara escurría sangre y la mayoría de las niñas gritaron al unísono ante la escena. Algunos varones emitieron ruidos huecos de asombro. El conserje urgía una ambulancia y el director indicaba que se trajera a los bomberos también, mientras los alumnos sollozaban y varios maestros trataban de calmarlos afirmando que no se trataba de una herida profunda y pronto se pondría bien. Pero lo que asustaba más a los infantes no era la sangre sino aquello que sus imaginaciones le indicaban que estaba en ese árbol. Ya no era simplemente un gatito, ahora se trataba, según sus mentes jóvenes, de un monstruo horrible y, si “casi mataba” a un adulto, ellos poca oportunidad tendrían de defenderse contra tal abominación.
William no sabía qué era, le pareció ver algo gris que se movía, luego escuchó el sonido y, al voltear, fue golpeado por un objeto delgado. Para él, quien presenció de cerca los hechos, era incierto si lo golpeó una rama, fue arañado por un gato o algo más peligroso se ocultaba ahí. De cualquier forma, no volvería a subir, pues les bastaba con saber que la herida le abrió la piel por encima del ojo, sin que su vista se afectara, más allá de las gotas de sangre que le escurrían de su ceja.
Tras minutos de agitación, llegó una ambulancia y los paramédicos se encargaron de atender al conserje que no quería saber nada ni que le preguntaran al respecto. Después llegaron los bomberos; tras explicarles la situación por el director, pensaron que se trataba de algún animal acorralado, por lo que estacionaron su camión sobre la acera, junto al muro, y elevaron su escalera mecánica hacia el árbol. Armado con una red y sus ropas gruesas, además de su casco, un bombero se internó en las profundidades de la copa intentando resolver el misterio. En la calle, muchos curiosos se acercaban y tomaban fotografías con sus celulares del evento, sin saber qué era lo que ocurría. Casi todos aquellos que preguntaban, se iban satisfechos con la respuesta de que probablemente todo el alboroto era originado por un felino.
Los segundos se hicieron eternos, en especial para los alumnos de la escuela, mientras el valiente bombero se sumergía en el enigma. Pero el mismo rugido agudo resonó y la escalera se estremeció. Esta vez, el rugido se repitió numerosas veces, hasta que el cuerpo del bombero cayó dentro de la escuela, sobre el pasto al pie del tronco... Inmóvil. Sus ropas estaban tan rotas como ensangrentadas y no tenía su casco, pues se quedó colgando de una rama. Los paramédicos corrieron a asistirlo, pero mientras lo subían a la camilla todo el árbol tembló y una luz cegó a todos aquellos que no estaban cansados del cuello de tanto observar hacia arriba.
Una corriente de aire estremecía la escuela y las calles a su alrededor y del cielo brotó un vórtice de luz que sumergió todo en una blancura total, cegando a todo aquel abriera los ojos, incluyendo a los paramédicos que buscaban signos vitales en el bombero caído. En ese instante, que fue eterno para muchos, los sonidos de la ciudad se silenciaron por un instante y sólo el extraño croar hizo eco en las mentes de los espectadores. A este ruido grave le respondió uno similar, proveniente de la fuente de luz sobre los edificios
Cuando las sombras regresaron para darle forma y profundidad a los objetos, el árbol había perdido gran parte de sus hojas y sus ramas ya no se agitaban más que al ritmo calmo de la brisa natural. El bombero en el suelo se desangraba agonizante y con sus últimos esfuerzos trataba de susurrarle algo a los paramédicos, pero estas palabras no alcanzaban a ser lo suficientemente legibles como para que tuvieran sentido. Así, mientras lo subían a una camilla, su cuerpo se relajó por completo.
De lo sucedido ese día corrieron muchos rumores, pero la mayoría concordaba en que se trató de un extraño y misterioso fenómeno inexplicable. Algunos creían que el bombero intentó decir “Están aquí”; otros, afirmaban que sus últimas palabras iban dirigidas a su esposa; Lo que es seguro, es que esos alumnos no olvidarán ese croar o la columna de luz que a su escuela bajó en forma de vórtice.

viernes, 9 de enero de 2015

311 – La Jauría.



         

       En ciudad Beta, los rascacielos son el paisaje principal, como los árboles en un bosque. En este bosque de edificios se puede avistar claros de vez en vez, claros de árboles de verdad que al ser más pequeños que sus contrapartes de acero y concreto terminan viéndose como huecos desde los techos de las construcciones. Estos claros de árboles eran parques, las pocas zonas verdes de la ciudad, donde aún el pasto crecía verde y las luces no eran tan brillantes.
                Los parques de Ciudad Beta, así como las calles y demás, llevaban una numeración de acuerdo a la zona donde se encontraran, sin embargo, todos eran casi tan idéntico uno del otro, como lo las diferentes sucursales de los súper mercados. Los mismos árboles de copas altas y pinos, con un pasto común y corriente y algunos arbustos esparcidos por ahí, generalmente podados con figuras de animales y otros símbolos conocidos. Aparte del pasto, estos sitios estaban bardeados por una cerca de concreto con rejas de hierro que se elevaban un par de metros. Diferentes entradas o “puertas” se hayan distribuidas en cada lado de la manzana y estas se unían a través de caminos de cemento que serpenteaban y se cruzaban un par de veces antes de llegar a entrada del lado opuesto. Como si fuera una isla, todo el complejo estaba rodeado de avenidas que parecían ríos de autos que lo bordeaban.
                Algunos ciudadanos de Beta encontraban en los parques una experiencia nostálgica. Sólo aquellos que vivieron en sitios apartados de la civilización, donde la naturaleza aún ejercía su influencia, disfrutaban de estos espacios abiertos y libres de aparatos electrónicos. Aunque se hallaban rodeados de columnas grises iluminadas por miles de ventanas, no podían evitar sentir cierta frescura en el aire, como si todo allá irradiara vida. La gente aprovechaba para ejercitarse al aire libre, desde corriendo, patinando, trotando, caminando o en bicicleta, hasta aquellos que llevaban sus equipos de pesas, mancuernas, mantas para hacer yoga, aros de hula-hula y pelotas de todos los deportes. También estaban quienes debían trasladarse de un edificio a otro y decidían atravesar el parque para descansar, aunque sea por breves minutos, de la ausencia de color de sus respectivas oficinas y negocios, con el verde del follaje y el crujir de las hojas secas bajo sus zapatos.
                El desfile de personajes que marchaban todo el tiempo por esos parajes iba de gente con trajes de colores muertos y zapatos negros, jóvenes y viejos con ropas deportivas que cargaban botellas de plástico con bebidas energéticas, familias que empujaban carritos de bebés, obreros con guantes de Kevlar y casco amarillo de seguridad, personas paseando a perros de todos los tamaños, razas y colores, gente uniformada y hasta uno que otro vagabundo con ropas harapientas que rondaban en búsqueda de tesoros. Y todos estos seres, cada uno de ellos, estaban conectados a un dispositivo electrónico, por lo menos, pues había gente que poseía dos o tres aparatos colgados en el cinturón o repartidos en las bolsas de su ropa. Todos, exceptuando a los perros y a los vagabundos.
                El día 11 de diciembre circulaba con normalidad. El ruido de los motores de los autos, el claxon, millones de personas comunicándose a través de sus celulares y hablando al mismo tiempo mientras caminan, venden o hasta en el baño. La metrópolis vibraba como unas bocinas en un gran concierto y burbujeaba como un vaso de cerveza siendo servido. En el parque No. 293 de la sección C, una reportera y su equipo entrevistaban ciudadanos para un programa de la vida diaria, para el canal de noticias de Ciudad Beta. Reportajes sin contenido real que sólo reforzaban los estereotipos, valores e ideales del status quo contemporáneo patrocinados por las empresas interesadas en imponer tales valores.
La entrevistadora le preguntaba a las personas sobre cuál era su opinión sobre las elecciones que tendrían lugar próximamente, mientras su camarógrafo regordete grababa y otro asistente, más pequeño y delgado como un duende, enrollado en cables, hacía un esfuerzo por no tirar el café de su jefa porque un pequeño perro insistía en meterse entre sus piernas. Las respuestas de las personas contrastaban unas de las otras. Había quienes apoyaban a un candidato y al otro, quienes preferían no opinar y otros que no tenían idea de quién era quién. Varios afirmaron que desconocían que las elecciones tendrían lugar y otro interrumpió apurado a la reportera buscando un baño.
Con unos minutos de la opinión de un puñado de personas, la renombrada periodista estaba por dar por terminada su investigación, cuando otro hombre la interrumpió…
Frente a ella se encontraba un ser espantoso. Sucio, demacrado y maloliente. Apenas manteniéndose en pie, aferrándose a un carrito de supermercado oxidado con sus manos cuyas uñas crecidas y amarillas comenzaban a enrollarse. La tela de su ropa estaba manchada por una variedad de sustancias, desgastada y agujereada, de un color gris tan opaco como nubes de tormenta. Como la sombra de un viejo árbol muerto o un zombi andante. Calzaba unas sandalias amarradas con cuerda de tendedero en sus pies mohosos. De su boca con pocos dientes amarillos surgía un olor tan fulminante que podría ser usado como arma química. El nudo de su cabello jamás podía ser desenredado y la costra de mugre que esa red atrapaba seguiría en esos pelos, aún después de numerosos baños. Temblando, como tambaleándose, se esforzaba por enfocar a la dama con sus ojos llorosos y atiborrados de lagañas sólidas. La barba grisácea de su rostro estaba tan seca que podría fracturarse como papel quemado.
¡Tú!— Tosió el hombre, como si la palabra fuera una flema que tuviera atorada en su garganta por mucho tiempo— ¿M-me… me ves?— y estiró la “s” hasta que sus pulmones se quedaron sin aire.
Nada en toda la carrera de entrevistas con estrellas de la farándula y personajes populares en los medios y en sus divertidos viajes a destinos exóticos y vacacionales  en todo el mundo la había preparado para enfrentar a un ser de una repugnancia que superaba su imaginación. Su mente difícilmente asimilaba que frente a ella existiera un ser vivo, si quiera, pues sólo veía reflejada en él la sombra oscura de la muerte, pobreza, vejez, enfermedad y locura, todos unidos en uno sólo, como si se apersonaran en una entidad que las reunía a todas y si estas fueran todas contagiosas. La sola presencia del vagabundo destruía todo el mundo que ella conocía y en el cual era feliz.
—¿Me… ves?— volvió a preguntar el hombre— ¿Me ves?— repetía. Pero ella era incapaz de comprender la situación en la que estaba, era como tener contacto con vida extraterrestre o una entidad sobrenatural y lo que este ser le intentaba comunicar era a través de su idioma extraño. Pero su cerebro hábil para encontrar patrones, como el de cualquier humano, le permitía identificar un dejo de familiaridad en los sonidos que salían del vago, como si ya hubiera escuchado eso antes, pero no podía recordar qué significaban y cada vez que el vagabundo lo repetía perdía aún más sentido.
Como si a una computadora le cayera un rayo, la mente de la periodista hizo corto circuito y las áreas más primitivas de su ser se activaron: Cerró los ojos, apretó sus párpados, puños y todos los músculos de su cuerpo y emitió un grito descomunal, agudo como un pitido. No era como una “A” extendida, ni como una “i” sino algo entre ambas. Su camarógrafo se agazapó detrás de su cámara, que era quien estaba más cerca y para quien el ser extraño era prácticamente invisible pues para él sólo era una sombra, un pedazo de basura en la acera o una mancha en el camino. Su asistente tiró su café y cayó bajo el peso de los cables.
La mayoría de los asistentes al parque tenía sus oídos tapados por dispositivos que reproducían música, por esto no alcanzaron a escuchar el grito de ayuda de la dama y continuaron con lo que estaban haciendo sin interrupción. Otro grupo de personas sí escuchó, algunos extrañados se quedaron mirando y unos cuantos rieron pensando que se trataba de una broma. Pero el vago no hizo ningún movimiento más que en su rostro donde arrugó, aún más, su entrecejo. Cuando la presentadora abrió los ojos, notó otra vez al ser frente a ella, su grito no lo había ahuyentado sino que su ahora expresaba un gesto más amenazador. Ella volvió a gritar una segunda vez, aún con más fuerza. Y la gente alrededor que alcanzaba a escuchar murmuraba y estiraban sus cuellos para poder ver mejor. Algunos sacaban sus cámaras y empezaron a tomar fotos o grabar a la mujer gritando.
El vagabundo desfiguró su cara totalmente en un signo de amargura y deprecio. Entonces, aspiró tanto aire como pudo y, con los ojos perdidos, emitió un aullido  de un poder poco visto. Era el salvajismo y la capacidad de destruir violentamente en la forma más pura que salían de su boca maloliente. Como una corriente eléctrica que atravesaba el cuerpo en un segundo, pero ese segundo duraba una eternidad y podías sentir cada parte de tu cuerpo siendo golpeada por el impacto sonoro.
Pero el viejo no quería asustarlos. El aullido no era para esas personas. Ya antes trató de comunicarse en su idioma y fracasó, ahora recurría a otros animales diferentes.
Por todo el parque, cada perro que se encontraba ahí se detuvo. Atónitos por el abrumante dominio del macho alfa, sometidos a su control total por la amenaza de sufrir su ferocidad. Fue entonces, cuando todas sus orejas estaban bien paradas y apuntándolo a él, que el vagabundo aulló una vez más. Esta vez con más brutalidad. Y los perros de todas las razas actuaron a la orden lanzándose contra sus dueños humanos. Los más grandes saltaban para derribar a sus amos y morderles el cuello, los más pequeños atacaban dando pequeñas mordidas y alejándose ágilmente.
El vagabundo seguía tronando el aire con sus agudos tonos, enervando a los caninos del parque a continuar su arremetida. No dejarían sobrevivientes. Pero los gritos de muchas personas activaron las alarmas y los mecanismos de la ciudad se activaron. A los pocos minutos llegaron los primeros policías, quienes, consternados, empezaron a disparar en un esfuerzo por salvar a los pocos que aún mostraban signos de vida y que eran agredidos por los perros. Algunos de estos últimos se abalanzaron sobre los agentes de la ley, cayendo al suelo por las heridas de las balas. Pero las bestias le temían más a su general que a su enemigo con armas de fuego, por lo que avanzaron tras ellos.
Un zoológico cercano, el equipo táctico de la policía, bomberos y un batallón del ejército se movilizaron al lugar para poder frenar la masacre a la fuerza y la batalla se prolongó por más de dos horas. Con rifles, escopetas, fusiles semiautomáticos, granadas y gases lacrimógenos lograron acabaron con cada uno de los perros en el lugar. En las calles alrededor del parque las ambulancias formaban una fila intentando rescatar a los menos heridos. Pero los pocos que sobrevivieron estaban infectados por la saliva venenosa de la jauría y morirían horas o días después por la infección. En ese parque no quedó un alma viva, exceptuando al vagabundo que se mimetizó con la sombra de un arbusto hasta desaparecer nuevamente de los ojos del mundo.

FIN

miércoles, 10 de diciembre de 2014

310 – El Vagón.



                El día y la noche dejaron de importarles a los habitantes de Ciudad Beta, una de las metrópolis más grandes y tecnológicamente avanzadas del mundo. Pues funcionaban casi las 24 horas todos los servicios públicos, trabajos, oficinas de gobierno y, por lo tanto comercios y tiendas. La gente salía a la calle a esperar el autobús, aún si fueran las 4 de la mañana o las 4 de la tarde. El metro de la ciudad nunca se detenía. Aun cuando en la noche se notaba un descenso en el tráfico, la ciudad seguía tan vibrante e iluminada a las 10 de la noche como a las 3 de la mañana.
                Juan era un joven comerciante que debía viajar por el sistema de transporte subterráneo de la ciudad cada día para movilizarse a su trabajo. Su cabello era castaño oscuro, minuciosamente peinado, excepto por un pelo que apuntaba en dirección contraria al resto, su calzado negro estaba pulcro y su camisa blanca y pantalón gris bien planchados. Cargaba siempre una mochila donde guardaba manuales, libretas y materiales que llevaba de su casa al trabajo cada día. Mientras descendía por las escaleras del metro, sus lentes se le resbalaban con cada paso que daba y debía regresarlos a la parte superior de su nariz con su dedo índice.
                Al sumergirse más y más en la profundidad de los túneles, la temperatura descendía. Todo el ruido que en el exterior era escandaloso, se amortiguaba por las capas y capas de tierra, roca, cables y concreto que separaban los andenes de la superficie. Pero no era silenciado por completo, sino que se transformaba en un solo gruñido grave y hondo, inaudible para el oído humano, pero que se sentía en los huesos como si una bestia feroz estuviera por atacar. Esto ruido estaba orquestado por el ir y venir de los vagones y el marchar de los cientos de personas que recorrían el sitio.
                Tratando de concentrarse en su menester, cansado, su mente se esforzaba por pensar, mientras se adentraba más en el subterráneo. Pero ideas que para él antes hubieran sido anécdotas de poca importancia, hoy aparecían como dudas en su cabeza. Cuando otros encontraban placer en el entretenimiento común, Juan disfrutaba de hacer cuentas; mientras la gente a su alrededor iba a fiestas, banquetes, bebían alcohol y disfrutaban del sexo, él alegremente deducía impuestos. Sin embargo, cuando su disciplina flanqueaba, su mente se rebelaba y se atrevía a soñar.
                Tan preciso era con su rutina, que incluso podía determinar cuánto esfuerzo estaba haciendo, para no sobrepasar sus límites y así estar listo para seguir trabajando como le gustaba. Pero una metrópolis como Ciudad Beta podía estresar y cansar hasta al más habilidoso de los monjes budistas. De forma que, en un parpadeo apenas más largo que los demás, ideas aparecían en su mente. Ideas que para él eran tan locas y absurdas, que sólo duraban unos segundos para ser descartadas por sus pensamientos usuales. En estos momentos pensaba en tomarse unas vacaciones, descansar, detenerse un segundo a respirar con calma, darse algún placer o distraerse con banalidades improductivas.
                El sólo pensar en cuán desquiciada era esto, mientras bajaba esos escalones, lo llevaban a concluir que estaba cansado y lo regresaba nuevamente a una playa, con una bebida alcohólica, de las que aborrecía tanto, a un lado, escuchando el sonido de las olas del mar y el canto de las gaviotas, descansando. Entonces se quitaba los lentes con una mano para frotar sus ojos, sin dejar de caminar, y regresaba a sus pendientes. Concentrándose en dirigir su cuerpo hacia el andén indicado, aun cuando prácticamente su cuerpo se movía sólo en la dirección correcta, tras tantos años de práctica.
                Repentinamente sucedió un hecho casi inédito, un fenómeno que rara vez había presenciado Juan. Su boca comenzó a abrirse lentamente, mientras jalaba una gran cantidad de aire y sus ojos se cerraron repentinamente. Cuando su pecho se infló por completo, se dio cuenta que estaba bostezando —¡Como si fuera la hora de dormir!— exclamaba burlándose de sí mismo y a sus adentros. Esta infamia le causó tal hilaridad que le dio bríos a sus ánimos. Al cerrarse su boca, se esbozó una sonrisa tenue de un lado de su boca. Imperceptible para cualquiera, menos para él que podía sentir los músculos esforzándose de más, como alguien tratando de levantar un auto con la manos.
                Al relajar su gesto, sintió alivio. Encontró placer en el descanso, aunque sea de una sola porción de su cuerpo. Le tomó todavía unos pasos más en darse cuenta de esto. Cuando dio la vuelta para entrar al siguiente túnel, bajó la guardia y el pensamiento de unas vacaciones ya no le parecía tan ridículo. El ir a una fiesta a intoxicarse con la música, la bebida y placeres carnales incluso eran una posibilidad. De inmediato, su cerebro se echaba a andar como un motor de gasolina y empujaba la diversión a un lado, como un régimen que controla todo y no permite que nadie escape. Y sus ideas iban y venían hacia un lado y hacia el otro batallando.
                Para no desquiciarse, llegó a un acuerdo con su consciencia. Olvidaría las ideas de libertinaje, con la condición de que, en algún momento del día, organizaría un viaje o unas vacaciones programadas operacionalmente con costos, tiempos y lugares. Inspirado por la idea de que, necesitaba descansar si quería seguir trabajando. Así, los músculos de su cuerpo regresaron a la tensión de siempre, de un hombre recto y estéril, que para él era su postura normal y siguió hasta detenerse frente a los rieles, junto con un puñado de gente.
                En el andén había sillas para sentarse a esperar mientras llegaba el tren ligero, pero Juan se decía a sí mismo, con cierto orgullo “Ya habrá tiempo para descansar en las vacaciones”. Pero esto lo enfadó otra vez, había llegado a un acuerdo de que dejaría de pensar en su descanso para concentrarse en lo que era importante en ese momento. Sólo que esta vez, sentía cierta injusticia en sus planes. Quizá lo que él deseaba no era planificar un descanso, sino alocarse y despabilarse. Quizá él deseaba desenfrenarse por un momento de su vida y su viaje programado era demasiado recto para satisfacer esta obsesión.
                El túnel por donde pasaban los rieles se iluminó, anunciando la llegada del metro. Miró su reloj y notó que marcaban las 11:10 pm. En ese instante, y en menos de un segundo, recordó las historias que se contaban sobre el último vagón del metro. Cuentos de libertinaje y placeres sin ataduras. Leyendas de una fiesta sin reglas donde todo era válido y lo único que importaba eran los deseos carnales depravados. Al acercarse rápidamente, el ruido que emitía el tren hacía que todo se inundara de esa canción terrorífica, mecánica, metálica y eléctrica. 
                Cuando el tren se detuvo, Juan miró el último vagón y sus luces estaban apagadas, nada de lo que pasaba ahí adentro era visible desde el exterior. Quizá adentro tampoco habría luz, lo cual activaba de inmediato los otros sentidos. Entonces, las puertas de todos los vagones se abrieron, Juan estaba a tres vagones del último y desde su lugar no apreciaba que la luz se sumergiera en esas entradas abiertas. La curiosidad y la duda lo mataban. Corrió hacia la penumbra abismal y el miedo que sentía lo motivaban a acelerar su paso, antes de que el portal se cerrara, lo cual sucedió en el instante que puso ambos pies dentro de El Vagón.
                El tren comenzó a moverse, pero dentro de esa negrura era imposible saber lo que lo rodeaba. Estiró su mano para pegarse a una ventana y de ahí se arrastró por la pared del vagón unos centímetros hasta topar con un tubo metálico del cual sujetarse. Aferrada al mismo tubo, una mano se deslizó hasta detenerse tras topar con la mano de Juan y esta mano siguió el camino hasta su brazo y antes de que Juan tuviera tiempo de saber cómo reaccionar, otras manos lo sujetaron, pero ahora lo tomaban de la pierna y se escurrían por su espalda.
                Juan estaba pasmado, paralizado. Las manos que lo toqueteaban se aventuraban cada vez más a rincones donde pocos habían estado. Una parte de sí le decía que se dejara llevar y la otra temía por lo que tal libertinaje le pudiera ocasionar. El olor a alcohol apareció del vacío y luego explotó el sabor de algún coctel barato con gran cantidad de ron en su lengua y sus labios se presionaban por la botella que le era pegada a la boca. Y mientras más alcohol tomaba, más su cuerpo se dejaba llevar.
                Apenas habían pasado diez minutos desde que entró en el vagón y ya estaba mareado por el alcohol y el calor que hacía en ese lugar, cuando el color blanco lo cegó. Las puertas del metro se abrieron en la siguiente estación, pero lo único que entró fue algo de aire fresco. Cuando se cerraron y el tren continuó su camino, la fiesta se reanimó. Hombres, mujeres y más criaturas se dejaban llevar por sus perversiones y disfrutaban de sus cuerpos unos con los otros sin límites. Juan había olvidado ya donde comenzaba su cuerpo y empezaba el del resto del grupo.
                Más adelante el tren volvió a detenerse, sus accesos se abrieron y de inmediato todos pudieron ver a una mujer joven que se metía al vagón, pero lo hacía con la calma de quien han perdido el miedo a lo desconocido. Las puertas se pegaron nuevamente y la fiesta y el vehículo continuaron. Las manos rápido desterraron de sus ropas a las recién llegada y su cuerpo se unió al resto del grupo. El éxtasis alcanzado por la orgía era algo espiritual. Su mente se desgarraba y dejaba de ser una persona para convertirse en muchos y no tenía y tenía, a la vez, control sobre su cuerpo y el de los demás.
                Tras parar en la siguiente estación, el portal se volvió a manifestar fuera del vehículo y un hombre con un gorro y traje cruzó el umbral entre la luz y la oscuridad corriendo justo antes de que el portal
El tren no se detuvo en la siguiente estación, continuó su camino cada vez más y más rápido, como enervado por el ritual venéreo. Era como un demonio que se aceleraba y empujaba el vehículo con más fuerza dentro del túnel hasta que, en una curva, los vagones delanteros se volcaron y desprendieron del resto hasta rodar, como una licuadora, disparando trozos de las personas que ahí se encontraban por todo el lugar.  El accidente fue tan brutal que prácticamente nadie sobrevivió, excepto aquellos que se encontraban los vagones finales, como Juan, que sólo sufrieron daños menores y unas pocas secuelas psicológicas.

                FIN

lunes, 30 de junio de 2014

309 – La Anomalía.





                Era un día soleado en Cuidad Beta, una de las metrópolis más grandes de La Tierra. Los rascacielos se elevaban como islas en un mar vacío que era el cielo. Dentro de estos edificios, las televisiones se encontraban prendidas, recibiendo todo tipo de señales. En el departamento 240 del piso 22 de uno de estas construcciones, un experto en mecánica veía el noticiero local. Los escándalos políticos cubrían la hora completa del programa. Su vecino, un profesor del departamento 241, sintonizaba la repetición de un viejo programa de comedia. Tan antiguo que su moderna televisión tenía problemas para transmitirlo con el formato original.
                En las salas de espera del hospital Beta7 un programa de concursos distraía a los parientes de los pacientes que esperaban impacientes. En el Estadio Ballena Azul, se proyectaba en una pantalla descomunal una grabación de lo que pasaba en el campo, pero la calidad superior del video hacía que los espectadores prefirieran observar el dispositivo eléctrico más que a los propios jugadores. Un hombre se bañaba con la puerta abierta en su departamento de soltero para poder ver la televisión de su sala, donde un presentador del clima aseguraba los pronósticos indicaban que ese día no llovería o habría poca probabilidad de precipitaciones.
                Pero no todos tenían su vista clavada en la caja idiota. Algunos ciudadanos encontraron un último espacio de esparcimiento en el techo de sus edificios, tras la conquista de estos últimos del suelo, en las alturas podrían ver el paisaje, y no sólo muros de concreto, disfrutar del clima, diferenciar del día y la noche, pues, bajo los edificios, las calles estaban iluminadas por el poder de la electricidad, creando un día eterno. Desde floricultores que plantaban coloridos jardines llenos de vida sobre la cima de los edificios más grises y estériles, hasta amantes y amigos y cualquiera que hubiera descubierto el secreto de las azoteas que hallara la forma de subir.
                Uno de estos jardineros salió con su regadora en mano, llena de agua, listo para hidratar su cosecha. Pero al subir, notó que todo estaba mojado y húmedo. No había más que una nube negra y densa, pero solitaria, en todo el cielo, pero aún así había llovido. La vida de este señor pasó entera frente a sus ojos, al instante en que su cuerpo caía al suelo, fulminado por un rayo. El estruendo casi rompe los vidrios de las ventanas, pero su tronido se sumergió entre el complicado sistema de calles que dividían a los rascacielos, creando en el suelo un aullido como el de un huracán.
                La luz que provocó este rayo fue vista desde un edificio cercano, por un grupo de amigos que disfrutaban de un picnic a la luz del sol. Habían llevado una mesa, sillas, comida, refrescos, botanas e incluso conectaron una antena para poder escuchar la narración de un partido de su equipo favorito. La radio que transmitía el evento deportivo explotó en mil pedazos. Algunos fragmentos se clavaron como balas en los cuerpos de quienes estaban en su camino, pero, a pesar de eso, la electricidad fue a cada uno de sus cuerpos como si ellos fueran las antenas, dividiéndose como un río.
                Entonces, al suelo cayeron los rugidos como ráfagas que arrancaban los periódicos de las manos y derribaban a más de una mujer con tacones altos. Desde esa distancia, y con tanta distorsión por los edificios, era imposible adivinar que el sonido que escuchaban se trataba de un fenómeno meteorológico. Además que los ciudadanos estaban acostumbrados a los fuertes soplidos del viento de vez en vez. Pero en la ciudad no había árboles que derribar ni postes. Cada edificio iluminaba el exterior con su propia luz y las calles no necesitaban de alumbrado público.
                La humedad que se sentía arriba era casi como la de una neblina que cubría todo, pero invisible, sólo podía olerse el agua en el aire y la estática como una energía que irradiaba en ese instante. Esto dificultaba el trabajo de unos astrónomos aficionados, que intentaban capturar fotografías del sol con un equipo sofisticado. Los lentes de estos artefactos se empañaban con el leve rocío del viento. Hasta que otro rayo arrasó con la vida en esa azotea. Una vez más, abajo resonó como trompetas de guerra, sin que perturbara a nadie más que por el instante de distracción.
                Una nube negra solitaria se desplazaba lentamente sobre la ciudad y, donde su sombra tapara al sol, dejaba muerte a su paso. Cruzó hasta posarse sobre otro edificio, donde se habían colocado sillas para que la gente pueda platicar, descansar o leer un libro. Entonces, como una metralla, salieron relámpagos de la nube que golpeaban el suelo más rápido que una bala, a veces dejando un hueco en el concreto o una mancha negra. Las chispas salían de los ojos y la boca de las personas que eran impactadas antes de caer moribundos, con quemaduras incurables.
                El siguiente edificio sobre el que voló la nube densa fue asediado con rayos que parecían misiles dirigidos y no hubo ningún sobreviviente. En menos de cinco minutos, esa nube ya había cobrado la vida de cien personas. Pasó sobre el techo de otro rascacielos y los relámpagos iluminaron toda su superficie, afortunadamente ningún ser se hallaba en ese lugar en ese instante. Sin embargo, la nube fue atraída hacia el siguiente rascacielos como un clavo de hierro a un imán.  Pues tenía una antena como ninguna otra.
                La sede principal de la cadena de televisión de la ciudad también era el cuartel general de comunicaciones de las empresas que proveían televisión de paga. En el techo, una antena destacaba por sobre el paisaje, que en realidad era una estructura que servía para colocar antenas de varios tipos, las cuales, una tras una, eran golpeadas por la nube que descargaba su ira eléctrica contra ellas. Entonces, las televisiones en todos los edificios dejaron de sintonizar los canales de los cuales dependían esas antenas. Esto causó la ira de la población afectada.
                Algunos vecinos tenían diferentes compañías proveedoras de cable, por lo que en la misma región unos podrían estar contentos y otros furibundos. En salas de hospitales, cuarteles de la policía, oficinas de gobierno, escuelas, estadios, departamentos y en cualquier lugar que hubiera una tele que no transmitiera despertaba un enojo y provocaba una reacción inmediata.
                La nube se disipó tras acabar con la torre encima de la estación de TV. A los muertos por los rayos se apuntaron decenas que fallecieron tras enfrentamientos en las calles de la policía contra los quejosos de su televisión. Y nunca más en ciudad Beta u en otro lago se llegó a registrar algo como lo que se vivió ese día, jamás en otra parte del mundo se volvió a manifestar en el clima tal anomalía.

FIN